Horizontes desde la ventana.

Eres todos los corazones rotos de los que hablan las canciones, todas las historias que comienzan pero nunca llegan a pasar.

Eres el limbo.

El purgatorio.

El horizonte que miras desde la ventana del avión pero nunca alcanzas.

No podré ni sabré olvidar.

Permanezco entre dos mundos.

Entre la realidad y la ficción.

Entre tu música y la mía.

En mi cabeza está lloviendo todo el día y las nubes han venido a pasar una larga temporada, y los cortes en lugar de curar se están macerando, consumiéndome desde dentro con recuerdos y palabras, lagunas y fiebre.

Los periódicos y el café de las mañanas siempre hablan de ti.

La memoria es tan curiosa que nos permite guardar caricias, aromas y sensaciones en el mejor de sus rincones y los rescata cuando menos los necesitamos.

Esas imágenes que nos desmontan y se nos atragantan en el pecho.

En lugar de encontrarme me estoy perdiendo cada vez más, porque quizá todo se reduzca a eso, a perderse a uno mismo por completo para volver a mirarse al espejo y saber a quién quieres al lado y a quién no.

Saber quién te da fuerzas y quién te las quita.

Saber quién estaría dispuesto a desangrarse por ti y quién quiere sólo beber de tu sangre.

Saber quién cruzaría la frontera por ti y quién esperaría a que la cruzaras tú.

Y no sólo es saber, es cuestión de sentir.

Y de verdad que lo siento.

Quererte tanto.

Habernos roto para siempre.

Nadie va a pensar en ti mejor que yo.

Qué difícil, ya no el olvido sino mitigar el dolor en sí mismo. Esa punzada candente que comienza en el esternón en medio de la noche despertándome y se extiende hasta llegar a la punta de unos dedos que no pueden olvidarte.

No han conseguido acallarlo ni las cervezas ni los abrazos de las amistades de siempre.

Prometo que me escucho, me estoy escuchando a todas horas, intentando ponerme el primero de esta pirámide, tratando de ser faraón y Rey Sol.

Me contengo, reprimiendo las ganas de hablar, tirando el teléfono lejos cuando pienso en tu nombre, cohibiendo los gestos de cariño espontáneos, controlando la mirada y la voz, serenando el pulso disparado.

Y aunque a ratos siento que se apacigua mi marcapasos interno y que consigo controlar la respiración, la tristeza no se va. Creo que le parezco cómodo y buena compañía, supongo que a ti también te pasaba. La siento acurrucarse dentro, por encima del hígado, hacerse hueco bajo la falda del diafragma para combatir el frío. La imagino como esos cachorros que se acercan a la estufa y a las mantas, y nunca quieren abrir los ojos.

El futuro es un completo vacío, porque cuando se esfuma la esperanza ya no queda nada.

Y seguimos caminando por pura inercia y obligación.

Sin rumbo, sin sentido, igual que el día que el destino nos unió sin saber muy bien por qué y nos deslizamos por nuestras bocas como el agua por las rocas.

Dicen que me voy a curar, la mayoría de ellos sin tener ni idea de lo que son de verdad las heridas.

Pero es que, digan lo que digan, yo sé que nadie va a verte como lo hago yo, ni a cuidarte, ni a entenderte, ni a buscarte.

Nadie va pensar en ti mejor que yo.

[Aunque todo esto lo cante mejor Ed Maverick.]

Barricadas.

Arden las calles, las casas y los contenedores.

Y yo también, me voy consumiendo con el mismo fuego que prende las banderas y los himnos.

Hemos alimentado a la bestia, creyendo que seríamos capaces de domarla y ahora es más fuerte que nosotros.

Y no son suficientes las barricadas.

No va a servirnos de nada abrazarnos a alguien que apenas nos entiende de verdad.

No va a servirnos tirar piedras si nuestro hogar ya no es refugio.

El mundo está tan loco y va tan deprisa que es desolador ver que ya no hay quien me escuche después de las tres de la tarde.

Las largas vísperas de otoño apenas tienen sentido sin ti, y tengo miedo a la llegada demoledora del invierno, cuando las paredes me caigan encima y el frío me habite por completo.

Tengo miedo a este vacío que lo empieza a llenar todo, que se está convirtiendo en una vasta inmensidad aquí dentro, que deja yermo el maldito corazón que me palpita en el pecho.

Que me hace insensible y me convierte en vidrio.

Arden sentimientos y contradicciones que han minado la verdad y los sentidos.

Y yo sigo aquí rendido a los pies de un dios que nunca escucha.

A los pies de una mujer que ya se ha ido.

 

Los eternos.

Miro alrededor y no soy capaz de deshacerme de tus cosas, como si en algún momento fueras a volver para pedir asilo político, como si llegado el momento al entrar de nuevo en la casa y ver las cosas de siempre en sitio distinto fueras a sentir el mismo dolor que siento yo al no poder sostenerte la mirada.

Será la decepción, o la traición, lo que me impide perdonar y olvidar.

Será que todavía espero el gris de diciembre de tu mano.

Será que me he condenado a no curarme nunca de ti.

Yo mismo he decidido permanecer en el dolor y en lo imposible durante todo este tiempo.

Lo digo sin arrepentimiento.

Agradeceré siempre las caricias, los besos, y que estiraras de mi mano siempre que perdía el equilibrio sobre el precipicio.

