Mes: junio 2018

Las víctimas de la memoria.

La vida acaba siendo un desastre tras otro, no necesariamente de manera natural. La mayor parte de las ocasiones lo forzamos todo tanto que lo transformamos, y nos transformamos, hasta ser simples caricaturas de lo que un día fuimos. O más bien, pienso, en lo que creemos que un día fuimos.

Somos más víctimas de la memoria que de las mentiras.

Aquellos recuerdos dorados en los que te ves sonriendo apenas existieron, apenas fueron buenos aquellos días de verano aunque ahora los recuerdes con un aire de añoranza. Tampoco pienses que aquella tarde cerca del mar fue de las mejores de tu vida. Nos encargamos de aderezar los instantes pasados para creer que fueron irrepetibles, adornamos con palabras y giros de guión aquella escapada, aquel viaje rutinario, aquella noche en la que tan sólo dormimos juntos y tenemos la sensación de que follamos como si fuéramos salvajes. Nos aferramos al pasado porque somos incapaces de construir un buen presente, porque preferimos recordar y sonreír a hacer algo con esfuerzo y que sea mejor. Es tan sencillo acomodarse, dejarse caer en el sofá y encender el televisor, poner el piloto automático en la vida y que el avión nos lleve por donde nos tiene que llevar, a una altura y un rumbo definidos. Sin pensar mucho, sin desgastarnos la materia gris.

Somos fruto de nuestros propios engaños, de todas las vendas que nos ponemos sobre los ojos para no ver la realidad que nos golpea como el viento de poniente en pleno verano.

Vivir del autoengaño, a eso nos dedicamos en el siglo XXI, a autoconvencernos, a cerrar los ojos con fuerza, a no escuchar a los otros, a no mirar a los lados.

Hemos sido absorbidos por el afán de aparentar, de tener que sonreír siempre, de pretender ser más que los demás. Tener más éxito, dinero, sexo, planes, ropa, teléfonos, coches, casas, vacaciones.

No sé en qué momento llegará eso de buscar más dignidad, honradez, sinceridad, valentía, respeto, tolerancia, comprensión.

No sé si dejaremos de aparentar para simplemente ser.

Y eso también me lo pregunto cuando pienso en nosotros.

Y sólo hace que quemarme por dentro.

Todas las mañanas.

Vacío, supongo que es así cómo me siento en estos momentos.

Completamente vacío.

Un continente sin contenido que deambula por el mundo porque no queda más remedio, porque el resto de opciones y alternativas son mucho más trágicas, y suelen implicar sangre o alturas, y ponerlo todo perdido de vísceras y miedos.

No sé si tú recuerdas aquel tiempo en el que caernos no hacía daño porque teníamos la mano del otro para levantarnos, y entonces el viento siempre se ponía de nuestro lado para empujar las velas y devolvernos al rumbo correcto. Y podíamos llenar los pulmones e intentar volar sin miedo, aunque el corazón estuviera siempre temblando por culpa de la incertidumbre.

Lo único que puedo pensar ahora es que no me merezco tanto dolor, ni este daño, ni todas estas marcas que me has ido dejando por el cuerpo para que no pueda olvidarte. Es tan cruel la distancia cuando yo sólo quiero entender, cuando sólo quiero hablar y saber, y acabar de conocer(te) y conocer(nos).

Y ver contigo todas esas horas que nunca acaban.

¿Qué nos queda ahora? Si lo hemos ido tirando todo por el suelo, si hemos llenado el pasillo de muebles con los que tropezarnos, si hemos gastado el buen vino y los deseos en lugar de guardarlos para cuando nos hicieran más falta.

Yo creía más en ti que en mí mismo, confiaba que eras mi apuesta ganadora, el todo al rojo que me daría el premio definitivo, con el que no tendría que conformarme porque sería todo lo que siempre he querido.

Es tan injusto que sigas quemando y yo no pueda hacer nada, que no pueda olvidar, ni caminar, ni retroceder.

Es tan injusto que siga hasta los huesos por ti, y que me esté destruyendo por no saber huir, por no querer irme de donde me quedaría para siempre.

Porque siendo sincero, no se me ocurre ningún lugar mejor para afrontar la eternidad que ese hueco, que yo ocupaba, justo a tu lado.

Donde podía besarte el cuello y los labios sin que nada doliera.

Donde podía coger tu mano sin temor.

Donde podía ver tu sonrisa, lo único que me importa, todas las mañanas.

Ataraxia.

Si al final lo único que queremos es dormir tranquilos, lo único a lo que aspiramos en la vida es no tener preocupaciones, poder besar, reír, abrazar, sin que nada duela, sin que nada pese y nos arrastre como si fuera una corriente marina traicionera.

