Mes: abril 2017

Flores secas.

Es mirarme al espejo y ver el interrogante sobre mi cabeza:

¿Por qué iba a quererme ella a mí?

Y la pregunta se repite una y otra vez, de muchas formas diferentes.

La inseguridad hace que al final todo se tambalee, que bailemos sobre el alambre sin saber muy bien si darnos de bruces contra el suelo quizá es mejor opción que estar siempre en el aire sin saber cuál es nuestra posición en el mundo.

Dicen que estamos en primavera y yo no soy capaz de encontrarla entre tanto frío, tanta lluvia y un amor que se escapa entre mis dedos igual que lo hacen las flores secas que descubro entre las páginas de un libro.

No sé qué debo pensar, ni qué sentir.

Y ahora tampoco sé muy bien si debo callarme de una vez por todas porque ya nada va a cambiar.

No sé si estamos en el final de la película y estoy a punto de darme cuenta de que he perdido a pesar de remar, a pesar de tratar de correr entre la gente para encontrarte, a pesar de abrir mis brazos para recogerte siempre.

No sé si hemos pasado ya de los títulos de crédito y sólo nos queda levantarnos del cine y que cada uno se vaya a dormir a su casa, dejar de compartir saliva y risas perdidas.

No sé si tengo que sonreír, callar y apartarme.

Y que todo acabe por parecerme bien aunque sea mentira.

Pronto escaparé de la rutina, del día a día al que estoy acostumbrado, y se abre la brecha ante mis pies.

Me siento inestable, con más miedo a mis espaldas del que he sentido antes, y es que no sé cómo saldré de esta.

Sólo quiero unos brazos en los que refugiarme, un beso en la frente, y un susurro que signifique que no pasa nada porque pase lo que pase estará a mi lado.

Y es la mejor forma de ser valiente que se me ocurre.

La epidemia.

El desamor parece la epidemia del s. XXI.

Ahora miramos a nuestro alrededor y vemos relaciones que fracasan una y otra vez a pesar de los intentos por arreglarlas, de matrimonios que se rompen antes de dar el sí quiero, de parejas que se agotan sin poder salir a flote de nuevo. No sé si es culpa del amor o de las personas, o si lo que sucede es que no sabemos lo que hacemos cuando decimos que queremos a alguien y que haríamos cualquier cosa por ellos. ¿Incluye eso el dejar que nos hagan daño? ¿El hacerlo? ¿Incluye eso el tragar cualquier cosa? ¿Que todo duela en silencio?

Nos equivocamos.

Proyectamos la idealización de relaciones que no han existido en la vida real. Nos creemos las novelas del romanticismo, los poemas de Benedetti y Neruda, las películas de Richard Gere y Julia Roberts.

Nos hemos creído las patrañas de la ficción como si fueran verdades absolutas, y aún no hemos aprendido que la única verdad es que no la hay, que estamos rodeados de grises, de luces y sombras, de sol y nubes.

Quien sonríe hoy mientras se coge de la mano hará mañana las maletas para abandonar su casa de siempre.

Y así la vida sigue.

Y el ciclo comienza de nuevo.

Conoces a alguien, te gusta cómo sonríe, le cuentas tus cosas, te coge la mano, le besas el cuello, te regala sus libros, le prestas tu música, y no puedes dejar de leer su piel con la tuya.  Tenerle es tenerlo todo y su ausencia lo convierte todo en vacío y mucho miedo.

Algunos se rompen el corazón como si no pasara nada -inconscientes-, sin pensar en las consecuencias, sin saber nunca a quién le duele más, sin tener claro si habrá supervivencia tras la tormenta. Creo que lo que pasa es que por mucho que digamos en voz alta que nos gusta la estabilidad donde más cómodos estamos es yendo a la deriva, cuando todo es posible sin que tengamos que decidir nada, cuando nos dejamos llevar y cerramos los ojos escuchando el rumor de las olas.

El desamor parece la epidemia del s. XXI, quizá siempre lo ha sido.

