¿Cómo iba a saber que la paz era posible?

¿Cómo iba a saber que la paz era posible?

¿Cómo?

Si siempre he estado muerto de miedo porque me habían herido con armas de guerra, con mentiras bañadas en plomo que me habían destrozado las entrañas.

¿Cómo iba a saber que respirar sin dolor era posible?

¿Cómo?

Si llegaban las noches y sólo había dudas para las que sabía con plena certeza que no encontraría respuestas.

Y ahora todo es dejarse llevar y sonreír tranquilo, y encontrar su respiración en medio de la madrugada, y un beso sin máscaras después de escuchar el sonido del despertador.

¿Cómo iba a saber que se podía esperar sin ser impaciente?

¿Cómo?

Si siempre había tenido pánico a perder algo que ni tan sólo era mío, y ahora no es necesario poseer nada.

Ahora permanece el sentimiento de tranquilidad y el bienestar, las miradas cómplices entre el silencio, las risas mientras chocan los cascos de cerveza, el chocolate en la comisura de los labios.

Ahora no hay guerra que ganar porque ya hemos vencido saltando juntos, de la mano, sorteando charcos, esquivando niños y perros en el parque.

¿Cómo iba a saber que construir el futuro era posible?

Si siempre había estado tan pendiente de no pisar donde no toca mientras observaba el pasado con nostalgia, esperando que la gente fuera distinta a lo que es en realidad.

Ahora que empiezo a saber voy a pedirme perdón, a quitarme la condena, a apagar las voces de los demonios y a dejar de mirar a nada que no sea ella.

Hemisferios.

Los días pasan tan rápido, y sin que nada pase, que ya trato de apreciarlo todo como si fuera la primera vez que mis ojos son capaces de captarlo.

El placer de las cosas nuevas.

De los inicios.

El comienzo de las sensaciones jugando y removiéndolo todo en el estómago, y lo que no es el estómago.

Las mariposas baten tan fuertes sus alas en mi bajo hemisferio que no quiero pensar lo que estará sucediendo en la otra punta del mundo por mi culpa.

O por la tuya.

Siendo tan complejos, a veces no entiendo cómo podemos ser tan básicos, que los instintos lo gobiernen todo.

El odio, la rabia, la lujuria, e incluso el amor en ocasiones.

Ahora nos derretimos, como se derriten los polos por culpa del cambio climático.

Y acabaremos olvidándonos, como se olvida al final a cualquier persona que ha estado alguna vez en tu cama, en tus manos, en tu boca. O quizá acabemos decidiendo quedarnos acurrucados, a buen recaudo de los malos vientos que siempre soplan en contra.

Quizá nos toquemos las costuras mientras nos buscamos el alma con la luz apagada.

Quizá volvamos a mirarnos de bien cerca las pupilas mientras no sabemos qué decir, y nos vemos obligados a reír.

Quizá nos abracemos en silencio, tragando saliva por miedo, sin atrevernos a pecar, y cada uno por su lado. En sentidos contrarios, barajando qué es presente y qué es futuro, mirando los pasos que damos, pensando si vale la pena desgastar las suelas de los zapatos con un rumbo que no va a llevarnos a ninguna parte.

O quizá no, quizá no pase nada, los días pasan muy rápido.

Devuélveme los zapatos.

Devuélveme los zapatos, fue lo único que me olvidé la última vez que puse un pie en tu casa. Me dan igual los libros perdidos, los besos que cayeron al suelo, incluso la dignidad sucia dejada en una esquina.

Mentiría si no admito que resuena tu risa algunos días en mi cabeza, y estoy tranquilo, porque ahora puedo seguir dando un trago a mi café y mirar por la ventana, sin sentir esa necesidad incontrolable de echarme a llorar, ni de salir corriendo hacia cualquier parte donde no brille el sol.

He conseguido construirme un refugio prácticamente indestructible, de carne y hueso, que lo primero que hace al despertar es ponerse las gafas y el reloj, y lavarse los dientes mientras escucha la radio y se observa en el espejo.

La verdad es que ya no siento miedo por casi nada, y eso también me asusta.

