Así es la vida.

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Te puedes camuflar con el gris de los días de octubre, pasar con un halo de tristeza a tu alrededor sin que nadie se atreva a preguntar si estás bien por temor a la respuesta. Preferimos cerrar los ojos y hacer oídos sordos ante los problemas a afrontarlos de cara. Especialistas en posponer la alarma por las mañanas y las situaciones complicadas.

Hacerse adulto era eso.

Huir sin dar respuestas.

Dejar de lado.

Desaparecer cuando alguien te necesita.

Nos cuesta tanto ayudar de verdad cuando alguien está en sus peores momentos, es más sencillo dar consejos absurdos con palabras repetidas de libros de psicología barata y autoconocimiento que al final no sirven para nada.

Nos gusta más la diversión, todo aquello que no suponga un quebradero de cabeza.

Salir de fiesta y dejar de lado la realidad que nos consume por momentos, el dolor, los recuerdos, el castigo diario de nuestro cerebro diciéndonos que lo estamos haciendo todo mal.

A mí siempre me salva más la música que las personas.

Y al final acabo sacándome a mí mismo de las arenas movedizas porque no me fío de que ninguna mano pueda ayudarme a salir a flote, prefiero escalar poco a poco, sacar la cabeza cuando el sol aún no ha aparecido, dejar pasar a la artillería pesada y esperar.

Yo también he sido marioneta, pobre, pirata, poeta, peón.

Y rey, aunque sólo en tu cama.

Así es la vida, nos coge y nos tira, y nos permite recobrar el sentido durante un momento antes de lanzarnos de nuevo al barro, de ponernos contra las cuerdas, de obligarnos a tomar decisiones.

Así es la vida, llegará el invierno y te habrás ido.

Y yo tendré que volver a levantarme en medio del frío.

Perfectos infelices.

Como sociedad hemos fracasado.

Como personas también.

Hemos dejado que crezcan los fantasmas en el interior de los demás sin querer asomarnos, creando barreras que nos permiten estar contentos en nuestro pequeño mundo sin tener que compartir las penas ni las miserias, ni lo que de verdad nos aterra y nos aflige.

Hemos preferido convertirnos en seres perfectos que no muestran sus debilidades.

Hemos preferido ser armaduras de cota de malla para evitar heridas profundas y no nos hemos dado cuenta de que nos hemos deshecho las entrañas por completo con tanto veneno.

Una vida superficial dedicada a sonreír para las fotos y a beber hasta perder la coordinación y la conciencia para no pensar en el futuro, sin que parezca que tengamos claro que el futuro va a llegar por mucho que queramos vivir en un presente que sólo nos duele y nos vacía a cada paso.

Hemos borrado la empatía como borrábamos la tiza de la pizarra de la clase.

Hemos terminado con la bondad, con la amabilidad, con la solidaridad mientras hemos dejado crecer hacia dentro la rabia, la envidia y el odio como si fueran espinas que no podemos quitarnos.

Nos hemos desensibilizado tanto que hemos dejado de sentir pena por las cosas relevantes y hemos creado nuevos artefactos a los que poner en primer lugar.

Hemos dejado de prestar atención, hemos convertido lo esencial en invisible, hemos trasladado las emociones a un plano de fugacidad e inmediatez que no se sostiene.

Nos hemos convertido en perfectos infelices que nunca tienen lo que quieren.

Y yo sólo te quería a ti.

No habrá luz.

Algunas decisiones las tenemos tan claras que no nos tiembla el pulso al decirlas en voz alta. A veces estamos tan seguros de lo que pensamos, de lo que sentimos, de lo que decimos, que da igual lo que opinen los demás.

Importan bien poco los besos ilegales, las cárceles hechas de huesos, los planes perfectos que no van a llegar a ninguna parte, que van a quedar suspendidos en el tiempo mientras nos vamos cayendo a trozos tan rotos y desgastados como las viejas ánforas panatenaicas.

Antes podía reír creyendo que el destino me cambiaría de lado, me daría ventaja, me pondría en la última casilla, me entregaría sin problemas la mano ganadora de esta partida.

Y no ha sido así.

