Mes: noviembre 2016

Ruinas.

Las luces de las farolas parpadean tras los cristales, el silencio nos asfixia, el diablo sonríe, la lluvia débil cayendo me recuerda a mi pulso y el frío te agarrota el corazón. Podría ser esto el Berlín más gris de una novela negra y nosotros tan sólo un par de espías soviéticos que se miran en la distancia, que tras compartirlo todo se dicen adiós.

En algún momento te das cuenta de que ya te han destrozado, o te has destrozado tú mismo. Sabes que has aceptado las propinas, que has buscado el amor seguro con sexo inseguro, que te has conformado con cualquier resquicio de cariño sin tener por qué hacerlo.

Tienes claro que tu piel va a congelarse de nuevo, que duelen los huesos, que sangran los labios por culpa del viento. Y que ella se va a ir una y otra vez, y tú vas a estar buscándola siempre.

Todo son saltos, piedras en los zapatos y equivocaciones.

Todo son agujeros en el pecho, lágrimas recorriendo las mejillas y sonrisas que duelen.

Todo son jodidos problemas, resacas y canciones de Iván Ferreiro. 

Parece que no podemos acertar, que estamos destinados a equivocarnos una y otra vez. Parece que se nos va a acabar para siempre la cerveza fría.

Querer a alguien es más difícil que enhebrar una aguja a la primera.

Me has susurrado al oído y he querido ponerme la capa, ser tu héroe de las cosas pequeñas. He querido salvarte de los malos finales, colarme en tu cama en una noche de invierno para aislarte del frío, darte todas mis vidas en abrazos, y vencer al cruel villano de los cómics con uno de nuestros besos.

Al parecer, me encontré con el único verso que no podía rimar. Qué zorra es la vida.

Voy a permitirme perder ya la esperanza.

Si ya soy todo ruinas, qué más da.

Nos persigue la tormenta.

Llueve otra vez, y diría que los relámpagos se encargan de dibujar tu nombre si eso no me hiciera parecer un pobre loco.

Los recuerdos se ciernen sobre mí los días grises y me cuesta volver a remontar, olvidar y alzar el vuelo. Encajar mis piezas y poder seguir caminando como si no hubiera pasado nada. Volver a echar tierra sobre lo vivido y caminar dejándolo todo atrás. Debería haber aprendido a protegerme después de tanto tiempo, saber que debería haber escarmentado pero he vuelto a caer en el error.

Una imagen puede volver a tu cabeza y agujerearla con más facilidad que cualquier bala. Y aún tengo en la memoria mis dedos acariciando tu piel como un lienzo por pintar, pasear por tus costillas como quien se encuentra sobre las teclas de un piano, navegar entre tus piernas sin importar el rumbo, sin pensar en el destino.

Casi duele pensar en la inocencia del principio, del que da todo sin esperar nada a cambio, del que se desnuda sin reparos ni espera la puñalada. Duele pensar que todo se ha ido al traste, que lo que parecía perfecto ha acabado por marchitarse, que los sentimientos que dijimos que serían eternos no han hecho más que vaciarse.

Se supone que debemos alejarnos de lo que nos hace daño, se supone que aprendemos a poner distancia con aquello que nos duele. Pero hay algo extrañamente adictivo en el sufrimiento que te hace permanecer más tiempo del que deberías donde ya no te quieren. Pensamos que las cosas pueden cambiar, que todo puede ir a mejor. Creemos que quedan esperanzas y al final, una última oportunidad.

No nos convencemos de que el fracaso también está permitido, y equivocarse mucho más. Y que la opción de aguantar sólo acaba haciéndonos un agujero negro en el pecho y años de no perdonarse a uno mismo.

La valentía ya no se premia en los tiempos que corren, ni la sinceridad, ni mirarse a los ojos sin tener que hablar. La valentía es otra de esas cosas en peligro de extinción, como el quererse de verdad.

La decisión final siempre ha estado en tu mano.

Nos persigue la tormenta.

¿Y si en lugar de huir como hacen todos nos quedamos?

Rayo de luz.

Otra vez cae la gota de whisky por su barbilla. Otra vez le escuecen los ojos y le falta la voz. Ya no hay roces en su piel ni marcas recientes en su corazón.

Le pasa cada día, que el mundo se le viene encima e intenta empezar de nuevo. Sin éxito. Le pasa cada día, que sólo siente algo de calidez cuando su recuerdo le inunda la memoria y se asienta en su garganta.

Perdió la esperanza hace tanto tiempo que ya no recuerda lo que es sonreír de verdad, no recuerda lo que es que el sol salga y se ponga cada día, y no le importa en absoluto lo que suceda a su alrededor. Dejó de preocuparse por sí mismo y ahora ya ni se inmuta por lo que pueda pasarle a los demás. La vida le hizo tanto daño que se quedó en nada, dejó la humanidad olvidada en alguna alcantarilla y ahora supone que es demasiado tarde como para recuperarla.

Lo único que le mantiene unido al mundo real es el trabajo, algo que hace para poder vivir, aunque a veces se pregunta si tiene sentido. El trabajo, y enfrentarse a una hoja en blanco cada tarde aunque ella ya no pueda leerle.

