Month: julio 2016

La historia de siempre.

Supongo que todo es por culpa de estos sueños febriles, que nos hacen ver lo que no es, esos pequeños lapsos de tiempo en los que las agua del río parecen calmarse y podemos saborear el oxígeno y dar gracias.

La vida siempre prefiere irse con otros, igual que tú, igual que lo hizo ella.

Tengo ganas de sentir de nuevo su lengua contra la mía luchando por ver quién gana, tengo ganas de escuchar su risa destrozándome el corazón sin que tenga que doler y sus manos arriando velas en mi espalda.

Seguro que esta noche la orquesta suena en algún lugar y no la estamos escuchando. Seguro que todo esto no es más que un crucigrama que tengo que resolver en un tiempo limitado.

La cama está empapada y no es porque tú estés conmigo. Han vuelto a venir las pesadillas para reírse de mí, como hacen todos. Algún día, si es que soy capaz de confesarte mis temores, te diré de qué tratan y si sales en ellas.

El viento de poniente me sopla tu nombre y se lo lleva lejos, y qué le vamos a hacer, es el cuento que leo cada noche. Alguien espera mientras el otro hace su vida. Para uno se detiene el tiempo y para el otro corre de la misma forma que lo hace todos los días.

Y la hierba sigue creciendo, y hay quienes siguen muriendo en habitaciones de hotel y la gente continua escribiendo canciones de amor que ni nos conocen ni lo harán nunca. Y al final me sigues destrozando como si no pasara nada, y acabaré convertido en arena y espuma de mar.

Hay días que me siento tan estúpido en este infierno de sal y metal, que pienso que debería romper la cuerda y tirar la cerilla contra el bidón de gasolina.

Usar la fuerza, romper cristales, llorar con ganas.

Pero siempre me puede el miedo y ruge fuerte atrapado en estos barrotes hechos de carne y sentimientos encontrados, como yo cuando estoy contigo.

Yo ya sé todo lo que va a pasar, lo sé desde antes de que sucediera.

Y esta parada puede ser la de fin de trayecto.

Sin más.

Yo ya sé cómo acaba la historia, sin tener ni idea de predicciones y profecías.

Es que esta, al final, es la historia de siempre y la conozco demasiado bien como para no tratar de amortiguar el golpe mortal.

Tailandia.

Ha pasado otro día, y desde la habitación sólo puedo mirar al exterior preguntándome dónde estarás, quién te tendrá entre sus manos y si habrás vuelto a ser feliz.

El humo de un cigarro decide perderse sin prisa entre las nubes y yo no puedo evitar pensar que allá en la otra parte del mundo alguien habrá conseguido conquistar tu corazón.

Sé por tu amiga Silvia que vives ahora en Tailandia y no sé qué se te habrá perdido allí, ni por qué habrás salido de aquel reducto tranquilo en el norte de Escocia. Supongo que te dedicas a lo que siempre te gustó, aprender, escribir, hablar y follar más.

Recuerdo todavía esa manía que tenías de acariciarme el pelo hasta quedarte dormida y de despertarme cada mañana con un beso tibio en el ángulo de la mandíbula. Recuerdo que pensamos que éramos eternos y que nadie extinguiría nuestro incendio. Recuerdo que siempre decías que tú me querías más pero al final no fue así.

El nuestro era uno de esos amores de juventud que se acaban yendo a la mierda, el primer amor, o el segundo, qué más da. Pero todo salió mal y nuestros planes de futuro se fueron por el primer retrete de discoteca en el que besaste a otro. Nuestro pequeño piso del centro, nuestras vacaciones en el pueblo, las comidas con tus padres y el ir al cine con tu mejor amiga y tu primo para hacer de celestinos.

El sudor me empapa la nuca y ella duerme. Sí, conseguí casarme y tener un hijo. Pero ella no es tú y eso lo supe desde el principio. Desde mucho antes de decir el sí quiero en un altar, con nuestra familia y amigos más felices que nosotros mismos. Desde que tuvimos al niño que tú y yo siempre habíamos querido. Desde aquel viaje a Santo Domingo en el que sólo podía pensar en ti mientras caminaba junto a ella de la mano.

