Month: octubre 2018

Pájaros sin alas.

Algunas veces hay que huir de verdad, dejar que el humo difumine nuestra silueta en medio de la noche, permitir que la lluvia borre nuestras huellas.

Y caminar sin mirar atrás.

¿Hacer daño a los demás para protegernos o hacernos daño a nosotros mismos para proteger a los demás? Sea cual sea la respuesta saldremos heridos y llenos de recuerdos de los que no podremos deshacernos. Nos sentiremos culpables y nunca tendremos la conciencia tranquila, por mucho que tratemos de redimirnos.

Ahora me he convertido en uno de esos pájaros sin alas, que quieren volar pero no pueden, y empieza a haber perdones que no puedo pronunciar en voz alta.

De todos modos, si hubiera sabido que ibas a acabar conmigo me habría acercado igual. Nunca he tenido buen olfato para el peligro, ni miedo a aquello que creo que merece la pena.

Sólo espero que mientras esté lejos sepas vivir, yo aún no he aprendido a hacerlo sin ti.

Los gigantes que quisieron derrotarte.

Vas dejando atrás todas las armas oxidadas que pelearon contra cada uno de esos gigantes que quisieron derrotarte y no pudieron.

Recuerdas, ahora, las heridas que hubo en cada una de tus cicatrices mientras crece la hierba sobre sus viejos huesos rotos, mientras asoman las nuevas hojas de esa flor que intentaron pisotear.

La primavera siempre llega para sacarnos del letargo, para abrirnos los ojos, para que el sol nos de allá donde un día dejamos que unos labios nos besaran.

Ser humano.

Es tan raro eso de que los seres humanos podamos ser capaces de lo mejor y lo peor.

Capaces de unirnos en masa para alzar la voz y las manos contra la injusticia.

De crear obras de arte que trascenderán a lo largo de los siglos.

De inventar seres invisibles y omnipresentes para justificar el motivo de nuestros actos.

De no perder la esperanza ni si quiera cuando lo hemos perdido todo.

Capaces de odiar y de increpar.

De dormir tranquilos después de la tragedia.

Infligimos dolor físico.

Destrozamos mentes, autoestimas y cuerpos sin ningún tipo de control.

Construimos barricadas, refugios, búnkers y campos de concentración.

Odiamos por razón de sexo, raza, religión.

Arrancamos bosques y los sustituimos por bloques de hormigón.

Cambiamos el mirar de frente por hablar a las espaldas.

Volamos por las nubes y saltamos hasta el fondo.

Perdemos la consciencia.

Aplastamos a otras personas igual que hacemos con los insectos.

Bailamos al son de canciones que desconocemos.

Tendemos la mano.

Levantamos puentes para unirnos y fronteras para separarnos.

Agitamos banderas y escupimos desde el balcón.

Gritamos a ídolos que se funden cuando vuelan cerca del sol.

Queremos suerte.

Lanzamos misiles y también besos.

Amamos, matamos, sangramos.

Y no hay lógica por mucho que nos la hayan querido explicar la física y la filosofía.

Sólo queda el miedo, la incertidumbre, el futuro incierto que nos espera de brazos abiertos, el caos, el laberinto del día a día.

Y al final del día preguntar si de verdad somos seres humanos.

Si eres humano.

Si soy humano.

Y yo ni siquiera sé muy bien qué debe ser la humanidad.

Un latido fuerte.

He dejado de prometer nada.

Porque no me crees, aunque siga arañándome la piel cada día, aunque siga dejando atrás la armadura, el mal humor y el ceño fruncido que normalmente me acompañan cuando no estoy contigo.

No me crees aunque mis manos estén abiertas y me brillen los ojos cuando te miro.

Llega un punto en el que automatizamos todo, hasta aquello que no deberíamos, y empezamos a dar por hechas ciertas cosas que habría que seguir ganándose en el día a día. Yo creo que, a estas alturas, seguimos en pie de guerra, mirándonos a los ojos desafiantes sin saber muy bien qué hacer, como dos principiantes en una clase de baile que no saben cuál es el próximo paso.

El otoño ha vuelto hacer conmigo igual que hace con las nubes y las hojas, desordenarme por completo, dejarme por el suelo, arrancarme los botones de la camisa.

Mientras todo cambia fuera dentro siento el tiempo detenido, pasando lento, y escucho en mis entrañas el exasperante sonido de las manecillas del reloj que pesan tanto como bolas de cañón.

Y el mundo que no avanza.

Y yo tampoco.

Por eso me rindo, ahora sólo miro al cielo y espero a que caiga la lluvia para calarme hasta los huesos, para olvidarte, para olvidarme de la idea casi surrealista de un futuro en el que caminamos juntos y no hay miedo, ni malos recuerdos, sólo un latido fuerte que en mi cabeza suena parecido a lo que para el resto debe ser la felicidad.

Busco redención.

“Huyo de las fieras de la selva oscura
busco redención
y no la hallo.”

Canción: Flores del mal, La maravillosa orquesta del alcohol.

