Inspiración.

Recorro caminos desconocidos por los que avanzo por decisión propia.

He aprendido a sonreír ahora sabiendo que nadie me empuja al vacío, y tú te has quedado a lo lejos, dejando que el tiempo y la vida decidan por ti, viendo la película desde la última butaca de una vieja sala de cine que huele a palomitas.

Escuchando una canción de Lori Meyers siento que llega la inspiración. Uno de esos momentos en que no sabes por qué pero una letra te llega, te hace pensar. El ritmo acaba metiéndose en tu cabeza, con reminiscencias de música de Los Beatles, un sonido de los 60 que siempre te gusta cuando lo oyes en la radio, ligero, despreocupado, que te hacer recordar momentos buenos. A mí me trae la brisa del verano, al lado de la playa, cuando el sol se va escondiendo de una luna que le pone mala cara. Algunas gotas saladas te mojan los labios, pero nada importa, te las bebes porque no existe el tiempo, ni la ansiedad, ni el miedo.

Y además, con la música rebotando en mis tímpanos me siento como el tipo de la canción: sin equipaje y sin dirección.

Para mí es confuso el despertar de esos momentos, esos momentos en que la inspiración llama a tu puerta. Por una vez, estoy preparado para ella, con un bolígrafo y unas hojas sucias a mano para escribir todas las cosas que me vienen a la mente, para ordenar ideas y nombres que me parecen absurdos. Para ordenar todos los pensamientos que las notas y las sílabas transportan a mi mente.

“En el cielo juntos los dos, ahora suena su canción”.

Sin querer.

Te quisimos casi sin querer, sin darnos cuenta, sin ser conscientes, como pasa con las cosas buenas de la vida. Fuiste haciéndote hueco entre nosotros como los rayos de luz entre las nubes oscuras de los días malos.

A golpe de sonrisas y cervezas, y quitarle importancia a los problemas de la vida.

A golpe de echar una mano y hasta el hombro si era necesario.

La vida es tan dura a veces, tan difícil, tan complicada, y de pronto se esfuma, y te hace pensar que luchar no merece la pena, ni esforzarse. Y, sin embargo, tú has tenido que combatir la pérdida, el vacío eterno de perder a tu único amor, el futuro truncado. Has sido ejemplo de dignidad y lucha siempre sin querer, relativizando el dolor, la soledad, la tristeza inabarcable.

Te seguiremos esperando para tomar una servesica después de ensayar, para ir a escuchar algo de jazz en el Jimmy Glass, para improvisar sin poder ver la partitura o echarnos el primer café antes de salir de pasacalle.

Supongo que estarás riéndote de nosotros mientras lloramos por tu ausencia, chistando un arrea melón para sacarnos la sonrisa que la enfermedad no logró arrancarte a ti.

Espero que lo primero que hayas hecho al llegar allá arriba haya sido darle un beso al Cari, pedir una caña y echarte un buen solico de trompa.

La eternidad ya es vuestra.

PD: Prometo seguir escribiendo siempre para que me leas, amigo.

El último bastión.

No fue amor a primera vista.

Tardé un tiempo en darme cuenta de que eras mucho más de lo que aparentabas bajo mil capas. Tuve que escarbar con tiento y paciencia, con saliva y sudor, para acabar descubriendo esa cara oculta que nunca muestras.

Me costó intentar que te vieras en el espejo como lo hacía yo, que te quitaras la idea absurda de lo que veían los demás tras el reflejo de tus iris.

Todos tenemos máscaras y abrigos que nos vamos quitando depende de con quién nos encontremos.  Todos tenemos facetas que están reservadas a unos pocos elegidos.

Y es que no está de moda la sinceridad.

Es más sencillo convertirnos en cuadrículas diminutas, en pisos que según quién entre abren unas puertas u otras, como cuando vienen invitados y tienes miedo de enseñar tu habitación, el último bastión que protege lo que queda del reino.

Me colé en tu vida como un caballo de Troya y he habitado durante un tiempo, como un obsequio, un regalo, una planta que sólo pedía algo de agua y alimento en forma de besos para seguir creciendo. Exploré tras tus murallas como un intrépido Robin Hood a la busca de un tesoro que repartir entre los pobres.

Batallamos con intensidad deshaciendo nudos y creando enredos, pero todas las guerras se acaban, como los abrazos.

Y después sólo quedan ruinas, humo y silencio.

Benditas canciones.

Algunos desastres sólo traen cosas buenas.

De pronto para mí se han levantado las persianas y ha vuelto a entrar el sol en casa, y puedo respirar hondo sin que me duela el pecho ni me pese la sonrisa.

Es raro pero siento esa calidez de antaño recorriéndome las articulaciones, como si de pronto algo supiera dentro de mí que se acercan la tranquilidad y la vida de la mano, y al mismo compás.

De verdad que es raro, lo de darte cuenta de que no eres culpable de nada, que no era culpa tuya, que hay personas que están condenadas a tomar malas decisiones día tras día y de pronto, te permiten un día soltarte el collar y escapar.

Y abrir los ojos.

Ni siquiera me duelen las mentiras, porque estas sólo se pudren dentro de quien las dice y no de quien las recibe.

Bendita ignorancia.

Benditas canciones que me hablaban de ti y ahora me salvan porque yo sí te he querido, de manera clara y transparente.

Y nunca he tenido miedo ni he necesitado de escudos contra ti.

Ojalá te acuerdes de los bailes, de las risas, de los besos, de las manos, de los sueños, de mis dedos en tu nuca y te vayan pesando con los años.

Tú que decías que todo duraría hasta que yo quisiera, que acabaría odiándote.

