Mes: junio 2017

Pura comedia.

La vida es pura comedia y nos la tomamos demasiado en serio. Los formalismos, los enfados, la moral cristiana apostólica romana que impregna cada uno de nuestros actos desde la tierna infancia.

La vida es pura comedia y no lo estamos entendiendo. Joder, si al final todos acabamos en el mismo sitio sin que nadie nos recuerde más que en las fechas señaladas por el calendario.

Pensamos que todas nuestras decisiones acaban siendo transcendentales cuando al final sólo somos un pequeño punto invisible en la historia del Universo, sin más importancia que la que tiene cualquier mosquito aplastado contra el cristal de la ventana para nosotros.

Podríamos hacer que todo fuera más liviano, porque en el fondo, si lo pensamos bien, nada es tan grave como lo pensamos. Cualquier nueva decisión nos parece más difícil de tomar que la anterior. Nos creamos jaulas con nuestros miedos más íntimos, nos prohibimos la felicidad sin darnos cuenta. Nos cortamos las alas, somos víctimas de nuestros propios prejuicios, de nuestra dura conciencia que nos golpea antes de cerrar los ojos y coger el sueño.

Nos estamos complicando cuando todo debería ser igual de fácil que cuando éramos niños, pero nos encargamos de hundir todos los botes en los que subimos. Y a veces tengo la sensación de que estoy remando solo, y de que no sirve de nada, y de que no vale la pena, y de que pierdo el tiempo, y, sobre todo, de que soy un imbécil por no darme cuenta antes de todo esto. Es un asco ser un soñador entre tanta gente sin color, entre los que se conforman, entre los que ríen a medias, entre los que tienen miedo a decir la verdad.

La vida es pura comedia y la estamos convirtiendo en el peor de los dramas, porque todo esto no va de luchar, ni de merecer más o menos, en el fondo lo único de lo que va toda esta historia es de querer.

Y estoy tranquilo, porque eso sí lo hago.

[Dime tú si lo hago bien.]

Mañanas.

Hay un lado de la cama que te echa de menos, y algunas partes de mi cuerpo.

Y luego estoy yo, que no he dejado de hacerlo.

Pero no me hagas caso, por las mañanas a duras penas sé qué digo.

Voy a tomarme un café sin esperarte.

Supongo que serán buenos días para alguien.

Como la luna y el sol.

Visitar el mar siempre te permite pensar. Sólo hay que buscar algún rincón de playa perdido entre dunas de arena, estirar la toalla, y sentarse a observar las olas durante un rato. Un libro junto a las piernas, agua helada en la botella y música en los auriculares.

Y eso te conduce a tener el deseo de que algunos instantes duren para siempre, de sentir lo eterno. Y me pasa exactamente lo mismo cuando beso tus labios.

Ojalá algunas cosas duraran para siempre, como todo esos sentimientos que me envuelven el corazón aunque ya no haga frío.

El problema (porque siempre hay un problema) es que en lugar de desconectar, en lugar de divagar por mis ideas en busca de algo nuevo he vuelto a recaer en ti, he vuelto a tener tu figura dibujada en mi lóbulo occipital.

Justo como algunas noches, cuando abro los ojos en medio de la oscuridad con la respiración agitada y el sudor empapándome la nuca, con la horrible sensación en la garganta de que te ha sucedido algo malo. Supongo que es con detalles como ese cuando te das cuenta de que alguien te importa más de lo que habías esperado nunca, cuando querrías conocer el tipo de magia que chasqueando los dedos permitiera estar a su lado para comprobar que todo sigue bien, que ella está bien.

Lo único importante para mí desde hace mucho tiempo.

Pero da igual, sigue habiendo muchas cosas que dan igual y lo darán. Como mis buenas noches, mis caricias en silencio, mi predisposición permanente, mi ayuda incondicional, mis besos en el cuello.

Al final parece que estamos destinados a no ser, a no estar juntos, a no alcanzarnos nunca, a no hacer planes de futuro.

