Mes: agosto 2016

Tan rotos, tan vivos, tan muertos.

Tengo que borrar tus fotos para no encontrarme con tus ojos a cada rato. Tengo que borrar imágenes y recuerdos que siempre quise conservar por si nos acabábamos olvidando.

Pero es que creo que es lo mejor.

Voy a tener que irme sin dejar rastro, mirarte a los ojos de nuevo y despedirme de verdad. Voy a tener que ser tan sólo ese suspiro que te haga viajar en el tiempo. Voy a tener que emborracharme hasta perder el sentido. Voy a tener que golpearme la cabeza hasta quedarme amnésico.

Al final te das cuenta de que el amor es lo más inhumano que existe, que antes o después sólo trae problemas. Porque hay que afrontarlo, porque no sirve quedarse hecho un ovillo y dejar que el tiempo pase. Llega ese momento en el que hay que hablar y abrazarse fuerte o soltarse para siempre.

Yo sólo quería darte más besos que letras he sido capaz de escribir.

Yo sólo quería escucharte respirar a mi lado por las noches en medio de mi insomnio.

Yo sólo quería toparme con cada amanecer entre tus piernas.

Y quizá toda esta vida sólo sea un castigo porque en la próxima nos irá bien.

Aunque siga siendo por separado.

Me queda claro que no he llegado a tiempo, o que el tiempo no ha estado de mi lado. Que volar lento y llegar tarde era mi superpoder.

Y, ¿sabes qué? Quizá lo peor de todo esto es que se acerca el invierno y los dos nos quedaremos con los pies fríos y el corazón encendido por no poder apagarlo.

Cometeremos el peor de los errores por no romper cadenas, y nos lamentaremos, y las espinas bajo la piel acabarán haciendo quistes.

Estamos cada vez más solos, y nos lo hemos buscado.

Estamos tan rotos, tan vivos, tan muertos.

Como el pasado siempre llama a tu puerta, dos veces (por lo menos), sé que volverás.

Y el pasado vuelve sólo por joder, para recordarte lo que no pudo ser, para romperte una vez más y dejarte por los suelos. Cuando estás convencido de que lo has superado, de que puedes volver a salir a la calle con el pecho lleno de trozos de celo sujetándote el corazón de manera estratégica, ves que no. Que todo era mentira, que sigues igual que aquel día que firmaste con los labios un jodido adiós que no querías haber tenido que pronunciar.

Pasarán los meses, los años, pero no el dolor.

Creo que eso también lo tenemos claro los dos.

 

Canción de vuelta.

El reflejo de unos ojos en la sombra que no veía desde hace años, la silueta más que conocida de una mujer que había dado por muerta mucho tiempo atrás. Harvey Williams se queda parado en medio de la calle, medio oculto tras la noche, sintiendo su respiración empañando el aire que lo rodeaba. — ¿Daphne? —El hombre frunce el ceño y camina hacia ella con las manos en los bolsillos. La escasa distancia le hace saber pronto que sí, que su instinto no falla, que su olfato de sabueso sigue intacto. Casi esboza una sonrisa entre su maltrecha barba pero se detiene a tiempo, después de tantos años no va a recibirla con los brazos abiertos.— Creía que te había enterrado. —Y esa herida aún le duele, por eso no es algo en lo que vaya a ceder. Se mantendrá estable, en pie y compuesto, al menos el mayor tiempo posible. Intentarlo también es de valientes, dicen por ahí.

— Ya ves que sigo viva. —La voz de ella casi le suena con desdén, pero sabe que no es más que su cabeza jugándole una mala pasada. Sigue igual que tiempo atrás y eso le desconcierta, sigue igual salvo ese nuevo color de pelo que ahora es más oscuro, y afila sus facciones. — Si tienes tiempo te contaré la historia. —Harvey mira su reloj, como si a aquellas horas de la noche le importara mucho el ritmo que llevara el segundero en su esfera blanca. Vuelve a meter las manos en los bolsillos y le hace un gesto con la cabeza. — Si me invitaras a un café estaría mejor. Me duelen estos zapatos. —Aquel comentario obliga a Harvey a mirar sus piernas, unas piernas infinitas que se acaban en un par de zapatos negros de tacón afilado. Piensa en responderle con un no rotundo, pero nunca ha sido tan descortés. No es su estilo, simplemente. El hombre carraspea, un claro signo de inseguridad que lo delata. Has fallado a la primera.

