En construcción.

La ciudad está en construcción, como algunos corazones en los que, si te asomas, pueden verse los cimientos a medias y las anti-estéticas grúas amarillas ocupando el horizonte. Es todo tan nuevo por estas inestables tierras llenas de agua salada y mañanas de niebla densa que ni siquiera el clima sabe cómo debe comportarse.

El mundo ya está tan loco como lo estoy yo.

Y, a pesar de todo, la vida sigue pareciendo bonita entre tanta maraña de mentiras sin control y gente sin escrúpulos.

Lo trágico es que hemos dejado de pensar en el futuro porque dudamos ya de su existencia, y que la inspiración está en estos tiempos tan arrinconada como las personas de buenos sentimientos.

Y que yo estoy tan lejos de ti como el fuego de la gasolina, o el ratón del gato.

Vuelvo a las andadas, a reiniciarme y llenar la nevera de cerveza, a pasar las noches pegado al sofá, entre libros que no consigo acabar y series que escucho de fondo.

He vuelto a volver.

Mi única misión a cumplir es dejar de tener planes, dejar de adelantarme, quitar las piezas del tablero y guardarlas de nuevo en su cajón.

Y escuchar el saxo tenor de Stan Getz cuando la luna se enciende, se me cansan los dedos y el alma, y la noche se antoja demasiado larga y tediosa sin compañía.

Te dejo las llaves debajo del felpudo de la puerta.

Entra cuando quieras.

 

Atemporal.

A temporal de lluvia y truenos no te gana nadie.

Has pisado de nuevo los charcos salpicando a quien pasaba por tu lado.

He encendido las luces del pasillo para ver si estabas al final.

Y nada.

Todo esto sigue siendo atemporal.

Promesas sin realizar.

Y el olvido nunca es fácil.

El ritmo electrónico me machaca los oídos y las entrañas, y vuelvo a despertar empapado de rabia, daño y efectos colaterales.

No dejas de aparecer y desvanecerte junto a mí, como esas farolas que parpadean en las historias de terror que acaban todavía peor de lo que imaginabas al principio.

Y es curioso porque sigues haciendo que todo deje de importar, la decadencia de la sociedad, el abismo hacia el que camina la humanidad, la extinción de las especies en peligro, el Apocalipsis zombie, la incorrección de los correctos.

Podríamos perdernos de nuevo, que nos de igual lo que pongan en la tele, preguntarnos por si acaso hay algo del otro que aún desconocemos, bebernos como si fuéramos el primer café de la mañana.

Podríamos salir de nuevo esta noche y dejar que hablen la música y la luna por nosotros.

Podrías volver a golpearme en el centro del pecho y empujarme contra el sofá.

Podrías echarle ovarios y ganas, y dejar atrás la falsa sensación de libertad que buscas.

Podrías apagar el ventilador y quitarme la camisa, soltarte el pelo, dejar que me abra hueco en ti casi sin darnos cuenta, vivir pegados, formar parte del otro, esperar el final borrachos y desnudos en el balcón, con la sonrisa del que ya no tiene nada que perder en la vida.

No te gana nadie, y yo siempre pierdo pero me lo dice bien Varry Brava:

“Y cuando no pueda aguantar saldré a buscarte una vez más.”

Recuerdos de una tarde de febrero.

Es curioso cómo el tiempo difumina algunas personas y algunos sentimientos, reduciendo lo que un día fue el centro de tu mundo a un simple insecto que se posa en el reposabrazos de un banco cualquiera del parque.

Y si lo piensas duele y alivia a la vez.

Es cruel pensar que, de pronto, alguien ha desaparecido para siempre de tus días y te da igual. Mientras se va borrando su rastro y su sonrisa, la memoria va arrinconando todos esos recuerdos que ya no aportan nada. 

Y te libera de todo aquello por lo que un día te sentiste culpable. Te da la paz que necesitas para poder seguir avanzando. Porque no somos culpables de todo lo que nos pasa pero sí responsables de gran parte de lo que nos sucede. Ya me he dado cuenta de que somos tan malos encajando emociones como recibiendo golpes en una pelea callejera. 

No queremos, no sabemos, no podemos.

Tan imperfectos, rotos y oscuros como esos cofres en los que al final hay un tesoro guardado.

Un día sale el sol y lo ves todo más claro, y casi consigues esa sensación extraña de ser alguien nuevo.

La persona con la que compartiste vida, cama y saliva ya no significa nada.

Por favor, que no me pase contigo.

No soportaría no poder recordarte.

Que no se te olvide.

Tantas noches bajo el mismo techo que no han servido para nada.

Sólo hay asco y cierta rabia.

