Mes: noviembre 2019

Nadie va a pensar en ti mejor que yo.

Qué difícil, ya no el olvido sino mitigar el dolor en sí mismo. Esa punzada candente que comienza en el esternón en medio de la noche despertándome y se extiende hasta llegar a la punta de unos dedos que no pueden olvidarte.

No han conseguido acallarlo ni las cervezas ni los abrazos de las amistades de siempre.

Prometo que me escucho, me estoy escuchando a todas horas, intentando ponerme el primero de esta pirámide, tratando de ser faraón y Rey Sol.

Me contengo, reprimiendo las ganas de hablar, tirando el teléfono lejos cuando pienso en tu nombre, cohibiendo los gestos de cariño espontáneos, controlando la mirada y la voz, serenando el pulso disparado.

Y aunque a ratos siento que se apacigua mi marcapasos interno y que consigo controlar la respiración, la tristeza no se va. Creo que le parezco cómodo y buena compañía, supongo que a ti también te pasaba. La siento acurrucarse dentro, por encima del hígado, hacerse hueco bajo la falda del diafragma para combatir el frío. La imagino como esos cachorros que se acercan a la estufa y a las mantas, y nunca quieren abrir los ojos.

El futuro es un completo vacío, porque cuando se esfuma la esperanza ya no queda nada.

Y seguimos caminando por pura inercia y obligación.

Sin rumbo, sin sentido, igual que el día que el destino nos unió sin saber muy bien por qué y nos deslizamos por nuestras bocas como el agua por las rocas.

Dicen que me voy a curar, la mayoría de ellos sin tener ni idea de lo que son de verdad las heridas.

Pero es que, digan lo que digan, yo sé que nadie va a verte como lo hago yo, ni a cuidarte, ni a entenderte, ni a buscarte.

Nadie va pensar en ti mejor que yo.

[Aunque todo esto lo cante mejor Ed Maverick.]

Barricadas.

Arden las calles, las casas y los contenedores.

Y yo también, me voy consumiendo con el mismo fuego que prende las banderas y los himnos.

Hemos alimentado a la bestia, creyendo que seríamos capaces de domarla y ahora es más fuerte que nosotros.

Y no son suficientes las barricadas.

No va a servirnos de nada abrazarnos a alguien que apenas nos entiende de verdad.

No va a servirnos tirar piedras si nuestro hogar ya no es refugio.

El mundo está tan loco y va tan deprisa que es desolador ver que ya no hay quien me escuche después de las tres de la tarde.

Las largas vísperas de otoño apenas tienen sentido sin ti, y tengo miedo a la llegada demoledora del invierno, cuando las paredes me caigan encima y el frío me habite por completo.

Tengo miedo a este vacío que lo empieza a llenar todo, que se está convirtiendo en una vasta inmensidad aquí dentro, que deja yermo el maldito corazón que me palpita en el pecho.

Que me hace insensible y me convierte en vidrio.

Arden sentimientos y contradicciones que han minado la verdad y los sentidos.

Y yo sigo aquí rendido a los pies de un dios que nunca escucha.

A los pies de una mujer que ya se ha ido.

 

Los eternos.

Miro alrededor y no soy capaz de deshacerme de tus cosas, como si en algún momento fueras a volver para pedir asilo político, como si llegado el momento al entrar de nuevo en la casa y ver las cosas de siempre en sitio distinto fueras a sentir el mismo dolor que siento yo al no poder sostenerte la mirada.

Será la decepción, o la traición, lo que me impide perdonar y olvidar.

Será que todavía espero el gris de diciembre de tu mano.

Será que me he condenado a no curarme nunca de ti.

Yo mismo he decidido permanecer en el dolor y en lo imposible durante todo este tiempo.

Lo digo sin arrepentimiento.

Agradeceré siempre las caricias, los besos, y que estiraras de mi mano siempre que perdía el equilibrio sobre el precipicio.

Agradeceré siempre las ciudades que nos han visto juntos, las dedicatorias, los cuidados invisibles, la preocupación sincera, las verdades compartidas.

Agradeceré siempre las miradas cómplices, los abrazos y las risas de madrugada por encontrarnos bajo las sábanas.

Agradeceré siempre los libros, los paseos, los secretos y hasta el miedo constante a perderte (y a perderme por ello).

Agradeceré haber sido, haber estado, haber parecido.

Agradeceré habernos querido, amado y follado sólo a ratos.

Agradeceré no habernos tenido nunca por completo,

Porque así seremos eternos.

Tierra de nadie.

Me encuentro en tierra de nadie, con el sentimiento oscuro y doloroso de la pérdida, del abandono de cuando alguien se desvanece de tu vida, enterrándolo todo, apagando el fuego, la luz y la respiración.

Me hallo en medio de la nada, batallando contra fantasmas y gigantes que sólo tienen mi rostro y mis manos llenas de arañazos, y gritan tu nombre en cada pesadilla.

Parece que el tiempo se alarga hasta hacerse eterno desde que ya no tengo la duda de tus besos en la comisura de los labios ni la certeza del tacto de tus manos.

Es como si la Tierra, de pronto, girara un poco más despacio y los días aumentaran en número de horas.

Y es nefasto.

Un auténtico desastre.

Porque ahora que la historia ha dejado de tener sentido me gustaría poder avanzar a toda prisa como en las películas que ya has visto, hasta llegar a la parte desconocida, hasta detenerme de nuevo en el vacío del final para bailar bajando las escaleras, dejarme arrastrar por la insensatez de la locura justificada que todo lo permite, vaciarme de tristeza y soledad dentro de una improvisación como si fuera John Coltrane.

El problema de algunas veces es que tienes la certeza de que hay cosas que no cambian, de que hay marcas que se quedan, de que hay caminos de los que no se puede salir.

Y ya no sé si hablo de ti o de mí.

De elegir bien o de elegir mal.

De perder o de ganar.

De reír o de llorar siempre.

El problema de algunas veces es que tienes la certeza de no querer más partidas, de no poder olvidar, de no saber cambiar.

Este es mi sitio, tierra de nadie, donde todo vale y nada cambia, donde nadie viene a despertarme.

Y tú nunca te vas.

Y tú siempre me quieres.

Y yo puedo respirar sin que me queme la verdad.