El miedo ha ido creciendo dentro de mí y es tan tramposo, porque nos hace inseguros, cobardes. El miedo nos transforma y puede sacar lo peor de nosotros mismos: el odio, el rencor, la rabia. Estoy haciendo una lista con los errores que he cometido contigo para quemarla en San Juan, para intentar empezar de cero conmigo mismo y ser capaz de perdonarme. De nuevo soy el culpable de todo, de nuevo he arruinado la situación. Ahora me siento tan responsable de todo el daño que te he hecho, de todo el caos que he causado, que soy incapaz de cerrar los ojos sin que me despierte la taquicardia.

Contigo conseguía esa paz estoica, esa extraña calma en la que puedes escuchar cómo crecen las flores y ahora lo he convertido todo en un campo de minas, tan peligroso para lo dos.

Contigo todo era ataraxia, conseguía estar en equilibrio y quitarme los remordimientos, el malestar conmigo mismo. Lograste que pudiera mirarme al espejo sin odiarme, sin querer arrancarme la piel al desnudarme, que me sintiera querido, cuidado y protegido. Ayudaste a que buscara eso que todos deberíamos buscar por nosotros mismos: ser mejores, llegar más lejos, saltar más alto.

Supongo que ya te habrás dado cuenta de que, por mucho que pueda o sepa escribir, sigo expresándome mejor con besos que con palabras, que al final sólo los gestos nos representan realmente, y a tu lado se me atragantan las oraciones subordinadas, acabo diciendo lo contrario a lo que quiero decir, me explico peor de lo que me gustaría.

Espero acabar siendo una figura de mármol, que todas estas turbulencias que siento se vayan lejos, quedarme inmóvil por un tiempo, que pasen los días y las noches lo más rápido posible, que desaparezca esta sensación que tengo en la piel, dejar de echarte de menos más de lo que he echado de menos a nadie antes, querer vivir de nuevo.

O que lo arregles todo y vengas a salvarme con un abrazo, y me dejes llorar en el hueco de tu cuello hasta calmarme, que tus besos sean bálsamo y no veneno.

 

Ese extraño superpoder.

Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, ¿verdad? Algunas veces hay que tomar distancia y aire para aprender a valorar las cosas y saber apreciarlas. Es como cuando llevas meses sin poder conciliar el sueño con tranquilidad y recuerdas cómo era la sensación de despertarte descansado. Llevo tanto tiempo sin dormir profundamente, con los motores trabajando a todo trapo, con el cerebro procesando información las veinticuatro horas del día que supongo que de un momento a otro la maquinaria parará por completo y no podré abrir los ojos durante meses.

Quizá sólo necesito un estado catatónico para recuperarme por completo.

Es todo tan horrible ya.

Esta mezcla de nerviosismo, miedo e inseguridad que nunca acaba.

Pase lo que pase.

Y es que cometemos el grave error de pretender que nos curen otros, de dejar la responsabilidad en manos ajenas. Cometemos el error de pretender que la felicidad de los demás está por encima de la nuestra.

No sabría decir muy bien en qué etapa vital me encuentro, por mucho que lo analice. He conseguido convertir en un auténtico infierno lo que debería ser un momento absolutamente feliz. Tengo esa capacidad, ese extraño superpoder, de arruinarme sin necesidad de que lo haga nadie más.

He metido la pata tantas veces y tan hondo contigo por culpa del pánico, que he conseguido asustarte y alejarte, y ya no sé cómo ni qué decirte para que veas el horizonte como lo hago yo. Para que veas que a tu lado ningún domingo me parece gris, ni odio tanto a las personas y me acaba gustando hasta el peor de los cafés. Para que veas que las cosas ya son bastante difíciles como para que las compliquemos más. Para que veas que querer también puede ser suficiente si se trata de nosotros dos. Para que veas que contigo sólo quiero sonrisas y alejar todo el dolor.

Voy a calmarme un poco después de estas semanas de tormenta incesante, voy a tragar saliva y dejar de hablar y pensar.

Voy a pedirte perdón por hacerte daño cuando es lo último que quiero.

Voy a dar un paso atrás, volver a la sombra.

Lo de alejarme demasiado, lo de olvidarte, lo intento en otra vida, que en esta no puedo.

Noventa minutos.

Noventa minutos.

Un partido de fútbol dura noventa minutos. Ir más allá es demasiado para el corazón de un aficionado si estamos hablando de la final. Dos países esperando a proclamarse los mejores del mundo durante cuatro años, hasta que llega otro para arrebatar el trono.

