El faro.

Sin sentirnos realmente vivos vamos caminando por las calles y los mares buscando algo de luz, buscando un lugar en el que podamos dormir sin temor, donde seamos capaces de cerrar los ojos sin estar alerta.

En este angosto viaje ya me he perdido en tus caderas, en diversos mapas y novelas; también en carcajadas, abrazos y besos cada vez más torpes.

Y no sé si todo esto es por despiste o por méritos propios.

Hay parte de verdad en eso de que somos nosotros los que cavamos nuestra propia tumba, y yo nunca he tenido miedo de meterme en túneles y cuevas cada vez más profundas, no he tenido miedo de tocar la lava ni de quemarme los dedos con tu fuego, ni de enredarme por las mañanas con tu pelo y con tu sueño.

Y con tus sueños.

Los días parecen, en ciertos momentos, un desierto repleto de espinas que atravesamos descalzos y sin agua, y llegamos sedientos y magullados al final del mismo. Semanas eternas, meses interminables, vidas que parecen durar tanto como una cadena perpetua, sin nada que nos consuele lo suficiente, sin nada que nos llene como para tener ganas de sonreír con sinceridad, sin fingir el sentimiento ni las palabras.

Imagino las estrellas encendidas desde mi ventana, queriendo decirnos algo allí arriba, mandando mensajes que llegarán cuando nosotros ya sólo seamos polvo y formemos parte del pasado, y ya no quede gente que nos recuerde escuchando ninguna canción.

Sigo tumbado en el suelo esperando a que me levantes, que me tomes de los brazos y me impulses, que abras el grifo, me limpies tanto veneno y dejes que el agua me caiga sobre las ideas, que me transformes y me llenes los pulmones de aire y ganas.

Que sigas siendo el faro que me hace ver claro entre tanta bruma en mi cabeza, el rayo que lo aclara todo en medio de la nada, el viento en la cara de un día que parecía triste y acaba en tu cama.

 

Sin mentiras.

¿Mentiras?

Para mentiras ya tengo las que me digo a mí mismo para seguir levantándome cada mañana.

El problema de la mentira es que te aísla del resto, y rompe la confianza que te habías ganado con el avanzar del tiempo hasta reducirla al tamaño de una hormiga, hasta convertirla en algo insignificante y quebradizo.

El problema de la mentira es que puede destruirlo todo, puede llegar a tener el efecto de una bomba nuclear sobre las personas, puede destruir Petra y secar el Orinoco.

Te vas metiendo solo en un laberinto lleno de frases que debes recordar para no fallar con las preguntas del resto, y vas acumulando errores hasta desbordar el vaso y que llegue el temporal de explicaciones y la espiral que supone la búsqueda de perdón. De un día para otro pasas de ser el rey o la reina del tablero, a ser un peón al que cualquiera puede comer. Nos refugiamos en excusas y verdades a medias para no afrontar la realidad, para no abrir los ojos por completo, para no aceptar, para no luchar contra los monstruos de los que todos huimos a diario.

Se nos da mejor salir corriendo que mirar a los ojos.

Se nos da mejor inventar que coger de la mano para salvarnos.

Debería gustarnos vivir, reír y llorar sin mentiras, como cuando nos tocamos sin miedo y sonreímos en silencio, y miramos al techo antes de que suene el despertador sin que nos duela el pecho.

 

Alcohol en tus labios.

Irracional.

Al final todo es irracional, nuestra forma de hablar, actuar y hasta de andar.

O eso pensamos.

Quizá lo tenemos todo medido y pensado, y hemos sopesado una y otra vez nuestra manera de actuar y la de los demás, y anticipamos nuestras palabras y sus respuestas, y sus acciones y nuestras caras de sorpresa o de enfado.

Quizá lo que parece casualidad está pensado de antemano, lo hemos calculado.

Podemos ser tan fríos y sucios, forzar a los demás a un fin que ya hemos planeado y hacer creer a todos que ha sido un cúmulo de casualidades.

Me pregunto si yo también soy parte de ese juego, si soy víctima de algún plan que no conozco, si soy el verdugo que interviene en el destino de otros.

Pensaba que la vida era más sencilla.

Pero parece que no.

Debemos elegir.

Coger caminos.

Borrar fotografías y conversaciones.

Andar descalzos.

Romper contratos.

Mojar las cartas.

Abrir puertas y saltar por las ventanas.

Debemos poner en equilibrio cabeza y corazón dicen, como si fuera tan fácil.

De saber hacerlo no habríamos llegado hasta aquí, lo hubiésemos conseguido mucho antes, hace tiempo. Lo de tenerlo todo claro, seguir el destino marcado, conseguir las metas y los objetivos que anotamos hace años en una libreta de colegio.

Quizá debamos dejar de lamentarlos y mirar al futuro vaciando de piedras los bolsillos, soltando lastre, cogiendo aire mientras podamos, observando el cielo y el suelo, y el mar juntos siempre que podamos.

Quizá es que con tanto calor echo de menos la lluvia en tu pelo y el alcohol en tus labios.

Y, sobre todo, tus ojos cerrándose sin prisa, mientras me abrazas, cansada, y por unas horas dejas de tener miedo, rabia y remordimientos.

¿Quién me salvaría a mí?

