Mes: septiembre 2017

Déjame ser tu dragón.

El día que te quedes sabré que aún hay esperanza para nosotros. Pensaré que el mundo todavía se puede salvar.

En mis sueños hoy has vuelto a dejarme tirado en la cama, dormido, mientras te escabullías de las sábanas en silencio y paseabas desnuda por la casa a oscuras. Has vuelto a huir como sólo saben hacer los más cobardes. Has vuelto a dejar que me crezca la tristeza en el pecho al despertar sin ti.

Algunas cosas no deberíamos permitirlas jamás como que aquellos que más queremos sean los que más daño nos hagan. Paradójica la debilidad y la fortaleza que nos da el amor simultáneamente.

Volvemos siempre al punto de inicio, la rueda siempre gira otra vez, y estoy ya metido en un caleidoscopio que me distorsiona la realidad que me toca vivir.

El tiempo se ríe de nuevo, juega conmigo. No sé por qué siempre acabo yendo a contratiempo, contando días, meses, horas. Tratando de hacer cálculos, por si las cosas pueden cambiar y aún puedo salvarme contigo de la mano. Estamos a tiempo de coger otro tren, de ir los dos en el mismo vagón, de llegar a cualquier parte.

Hace meses que estoy perdido en este vacío que hemos dejado crecer entre nosotros cuando yo sólo quiero tenerte cerca, cuando todavía quiero que pase algo que de la vuelta a la partida, que haga caer las fichas del tablero, que nos obligue a empezar de nuevo. Quizá debí apartarme aquella primera vez, cuando sólo me había quemado la punta de los dedos, cuando aún podía curarme rápido, cuando aún sabía correr en dirección opuesta a ti.

Ahora el hielo crece lento entre los dos, nos separa poco a poco, nos distancia sin que queramos o quizá porque es lo que realmente que queremos y no somos capaces de decirlo con sinceridad, igual que no hemos sido capaces de tantas cosas durante todo este tiempo. Supongo que el invierno nunca se ha ido completamente de los dos, que estamos dejando que nos mate el silencio y el rencor sin que nos demos cuenta.

Tenemos nuestros propios infiernos, nuestros propios demonios que no nos dejan alzar el vuelo, que sólo nos hacen naufragar. Y yo sé, después de todo, que mi sitio es contigo, que no quiero perderme en ningún otro mar, que no quiero buscar alas nuevas porque no van a hacerme volar como tú.

Contigo soy, desde el inicio, Ícaro volando demasiado cerca del sol, pero es que estar contigo ha sido la única forma de sentirme vivo de verdad.

Y sabes tan bien como yo que todos los príncipes de las historias son imbéciles por eso yo sólo quiero ser tu dragón.

La fragilidad y la vida.

De camino a casa he visto a una anciana en silla de ruedas, he calculado que tendría más de ochenta años, así a bote pronto, pero quizá era mucho más joven de lo que parecía. Ocultaba sus ojos tras unas gafas gruesas, que hacían pequeños unos ojos que aunque diminutos parecían llenos de esa chispa de la vida. La ironía.

Siempre que me encuentro con ancianos frágiles o con gente gravemente enferma me tiemblan las piernas, reconozco que me suele invadir una tristeza que hace que se me cristalicen las lágrimas en los ojos y un nudo se ate fuerte en mi garganta. Me conmueve y me paraliza a la vez observar lo que la vida es capaz de hacer con nosotros.

Es difícil explicar lo que sientes cuando ves a alguien convertido en huesos y piel fina  llena de heridas y moratones. Es complicado entender que quienes un día tenían brazos y piernas fuertes, y eran capaces de todo, ahora están reducidos a permanecer en una cama y a respirar con dificultad, y a que los días sean exactamente iguales mientras aumenta el dolor y el cuerpo funciona cada vez menos.

Es difícil de asimilar aquello en lo que nos convertimos con el paso del tiempo porque un día éramos apenas una pequeña bola de carne flotando dentro de nuestras madres, esperando a que nos llegara la existencia; y hoy nos estamos consumiendo sin que podamos evitarlo. Porque el motor se apaga siempre.