He caído en la cuenta de que la soledad es mejor que cualquier mala compañía y la esperanza es la peor aliada que he conocido nunca.

Es curioso cómo nada cura ni ayuda a olvidar, ni alivia el escozor en los ojos y en los cortes.

Es curioso cómo no puedo dejar de pensarte a pesar de querer mirar hacia otro lado.

Quisiera darte la espalda y que todo diera igual, empezar de cero sin necesidad de echar a correr, de morir un poco, de sangrar lágrimas que siguen llevando tu nombre y me disecan por dentro.

Tanta incomprensión no puede no dejar huella y hacer mella.

Tantas palabras calladas acaban construyendo pozos ciegos, entre el bazo y el hígado, de los que te conviertes en prisionero.

Tanta tristeza no debe caber en cuerpos tan jóvenes.

Estoy frente a mi cruz, de rodillas, y ya no sé pedir ayuda.

No habrá luz después de ti.

Gárgolas.

Respiro pero desde hace tiempo siento que no vivo.

No sé cuándo comenzó esta metamorfosis que me está llevando a ser de piedra, ni hace cuanto empecé a ser un cuerpo que se transformaba.

Poco a poco y sin darme cuenta han ido depositándose sobre piel y órganos los minerales adecuados para que vaya convirtiéndome en una de esas gárgolas que vigilan las ciudades, solitarias, desde las partes más altas de los muros.

En silencio y a ritmo lento he cambiado los papeles de esta obra de teatro que es la vida. He dejado de ser protagonista para ser un lejano espectador, ajeno a todo aquello que me rodea.

Han cambiado los vientos, y las veletas marcan ahora un rumbo que no esperaba.

Las sonrisas se han convertido en muecas que trato de camuflar.

Las risas suenan estridentes, como los ecos de las voces que habitan en los viejos sanatorios, memorias de locos más cuerdos que muchos matasanos.

Han vuelto a levantarse las barricadas cuando creía que habíamos conseguido tirarlo todo abajo, cuando estaba convencido de que habíamos librado las peores batallas.

Y quizá todo ha sido culpa, o cuestión, de que esquivabas palabras, abrazos y besos sin que yo me diera cuenta. Supongo que mientras caminaba a tu lado sólo podía pensar que volvería a salir el sol aunque estuviéramos metidos de lleno en el ojo de la tormenta.

Siento que se me van entumeciendo los miembros, y que la luz se va disipando en el mundo, y que ya no puedo moverme mientras tú te vas.

Al menos quedaré para el recuerdo, siendo un ser grotesco y oscuro, y cuando alguien eleve la vista, allí estaré siendo testigo de otro amor que se acaba antes de tiempo.

Nigromancia.

Yo sólo querría poder hablar contigo, decirte cómo está todo, picarte si gana o pierde tu equipo de fútbol.

Yo sólo querría escucharte otra vez, poder ver cómo me miras y mirarte de vuelta, abrazarte y oler tu colonia antes de volver a casa.

Yo sólo querría saber que eres eterno, que allá donde estés nos miras y sonríes y tratas de gritarnos para que te oigamos.

Haría rituales si supiera que puedo devolverte a tu hogar, si tuviera la certeza de que la muerte no es más que una pausa, un descanso en medio de la nada del que puedo rescatarte.

Me aventuraría con antorchas, caminando entre las almas que vagan por la laguna Estigia, lanzaría a Caronte para dirigir la barca hasta encontrarte. Usaría todas las artes oscuras sobre las que se han escrito para verte de nuevo sentado en tu sillón de siempre, cambiando de canal, quejándote de cualquier cosa, recogiéndome en la estación un día de lluvia porque se me ha olvidado el paraguas en casa.

Septiembre es un mal mes porque siempre nos recuerda que te fuiste antes de tiempo.

Como tantos y tantas.

Septiembre recuerda que nos dejaste más solos, incomprendidos y vacíos.

Recuerda que estamos huérfanos y tristes la mayor parte del tiempo.

Recuerda que las fotografías se difuminan poco a poco.

Recuerda que hay cosas que se van olvidando y duele.