Te has encargado de hacerlo bien, muy bien, te has empeñado en crear heridas con ganas, has intentado derrocarme de todas las maneras posibles.

Pero no te lo concedo.

Prefiero brindarte una sonrisa eterna y una risa cristalina que te persiga cuando estés tan perdida como aquella primera vez que quisiste abrazarme y te creíste afortunada al respirar sin miedo.

El enero más largo de nuestras vidas.

El desastre ha hecho que ya nunca cene besos ni me duerma escuchando tu respiración en la habitación a oscuras.

Ya sólo resuena post-rock en las paredes.

Hay velas encendidas que huelen a frutos del bosque por la casa.

Me duelen la mano y el corazón de escribir.

He arrancado algunos cuadros.

A veces me falta el aire.

Nunca tengo ganas de hacer la cama.

Un nudo en la garganta me aprieta de manera permanente.

He roto algunas fotos.

Las tazas de café se acumulan en la cocina.

Sólo cierro los ojos cuando los vecinos dejan de gritar.

Pero podría ser peor, a pesar de todo estamos vivos.

Callados pero vivos.

Recuerdo los días en los que éramos héroes con copas en la mano y risas en las tripas, sin capa, sin traje ni disfraz, sin banda sonora.

Héroes sin esperanza que han desaparecido con las primera dudas.

Héroes que al primer problema se han esfumado.

Ya no luchamos, sólo nos dejamos perder.

Ponemos barreras para poder huir más rápido y más lejos sin tener que dar explicaciones, sin hablar en voz alta, agachando la cabeza, llenándonos el pecho de flores muertas y caparazones que ha traído el mar revuelto hasta aquí.

Sólo quiero que dejes de doler, poder ver el amanecer con alguna esperanza, escuchar el despertador sin querer hundirme en el colchón.

Sólo quiero que esto acabe.

El enero más largo de nuestras vidas.

 

 

Arrecifes blancos.

Hay días en los que te sientes más solo, triste y abandonado, como si de una sábana se tratara la sensación te cubre por completo, desde la cabeza hasta los pies y se mimetiza con las partes de piel que llevas descubiertas de ropa hasta ir entrando poco a poco y calando hasta los huesos. Se acurruca en tu interior como los cachorros contra sus madres, o los polluelos en el nido, y va tomando fuerza a medida que crece hasta dejarte contra las cuerdas.

El equilibrio es algo frágil, como el milagro de la vida o la supervivencia de los ecosistemas.

Un mínimo fallo y todo se va al traste.

Un espermatozoide lento que no llega a fecundar al óvulo.

Unos grados más de temperatura y desaparece el color del arrecife.

El mundo se mantiene funcionando siempre que cada actor represente el papel que le ha tocado en la obra de la manera exacta en que lo debe interpretar y yo me he quedado sin guión, sin partitura que poder seguir para llegar al final de la sinfonía.

Voy improvisando a diario, y salto entre sueños vívidos y acrobacias nocturnas.

La capacidad de adaptación a veces no es suficiente para sobrevivir.

Algunas decisiones lo truncan todo para siempre, igual que algunas lesiones destrozan carreras deportivas.

Ya no puedo ver el brillo en tus ojos porque los míos lo han perdido por completo.

Y entre tanto está el miedo a romper el silencio, a destrozar el blanco de las nubes con palabras que no van a llegar a ningún puerto, a que el whisky se salga del vaso y el libro se ponga perdido.

El miedo que se apodera de las fibras nerviosas y las manos, y hace que temblemos y se nos cierre la garganta.

Te echo tanto de menos que no me atrevo a decírtelo.

El mensaje dentro de la botella.

Los momentos de calma duran poco, son una especie de espejismo, un oasis en medio de lo larga que es la vida.

No hay que dejarse mecer por las olas porque nunca sabes cuando va a girar el viento y te va a engullir el océano hacia sus profundidades. Los vientos rolan y de pronto las velas se llenan por completo y arrastran el barco con fuerza.

Es arriesgado vender tu vida a la mar y también a otras personas, cuando dejamos que nuestro destino esté en manos de otros estamos dejando de controlar el rumbo, es por eso que cuando nos sentimos abandonados ya no recordamos ni cómo se utilizaban las brújulas para saber qué dirección debemos seguir.

No somos capaces de encontrar la Osa Mayor en el firmamento.

No podemos buscar puerto cuando nos han dejado naufragando sin tierra a la vista.

Se nos olvida lo que era sentir los tibios rayos de sol calentando nuestra piel, se olvida lo que era un abrazo inesperado, una llamada nocturna que duraba horas y hacía que tuviéramos que cambiarnos el teléfono de oído varias veces.

Se nos olvida lo que era que una cerveza acabara en desayuno, llegar tarde a todas partes apurando el estar desnudos dentro de la cama, ver paisajes tras las ventanas mientras ocultábamos las manos.

Se me olvida lo que era no tener un peso en el pecho que no deja de crecer, y esa mala sensación en la nuca que avisa de un futuro catastrófico.

Se nos olvida dónde tenemos el corazón y la boca.

Perdemos la voz y la memoria.

Y vamos desapareciendo como han desparecido otros amores durante milenios.

Ahora sólo somos siluetas que se borran de las fotos y besos en el cuello que ya no nos obligan a cerrar los ojos y a susurrarnos mientras nos arrastramos a la cama.

Ojalá se acabe pronto esta tortura con un mensaje de amor dentro de una botella porque las noches son demasiado oscuras, frías y largas, y ya no puedo aguantar estoicamente a que arrecien las tormentas si sé que nunca vas a volver.