Existen momentos en los que antes me habría abalanzado sobre ti sin dudarlo y ahora mido cada uno de mis pasos, y sobre todo de mis besos.

No quiero romper de una esa coraza que estás volviendo a construir para protegerte de un mundo que no te entiende y, a veces, sólo duele.

Estoy completamente convencido de que cuidar de manera desinteresada es uno de los actos más puros de los que es capaz el ser humano.

Pero también es difícil.

Y surgen las dudas, en cualquier tipo de relación entre seres humanos.

Amor fraterno, romántico, amistoso, desinteresado.

¿Cómo sabemos si tras el abrazo y la preocupación hay un interés oculto? Si la otra persona nos habla, nos mira, nos mima esperando algo a cambio, ¿cómo podemos estar seguros?

No hay manera.

Sólo se puede confiar, mirar hacia dentro, hacer algo de caso al insensato corazón por una vez.

Oír a las entrañas.

Escuchar al instinto.

Confiar.

Que viene del latín fides, de lealtad, fe, confianza.

Algo tan complicado de encontrar en estos tiempos.

Algo que parece tan extraño que es más fácil verlo en los perros que esperan en las tumbas de sus dueños que en las personas de las que nos rodeamos.

Coger impulso, echar el vuelo y saber que habrá alguien cuando caigas.

Abrir los brazos y encontrar al otro.

Cerrar los ojos,

y pensar,

¿A quién salvaría?

¿Quién me salvaría a mí?

Y ver si nos gusta la respuesta.

Te quiero cerca.

Te quiero cerca hasta en verano, aunque estemos rodeados de un aire incendiado e incendiario, aunque el sol caliente tan fuerte que el asfalto se vaya a convertir en un mar negro que acabará con todos.

Te quiero cerca aunque me duela, aunque me cueste cada vez más despedirme de ti y dejarte atrás, aunque siempre quiera girarme en el último momento y suplicarte que te quedes a dormir sabiendo que no debería, sabiendo que me aterra el fin y la distancia, y sobre todo pensar que no quieres despertar abrazándome.

Te quiero cerca hasta cuando cae la tormenta y no hay refugio, y sólo nos tenemos el uno al otro, perdidos entre la inmensidad de los relámpagos y tenemos que contarnos los secretos mirándonos con los ojos empañados.

Te quiero cerca aunque me lleguen las balas que te han disparado los demás, aunque acabe desangrado, aunque no pueda respirar después de tragar fuerte, aunque me toque llorar desde la trinchera.

Te quiero cerca hasta cuando necesito estar solo y lo único que me apetece es bajar las persianas, y quedarme en la cama mientras pasan las horas o los días, y sólo busco el consuelo del silencio y la conciencia.

Te quiero cerca aunque no pueda.

Te quiero cerca hasta cuando tú me quieres lejos.

No tengo remedio.

Inspirado por la publicación de @cristinachanche

Cenizas en verano.

No todo es siempre como pensamos.

Ni las sonrisas, ni el dolor, ni la distancia.

Tenemos ideas preconcebidas de ciertos aspectos de la vida, de algunas personas, de las relaciones.

Tenemos prejuicios y también a personas idealizadas.

Tenemos wifi, 5G y iPhoneX.

Tenemos a la ultraderecha, a la Iglesia y al IBEX 35.

Tenemos hasta pseudociencia y falsos poetas.

Tenemos música a cualquier hora y bombardeo de información.

Tenemos festivales, barras libres, pastillas de todos los colores.

Tenemos de todo.

Y, sin embargo, sentimos que no tenemos nada.

Estamos vacíos.

Tratamos de ser formas perfectas por fuera sin ningún tipo de contenido por dentro.

Estamos solos.

En medio de una multitud que grita también en nuestro nombre.

Estamos solos.

Expandiéndonos de manera infinita dentro del Universo.

Sin asumir el riesgo la vida se transforma en un domingo eterno.

Este verano empieza a llenarse de cenizas.

Todavía no te has dado cuenta de que eres el incendio.

Y lo estás quemando todo a mi alrededor.

Vidas normales.

Perros en pisos de cuarenta metros cuadrados.

Baños compartidos.

Pinzas que caen al vacío tendiendo los calcetines.

Los gritos del vecino de al lado a su madre con Alzheimer.

Muebles siendo arrastrados un sábado a las nueve de la mañana.

Olor a paella los domingos.

Ingleses de vacaciones en el 3º B.

Un beso de despedida en el portal.

Café y tostadas para desayunar el fin de semana.

El wifi desconectándose cada cuatro días.

El pakistaní de la esquina abierto hasta las tres de la mañana para comprar helado después de follar.

Dormirse viendo Netflix todas las noches.

El hueco vacío en el sofá.

Tus fotos en la mesita de noche.

Un par de libros que no consigues acabar.

Las noticias en la radio de despertador.

El late night de turno en la pantalla del teléfono mientras vas a trabajar.

Conversaciones de política.

Peleas por culpa del fútbol.

La luna delantera del coche llena de barro.

El semáforo parpadeando siempre que vas a cruzar la calle.

El supermercado cerrando tarde por tu culpa.

Y tú pidiéndome que me vaya.

Otra vez.

Sin dejar que me haga un hueco en la vida junto a ti.