A ser la noche y el día.

Y nunca más tocarnos.

Como la luna y el sol.

Amores de ida y vuelta.

Hay amores de ida y vuelta, que van y vienen, pero yo creo que los que abundan en nuestros días son los que parece que van a alguna parte pero nunca llegan. Los que empiezan comiéndose el mundo y se consumen después de un par de meses, como todos los fuegos que no se hacen con buena leña.

Nos quedamos a medias y no diré si hay culpa, ni tampoco si hay perdón.

Es todo cosa de la predisposición.

Lo que está claro es que yo quería llegar a todas partes contigo pero también que no me importaba no ir a ninguna si aferrabas mi mano y nos quedábamos parados, y me lo has puesto difícil.

Tan difícil.

Has ido colocando los obstáculos estratégicamente para que tropezara con todos y cada uno de ellos, y eso tampoco se hace. Eso no se hace con quien se dejaría la piel por ti en el asfalto, con quien siempre pondría buena cara ante la idea de una comida familiar, con quien cargaría con todas las bolsas de la compra que fueran necesarias para llenar nuestra nevera.

Lo malo de la vida, y de esta mierda en la que hemos convertido cada relación, es que todos tenemos nuestra visión sesgada de las circunstancias. Cada uno arrastra sus piedras y lleva sus taras como puede. Cada uno piensa que ofrece más, que lo hace mejor, y hemos perdido esa capacidad de ponernos en el lugar del otro y tomarnos las cosas con calma.

No me gusta ya tanto amor que sólo sirve para destruirnos, ni el rencor, ni que guardes más balas en la recámara para herirme cuando te miro a los ojos y descubro el gris inerte del que ya no siente nada.

Hay amores de ida y vuelta, y algunos, como nosotros, que ni siquiera tuvieron la valentía de pisar más allá de la línea de salida.

Me retiro sin premio, pero yo creo que todo estaba amañado desde el principio.

Tumbas.

El olor a tierra mojada le invade las fosas nasales mientras sigue con la mirada clavada en la piedra. Lleva un par de horas calándose bajo la lluvia por decisión propia y no tiene intención de mover un pie para alejarse de aquel lugar. La otra opción es encerrarse en casa entre suciedad, desorden y ganas de saltar por el balcón, y ahora mismo no le apetece demasiado acabar aplastado contra el suelo aunque no le parece mal plan para un domingo por la tarde.

El viento le mece un mechón de cabello, rebelde, que ya lleva demasiado largo para su gusto. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca una cajetilla de tabaco, coloca un cigarro entre sus labios y pasa casi un minuto buscando un mechero en su pantalón. Juraría que estaba aquí. La lluvia le moja el cigarrillo después de tan solo dos caladas y se da por vencido, lo tira al suelo y no se esfuerza ni tan siquiera en pisarlo. Traga saliva al leer el nombre de la lápida que tiene frente a sus ojos y pasa sus dedos sobre el relieve de una cruz que hace tiempo que dejó de tener sentido para él. Siente los ojos vidriosos, con las lágrimas inundando el borde de sus párpados inferiores y se contiene, mira al cielo gris por un momento y después clava su mirada en la fotografía en color.

¿Por qué vivimos en un mundo en el que un niño puede morir? 

Deja un beso sobre el mármol gris, un beso frío que le eriza la piel. Pensar en el cuerpo descompuesto de su pequeña le provoca náuseas.

Toma aire y observa también el nombre de su mujer. Letras doradas en relieve, algo que ella hubiera odiado. Sonríe durante un segundo por ese pensamiento. Pasa de nuevo su mano sobre el mármol de la lápida y susurra algo para sí mismo. Decide marcharse de allí antes de imaginar las fracturas en sus huesos, la hemorragia en sus órganos internos, el dolor antes de perder la consciencia.

Mete las manos en los bolsillos, camina rápido, y el cielo y los recuerdos se desploman sobre él.