Y lo único que importa cuando nuestros cuerpos acaban en la tumba es aquello que hicimos, aquello por lo que alguien nos va a recordar. Y no importa si dejas detrás o no fotografías, cartas, o aquella camisa que siempre llevabas en las comidas familiares. No importa si dejas un bonito reloj o un cuadro valioso, o una casa en la montaña. Lo único que les importa a los que nos sobreviven son los recuerdos, porque al final es lo que nos queda, lo que nos hace sentir que no nos vamos quedando tan solos.

Los recuerdos son como el abrazo de una madre cuando eres pequeño, y nunca quieres que te abandone esa sensación de bienestar y tranquilidad. O como cuando te pelabas las rodillas jugando las tardes de verano y ella te soplaba la herida y todo estaba bien aunque te siguiera doliendo.

Supongo que la vida consiste después de todo en eso, en dejar huella en los nuestros, en que puedan pensar en nosotros con una sonrisa aunque el corazón se les encoja de nostalgia y pena.

Supongo que la vida se reduce a ver a dos ancianos que se cogen de la mano y se sonríen. Así los años deben importar bien poco.

Quizá en la fragilidad de nuestros últimos días estamos más vivos que nunca, quizá porque sólo estamos esperando a volver a salir al mundo con otra forma, otro nombre y otro rumbo.

La oscuridad interna.

Ansiedad han dicho que se llama. Y es que hay muchas cosas que aunque estudies Medicina o seas un experto psiquiatra no puedes entender si no las has sufrido. Digan lo que digan. Y tú, que me lees, puede que sí que hayas sentido esa opresión en el pecho que no te deja respirar, que te hace efecto túnel y lo va convirtiendo poco a poco todo en negro mientras te vas olvidando de respirar. No sé si tú también has vivido esa realidad de tener un peso en el tórax que no te deja expandir los pulmones, que te hace sentir débil e incapaz de nada, que no te permite tragar saliva con normalidad, que te obliga a tumbarte, cerrar los ojos y tratar de dejar que el aire vuelva a fluir por tu tráquea. Esa sensación de que el corazón te late en la sien y el pulso va demasiado rápido como para que puedas contarlo.

Depresión han dicho que se llama. Y no tienes fuerzas para levantarte un día cualquiera cuando suena el despertador. Sabes que tienes que lavarte la cara, los dientes, peinarte un poco, ponerte el desayuno y hacer lo que sea que tienes que hacer, o lo que los demás esperan que hagas. Y no puedes, y tú mismo te sientes un inútil por ello, y al mismo tiempo no tienes las respuestas al problema, no sabes cómo cambiar la situación y salir de ella. El mundo se convierte en una cárcel que te oprime y te empuja a permanecer dentro de tu habitación, y la luz se reduce a una fina rendija por debajo de la puerta. Te toca escuchar consejos absurdos de gente que dice que le importas: sólo es cuestión de ganas, tú puedes hacerlo, deberías salir más a la calle, arréglate un poco, lo que no puedes hacer es quedarte todo el día en casa, a ti lo que te hace falta es despejarte. Hay que ver lo bien que se nos da llenar a los demás de consejos que no les sirven en absoluto, desde esa condescendencia que siente el que está mejor que tú, desde esa posición de superioridad del que parece verlo todo claro.

Es curioso cómo sabemos solucionar las vidas de los demás cuando no tenemos ni idea de cómo afrontar las nuestras.

Es curioso, y muy humano, esa forma de decir a los demás lo que tienen que hacer mientras que nosotros no queremos que nadie maneje nuestras vidas.

La hipocresía forma parte de nuestro día a día, eso ya estamos hartos de verlo, pero no sé, quizá la próxima vez que quieras dar un consejo: ahórratelo, cierra el pico, cállate la puta boca.

Muchas veces la única forma de ayudar al otro es en silencio, estando a su lado, dándole un abrazo, mirándole a los ojos y dejando que llore. Sin más.