— Un café no es pasar la noche. —La avisa, toma esa precaución porque conoce a Daphne, la ahora castaña es ese tipo de mujer que siempre consigue lo que quiere con una simple mirada. Ese tipo de  mujer que con el primer pestañeo tiene a veinte hombres a sus pies. Y además, es ese tipo de mujer que lo sabe y que aprovecha la situación. — Vamos. —De momento prefiere callar, prefiere caminar junto a ella por las calles vacías y llegar a su casa sin apenas volver a separar los labios para decir algo. El silencio es un pilar importante en la vida de Williams y la mujer que ahora tiene a su lado lo sabe de sobra. Lo es desde que se conocieron hace diez años. Y llevan ocho sin saber nada el uno del otro.

¿Alguien puede fingir su propia muerte y desaparecer del mapa con tanta facilidad? Para Harvey es algo inconcebible, pero ha visto tantas cosas que ya no sabe distinguir la realidad de la ficción. Busca las llaves en su abrigo y abre el portal. — Creo que está todo igual que la última vez que te fuiste. —dice él cuando pasan a su casa y cuelga el abrigo y el sombrero en un perchero. Mismos muebles, mismas vistas, misma taza de café medio vacía.

— Antes olía a mi perfume. —replica la morena, y para qué mentir, lo ha desmontado con una frase. Daphne ha vuelto.

Salvavidas.

Lo malo de tratar de ser un salvavidas es que consigues que el resto no se ahogue pero tú acabas en el fondo, entre animales submarinos que todavía no tienen nombre porque nadie los ha visto.

Las aguas abisales son tan raras y se está tan solo.

Entiendes entonces a esos que no tuvieron suerte (y dinero) suficiente para subir a un bote en el Titanic y alejar el frío inerte del Atlántico de sus órganos. Entiendes que las tinieblas no dan miedo porque estén llenas de monstruos como los que hay debajo de tu cama. Entiendes por fin que, al final, nuestro mayor temor es el de no tener a nadie que se pregunte por qué hoy no te brillan los ojos como siempre.

Y estamos desaprovechando las buenas oportunidades, y nos vamos a hacer viejos siendo carne de psicoterapia. La felicidad la dejamos en manos de los demás porque nosotros no la merecemos, porque ya nos hemos dado por vencidos, porque hemos dejado atrás la mirada de niño y la inocencia se nos fue con aquel primer vómito por culpa de la resaca.

No sé si deberíamos volver a creer, pensar que todavía hay tiempo por delante, pensar que las cosas todavía pueden irnos bien, y abrir las alas y echar el resto en cada vuelo que nos quede.

Pero nunca seremos tan optimistas, nunca nos concederemos el sentirnos tranquilos con nosotros mismos y lo que hacemos. El futuro se ha convertido en un enorme dragón que va a partirnos en dos con sus garras, y acecha tras cada roca del camino esperando nuestro error.

Vivimos a medias, con la mente siempre en otro lado y ya no disfrutamos ni cuando se supone que todo el mundo lo hace. Somos espejismo, reflejo imperfecto de todo aquello que podríamos llegar a ser y se quedará en el polvo.

Y el problema es nuestro, por exigir, por esperar, por querer de los demás algo que ellos no nos pueden/quieren/saben dar.

El problema soy yo, siempre pasa igual.

No quiero seguir siendo salvavidas para acabar muerto.

Cenizas y miserias.

Nos han puesto otra trampa y no la he podido esquivar a tiempo, y estoy de nuevo de bruces contra el suelo. He perdido la cuenta de las despedidas y los reencuentros, de las tragedias, de los refugiados y de los fantasmas que conviven con nosotros.

Yo creo que sabes más de lo que dices, que tienes más poder del que crees, y que hay respuestas que aún no has dado a conocer. No tendrías por qué haber usado el miedo conmigo o contra mí. No era necesario. Soy capaz de asustarme sin necesidad de dar un paso para adentrarme en el bosque.