Sólo siento algo de temor si el viento sopla demasiado fuerte y me despierta por la noche, o si mi madre no responde al teléfono después de dos llamadas. Sólo siento algo de miedo si pienso que un día mis abuelos ya no van a estar y no los habré abrazado ni conocido lo suficiente.

Lo demás casi me da igual, casi, porque sigo preocupándome por todo. El trabajo pendiente, la miseria humana, la escasa conciencia social de según quién, el progreso del egoísmo y de la individualidad, y las señales de radio de Próxima Centauri detectadas recientemente.

No sé si el Universo nos manda señales para echar el freno, para que sigamos acelerando, o quizá sólo para que apague el teléfono y pueda dormir pronto al menos una noche.

O puede que no sea nada de eso, y sencillamente todo sea pura casualidad, del mismo modo que lo son las borrascas con nombre propio o los terremotos.

De cualquier forma seguimos con vacíos existenciales que sólo se llenan en parte con la música, el cine, la literatura o con una contemplación activa de la morfología de las nubes.

Pero continuamos caminando por este asfalto que empieza a quemar y a oler a muerte y rabia, y odio; permaneciendo en la lucha, siendo asilo y descanso.

Ahora que lo pienso ya no necesito esos zapatos, aprendí después de todo a andar descalzo.

Aullando.

Las noches se enturbian con whisky, novelas baratas y soledad.

Mucha soledad.

Y llegas a pensar, algunas veces, que te conformarías con cualquier piel con tal de afrontar el tedio y las tinieblas en compañía.

Apenas quedan luces encendidas en los escondrijos de las calles solitarias que gobiernan la ciudad, por eso puedo asomarme a la ventana y seguir aullando entre el humo de cigarros viejos, de esos que guardé en algún momento del pasado sin saber por qué. Observo las pocas estrellas que aún nos guían desde arriba con cierto temor, y creo ver malos augurios en cualquier pájaro que se cruza en mi camino y me observa durante unos segundos.

Apenas queda vida fuera de los portales, ni dentro de ellos.

Estamos en una especie de invierno eterno, que nos obliga a quedarnos metidos en las cuevas para mantenernos vivos, a salvo, a refugio de todo lo malo que nos aguarda afuera.

La oscuridad comienza a rodearnos de nuevo, y nos aleja de abrazos cálidos y reconfortantes, y nos quita esa risa que tiembla en la garganta cuando no estamos solos. Nos enturbia la mirada y el corazón.

Hemos perdido la fe en la humanidad acostumbrados a ver tanta estupidez tras los cristales, después de observar que en lugar de hacernos mejores nos estamos autodestruyendo.

Está quedando claro que algunos errores no se perdonan, y no saber si te despides de alguien por última vez duele más que nunca. Son tantas las turbulencias, el temblor bajo los pies que nos amenaza de manera constante, que se hace cada vez más necesario mirar a los ojos y no guardarse las palabras.

Y ser sincero con uno mismo y con los demás.

Para mantenernos cuerdos y poder cuidarnos, aunque sea desde la distancia.

Planes cósmicos.

¿Podemos bailar ya?

Así juntos, casi sin movernos.

¿Podemos dejarnos mecer por el sueño mientras estamos en los brazos del otro? Es que si estás cerca la ropa de invierno hasta me sobra, y no necesito más fuego que tus besos en la piel. Y a veces no sé si lo que escucho son gemidos o aullidos a la luna fría de enero invocando conjuros, deshaciendo embrujos, desencriptando mensajes secretos provenientes de alguna extraña y lejana civilización.

El cielo nos mira raro mientras reímos y corremos ahora que no hay nadie por las calles, ahora que no suenan los cascos de cerveza contra las mesas en las terrazas; y yo le guiño un ojo antes de empezar a contarte historias, por si con algo de suerte te quedas a dormir para conocer el final.

Ya no hay magia negra de por medio, ni pesadillas por las noches, sólo un poco de suerte y ganas de quererte, a pesar de que te gusten más las infusiones que el café, y seas más de Netflix que HBO.

Calma, tranquilidad, y el hecho de no necesitar defenderme porque tus palabras nunca hieren.