Agradeceré siempre las ciudades que nos han visto juntos, las dedicatorias, los cuidados invisibles, la preocupación sincera, las verdades compartidas.

Agradeceré siempre las miradas cómplices, los abrazos y las risas de madrugada por encontrarnos bajo las sábanas.

Agradeceré siempre los libros, los paseos, los secretos y hasta el miedo constante a perderte (y a perderme por ello).

Agradeceré haber sido, haber estado, haber parecido.

Agradeceré habernos querido, amado y follado sólo a ratos.

Agradeceré no habernos tenido nunca por completo,

Porque así seremos eternos.

Tierra de nadie.

Me encuentro en tierra de nadie, con el sentimiento oscuro y doloroso de la pérdida, del abandono de cuando alguien se desvanece de tu vida, enterrándolo todo, apagando el fuego, la luz y la respiración.

Me hallo en medio de la nada, batallando contra fantasmas y gigantes que sólo tienen mi rostro y mis manos llenas de arañazos, y gritan tu nombre en cada pesadilla.

Parece que el tiempo se alarga hasta hacerse eterno desde que ya no tengo la duda de tus besos en la comisura de los labios ni la certeza del tacto de tus manos.

Es como si la Tierra, de pronto, girara un poco más despacio y los días aumentaran en número de horas.

Y es nefasto.

Un auténtico desastre.

Porque ahora que la historia ha dejado de tener sentido me gustaría poder avanzar a toda prisa como en las películas que ya has visto, hasta llegar a la parte desconocida, hasta detenerme de nuevo en el vacío del final para bailar bajando las escaleras, dejarme arrastrar por la insensatez de la locura justificada que todo lo permite, vaciarme de tristeza y soledad dentro de una improvisación como si fuera John Coltrane.

El problema de algunas veces es que tienes la certeza de que hay cosas que no cambian, de que hay marcas que se quedan, de que hay caminos de los que no se puede salir.

Y ya no sé si hablo de ti o de mí.

De elegir bien o de elegir mal.

De perder o de ganar.

De reír o de llorar siempre.

El problema de algunas veces es que tienes la certeza de no querer más partidas, de no poder olvidar, de no saber cambiar.

Este es mi sitio, tierra de nadie, donde todo vale y nada cambia, donde nadie viene a despertarme.

Y tú nunca te vas.

Y tú siempre me quieres.

Y yo puedo respirar sin que me queme la verdad.

La luz de las mañanas.

Y ahora recuerdo la luz de las mañanas que hemos pasado juntos, y cómo el sol se detenía justo en el instante preciso para iluminar tus ojos durante unos segundos fugaces que absorbían al Universo por completo, que me dejaban clavado en el suelo.

Y ahora recuerdo el humo ascendiendo bajo cualquier farola de luces amarillas, y la sonrisa idiota de haber bebido más de la cuenta.

Y la luna siempre brillando tenue porque sabía que acabaríamos llorando, tirados en el suelo, tirados en medio de esta existencia inerte y sin sentido.

Si vivimos para acabar muertos, convertidos en nada y olvido.

Y ahora recuerdo que la vida fue bonita durante un tiempo.

Antes de que todo se desmoronara, como el imperio romano y el techo de la catedral de Notre-Dame en pleno incendio.

Antes de que me cayera el jarro de agua fría por la espalda y las copas se estrellaran contra el suelo.

Subimos muy rápido y las caídas duelen más cuando se cae solo de nuevo sobre el barro y las rocas que ya conocías.

En lugar de buscar la luz, voy cavando intentando llegar al fondo esperando hundirme por completo de una vez por todas.

En lugar de intentar salir siempre acabo hundiéndome más, sin oxígeno, sin ganas de luchar, sin poder escapar.

La tristeza tiene los brazos abiertos, está dispuesta a acogerme y cobijarme durante todo el tiempo que sea necesario, mientras se me infectan las heridas y vienen los gusanos a por mí.

Yo sólo necesitaba tu sonrisa y un abrazo para que las nubes negras se marcharan.

Y ahora sólo hay tormentas tras mis ojos.

Y sólo quiero volver a ver aquella luz de las mañanas y a escucharte respirar como cuando dormías desnuda y con los dientes apretados.

Después de la muerte.

Me encantaba celebrar contigo la mayoría de triunfos. Las pequeñas victorias conseguidas parecían grandes gestas si después de una sonrisa me abrazabas y se te escapaba un beso en los labios.

Me encantaba llamarte por teléfono, escuchar tu voz, y que por un momento la vida me pareciera un buen refugio.

Y ahora da igual, la medalla de oro, el Nobel de la Paz, caminar por encima del bien y del mal.

Da igual que una desconocida de ojos azules quiera arrastrarte a su piso de Malasaña, te ponga de fondo la música que te gusta y te bese y te rodee con sus piernas como hacía tiempo que nadie lo hacía.

Da igual que huyas de su casa sin conocer su nombre ni su número de teléfono, y que Madrid te regale un amanecer frío, mientras se abre el cielo, que te ilumina los ojos y te hace temblar.

Da igual recorrer Callao y Sol sin nadie al lado, con Viva Suecia reventándote en los tímpanos y el corazón, mientras las calles sólo están despiertas para unos cuantos ingratos.

Da igual, absolutamente igual, porque conseguiste que estuviera muerto por dentro.

Y después de la muerte no hay nada.