Hay almas que se apagan poco a poco, llega la enfermedad para introducirse en sus huesos, para ir carcomiendo su espíritu y al final, la Parca las coge de la mano, sonríe y se los lleva. Cuando alguien se va, su hueco no lo llena nadie, por mucho que el tiempo intente poner parches para ello, por mucho que aparezcan nuevas personas y distracciones. Cuando alguien nos deja hay rabia y dolor, e incomprensión. Luego viene la calma y cierta tranquilidad pero no hay cura para la ausencia.

Echar de menos un abrazo, una risa, su forma de hablar, una mirada, su olor, una caricia.

Nadie merece la muerte pero el corazón de alguien acaba de dejar de latir.

Aún recuerda cómo cogió su mano en aquella cama de hospital, aún recuerda cómo besó su frente fría por última vez, aún recuerda cómo dejó que sus labios rozaran los suyos antes de susurrarle un último adiós.

Y cree que en aquel momento sus cuerdas vocales se quedaron paralizadas para siempre.

Ella se lo llevó todo, hasta sus palabras. Quizá es por eso, que ahora tan sólo escribe.

El callado, taciturno y misterioso. El vecino que nunca conversa con nadie en el ascensor.

El mundo habría perdido mucho menos si él se hubiera ido antes. La humanidad habría salido ganando si ella se hubiera quedado para seguir luchando.

La botella vacía derramada por el suelo, las lágrimas rodando por sus mejillas, el humo de veinte cigarros mal apagados ascendiendo por la habitación, una página en la que sólo está escrita la palabra fin.

Y una grieta entre las costillas que no se puede arreglar ni con la mejor cirugía.

A su alrededor sólo un rayo de luz colándose en medio de tanta oscuridad, y es ella. El reflejo de su pelo.

Bailar en la nada.

Todavía no había conseguido darme cuenta de que eres la canción que nunca había cantado. Tantas noches observándote, dejando que mis ojos vagaran por tu cuerpo en busca de tu alma. Tantas noches perdiendo la cabeza y el sueño para poder ganarme tus besos.

No sé qué pensarás cuando yo ya no esté, cuando esto se acabe, cuando la marea me arrastre todo lo lejos que pueda de ti y de tus labios. No sé cómo podrás seguir con tus días ni yo con los míos pero habrá valido la pena, porque durante un tiempo fuimos valientes y estuvimos a punto de sacar todos los sueños y desperfectos del cajón. Estuvimos cerca de querernos de la forma más fácil que existe, sin complicarnos la vida, sin reproches, sin ceños fruncidos y desconfianza. Con lo bonito que es abrir la puerta y que alguien te reciba con una sonrisa y algo de cariño en los bolsillos. Con lo bonito que sería dejarse caer de espaldas sin temer el golpe.

Y es que me has tenido en tus manos siendo más frágil de lo que imaginas.

Después de ti, creo que la vida será como cuando pasa la tormenta y se van las nubes, que sale el sol pero se queda el suelo mojado. Será como el poso que queda en la taza del café. Será como el mar sin poder arrastrar toda la arena de la playa. Será como una noche de luna llena con un rastro de niebla y eco en las montañas.

Seguro que será mucho más difícil olvidarte de lo que fue conocerte, de lo que fue conseguir que nuestras miradas se cruzaran en el tiempo. Y está claro que tu recuerdo me perseguirá cuando consiga ser feliz en otra parte, en otros brazos y en otro nombre, que llevaré conmigo el doble lazo que me has dejado en el pecho.

Lo que no tengo tan claro es cuando va a llegar el adiós. Si te atreverás a que haya despedida, o si serás cobarde y me dirás tan solo un hasta luego para que no pierda la esperanza, para que pueda abrigarme las noches más duras del invierno.

Y aún tengo que decirte todas las cosas que nunca te he dicho, quitarte la falda, gritar contigo, bailar en la nada, morderte las bragas.

Y aún tengo que dejar que el mundo deje de importarnos una noche más.

Y perdernos a oscuras, saltar los charcos, robarte las ganas.

Y conseguir que no me pese el futuro de la misma forma que lo hace el pasado.

Y que te quedes conmigo sin tener que pedírtelo.

Llueve y amanece.

Llueve y amanece, mi vida.

Y me parece triste y hermoso a partes iguales.

Como lo somos tú y yo.

La lluvia cayendo sobre las aceras, y los rayos de tinte rojizo proyectándose entre los edificios. Siempre me gusta contemplar la lluvia desde la ventana, desde el refugio que me dan cuatro paredes y tus latidos de fondo.

Pero nunca pasa.

Porque no estás.

Hace un día de esos que cumplen la definición perfecta de otoño y no sé si hay que sonreír u ocultar los sentimientos. Hace un día de esos de caos en el tráfico, de charcos junto a los semáforos, de lágrimas en tus ojos.

El aire, a pesar de todo, sigue inundando nuestros pulmones, las dudas nos golpean cada vez más fuerte y tus besos ya tocan hueso.