He visto consejos arruinar muchas vidas, y algunas sonrisas salvar a alguien para siempre.

Mi refugio.

¿No os pasa que siempre son otros los que saben explicar cómo os sentís exactamente? Es frustrante pensar que hay alguien que sabe definir cómo te sientes con palabras mucho mejores y más adecuadas que tú mismo. Al menos para mí, que intento siempre poner en orden mis ideas y sentimientos delante del papel para intentar reconocerme.

Hace tiempo que los reflejos que encuentro en las ventanas no me devuelven la realidad de cómo me siento. Digamos que estoy más destrozado por dentro que por fuera, digamos que después de tanta tragedia y terremotos me he convertido en una fachada que resiste a la caída aunque esté lleno de escombros en los que ya no queda nadie con vida. Soy un muro lleno de grietas a punto de caer y derrumbarme.

Todo duele ya tanto que no sabes cuál es el paso que debes dar ahora, ¿verdad?

Todo parece mentira y tratamos de mantener el equilibrio sobre una pista de hielo.

Es a posteriori cuando lamentamos algunas decisiones, cuando nos tenemos que reprochar haber actuado a sabiendas de que todo acabaría mal.

De algunas cosas he llegado a arrepentirme, de darte la mano cuando me lo has pedido nunca.

Da miedo que te quieran cuando no te has sentido querido de verdad antes, cuando el amor suena tan abstracto que no sabes que puede ser algo tangible, cuando de pronto puedes parar el mundo tan sólo cogiendo a la otra persona de la mano.

Da miedo ver que los pájaros alzan el vuelo y nosotros vamos a llegar tarde a nuestra propia fiesta.

Da miedo ver que los sábados se nos van a acabar, mi vida.

Lo único que tengo claro es que eres y siempre serás mi refugio, aunque ya no haya bombas de las que esconderse, aunque ya no haya balas que quieran hacer diana y desangrarme, aunque tus labios ya no tengan ganas de rozar los míos antes de cerrar los ojos una noche cualquiera.

Tú.

[Y yo qué sé, que quiero verte.

Y besarte aunque sea sólo un poco.

Y quitarte la ropa si me dejas.

Y mirar al techo en silencio cuando te hayas quedado dormida,

porque siempre te quedas dormida antes que yo.]

Bienvenida a mi otoño.

Debemos dejar atrás esas épocas de sentirnos envoltorios vacíos, de pensar que sólo somos otro fraude, de imaginar que las personas están mejor sin nosotros.

Porque rara vez es cierto.

Todo esos pensamientos de inferioridad, de creernos menos, de sentirnos diminutos frente al resto están dentro de nuestra cabeza y la mayor parte del tiempo los demás no lo comparten. Digo la mayor parte del tiempo por no decir nunca.

Pero qué puedo hacer cuando me siento tan poca cosa, cuando no puedo dejar de compararme, cuando pienso que en realidad soy lo último que necesitas a tu lado. Qué hago cuando todavía no me quiero lo suficiente como para hablar de verdad y sin miedo de todo lo que estoy guardando para ti.

Tengo tan marcado a fuego que no merezco nada, que puedo conformarme con poco, que debe ser suficiente con lo que los demás quieran darme.

Llevo tan adentro la culpabilidad, el castigo, y esa sensación de que no puedo ser feliz, de que tengo que contentar siempre a los demás antes que a mí mismo.

Y ahora empieza a estar todo lleno de hojas secas por el suelo, de viento en las calles, de faldas al vuelo, de cabellos despeinados, de corazones temblando. Y todo parece un problema. Se hace antes de noche, nos sentimos más solos y no hay nadie para consolarnos. Ni palmadas en la espalda, ni palabras de ánimo, ni sonrisas que te tranquilicen durante más de veinticuatro horas seguidas.

Nos toca volver a preguntarnos dónde están aquellos primeros días del verano donde todo parecía ir bien, aunque fuera más una sensación que una realidad frente a nuestros ojos.