He hecho con ella todas esas cosas que pensé que haría junto a ti, y admito que has estado presente en cada momento, que sin quererlo apareces en mi mente a cada instante.

No puedo remediarlo.

La rabia me impidió perdonarte y me resigné a una vida de revista que no me llena lo más mínimo. De cara a la galería parezco afortunado y feliz, mientras por dentro me maldigo constantemente y sólo tengo ganas de cavar para escapar de esta cárcel.

Eres una fotografía movida capaz de convertirme en barro. Eres ese alambre sobre el que caminar.

Los años nos truncaron el camino, y las decisiones equivocadas marcarán el resto de nuestros días. Sobre todo los míos.

Y voy a quedarme encerrado en esta jaula porque no supe echar a volar a tiempo, cuando no tenía hipoteca, coche y una casa en la playa.

Se me va a hacer muy larga esta vida.

Sin ti.

Siempre sin ti.

Texto escrito originalmente para Krakens y Sirenas.

Vuelta al negro.

Soy el que siempre apaga la luz, el que se queda cuando ya no queda nadie, el que ve los títulos de crédito finales hasta que acaba la música, el que sale a la calle cuando la tormenta termina y asoma el sol.

Sé apreciar el petricor.

Y no me sirve de nada.

El calor me funde hoy el cerebro y la falta de sueño que arrastro desde hace días también, y soy realmente incapaz de despegar mi piel del sofá. Soy incapaz de hilar dos pensamientos, de llegar a alguna conclusión que me haga rebajar la ansiedad.

Back to black nunca ayuda, siempre trae recuerdos que me arrastran hasta la orilla del mar, hasta las rocas escarpadas de cuando nos perdíamos en cualquier parte porque la vida nos miraba con una sonrisa y todo estaba bien. Hasta ese punto inexacto de mi memoria en el que la letra no me hacía daño y la podía cantar por puro placer.

Se han llevado nuestra inocencia, nuestras intenciones más lícitas, nuestras manos arriba, y esa forma de ver el futuro sin preocupación, sin la sensación de que no hay aire suficiente para hincharnos el pecho y dejarnos tranquilos.

He perdido la cuenta de las canciones que he escuchado hoy, de las páginas de libros que han ido llenándome los dedos de tinta, de los besos que te he dado sin que quede rastro de ellos.

Y ahora no queda nada, sólo música y silencio interior.

Y frases sueltas, inconexas, que pueden cobrar el sentido que queramos.

No hay lágrimas ya porque, por suerte, conseguí agotarlas todas hace tiempo. No me tiembla la voz para echar luz en todo este asunto diciendo un poco de verdad, aunque sea la mía. Y es que ya no entiendo dónde está el límite, ni si el mundo sigue dividiéndose entre el bien y el mal a pesar de todo.

No entiendo cómo seguimos teniendo fuerzas para levantarnos cada mañana, ni cómo nos enredamos de tal forma que el sincericidio no es posible.

Seguiré fingiendo y hablando en voz baja para que no me escuches.

El ganador.

No puedo mirarme al espejo sin esperar que aparezcas por detrás para abrazarme y convertirte en una lapa. Ni soy capaz de aguantar los silencios eternos en el comedor.

Yo que siempre he sido reflexivo, que me ha bastado con escuchar a Mahler mientras leía a Orwell o Conan Doyle y afuera llovía con fuerza. Yo que me he conformado con tener un bolígrafo y una hoja en blanco, y algo de tiempo en la muñeca.

Y ahora no aguanto todo este desierto, esta lava fría que me deja clavado al suelo. No aguanto tanta tempestad sin hielo.

Ahora no comprendo por qué ya no puedo sin ti.

Debería poder sonreír y que todo me diera absolutamente igual, pero a veces una canción me lleva hasta a ti y casi puedo cogerte de la mano y siento el nudo en la garganta y las ganas de saltar por la ventana.

Porque en realidad no.

Porque todo es mentira.

Otra más.