Hay tantas historias como gotas de agua ahí afuera, hay tantas mentiras como iris y sonrisas, hay tantas estrellas que no vemos en la oscuridad y sin embargo siguen brillando.

No hay truenos ni relámpagos que nos obliguen a dar marcha atrás, y no existe el miedo a que se vaya la luz si estás conmigo.

Te recuerdo que nos hemos empapado bajo la tormenta y también bajo las sábanas, que nos hemos besado con lluvia, con y sin alcohol de por medio, que nos hemos dicho medias verdades desnudos en plena oscuridad, que tú también lo has visto, tocado y escuchado, que no son invenciones mías.

Te recuerdo que no debería existir el dolor si no va a haber abrazos después, que no se trata de ganar pero todo es perder sin ti, y que esto, la existencia misma, no es cosa de llegar el primero a la meta, si no de llegar con quien quieres.

Llueve y atardece, mi vida.

Y me parece triste y hermoso a partes iguales.

Como lo somos tú y yo.

Ven.

Drama.

Somos drama.

Y cómo cansa.

Nos complicamos a diario, desde que salimos de la cama. Es como si por la noche, mientras dormimos, fuéramos incubando todas las cagadas que vamos a hacer al día siguiente. Como si nuestro cerebro aprovechara nuestra falta de consciencia para ir hilando nuestro futuro sin contar con nuestra aprobación. Quizá es por eso que siempre tenemos la sensación de que algo se nos escapa, por muy atado que lo tengamos todo.

Y es que al final, de lunes a domingo nos encargamos de fingir. No nos damos ni un minuto de tregua, y al final la máscara debe caer. Al final los disfraces llenan el suelo y se mezclan con las lágrimas, con el dolor, con la desesperación.

Nos han exigido tanto, nos hemos exigido tanto. No hay quien aguante tanta presión sin venirse a bajo.

Por si fuera poco nos encargamos de ir complicándolo todo, de ir tomando decisiones que nos ponen contra las cuerdas. De dejarnos llevar. De cogernos a una liana sin ser capaces de soltar la anterior.

Nos puede el miedo a lo desconocido, nos puede la atracción permanente del pecado, nos puede navegar en el desastre.

Y ahora tenemos que disimular, mentir, tejer una red, y después no hay quien arregle las cosas. Después no hay quien sea capaz de poner el parche, de arreglar el descosido, de explicar las cosas sin que parezca todo aún peor de lo que es en realidad. Se nos traba la lengua, nos tiemblan las manos y ya no podemos mirarnos a los ojos sin que nos de una punzada el corazón.

Y a mí no me gusta todo esto. No me gusta tener que arreglar lo que no hacía falta destrozar.

Después de todo, supongo que soy más básico de lo que pensaba. Incluso de lo que pueda parecer.

Sólo pido dejar atrás tanta tragicomedia griega, que se allane el terreno, que por una vez las piedras se queden a un lado de esta travesía, que no haya nubes, coger todos los semáforos en verde, que el café nunca se enfríe, que tus ojos nunca dejen de mirarme.

Me gustaría que fuera sencillo, sentirme mejor, no tenerte tan lejos, conformarme con esto.

Pero no soy capaz de hacerlo.

La triste realidad es que sé exactamente lo que quiero, y no puedo tenerlo.

Como siempre.

Será falta de autoestima.

Desde que tengo uso de razón, la mayor parte del tiempo, he querido ser otra persona. Ya no hablo de habitar otro cuerpo (eso sólo me pasa desde que cumplí los cinco años). He querido ser alguien distinto, con otra cabeza, que no piense ni actúe de la forma en la que lo hago yo.

Me sigue pasando a día de hoy, y supongo que me pasará siempre.

Yo no sé en qué momento comencé a exigírmelo todo, a tener que saber, entender y hacer más que los demás. Yo no sé por qué me obligué a estudiar hasta que me doliera la sien, a leer por las noches hasta tener los ojos rojos, a escribir hasta ser capaz de contar algo que valiera la pena. Yo no sé por qué tenía que llegar siempre el primero a todas partes y salir el último. Por qué tenía que marcar más goles, sacar más nota en los exámenes, ser el mejor músico de mi clase.

Duele tanto, duele tanto tratar de comprenderlo todo, de entenderlo todo. Dejarse en último lugar, que los demás vayan siempre por delante. Porque al final es lo que hago, porque al final me preocupo más por cualquier persona que me diga buenos días que por mí mismo, porque da igual. Porque el dolor lo arrastro desde siempre y va conmigo. Porque al final estaré bien, sobreviviré a cualquier cosa, sobreviviré a la mayoría de lo que me suceda.

Porque tienes que ayudar a los demás, no ser egoísta, ponerte en su lugar.

Y me definieron tan bien la marca que separa al bien y el mal, lo que puedo y no puedo hacer, hasta dónde puedo llegar, porque tu libertad acaba donde empieza la de los demás.

Yo creo que lo de ser así de idiota no tiene solución, que con eso nadie va a ayudarme, que no hay quien pueda hacer que cambie.

Será todo falta de autoestima, de buscar la aprobación de los demás. O que soy gilipollas directamente.

[Igual la fiebre y la falta de sueño son culpables de todo esto.]