Ya no ladro, y sólo muerdo si tú quieres.

No es que seas luz, ni faro, ni guía, pero seguiría los caminos que pateas sin ningún miedo, sin pensar que puedo estar pisando en falso.

Aún no sé qué planes cósmicos hay para nosotros pero a veces veo las estrellas brillar más de lo normal.

Supongo que querrán decirnos algo.

Un amor (in)útil.

Algunos buscan un amor útil, que les sirva, con el que puedan alimentar su ego y sentirse adorados, como falsos ídolos de oro; pero el amor, como propósito final debería ir más allá, cruzar la frontera, ser más completo y menos materialista.

Buscamos a alguien que nos soporte porque nosotros solos no sabemos ni podemos, alguien que nos entretenga para acabar con los tiempos muertos y el aburrimiento. Buscamos a alguien guapo o guapa para lucir en las fotos cual adorno, y poder decirle a todo el mundo que estamos juntos. Algunas personas utilizan un supuesto amor para lograr la estabilidad económica, para ascender socialmente, para tener a alguien que le haga compañía, con el único fin de tener descendencia, como método para obtener aceptación dentro de un grupo, como vía rápida para conseguir un barco y unas vacaciones en Ibiza.

Yo qué sé, es muy complicado.

La verdadera cuestión es que un día te acuestas sin saber quién es la persona que tienes al lado, ni quién eres tú; pero sobre todo, te acuestas pensando en quién será esa persona y en quién serás si estás junto a ella mucho tiempo.

Y las páginas del libro siguientes están en blanco y no eres capaz de ver el futuro, o quizá es que no te atreves a verlo por si la persona en la que te conviertes no es lo que esperabas ni la que te gustaría ser.

Entonces vuelve el insomnio, el peso en el centro del pecho y esas ganas increíblemente fuertes de huir, a donde sea.

Pero sin ese amor inútil que un día elegiste sin saber muy bien por qué.

El páramo lejano.

El hielo del páramo lejano de tus ojos arañándome por dentro, y la luna resplandeciendo tan blanca en lo alto observándolo todo.

Tengo congeladas las ideas y las entrañas, pero en el fondo sólo quiero deshacerme contigo, que nos quedemos sin ropa, que nos demos calor con las manos y la boca.

Te imagino diosa y terrenal, completa e incompleta, y llena de misterios, pequeños puzzles a resolver para seguir avanzando en la historia y poder llegar hasta el final.

Cuando sacas los pies del lodo para comenzar el camino nunca sabes si podrás terminarlo, si habrá señales que te confundan y hagan que te equivoques de rumbo. Y yo, aunque con buena orientación tengo la tendencia, o la extraña manía, de errar en los objetivos.

Apunto mal y disparo todavía peor.

Y además tengo la mala suerte de tropezar con la misma piedra más veces que la mayoría de la gente.

Pero sin piedra no hay errores.

Por las noches veo claro el llano que va a permitirme llegar hasta a ti, envuelta en luz, repleta de señales de precaución, de pistas que indican que estás tan destrozada como yo. Me pregunto qué haré cuando te encuentre y me tiemblen las manos de emoción, y sólo pueda pensar en besarte en lugar de en darte los buenos días.

Y tengo miedo, y algo de pereza en los huesos, para lanzarme de lleno en tu mar.

Este preciso momento.

Yo sólo pido a gritos un refugio, un lugar en el que sentirme a salvo y donde poder dormir sin sustos en la madrugada.

Tranquilidad, y calma.

Sin movimientos bruscos que hagan que piense que este vuelo va a acabar en accidente.

Nos sentimos raros en un mundo que parece idéntico al anterior pero que huele a nuevo, y a gel hidroalcohólico.

Desubicados en una vida que pensábamos que poco podía cambiar.

Del día a la mañana todo era distinto, y nos tuvimos que adaptar.

Sobrevivir.

Hemos aprendido tanto: a querernos, a cuidarnos, a dejar lo tóxico a un lado, a mirarnos menos y entendernos más, a respetar nuestra salud mental, a aprovechar el tiempo y perderlo por igual, a aprender a valorar lo que es realmente importante para cada uno, a reírnos en los peores momentos, a sanarnos desde la distancia.