Coloca el balón sobre el punto de penalti y respira hondo. Su gesto es serio, de concentración, aunque su respiración indica nerviosismo. Está en sus manos el título, o en sus pies, mejor dicho. Le dedica al portero una mirada de seguridad, que se desliza sobre la línea moviendo las piernas y los brazos en un intento de intimidarlo. El estadio ruge. Puede acabar con la agonía de la tanda de penaltis, dar una alegría a su país y a la afición.

Puede pasar a la historia, algo que todo futbolista quiere conseguir.

Observa los tres palos, piensa si quiere tirarlo con potencia o colocarla. Sabe que el portero espera que haga lo de siempre, baja, potente y a la izquierda. Su zona de confort, donde se siente seguro, un disparo certero. Se pregunta qué pasaría si buscara la escuadra derecha, si es arriesgarse demasiado.

Los segundos pasan y el árbitro se mueve a sus espaldas.

Sabe que no puede fallar, que si no va entre los tres palos o el portero detiene el disparo será objeto de burla y de insultos. Ningún futbolista puede permitirse eso, por muy bueno que sea.

Toma distancia de la pelota, mide dos pasos hacia atrás y uno a la izquierda, lo justo para poder impulsarse, golpear con fuerza, y ponerla justo donde quiere. Y, de pronto, la multitud del estadio se calla esperando el momento decisivo, un silencio atronador que hace que sólo sea capaz de escuchar sus latidos con fuerza. Clava la vista en el portero dispuesto ya a golpear el balón.

Tres segundos.

Dos segundos.

Un segundo.

—¡Arturo, la cena ya está en la mesa!

El estadio se diluye ante sus ojos y frunce el ceño, enfadado. Arturo coge el balón de reglamento que le regaló su padre hace cuatro años, lleno de rozaduras y con las costuras por los aires.

—Iba a hacer el tiro de mi vida. —grita hacia la ventana del segundo piso.

—¡Ni tiro ni tira, sube para arriba!

Las farolas se encienden más tarde cuando llega el verano y el niño observa el campo de tierra lleno de piedras y socavones. Arturo echa un vistazo a la portería vacía, con los tres palos mal pintados y oxidados, con la eterna duda de si habría podido marcar aquel penalti para llevarse el Mundial.

Negociar la paz.

 “Voy a negociar la paz, con mi alterego.
No puedo seguir así, tengo que cambiar tanto.
Tengo que pedir perdón, luego ya veremos.”

Canción: Gran Hermano, Carmen Boza.

El sol aquella mañana pegaba con fuerza, era uno de esos días de agosto en los que la luz del interior de la provincia se pega a la piel como si fuera resina y va haciendo que el tono de tu piel sea más tostado al mismo tiempo que la endurece. Lo había visto mucho, mi abuelo tenía la piel del rostro y los brazos curtida de trabajar en el campo desde niño, y yo que sólo iba al pueblo durante algunas vacaciones y el verano sabía mucho de eso. Había dejado la ciudad cuando los pediatras le dieron el alta a Julia. Pasar el verano en el pueblo, sin preocuparme por el teléfono, sin preocuparme por aparentar. En los pueblos pequeños la gente respeta el dolor, aunque hable mucho, y quieran saber a todas horas cómo estás. No hay maldad, ni segundas intenciones, o al menos eso quería pensar.

Me detuve un rato, dejando las herramientas sobre el asfalto y vi aparecer a mi madre con la pequeña en brazos por la puerta del garaje.

―La comida está en la mesa.

Aquello era motivo suficiente para dejar lo que estuviera haciendo, lavarme las manos en la pila de fuera y sentarme a la mesa sin más compañía que la de la mujer que me había traído al mundo y mi hija de dos meses. Exactamente el mismo tiempo que llevaba sin trabajar. Había decidido pasar el verano lejos de bisturíes, informes de autopsia, la consulta de lesionados y los días de guardia.

―Tendríamos que ir a comprar. El fin de semana viene tu hermana con Eduardo y los niños, y el de la verdura no ha pasado por aquí.

―Podemos ir con el coche de papá si consigo arreglar la puerta.

Mi padre hacía años que no se sentaba a la mesa con nosotros, nos había dejado mucho antes de que yo conociera a Susana. Su imagen proyectando sangre contra la gravedad era difícil de olvidar. Unas varices esofágicas rotas por culpa de un alcoholismo feroz desde que había comenzado a trabajar tenían la culpa.

Me serví un poco de ensalada mientras veíamos las noticias. Un doble homicidio en Valencia habría el telediario y me quedé con el tenedor cargado sin ser capaz de llevármelo a la boca. Mi madre subió el volumen de la televisión mientras me miraba en silencio. Al parecer habían aparecido los cadáveres de una pareja de jóvenes muertos en un piso en la calle Puerto Rico. Aquello significaba trabajo para mis compañeros y además era extraño, según la información que daba el reportero a pie de juzgados ambos tenían menos de treinta años y habían sido encontrados en circunstancias similares. Después de mucho tiempo mi cabeza parecía querer arrancar el motor y comenzar a funcionar, pero me negué.