Y mientras tanto seguimos alejando de nuestro lado a quien sólo ha querido lo mejor para nosotros. Es tan típico de la gente, lo de no saber mantener a las personas correctas junto a ti, lo de hacer daño de manera inconsciente y a pequeños mordiscos, sin darnos cuenta, favoreciendo diminutos indicios de dejadez e indiferencia, creando grietas que un día no podremos saltar para dar un beso y pedir perdón por todos nuestros errores, buscando la eterna absolución de aquellos que nunca debimos dejar atrás.

Tomamos las peores decisiones cuando no somos capaces de confiar en otros y dejarnos ayudar.

Metemos la pata hasta el fondo cuando nos permitimos el lujo de obrar por nuestra cuenta sin preguntar otras opiniones. Sabemos que es mucho más fácil ver los problemas de otros que los propios, y también las soluciones, pero no queremos permitirnos utilizar el comodín del público para mostrar nuestras debilidades.

Autosuficiente no es sinónimo de todopoderoso.

Que no se te olvide.

Tarde o temprano necesitarás ayuda, asegúrate de haber guardado a buen recaudo a quienes estarían dispuestos a anteponerse a las flechas y a las balas, y a evitarte las caídas.

Que no se te olvide, arrogante autosuficiente.

Escandinavia.

Los domingos son parecidos a bailar un bolero con el reloj, y nos van rasgando un poco el corazón aunque no nos demos cuenta.

Es momento para detestar los lunes por encima de todas las cosas, para ver los huecos en la mesa, en la cama y el sofá.

Los domingos se visita el cementerio.

Se encienden velas.

Se pasea por la plaza.

Se toma vermú.

Se come en familia.

Se dejan sin respuesta muchas preguntas lanzadas al viento.

Se extraña más que se echa de menos.

Duele todo y no da tiempo a pensar en Escandinavia.

Los domingos tienen ese tinte de final agónico, de resaca, de afonía culpa del alcohol, el tabaco y los gritos de la madrugada del sábado.

Los domingos se puede planear una huida, una estampida o seguir dudando de todo.

Repican las campanas y la calma invade las calles a la hora del café.

El tren se escucha a los lejos.

La gente prepara las maletas y se despide con besos.

Entiendes lo que significa la palabra saudade.

Algunos fuegos dejan de quemar.

Y otros se encienden sin saber que se apagarán algún día.

Confesaré que siempre detesto los domingos por la tarde, menos cuando estoy contigo y pisamos el mismo suelo.

Madurar.

Se nos va la juventud perdiendo el tiempo, llenos de miedo, y dejamos cada día que los rayos de luz asomen por la ventana sin saber apreciarlo. No todos han tenido suerte de poder taparse esta noche, de que alguien se preocupe por ellos, de que alguien les haya preguntado qué tal ha ido el día, de recibir un abrazo.

Estoy harto de dar un paso hacia adelante y retroceder tres, de ir siempre aprendiendo a base de golpes indeseables.

Y me planto.

Voy a dejar de mirar hacia atrás, dejar de recordar, de llorar, de lamentar.

Voy a blandir la espada y tumbar a todos los gigantes y molinos que se crucen en mi camino.

Voy a dejar que todo arda, que se quemen todos los libros llenos de palabras absurdas, vacías, sin sentido.

Voy a escupir a los pies de quien lo merezca y dejar de morderme la lengua.

Nos toca hacer del mundo un lugar mejor desde las trincheras, sin controlar las emociones, buscando puertos que nos quieran acoger.

Va a tocar compartir cama, sudor y humedad entre los dedos.

Dejarse de gilipolleces.

Debemos golpear la ignorancia con un derechazo a la mandíbula.

Cuidar del bosque y los secretos.

Empaparnos con la lluvia.

Apreciar el jazmín, las violetas y una buena botella de vino.

Y olvidarnos de quien no se acuerda de nosotros.

Supongo, que sí, que todo eso significa madurar.

Cuidarnos.

Un día estás en la cima y al otro revolcándote en la ciénaga.

No tenemos equilibrio.

No existe el punto medio.

Has vuelto a descubrirte con una mentira entre los labios, tratando de convencer a los que te rodean de algo que no crees ni tú mismo. Sigues esperando a ser tú; como si tuvieras que arreglarte, coserte las heridas y borrarte las cicatrices para eso.

Nos impiden salir a la calle cojeando, con dudas, sin saber qué queremos.

Nos obligan a estar perfectos para que nos quieran, como si tuviéramos que presentarnos intactos, todavía con el envoltorio en su lugar, como si viviéramos en un escaparate preparados para la foto desenfadada, para el atardecer perfecto, para la sonrisa permanente.

Ya no disfrutamos, sólo aparentamos buscando la luz, el ángulo, el momento, el lugar; siguiendo la corriente, haciendo caso a los consejos de gente que nos importa una mierda.

Todo es mentira.

Menos algunas cosas.

Algunas miradas.

Algunos besos.

Algunos abrazos.

Algunas palabras.

Sólo hay que darse cuenta y cuidarlo.

Y cuidarnos.

Hasta cuando no tengamos ganas ni de levantarnos de la cama.