Nos hemos tocado y visto tan poco.

Nos hemos descubierto.

Nos hemos conocidos a nosotros mismos y a muchos otros.

Hemos tenido que viajar adentro para buscarnos mientras en el exterior el silencio lo llenaba todo.

Ha sido un viaje extraño este 2020, y a pesar de ello, nos hemos llenado de recuerdos que valen la pena, de sonrisas que nos sirven para ser más felices.

Me he quitado lastre, y he visto más allá de mis propias fronteras.

Por eso, tengo que agradecer este preciso momento en el que respiro y soy capaz de mirar afuera y ver el viento haciendo bailar las hojas de los árboles.

Tengo que agradecer a todos aquellos que estuvieron, que han estado y que han aparecido para quedarse.

Y recordar a quienes no pude despedir como quería.

En tus ojos.

Nunca quise darme cuenta de que en tus ojos atardecía antes de tiempo.

Mecanismo de autodefensa.

Ser consciente de lo que sucede antes de que se vuelva tangible es uno de mis defectos, el paso por delante que me impide disfrutar y sonreír un poco mejor; y respirar sin ningún tipo de miedo. Tarde o temprano todos los caminos se acaban, hasta los que llegan a Roma, o se tuercen y hacen que te quedes deambulando en medio de la nada.

Creo que las miradas no entienden de calendarios, ni del paso del tiempo, que sólo reflejan algunos sentimientos, la pantalla del teléfono móvil y el uso de drogas de diseño.

Recuerdo que besaba tus párpados como si la muerte quisiera cogerme de la mano antes de que sonara el despertador.

Recuerdo que te abrazaba como si pudieras desaparecer en cualquier instante, y el sueño fuera a desvanecerse ante mi mirada.

Recuerdo que me costaba respirar por la culpa y el desastre.

Y todo eso se ha ido, y los colores del otoño me calman, me curan, me abrazan.

Ahora pienso que ya no estoy en guerra, ni me siento el suplente que calienta el banquillo, ni ese actor que espera una y otra vez ser la revelación del año.

He dejado de llevar la vida a cuestas, sólo me acuerdo de coger el abrigo y la cartera cuando salgo de casa.

Al final me alegro de que te marcharas para dejarme sitio, para poder cuidar de mí.

Me alegro de tocar atardeceres y de no perder el tiempo viendo mi reflejo en tus ojos.

Entre ecos y besos vacíos.

El cielo de noviembre.

La noche está llena de terrores que hay que apagar con el calor de la piel, todavía más cuando comienza a hacer frío tras las ventanas y da pereza moverse desde el salón hasta cualquier otra estancia de la casa.

El cielo de noviembre se despide sin apenas nubes, con el azul claro e intenso de los días despejados en los que bajan las temperaturas y se tiene que pasar realmente mal durmiendo al raso.

Tenemos suerte, o al menos eso creo, porque me cosquillean las entrañas si te pienso, y noto una pequeña llama manteniéndose en el interior, que sobrevive a pesar de que a veces sople el viento de la duda con intensidad.

Yo ya no pretendo controlar el futuro, ni tan solo preocuparme por él, apenas sé qué pasará mañana como para intentar vaticinar qué será de este cuerpo repleto de inseguridades en los tiempos próximos. Sólo controlo de quiénes me rodeo, a quién y a qué dedico mi tiempo.

Sin quebraderos de cabeza.

Permitiéndome disfrutar de ti, de mí, de nosotros y de los demás.

Es que es tan complicado encontrarse, mirarse por dentro, asomarse al abismo interno y no caer en picado.

Es tan difícil aprender a curarse y a quererse.

Es tan importante poder tomar aire con calma, llenar los pulmones de risas e historias.

No sabía que podría volver a saltar por los tejados sin mirar al suelo, pero lo he conseguido.

Ahora sé que da igual lo alta que sea la caída, porque puedo volver a empezar de cualquier forma y en cualquier lugar.

Y seguir resistiendo, como hacen esos viejos árboles que respiran en medio de los susurros del bosque.