Pero no sé, podríamos mirarnos a los ojos, besarnos de nuevo, abrir las ventanas, y ser tú y yo el mejor tratamiento.

 

Casualidades.

Carreras de fondo y suspiros que van a acompañarnos el resto de nuestras vidas. La montaña rusa del día a día no da tregua, igual que el cambio climático.

Y de pronto llega la filosofía budista a abrirnos los ojos y hacer que nos replanteemos las cosas. Parece que siempre tienen que venir de lejos a decirnos que lo estamos haciendo mal, que se puede actuar de otra forma, y entonces detenemos nuestros pasos, observamos a nuestro alrededor y asentimos.

Tenían razón.

Aún no hemos caído en la cuenta de que nos envuelven las casualidades desde que abrimos los ojos antes de que suene el despertador hasta que somos capaces de conciliar el sueño por puro agotamiento.

Saludamos a desconocidos, sonreímos a quien no solemos hacerlo, nos despedimos sin palabras de quien ayer nos acompañaba a beber cerveza, nos damos el primer beso con alguien que acaba de aparecer en nuestros días. También es casualidad que se nos olvide algo cuando somos los que lo recordamos todo, o que se nos rompa el vaso cuando no llevamos la etiqueta de patosos en la frente. Es casualidad que todo nos vaya bien o nos vaya mal, o quizá no es cuestión de suerte si no del cristal de nuestras gafas, de que nos han dicho que nada va a salirnos bien y hemos asumido el rol de perdedores.

Ya es hora de que nos quitemos el victimismo de encima, la estúpida idea de que todo sale mal y no va a mejorar.  Vamos a dejar de quejarnos para hacer algo, olvidar el papel de sufridores y poner soluciones. Vamos a abandonar la comodidad del sillón para alzar la voz, el puño y los corazones.

Nos gustan las quejas más que la acción.

Igual también es casualidad.

[Lo que no es casualidad, estoy convencido, es de que te cruces en mi camino cada vez que me veo perdido, que hagas de faro entre la niebla, que seas la bandera en lo alto de la cumbre, que suenes a canción de Radiohead en mi silencio, que te vea como la señal de fin de carretera.]

Retroceder en el tiempo.

Ha vuelto a llover mientras pensaba en ti, y yo ya no creo en las casualidades.

La vida ha demostrado que sabe perfectamente lo que hace cuando nos pone a alguien en el camino, aunque nosotros no alcancemos a comprender el por qué, aunque en ocasiones solamente nos hagamos daño.

Crecer, creer, perecer.

Tenemos tiempo para todo si sabemos aprovecharlo.

Has hecho que imagine atardeceres en los días más nublados, que sonría cuando arreciaba el aguacero, y también que llore cuando más debería sonreír.

Ahora estamos viendo cómo cae otra gota, la que se supone que colma el vaso. No sabemos hablar de tú a tú, y al parecer tampoco de cara a la pared.

Y me pregunto dónde está la alegría que se supone que debería tener guardada y sólo me queda mirar por el desagüe para obtener respuestas. Y es que al final el golpe ha sido peor de lo esperado, sin verlo venir, sin poder prepararme. Apartarme del camino con un simple empujón como a un desconocido cualquiera lo hace todo peor, y ojalá fuera capaz de crear algo de rencor aquí adentro, algo de odio, algo más que dolor y tristeza para rellenarme los huecos.

Voy a escuchar canciones tristes hasta que me sangren los oídos, a leer de nuevo “Esa visible oscuridad” de William Styron para entender que se puede salir del peor de los abismos, a encerrarme en la habitación con la puerta atrancada mientras veo como cae el día sin ser capaz de pensar en nada más.

Y todo esto me hace darme cuenta de lo sencillo que es reducir a una persona a cenizas, convertirnos en polvo sin necesidad de estar muertos aunque nos sintamos así, destruir a quien menos deberías.

Qué puta mierda.

Y la rabia.

Ya estoy vacío de ti otra vez, y es como retroceder en el tiempo, o quizá es que nunca he llegado a avanzar y no he querido verlo.

La mejor peor época de mi vida.