¿Y si un día ya no recuerdo nada de lo que decías?

¿Y si dejo de escuchar tu voz hasta en los sueños?

¿Y si olvido el tiempo que pasamos juntos?

Haría magia negra, pondría el alma en venta sólo por devolverte a casa.

Y lo admito pararía el reloj, cerraría esa puerta a otros mundos para siempre.

Sácame de aquí.

Cometes el crimen perfecto, me matas en silencio.

Me agarro las costillas cada vez que vuelve el frío y en cuanto sopla un poco el viento me duele la garganta de contener tantas palabras.

Voy a tener los ojos cansados de no poder mirarte en la penumbra de la habitación.

Los atardeceres son más largos y entremezclan ya de una manera especial los tonos cálidos y los fríos, preparándonos sin darnos cuenta para volver a encerrarnos en casa y taparnos los pies por las noches.

Empiezan a caer las hojas, a llorar los niños mientras van a la escuela, a gritar los padres porque vuelven a no aguantarse tras el retorno a la rutina, a ladrar los perros al escuchar cómo abren el portal de madrugada.

Siguen las mismas personas pidiendo en la puerta del supermercado, el mismo peluquero fumando en la puerta de su establecimiento, la misma camarera tratando de sonreír tras la barra mientras pides lo de siempre, el mismo vecino colándose en el ascensor sin esperarte.

Anuncian tormentas y desastres que nadie querrá reparar.

Anuncian sueños y caídas.

Vienen rápido las nubes y se olvida el mar.

Noto el cielo más cerca y los besos más lejos.

Noto los pozos más profundos y tus manos más frías.

Sácame de aquí.

Sólo un océano.

Sólo un océano nos separa.

Sólo un océano de dudas.

Y, a veces, me da igual porque pienso que hay barcos capaces de surcar las aguas sin que importe el temporal, y otras sólo puedo pensar cuándo llegará el momento en el que vamos a naufragar. Hay tanta palabra sumergida entre nosotros, tantas verdades a medias que nos hacen mordernos la lengua, momentos en los que preferiría renunciar a ti con tal de no sentir cómo me arde el pecho cuando no pronuncias mi nombre.

Nos separa un océano de lágrimas y vasos medio llenos, siempre a medias, haciendo equilibrismos sobre la cuerda, caminando entre dos rascacielos con la ciudad a los pies. No sé quién está arriesgando más de los dos, no sé quién saldrá perdiendo si todo sale mal, pero no saldremos ilesos, eso por descontado.

Y, a pesar de eso, a pesar de que nos empeñamos en seguir navegando sin tener claro el rumbo, ni tener ni idea de cómo funciona eso de llevar el timón, no nos echamos atrás. El problema es que todo se nos va a ir de las manos y lo estamos disfrutando, el peligro, el bombeo de sangre a nuestra cabeza y a lo que no es la cabeza.

Hay un océano entre los dos y sería capaz de nadarlo con los ojos cerrados si supiera que voy a encontrarte al otro lado, porque ya no me da miedo el vendaval, ni perder las velas, ni que el ancla no vuelva a tocar tierra si mi continente no eres tú.

No tengo miedo porque venía roto, emprendí la travesía con demasiados descosidos por arreglar y no creo que pueda empeorar. Ya intentaba dejar atrás la orilla con el casco lleno de agujeros y me obligaba a remar en cualquier dirección. Si lo peor que puede pasarme es no llegar al destino y acabar con los pulmones llenos de agua salada me da igual.

Prefiero la aventura, ondear la bandera pirata, salir a buscar la X en el mapa, y que seas tú el tesoro, la mejor y la última de las recompensas.

Va a doler igual, con un sí o un no, con beso o sin él, para qué vamos a mirarnos desde la distancia pudiendo disfrutarnos. Voy a mirar el horizonte, perderme entre las olas y cogerte de la mano a la primera oportunidad, y no te pienso soltar, ni abandonar el barco.

Vamos a dejar en ridículo a Magallanes y a Cristobal Colón, y a la jodida Armada Invencible si hace falta.

Un océano nos separa, y nos va a parecer tan sólo un charco.