Nos toca volver a dejar que se enfríe el café mientras pasa el vendaval y volvemos poco a poco a nuestro sitio.

Quizá estamos así porque aún no te has dado cuenta de cuáles son mis verdaderas intenciones.

Quizá es que no crees que todo lo que digo que siento pueda ser real.

Quizá es que estás viéndolo todo con el prisma equivocado.

Quizá te quieres tan poco a ti misma como me quiero yo.

Quizá es que aún no entiendes que soy solución y no problema en tu vida.

Algunas cosas acaban.

El pasillo huele a muerto, es normal pero con el verano ni siquiera las cámaras frigoríficas donde se guardan los cadáveres son capaces de contener todos los gases que la putrefacción va desarrollando con el paso de las horas. El estómago se le revuelve. A pesar de los años que lleva trabajando en aquello hay cosas a las que no se acostumbra y, en ocasiones, siente náuseas y el ácido vacilando en el límite entre el esófago y su boca. Un baile silencioso de líquido y bilis, un combate que nunca llega a producirse. Un secreto que guarda para sí mismo y que no confesará jamás, por mucho que le aprieten las tuercas.

Se ha tomado su tiempo leyendo las notas del levantamiento de su compañero de guardia, no ha tenido tiempo de pasarlas a limpio y redactar un informe en condiciones. Una vez más, el acta del letrado de la administración de Justicia (como ahora les gusta llamarse a los secretarios judiciales) no le sirve en absoluto para cubrir las necesidades como médico forense. La mayor parte de las veces tanto el juez como el secretario le sobran en el lugar del levantamiento de cadáver. Recuerda varias anécdotas poco acertadas y toma aire antes de observar las fotografías que le han enviado al correo electrónico los compañeros de la Policía Judicial. Se palpa la sien con la mano izquierda mientras observa los detalles que las fotografías le permiten, sabe que tiene una larga mañana por delante y lo único en lo que piensa es en la hora de llegar a casa. Su esposa volverá a quejarse cuando no vaya a comer con ella como es habitual cada viernes, otro ladrillo que cae en el muro de su inestable matrimonio.

Según estima su compañero de oficio, el cuerpo lleva varios días en el vertedero, no es capaz de datar la muerte con exactitud ya que debido al calor la putrefacción ha avanzado rápido y la fase enfisematosa está en pleno apogeo. El cadáver probablemente parecerá un globo aerostático cuando lo saquen del sudario para colocarlo sobre la mesa de autopsias. Él, por si acaso, y aunque muchos se burlen por ello, tiene una máscara que emplea siempre para ese tipo de cadáveres. Si hay algo que odia es que cosas estúpidas, como el olor náuseabundo de ese tipo de cuerpos, le desconcentren de su principal misión, aún a riesgo de parecer una especie de Walter White en bata y pijama de quirófano.

Alguno de los trabajadores descubrió una mano entre el resto de la mierda y dio el aviso a la policía. No es la primera vez que se ven en la tesitura de tener que rescatar un cuerpo inerte de entre la basura y el líquido pegajoso que surge de los deshechos. A veces se pregunta si “los malos” no han aprendido nada de las películas, y es que la mayor parte de las veces los cadáveres salen a la luz, tarde o temprano, aunque sea desprovistos de carne y convertidos en hueso. Se les olvida eso, y un principio fundamental de la criminalística, el de Edmond Locard. Todo contacto deja un rastro.

Tocan a la puerta del despacho y levanta la vista de la pantalla del ordenador. El agente de la Brigada de Homicidios de la Guardia Civil asoma la cabeza por un pequeño hueco.

Díaz, te estaba esperando para empezar la autopsia. ¿Ya sabéis algo? —El agente se acerca a estrechar la mano del médico forense y apoya ambas manos sobre la mesa negando.

No tenemos ni puta idea de nada. —se sincera.— La necro que sacamos en el levantamiento todavía está pendiente de resultado. Ya sabes, con los dedos como una pasa a los del laboratorio les toca trabajar.