No sé si hay amores que matan, pero estoy convencido de que hay amores de los que no se puede salir, que te persiguen de por vida como las peores pesadillas, que se adhieren a tu piel y a tus costillas y acechan a cada paso, hasta el fin del Imperio y la Estrella de la Muerte.

No sé si todavía sigo esperando a que me salven de este infierno del que debería salir yo solo, pero no puedo.

No estar contigo me parece seguir perdiendo el tiempo que no tengo.

Creo que ya no confío realmente en nadie, y estoy temblando dentro de la armadura, como si fuera pleno invierno y nos azotara el viento de más allá del Muro.

Y lo peor de todo es que sé que me fallarás si no me canso antes y acabo fallándote yo. Y es descorazonador, porque el frío podrá con nosotros y entonces no podremos hacer nada. Y entonces no seré capaz de sonreír mientras te saludo un día cualquiera, cuando me cruce contigo por casualidad.

Esperaré al próximo cambio de estación, para ver si por una vez soy el rey de este tablero de ajedrez, para ver si seguimos todos en pie en esta maldita partida, para ver si las cosas siguen igual y entonces puedo tirar todas las piezas a la basura y quemarme la garganta a gritos. Que me consumirá la rabia por dentro por no ser capaz de romper el recipiente y sacar la verdad a pasear. Que miraré hacia otro lado por no romper el tratado de paz.

Y no habrá castillos de fuegos artificiales para celebrar nuestro principio, porque no lo habrá. Creo que eso lo tengo escrito en alguna profecía.

Me lo decía todo la canción y yo no quise escuchar:

Quien quiso ser el ganador, murió.

Anarquía.

Me ha costado aprender pero lo tengo claro. Hay personas que no se merecen tu perdón, hay gente que te hace tanto daño, que te rompe en tantos pedazos que es imposible ser indulgente con ellos. Porque a veces la absolución no es una opción a tener en cuenta.

Y yo no soy ningún santo, aunque a veces lo intente.

Y estoy ya harto y cansado de ser el más tonto de este corral de comedias, de ser el desgraciado al que siempre le toca poner la otra mejilla y sonreír de la mejor forma posible porque nunca pasa nada y todo está bien.

No nos permitimos el dolor, ni la debilidad, ni el mostrarnos a los demás tal cual somos, sin vestiduras. Desnudos de mentiras, máscaras y conductas socialmente aceptadas que realmente detestamos. La cortesía de hoy en día, la falacia de la vida actual.

No quiero tener que ocultarme más, ni vagar por la vida de rodillas suplicando a los demás un poco de cariño. No quiero esconder nunca más quién soy, ni quiénes somos cuando nos damos la mano.

Todavía no he sido capaz de apreciar a tu lado las calles de plata de esta ciudad, ni he sido capaz de apartar la mirada de tus ojos teniendo el atardecer cerca.

Lo cierto es que aguantamos cualquier cosa, estamos hechos para seguir adelante aunque nos quiten las manos y los pies, y nos dejen sólo un corazón débil en medio de esta jaula de piel y huesos.

Aguantamos todavía la monarquía y el capitalismo, y que haya leyes que no nos dejen alzar la voz y protestar por nuestros derechos. Aguantamos hasta que nos quieran a medias y de mentira.

Este mundo es para el que consigue la adaptación al medio, se supone que sobrevive siempre el más fuerte. Y yo nunca lo he sido. He sido el débil, el que prefiere esconderse y agachar la cabeza a defenderse, el que prefiere rodear el peligro a enfrentarse a él.

Y me han llovido las críticas por ello, y me llueven, y me lloverán.

Yo que siempre he ido recorriendo la vida con paciencia tengo prisa ahora, tengo la necesidad de que las cosas pasen rápido.

Yo que siempre he sido defensa, ahora soy parte de la caballería, de la delantera mítica, y me he quitado el lastre y ahora corro más rápido y seguro.