Nuevos miedos.

Ácido en los ojos.

Sal en las heridas.

El horizonte parece cada vez más inalcanzable para nosotros, y estamos al borde de la histeria colectiva.

Nubes negras sobre la cabeza, demonios soplando tus velas de cumpleaños.

Creo que ya no hay nadie de nuestra parte.

Sólo sé que nos gustan demasiado las luces de neón y meternos en el agujero.

Y que vamos a perder otra vez.

Lo digo mientras trato de acabar uno de los cinco libros que llevo empezados, mientras intento concentrarme en las palabras que tengo delante y que cada vez me gustan menos, mientras escucho nuevos grupos para no cantar sus canciones.

Las altas temperaturas de esta última semana nos han fundido el cerebro y nos han dejado con el ánimo por los suelos.

Antidepresivos en sobre.

Jabón en pastillas.

Parece que la única inteligencia que queda sobre la superficie terrestre es artificial, que no sabemos acariciarnos, que ni siquiera podemos entendernos como antes.

Narcisismo de verano.

Karma de domingo por la tarde.

Yo sólo quería volver a ver las flores crecer en tu pelo, el agua salpicando mis dedos, tus besos desordenándome la vida.

Y la respiración.

Entre tanta cosa inexplicable, entre la sin razón más absoluta, sólo quería que supieras que contigo no tengo miedo a equivocarme, no tengo miedo a seguir, no tengo miedo a la libertad de elegir quedarme entre los pliegues de tu falda, no tengo miedo a coger tu mano antes de enfrentarme a la oscuridad más terrible de todas.

El único miedo que tengo es ver que suena el teléfono y no eres tú, descubrir que no eres mi destino, entender que no amaneceré contigo en cualquier hostal de París, ver que no crujirán bajo nuestros pies las piedras de la misma playa.

El verdadero miedo, el que se aferra a las costillas y no me deja abrazarme al sueño por las noches, el de no ser para ti.

Magia.

Hace un día radiante y no vamos a disfrutarlo, seguramente por miles de razones para ello. Los días soleados y sin nubes a la vista me recuerdan a Henry David Thoreau y su obra. Le hemos dado la espalda a un mundo que nos vio nacer y nos acogió con los brazos abiertos, que nos dejó ser, que nos permitió respirar cuando podría no hacerlo. Somos un regalo que viene al planeta entre llanto y líquido amniótico.

Llamaría magia a todo eso que nos rodea si realmente fuera bonito pero seamos sinceros, todo es un asco. Nos hemos encargado de llenarlo todo de sentimientos basura, verdades a medias y fracasos. No somos capaces de solucionar nuestros problemas con sinceridad y nos encerramos en corazas hechas de tiempos mejores como si eso fuera a ayudarnos en algo.

Seguimos viviendo en un pasado que ya no es presente, y que no nos deja mirar hacia el futuro.

Seguimos culpándonos por todo.

Seguimos pensando que no merecemos nada bueno y que no vamos a luchar por ello.

Cada día que pasa pienso más en lo hundidos que tengo los pies en la mierda y las constantes náuseas que siento al final de mi esófago, y me pregunto en qué momento me dejé caer por el acantilado con los ojos cerrados, me pregunto en qué momento dejé de ser el dueño de mis pasos y mis decisiones.

Y no tengo respuestas.

Y tampoco sé muy bien si quiero tenerlas porque todo me acaba doliendo más de lo que me gustaría.

Llamaría magia al momento en el que apareciste, a aquel en el que sin darme cuenta me quedé mirándote a los ojos.

Llamaría magia al instante en el que sentí tu mano acariciándome el pelo en una noche cualquiera.

Llamaría magia al momento en el que un corazón hace crack para no recomponerse más.

Llamaría magia a tantas cosas que no tiene sentido.

Así que seamos realistas, ya que no vamos a decir en voz alta que nos queremos podemos conformarnos con gritar que todo esto es un asco.