Y ahora que todo quiere oler a los ochenta, ahora que todo el mundo quiere tener carteles luminosos y perseguir Nexus-6 por las calles. Yo busco la paciencia en páginas de libros que aún no estoy preparado para entender. Y otros más sabios me hablan desde hace siglos y saben lo que pienso mucho mejor que yo.

Supongo que todo sigue siendo una ilusión y que no hay verdad en todo esto.

Supongo que tarde o temprano voy a despertar desconcertado por este sueño tan largo y extraño.

Igual estaba vivo y no he sido capaz de darme cuenta a tiempo.

Solo quiero que llueva tan fuerte y constante como en Blade Runner. Y que alguien se apiade de mí al final y me rescate de caer desde la cornisa de un edificio.

Has hecho que me pierda y me has dejado sin hilo de oro delante del minotauro. Y ahora no sé volver a casa.

Quizá todo esto no es más que otra expresión agónica, otras cuatrocientas palabras sin sentido que he dejado caer sobre una página en blanco. Quizá todo esto no sea más que otro final que no importa y va a servirnos de catarsis.

Volveremos a ser el ave fénix que resurge de sus propias cenizas y miserias, y emprende un nuevo vuelo hacia ninguna parte. Con total libertad, sin cadenas.

Lo peor de todo es que yo no te buscaba, que todavía estaba quitando las malas hierbas que me habían crecido por dentro, que estaba en plena crisis existencial y más desprotegido que nunca.

Ahora nos encargamos de respirar hondo y mordernos la lengua cada vez que hablamos.

Y aún así parecemos eternos.

Creo que lo que nos conviene es seguir abrazándonos hasta que todo acabe, por si acaso.

Creo que nos conviene bailar mientras los demás duermen.

Robin Hood.

Las luces apagadas de su casa me hacen saber que ya no está. No tengo ni idea de dónde ha ido y me tiembla la mano si pienso en coger el teléfono y marcar un número que me sé de memoria aunque lo borrara de la agenda. Hace mucho que no compartimos vicios, ni un poco de vida. Y los recuerdos en color sepia no nos sirven. Y nada importa. Y ahora está todo tan muerto como esas plantas que dejamos secar al sol al irnos de vacaciones.

Siempre me debatí entre ser dueño de tu corazón o de tus ojos, y cuando sopla la brisa desde el mar aún te recuerdo desnuda en mis brazos.

Ya no sé dónde voy a ir, ni cuál es mi objetivo.

Esta montaña rusa diaria me ha desorientado por completo y estoy todavía demasiado lejos del olvido. 

¿Recuerdas que teníamos un plan?

¿Recuerdas que sabíamos lo que queríamos?

¿Recuerdas cuando me decías que me creía un Robin Hood moderno?

¿Recuerdas que siempre he intentado lo imposible?

Ahora hay pocas cosas ya que me dejen sin aliento, y ni siquiera tengo tanta hambre como para querer comerme el mundo como antes. Jugamos como adolescentes a ser príncipes y princesas, y nos dejamos llevar por el viento sin tener ni idea de que podíamos rompernos como dos vasos de agua al borde de una mesa.

He perdido la esperanza y no creo ni en mí mismo, ni en los demás.

La batalla está aquí dentro desde que tengo el corazón ardiendo y apunto de destrozarlo todo. Y no sé si la resistencia va a ser capaz de entrar en mi cabeza como hizo la Nueve en París aquel 24 de Agosto del 44. No sé si yo soy capaz de volar tan alto como lo hicieron antaño nuestros sueños.

Dudo que en estos momentos pueda seguir poniendo a los demás por delante de mí, y lo que más me importe sea devolver su dinero a los pobres. Dudo que siga siendo tan valiente como para pelear contra Goliat.

Sólo quiero dormir, como esos viejos de ojos cansados e historias largas.

Estoy cansado de caminar cada noche sobre los tejados poniendo a prueba mis siete vidas.

Cerrar los ojos.

Respirar.

Volver a nacer en algún momento.

Y hacerlo todo mejor.

Nadie sabe qué se oculta en las sombras.