Me gusta pensar que hacemos que vuelvan idiomas extinguidos cuando ruge el colchón bajo tu cuerpo, y que tu voz viene de algún lugar del Paraíso que no sale en los libros. Me gusta imaginar cómo se deshacen los hielos en contacto con tu piel y saciar mi sed contigo en un día caluroso de verano. Me gusta cuando niegas lo evidente y tratas de disimular. Me gusta cuando el sol te roba un destello en la mirada y casi eres tú de verdad.

Que aunque no te guste, eres como un libro abierto para mí.

No sé si te has dado cuenta pero ya vamos caminando por líneas de alta tensión y no somos conscientes del peligro. A veces el riesgo sólo hace más interesante el viaje, la aventura, y llegar al destino sabe aún mejor.

Yo, por si acaso, y pase lo que pase, estaré atento a las señales del cielo, a la divina providencia, a los tambores de guerra, a la electricidad entre los dos.

Yo, por si acaso tendré las armas preparadas para pelear cada batalla.

Pero si tengo que elegir, prefiero refugiarme sin censura en tu anarquía.

El sitio incorrecto.

A ella le daría hasta mi café.

No hace falta que nadie me pregunte qué estaría dispuesto a hacer por ti, porque lo llevo grabado en los ojos. Es una de esas cosas en las que sobran las palabras, porque al verbalizarlo todo parece poco comparado con la verdad, con lo que va por debajo de la piel.

Yo sólo sé que me has vuelto a tocar y tengo el alma del revés, y que cada día que pasa me hago más grande contigo al tiempo que me siento más pequeño.

Podría ser todo tan sencillo. La vida fácil que nos vendieron durante los años veinte, los vaqueros y las camisetas blancas de los rebeldes sin causa aparente. Esa vida asequible que predican que hay en los mares del sur.

Podría ser todo tan simple como elemental, querido Watson.

Me conformo con verte cerrar los ojos cada noche.

Me conformo con pelear contigo por la manta las noches de invierno.

Me conformo con tener que hacer otra vez la compra para dos.

Me conformo con leer los domingos por la tarde con tu cabeza apoyada en mi hombro.

Me conformo con que nos valga con no hacer nada.

Y seguir respirando sea suficiente para los dos.

Hemos creados templos y dioses que no valen la pena, y nos hemos olvidado de las personas. De tocarnos más y mentirnos menos. De mirarnos a los ojos y cantar sin que desafinar importe en absoluto. De abrir las ventanas y dejar que salga lo malo. De respirar profundo y cerrar los ojos. De recorrer tu cuello y acabar perdido entre tus piernas.

Llevo mal lo de no ser nadie y tener que saltar siempre sin saber lo que me espera.

Ya no tengo claro si he de pedir perdón o atacar otra vez. Si tengo que parar el coche y quedarme a un lado del camino. Si es mejor apagar la hoguera y barrer las cenizas o dejar que todo arda.

Siempre estoy en el sitio incorrecto, descolocado, sin hogar ni rumbo fijo y vas a acabar conmigo antes de tiempo.

Extraños.

El vendaval de la vida nos arrolla cada día.

Se nos lleva por delante todo este huracán.

Somos seres vivos incapaces de asimilar los cambios y las verdades hasta que pasa un tiempo, casi siempre cuando ya es demasiado tarde. Expertos de libro en dejar pasar las buenas oportunidades. Nos perdemos los mejores atardeceres, los días de lluvia bajo la manta, los clásicos de la literatura universal.

Acabamos por perder hasta los besos más tiernos, las caricias más largas,  las flores de marzo y al final hasta a nosotros mismos.

Será que el destino me tiene cogido por el cuello desde hace tiempo y va apretando mi garganta poco a poco, y es cierto que ya se me está acabando el aire. Creo que aprendí a perder desde el primer aliento, creo que voy a medio gas desde hace un par de lustros.

Y que el único crimen que cometí fue fijarme en ti.

No sé si de esta me va a sacar alguien o voy a tener que aprender a nadar antes de volver a tragar agua y acabar en el fondo del pozo. No sé si va a haber cuerdas lo bastante fuertes como para sujetarme en ellas cuando me toque aguantar los golpes.