El forense asiente, coge las notas y las fotografías que ha impreso y camina hasta la sala de autopsias.

Que alguien saque al varón desconocido de la cámara seis y lo lleve a rayos. —dice a uno de los auxiliares de la sala. —Voy a cambiarme. —deja los documentos sobre una de las mesas que hay junto a la mesa de autopsias y se mete en el vestuario para quitarse la ropa, guardarla en la taquilla y vestirse para la ocasión. Se lava las manos y la cara antes de vestirse con el pijama y colocarse la bata de quirófano, como si se tratara de una especie de ritual.

El muerto sobre la mesa del sencillo equipo de radiología con el que cuentan abulta demasiado. Se coloca la máscara antes que los guantes. Abre el sudario y sabe de sobra que el olor similar al de la comida podrida inunda la sala en la que se encuentran, en su interior salta una pequeña sonrisa, sabe que tiene la batalla ganada con la máscara protegiéndolo de aquel aroma asfixiante.

Fracturas. —Observa atentamente la pantalla y habla en voz alta. —Metacarpo y falanges de la mano izquierda. —El forense frunce el ceño, piensa que eso debe estar hecho a conciencia. —Metacarpo y falanges de la mano derecha. —Hace una pausa y observa el monitor.— El occipital, fractura-hundimiento craneal. —El resto del screening no muestra alteraciones salvo algunos callos óseos, de fracturas antiguas en las costillas.

¿Un poco de tortura? —pregunta Díaz.

Un poco de dolor. —asiente el forense.

Ya en la sala de autopsias con el fiambre (como le gusta llamar a Díaz a los cadáveres) sobre la mesa proceden a quitar las bolsas de papel de las manos y tomar muestras con hisopos, a sabiendas de que servirán de poco probablemente. El cuerpo ya tiene una coloración verde-violácea, con el árbol vascular bien marcado en todo su recorrido. La ficción nunca acaba de acercarse a esa parte de la realidad a la que se enfrentan cuando comienzan las altas temperaturas estivales.

Otro forense con aspecto más viejo y cansado toma las notas y hace las fotografías mientras él se dedica a diseccionar por planos y a hacer lo que puede con el cadáver en descomposición. La ropa está demasiado sucia, se observan varios desgarros en la tela con continuidad sobre la piel del cadáver.

Arma blanca. —dice el forense, elevando su voz para que se escuche a través de los filtros de su máscara. Una herida muestra los tejidos putrefactos queriendo salir por ella, la grasa amarillenta mezclada con sangre y restos del material del vertedero.

La camiseta que en algún momento tuvo que ser blanca acaba empaquetada para que el equipo de criminalística busque lo que tenga que buscar y encuentre algo si es que puede hacerlo. En los pantalones encuentran las llaves de una vivienda, y una cartera sin documentación ni tarjetas de crédito, sólo un billete de cinco euros y un calendario de un bar de carretera del año pasado.

Joder, qué triste.

Los ojos del muerto están fuera de las órbitas, la boca abierta y el rostro parecido al de un cerdo al que acaban de apalizar. Indistinguible. Restos de barba con algunas canas y un pendiente de aro en la oreja izquierda. Un tatuaje en el omoplato izquierdo que apenas puede observarse, trazo ancho y color grisáceo, probablemente de algún encierro en prisión hace más de veinte años.

Este pobre desgraciado le debía algo alguien. —sentencia Díaz.

El forense se encoge de hombros después de acabar la faena y desechar sus guantes llenos de sangre, restos de encéfalo pastoso y vísceras que apenas conservan sus estructuras normales.

Mandaremos muestras al Instituto Nacional de Toxicología para ver si hay drogas, alcohol y poco más. Ya sabes lo difícil que es encontrar algo en estas circunstancias. —Una vez han sacado el cuerpo de la sala y sin que la máscara haga de mediadora con el exterior habla. —Lo que está claro es que a parte del traumatismo cráneoencefálico tiene tres heridas por arma blanca en el abdomen. Dos directas al bazo y la otra que ha llegado a la aorta abdominal.