―Cambia. ―Me metí el tenedor en la boca y seguí comiendo como si no hubiera visto nada.

Después de terminar cogí a Julia en brazos y me la llevé a la habitación, me dedicaba la mayor parte del tiempo a intentar dormirla y a intentar dormirme. Apenas conseguía conciliar el sueño a pesar del tratamiento, ni los antidepresivos ni los ansiolíticos habían logrado su cometido conmigo pero cada vez que acudía a una visita con el psicólogo le mentía diciendo que todo iba lento pero a mejor. No sé a quién pretendía engañar con aquellas palabras, ninguno de los dos nos lo creíamos realmente, pero era mi manera de hacer las cosas.

Dejé a la pequeña en la cuna y me tumbé sobre la colcha, en el pueblo refrescaba por las noches y siempre acababa tapado y sin quitarme los calcetines, algo que se agradecía.

Aquel día dormí siesta mientras la noticia de los dos cadáveres se hacía eco en mi cabeza.

Un suspiro acompasado.

“Respira y noto su respiración,
habla y sueño con su voz,
Y con ella.”

Canción: Un suspiro acompasado, Robe Iniesta.

La lluvia siempre acompañaba en días como aquel, salí del coche hasta meterme por la puerta de Urgencias del hospital. Alcé la vista y me acerqué hasta información para preguntar.

―Buenas noches, ¿los paritorios? Mi mujer está dentro.

Y no me había dado tiempo a llevarla al hospital, aquello no me lo iba a perdonar en la vida. Yo que, durante el embarazo, había intentado estar pendiente de ella en todo momento, acompañarla a cada cita con el ginecólogo, ir a cada clase de preparación (porque para aquello debíamos prepararnos los dos), encargarme de todos los contratiempos, y ahora en el momento importante me quedaba atrás dejándola sola ante el peligro. Estaba de guardia y me había quedado a finiquitar un par de informes que ya llevaban unas semanas fermentando, a la espera de darles el visto bueno definitivo para enviarlos al juzgado. El bebé se había adelantado, no esperábamos que quisiera saludarnos tan pronto, faltaban aún cuatro semanas para las cuarenta. Para ser sincero, aquello también me preocupaba, aunque todo me preocupaba últimamente.

Después de seguir las indicaciones de la enfermera y de identificarme logré acceder a los paritorios y pude ponerme una de esas batas verdes desechables sobre la ropa y acercarme a Susana para coger su mano y disculparme con ella y con su madre. Los hospitales nunca me habían gustado, quizá por eso después de estudiar medicina decidí dedicarme a otras cosas. No tenía muy claro si había hecho bien en cambiar los quirófanos y la oportunidad de salvar vidas por la mesa de autopsias y descifrar los entresijos de la muerte, pero como decía mi abuelo: la vida está para equivocarse, y equivocarse bien; lo decía tan tranquilo desde la cama de la habitación que lo vio morir que supongo que tenía razón. Al borde de la muerte sólo pueden decirse verdades en voz alta porque ya no tienes nada que perder.

Algunos momentos marcan la vida sin que lo esperes, de pronto sucede algo que pone una cruz en el calendario. Suele coincidir con la vida y con la muerte, y mi historia giraba en torno a ambos acontecimientos, como la de la mayoría de seres humanos que conozco.

Un nacimiento y un entierro.

Susana murió y vino al mundo un bebé de treinta y seis semanas que necesitaba estar en la unidad de neonatos durante un tiempo, supongo que en una manera del Universo de compensar su ausencia, el vacío permanente que iba a dejar en mis días. Entré solo al hospital y salí más solo todavía. Desde aquel día, odiaría siempre los sábados y el mes de junio, y muchas otras cosas. Algunas veces no sabemos muy bien explicar cómo nos sentimos y simplemente nos cubrimos de un velo de indiferencia que nos llena el rostro de inexpresión, de frases cortas y muy usadas que sólo sirven para salir del paso sin que permitamos a los demás ahondar demasiado en nuestro estado de ánimo.

Me vi convertido de un día para otro en alguien de quien era obligado sentir lástima, convertido en el centro de las conversaciones en el trabajo, entre la familia y los amigos. Incineramos el cuerpo de Susana y casi no recuerdo lo que hicimos con sus cenizas. Entre las benzodiacepinas y el shock apenas podía procesar la avalancha de información que recibían mis sentidos, me sentía totalmente incapaz de nada, y acabé haciendo lo que hacía siempre que las cosas iban mal.

Aislarme, de todo y de todos.

 

[Continuará.]