Echaba de menos a Susana pero no tanto como creía que lo haría y eso me hacía sentir terriblemente culpable. ¿Quién pierde a su mujer y se queda anestesiado después de un par de meses? La vuelta a casa supuso enfrentarme a los recuerdos, a la ausencia y al vacío. Quizá éramos ya uno de esos matrimonios que, aunque siempre habíamos intentado basar en el cariño y el respeto, ya no tenían la clase de amor que una relación puede permitirse perder. Esa especie de fuego en las entrañas al verla hacía mucho que se había apagado y también para ella, sólo un imbécil no se da cuenta de que su pareja tiene la cabeza en otra parte, incluso en otras personas. Ninguno de los dos había actuado bien, y lo sabíamos, pero nos perdonábamos a diario, en un tiempo en el que ser infiel de palabra y obra es tan sencillo como enviar un mensaje instantáneo a través de una red social, una aplicación de citas o por Whatsapp. Acomodados, acostumbrados a tenernos sin tenernos y a vivir de nuestra compañía, habíamos dejado atrás los sueños de jóvenes. Habíamos asumido una realidad sin querer cambiarla para no tener que afrontar los saltos de grietas y charcos, y sobre todo, supongo que sobre todo por eso, no queríamos tener que escuchar a nuestras familias lamentándose y preguntándonos qué había pasado para que una relación que había comenzado en la adolescencia, durante el último curso de instituto, se hubiera ido a pique de manera lenta y silenciosa pero sin retorno.

El verano comenzaba a marcharse, en fecha, aunque no por tiempo. Mientras volvía con el alta médica del centro de salud miraba a Julia durmiendo en el carro. Me preguntaba en ocasiones qué podría decirle a mi hija sobre su madre y si ella lograría entender eso de crecer sólo con mi compañía, si se sentiría rara y diferente a sus compañeros de clase por eso, si podría responderle con sinceridad cuando tomara conciencia de la realidad y me preguntara si echaba de menos a mamá.

Estaba todo tan mezclado, tan lleno de hilos que no sabía dónde empezaban y dónde acababan en mi interior, que apenas me había dado cuenta de que al día siguiente me incorporaría al trabajo y la rutina volvería a parecerse un poco a la de antes. Y el café humeante por la mañana en el despacho volvería a envolverme entre expedientes, y las sonrisas sinceras y falsas me abrazarían de nuevo, y las verdades y las mentiras.

― Hijo, ¿te has enterado? ―me preguntó mi madre nada más entrar por la puerta.

―¿De qué? ―pregunté mientras sacaba a Julia del carro y caminaba hacia la cocina donde la televisión, con un volumen demasiado alto, retransmitía las noticias.

―Han encontrado a otros dos chicos muertos. ―Y en Valencia, y con el que parecía era el mismo modus operandi. Escuché la noticia con más atención que la última vez, ahora seguro que me acabaría salpicando de un modo u otro.

Ya eran cuatro, si no es que se habían escapado otras víctimas. Supongo que en la Jefatura Superior de policía ya estaban temblando esperando la llamada desde Madrid y que el forense de guardia se estaría haciendo cruces en el coche mientras volvía a redactar los informes de levantamiento. El acta del letrado de la administración de Justicia serviría de bien poco al día siguiente para hacer las autopsias de las víctimas.

Sábado, 13:45 am.

― Has vuelto por todo lo alto. ―me dijo Carlos, uno de los compañeros en el vestuario, mientras nos deshacíamos del pijama azul desechable.

― Preferiría haber tenido un lunes normal. ―Con muchas autopsias pero sin homicidios de por medio que implicaran pensar demasiado y redactar largos informes. Y, dentro de unos años, acudir a un juicio con jurado si conseguían un culpable. Vázquez llevaba mucho tiempo trabajando para la administración de Justicia y sus ganas habían hecho lo mismo que su pelo, ir disminuyendo a pasos agigantados.

Nadie me había preguntado por Susana, ni por Julia, y mucho menos por mi estado de ánimo. Supongo que la gente, o los compañeros de trabajo concretamente, evitan los temas escabrosos. Bastante tiene cada uno en su casa como para ir sintiendo lástima por los demás, ¿no? Me metí al baño para lavarme las manos y la cara, y aislarme de Vázquez, que aunque intentaba mantener una conversación amena y distendida conmigo estaba consiguiendo sacarme de quicio.

Respiré hondo, me miré al espejo, y a mis retinas vinieron las imágenes de los dos chicos muertos y en mi cabeza se esbozaba la forma en la que el autor, o la autora, había acabado con sus vidas. Podía ver sus cuerpos desnudos, completamente inconscientes, colgando del techo de la vieja fábrica, destilando sangre por las heridas incisas de ambas muñecas. Podía imaginar la sonrisa helada dibujándose en la penumbra, mientras las luces de las farolas se colaban por las ventanas rotas del piso de abajo. Podía imaginar la mirada dirigiéndose al reloj, contando los segundos hasta que ambos dejaran de respirar, y su paciencia eterna para disfrutar de la agonía.

El sonido de unos nudillos golpeando la puerta consiguió sacarme de aquella ensoñación. Volví a mirarme, las ojeras, el gesto serio, quizá triste y negué un par de veces.

― Ya salgo. ―dije en voz alta.

Y volví a toparme con Vázquez al otro lado.

― ¿Te encuentras bien? ―preguntó sin saber si hacía bien.

― Mejor de lo que creía.

Sólo buscaba la redención, perdonarme a mí mismo, poder seguir adelante. Y por encima de todas las cosas dejar de pensar tan fuerte.