Pero creo que, a pesar de todo, -aunque parezca que no- los días terribles llegan y también se acaban. Y sólo necesitamos cambiar el cristal de las gafas o limpiarlas un poco mejor para ver con claridad.

Somos dueños de todas las respuestas antes de decirlas en voz alta, pero nos para el miedo y acabamos por mirar a otra parte, acabamos por quedarnos bajo el portal para protegernos de la tormenta.

Eso de sentirme vivo se me hace demasiado raro todavía, será la falta de costumbre. Llevo tanto tiempo en la penumbra, viviendo tras la ventana, saludando desde muy lejos a los demás. Llevo tanto tiempo encerrado en esta coraza que me he oxidado y parezco una vieja armadura chirriando al empezar a caminar.

Pero hazme caso, nada malo puede pasarnos porque ya hemos roto la barrera del sonido con la risa y nos hemos besado a plena luz del día. He visto eclipses cada una de las veces que has entrado en mi cama, y ya me he dado cuenta de que no hay rutina en tu mirada.

Y la cuestión es que adoro que seamos cada vez más imperfectos.

No pienso dejar que acabemos convertidos en dos extraños, aunque vengan con antorchas, piedras y palos.

Eso, lo del olvido, sólo pasa en las peores historias.

Delincuente.

23.VI.2014

Te das cuenta de pronto que te has convertido en todo aquello que no querías, que has huido toda tu vida de algo para acabar siendo eso mismo. Y te avergüenzas, piensas en tu madre y en tu padre, y en las esposas que ahora unen tus muñecas mientras caminas despacio con dos policías escoltándote hasta el calabozo.

Nunca cuadran las cuentas, ni las expectativas, ni los sueños, con la realidad que nos toca vivir.

A los cinco años nadie quiere ser camello.

Te lo digo yo.

No sabes si reír o llorar, y piensas en lo bien que te iría ahora fumarte un porro y cerrar los ojos mientras suena Marea de fondo.

La puerta de hierro se abre y apenas queda luz ahí dentro. Te meten sin cordones en las zapatillas, sin cinturón y el sitio huele a perro mojado antes de que pongas el culo en el asiento duro y apoyes la nuca en la pared.

Con los ojos cerrados consigues repasar los últimos sucesos que han tenido lugar y en el fondo te maldices y golpeas la pared con cierta rabia. Miras tu ropa pagada con la tarjeta de El Corte Inglés, miras los tatuajes que llenan tus brazos, miras las zapatillas que te costaron casi cien euros en la tienda online.

Y le has tenido que partir la cara a un pobre que no ha sabido pagar a tiempo después de múltiples avisos, has tenido que manchar el cristal delantero de tu BMW negro y dejarle un par de dientes bailando sobre el asfalto.

Esta vez te han pillado, esta vez no te libras, esta vez vas a tener que coger aire y tranquilizarte.

Aún recuerdas aquel primer día en el parque probando el tabaco, aquella primera vez que le quitásteis el monedero a la vecina de al lado, aquella primera vez que bebiste cerveza y follaste con alguien, aquella primera vez que te hiciste una raya, aquella primera vez que te saltaste los semáforos con una sirena azul como banda sonora, aquella primera vez que apuntaste a alguien con un arma, aquella primera vez que obligaste a una puta a chuparte la polla.

Lo recuerdas todo y te das asco.

Y no eres capaz ni de secarte la lágrima que resbala por tu mejilla izquierda, hijo de puta.

Y piensas en tu novia y en el niño que estáis esperando.

Y piensas en que no querías acabar así a los veinte años.

Y piensas en que a partir de ahora nada va a ir a mejor.

Su sangre aún mancha tus manos y ahora estará metido en una cámara esperando a la autopsia.

Por tu culpa hay gente llorando en su casa, en la tuya.

Eres sólo una sombra, antes eras un delincuente, ahora eres un asesino.

Texto escrito para Krakens y Sirenas.

Cafeína.

Llevo tanto muriendo cada día y resucitando que ya he perdido la cuenta del momento en el que comenzó todo. Tengo otra vez el estómago vacío y cafeína en las venas, y de nada me sirve decir la verdad.