Mira el humo que sale de un cigarro a medio terminar y lo deja sobre el cenicero de esa pequeña mesa en la que está sentado. La música del local lo envuelve, sube hasta sus oídos y luego pasa de largo, ni siquiera el jazz esa noche puede ayudar a ordenar sus pensamientos, tampoco el movimiento de los labios de la cantante mientras lo mira fijamente. Está más allá, no es su día, un par de casos lo llevan de calle y no sabe ni cómo empezar. Quizá por eso bebe, quizá por eso fuma, quizá por eso había decidido envolverse en un frío abrigo y salir en pleno mes de febrero a patear unas calles que tan sólo le devolvían risas burlonas en la oscuridad. 

 

Los demonios ya se ríen de Harvey Williams, pobre tipo. La vida se le rompe a pedazos y él ni se inmuta. A sus cuarenta y cinco años ya no sabe lo que debe hacer para seguir respirando sobre la superficie, sin acabar de hundirse por completo. No es la edad, son las circunstancias. Vivir solo con un gato y una vieja trompeta metida en una funda no hablan demasiado bien de él, y tampoco que pase horas apoyado en el alféizar de la ventana intentando cuadrar las piezas de muchos puzzles que no le encajan. Su vida está rota, siempre lo ha estado, pero cada vez se fragmenta más, hasta un punto en el que ha dejado de saber quién es. Se mira al espejo y no se reconoce, esos ojos opacos, sin brillo, que ya no tienen ni una pizca de esperanza, esas arrugas en la frente que indican que ha llevado una mala vida. Una barba que debería afeitar pero no quiere.

 

Williams abre los ojos antes de dar otro trago a un whisky que posiblemente es todavía más viejo que él mismo. Deja el vaso vacío y coge el cigarro antes de levantarse y colocarse el abrigo y un sombrero que impide que se le hielen las ideas más de lo que es estrictamente necesario. Ha devuelto el saludo y una media sonrisa melancólica a la cantante, la conoce de tantas otras noches. Noches que ya no se han vuelto a repetir desde hace meses. Aún así guarda un gran recuerdo, como lo hace de toda esa gente que lo ha ido abandonando por el camino sin remordimientos. Nadie quiere a alguien amargado a su lado. La gente ya se ha acostumbrado a que sólo existan risas, brindis y felicitaciones; y cuando alguien es más gris que los demás lo apartan a patadas, como si fuera un perro callejero.

 

El alcohol no le hace mucho efecto pero aún así nota que sus reflejos no son los de siempre. La muerte le saluda desde una esquina, pero por un día pasa de largo. Otra vez. Son tantas las ocasiones en las que se ha topado con ella que es como un miembro más de esa familia invisible que tiene desperdigada por el mundo.

 

— Buenas noches, Williams. —La voz de una mujer le sorprende desde una esquina, no puede ver su rostro por culpa de la bombilla fundida que hay en la farola. A pesar de eso, sabe que la conoce. No puede ser. Pero es que, nadie sabe qué se oculta en las sombras.

Estamos jodidos.

Nos hemos deshumanizado o, al menos, estamos en ello. Pero yo aún espero a que las cosas dejen de dolerme cuando lo necesito, a que todo me de realmente igual y no haya nada que me queme el diafragma.

Lo intento cada día pero no consigo llegar a ser fuerte, y dan igual los golpes, el entrenamiento, los pensamientos. No hay nada que consiga hacerme despegar los pies del suelo.

Y si lo hay no voy a admitirlo en voz alta porque ya no tiene sentido.

Hemos sido un par de cometas cruzando el cielo al mismo tiempo. Extraño fenómeno. Pero el hechizo se rompe, a todos se nos acaba cayendo la venda de los ojos, y da igual que resuciten los muertos cuando nos cogemos de la mano. Supongo que tú también tienes miedo, que te da pánico ver que te acabo dejando caer. Y a este paso, será verdad.

La ciudad huele a desierto sin ti, las nubes tóxicas dejan caer lluvia que envenena y camino por las calles como si fueran un cementerio en el que dejar mis huesos descansar. Creo que cada vez estoy más cerca de estar muerto por dentro, de encallar en cualquier orilla que se deje querer.

Todo son dudas existenciales en este mundo nihilista.

Estamos jodidos, porque algún día escribiré nuestra verdad y entonces llorarás conmigo.