Por si la hostia en la cabeza no era suficiente. —dice el agente.

Tenían que asegurarse de que no despertara. —Que nunca se sabe.

Cuando vuelve a quedarse solo y se medio desnuda frente al espejo del baño se mira a los ojos, un halo gris rodea su mirada. Sigue sin entender por qué un ser humano querría matar a otro, sigue sin entender esa capacidad que tenemos las personas para hacer daño pudiendo evitarlo. Se frota con ganas las manos, la cara y el cuello, las ojeras le delatan a estas alturas de la vida. Ha visto demasiado dolor como para tomarse los días a broma, ha visto demasiados dramas como para que no le acaben pesando algunas heridas a él mismo. Se seca con papel y se tira un poco de alcohol sobre las manos. Se viste de nuevo, tres llamadas perdidas de su mujer parpadean en la pantalla del teléfono móvil. Lanza un suspiro al aire, resignado. Busca el paquete de tabaco para poder encender un cigarro en cuanto pise la calle y las altas temperaturas dobleguen su escasa vitalidad.

Algunas cosas acaban, a veces son vidas, otras matrimonios.

Torre de control.

Despídete de lo que nunca será me han dicho y he vuelto a convertirme en miles de esferas de mercurio rodando por el suelo, llenándolo todo. Me he hecho tan pequeño de pronto, me he sentido tan débil, tan cansado, tan viejo, tan cobarde por no entender que no vamos a tener segunda parte, por no entender que quizá no hemos tenido ni primera.

Me tiemblan las piernas y las manos cada vez que pienso que he estado equivocado todo este tiempo luchando sólo contra la nada, que he intentado remar contra la corriente sin que tú quisieras que llegara a tu puerto. Soy el único que ha intentado alcanzar el santo grial mientras me mirabas desde un trono de plata entre las nubes. Soy el único que ha puesto empeño en que fuéramos a alguna parte, el que ha intentado que no nos quedáramos sólo siendo aquello que no pudo ser. Me he dejado las uñas y la cordura en buscar un nosotros que rechazas con la boca pequeña y esquivando mi mirada.

Estoy lleno de miedos, tantos que no me dejan ver con claridad el futuro. Y ya soy sólo un trapo con el que recoger las gotas de whisky que caen sobre la barra, soy un mantel blanco lleno de manchas de vino que caen de la botella rota.

No sé si estás esperando el momento exacto, el momento perfecto, pero si quieres te adelanto ya que nunca va a llegar. Ya hemos tenido nuestra oportunidad y la hemos desaprovechado y ahora sólo nos queda seguir andando hasta que nos soltemos las manos por completo de una vez. O no. No entiendo por qué tenemos que resignarnos y reducirnos a acabar siendo nada, no puedo entenderlo. A mí, que siempre voy cogido de la mano de la lógica, que siempre intento abrazar a la ciencia, has conseguido romperme los esquemas, tirarlo todo por el suelo, dejarme desnudo sin tocarme con las manos.

Siempre tengo hambre de ti, siempre tengo esa escasa fuerza de voluntad cuando te tengo de frente, siempre tengo esas ganas de hacerlo todo contigo: de coger un billete, de acabarme otra cerveza, de quedarnos abrazados sin tener que hablar de nada, de mirar la luna desde algún rincón perdido.

Ya tengo claro que soy cada vez más imperfecto, y que lo hago todo más difícil. También tengo claro que soy algo más que una máscara que finge sonrisas cuando pone un pie en la calle, y que cuando quieres algo debes darlo todo y, sobre todo, demostrarlo. O no sirve de nada.

Y sé que la caída es cada vez más alta y que nunca vas a ayudarme a bajar sin que me golpee con fuerza, sin que me deje los huesos contra el suelo, sin que me muerdan los demonios cada noche, sin que la ansiedad me ahogue cuando estoy solo.

—Piloto a torre de control, voy a estrellarme esta vez.