A veces no sé si intentar olvidarte, a veces no sé si rogar que me olvides tú.

A veces tengo la tentación de pedirte que no me beses en la boca, que te vayas lejos, que me sueltes la mano.

Pero no puedo.

Bastantes heridas me he hecho ya, como para darme yo mismo el golpe final.

Si me tienen que disparar, mejor que lo hagas tú. Yo me lavo las manos.

Me siento incapaz de hacerme a un lado y darme por vencido,  incapaz de obligarme a verte pasar sin más, incapaz de no volver a acariciarte la piel y crear nuevos caminos.

Y es que en el fondo no quiero.

Ni quiero escapar, ni huir de ti, ni mirar hacia otro lado.

Me planto.

Que, en realidad, yo sólo quiero ser esa marea que se lleve tus problemas. La lluvia que consiga arrastrar todo lo malo hasta el próximo invierno. El golpe de suerte que coloque recto el cuadro de tu habitación. La luz que te sirva de faro cuando las nieblas te envuelvan. El tren que te traiga de vuelta cuando creas que has perdido.

Lo que no soporto en este mundo es tu dolor, el ver tus lágrimas llenando otro vaso, el ver tu pecho ir tornándose gris, el ver tu sonrisa ocultarse con el paso del tiempo, el ver tus manos volviendo a temblar.

El amor nos ha arrollado y estamos tirados en la misma cuneta. Y no sé cómo vamos a sacar los pies de este barro.

Te prometo que no necesito que seas ninguna princesa, ni ninguna damisela en apuros a la que poder salvar. Te prometo que podría cuidarte igual que tú a mí. Te prometo que me sirve con ver cómo te ríes hasta desgastarte la voz, o cómo frunces el ceño cuando te haces la enfadada.

Y sé que probablemente acabe con una mejilla tocando el suelo y los sueños destrozados. Que voy a tener que mirar fotos y marcar fechas en el calendario para sobrevivir después de todo.

Me han dicho que hay que apostarlo todo al rojo. Y sé que ni el croupier está de mi parte, y que volverá a ganar la banca.

Como pasa siempre.

Pero me da igual que me llamen loco por querer robarte el corazón.

Muerte celular programada.

La existencia, eso de seguir respirando, se me antoja cada vez más cansino, como el discurso de una madre cuando te levantas con resaca un domingo por la mañana.

Hace tanto tiempo que ya ni levantarme por las mañanas supone un reto, que ya no tengo ganas ni de dar el primer trago de agua del día, ni de abrir las ventanas, ni de ver el sol, ni de coserme los rotos de cualquier pantalón desgastado.

La sucesión de las noches y los días se ha vuelto aburrida, sin sentido, monótona, como esos matrimonios que ven la televisión sin dirigirse la palabra y que se acuestan sin darse un beso de buenas noches.

Abúlico y anhedónico perdido, me disfrazo de cualquier forma para que nadie pueda percibirlo. El encogerse de hombros y sonreír de lado mientras se cambia de tema despista a cualquiera y te permite seguir en tu recinto privado, tu habitación individual, tu pequeño mundo irreal donde las cosas son de otra manera.

Camuflarse siendo uno mismo es el mejor escondite.

Soy consciente de que hago Himalayas de cualquier grano de arena que me quite de la zapatilla. Tan sedentario como nómada en este exilio que yo mismo me he buscado.

El mundo debe estar más que harto de ti y de mí, pero no puedo evitar que seas algo así como el antídoto de todo el veneno que produzco a diario, el ungüento capaz de aliviarme las heridas.

Odio seguir bailando con la muerte y que a ti todo te de absolutamente igual.

Voy a bajarme cuanto antes de este escenario.

Y no creas que no repaso el camino, las curvas, las señales.

Y no creas que no intento ver dónde están mis errores cada vez más graves.

Y no creas que no trato de darme cuenta del momento en el que volví a dejar que alguien me hiciera tanto daño.

No sé para cuándo tiene prevista la apoptosis empezar seriamente con su trabajo.

Pero que sea rápido.