Has sentido cómo te arrancaban el corazón, cómo la carne se separaba lentamente de tu cuerpo, cómo te abrían las costillas para hacerse paso. Y ahora trata de latir ante tus ojos, sobre el suelo húmedo, empapado de sangre. Te devuelve la misma imagen lamentable que un pez sobre la orilla que busca seguir respirando pero no puede.

Tengo que admitir que lo ha hecho bien, lo de darme la estocada final sin mirarme a los ojos, sin atreverse a que le tiemble el labio al decir las cosas en voz alta, sin atreverse a que le pueda reprochar y responder tantas verdades como veces ella me ha mentido.

La cobardía sigue ganando a la sinceridad una vez más. Hubiera sido mucho más sencillo hablar que jugar así, haciendo más daño del que era estrictamente necesario.

Si lo pienso bien ha sido de esas personas que dicen te quiero en voz baja, con la boca pequeña, con miedo a pronunciarlo, y yo me había lanzado al vacío sabiendo que no había red, sabiendo que ella no estaría cuando más la necesitara.

Se mezclan la decepción y el dolor con el crítico analítico que me baila por dentro. No puedo evitar entrar en un bucle de silencio, ojos rojos y pinchazos en el esternón. No puedo evitar mirar el reloj con desgana esperando que llegue la hora para poder meterme en la cama sin que nadie se preocupe demasiado.

Lo peor de todo es no poder aferrarte a un motivo, saber qué has hecho para que el fin llegue como un disparo en la rodilla.

Sentirte como un perro al que han tirado sin más.

Y ya da igual porque nada va a arreglarte, ahora que empezabas a tener algo de ganas por vivir, por saber en quién te convertirías con el paso de los años.

Ahora toca volver al pozo del que nunca debí salir, sentarme solo, que las aguas estancadas me mantengan mojado hasta morir de frío.

Empieza la mejor peor época de mi vida.

Sin balas.

Son las 04:56 de un miércoles de abril y el silencio me envuelve, y no puedo tragar saliva con la garganta tan seca. Hoy tengo otra vez el puñal atravesado en la boca del estómago, y se retuerce entre risas de esas que sólo puede escuchar uno mismo en su cabeza.

Todo por hacerme daño.

El insomnio febril ha vuelto a mecerme en sus brazos, a llevarme lejos de una cama empapada en sudor enfermizo. A ver llover en medio de una calle londinense, a leer tumbado en medio de un mar de árboles, a oler la sangre que rueda por mis muñecas, a ver los ojos opacos de la muerte mirándome fijamente, el espejo roto sobre el suelo de mi habitación.

El delirio nocturno, las pesadillas de antaño.

Con los pies sobre el suelo me doy cuenta de demasiadas cosas y vuelvo a tener veneno recorriéndome por dentro, imbricándose en mi piel, en mi cerebro, en mis arterias.

No sé qué tiene el mes de abril para acabar siendo tan fatídico siempre para mí.

No es que haya tirado la toalla, pero estás haciendo bien eso de quitármela de las manos.

Sin pensar las consecuencias.

Sin pesar los sentimientos.

Se empieza a derretir la ilusión como un hielo lo hace en el fondo de un vaso al que nadie presta atención.

Supongo que todo es culpa de que jugamos al azar y he vuelto a perder. Una vez más, y sé de antemano que no será la última.

He vuelto a chocar contra el iceberg.

Ojalá que se vaya la fiebre, los pensamientos vehementes, el sinsentido que asciende por mi cuerpo.

Ojalá sea capaz de volver a tener la mirada perdida sin que bailes por mis pensamientos.

Y estar tranquilo.

Con tanto amor a quemarropa me he quedado sin balas.

 

Palabras incómodas o el Rey del mundo.

Todavía no sabemos qué hay debajo de la máscara, todavía no sabemos quién somos en realidad. Tanteamos, buscamos la supuesta perfección, creemos que sabemos todo lo que queremos de la vida como si eso fuera tan sencillo, como si no estuviéramos haciendo con nuestros cuerpos lo que la sociedad espera de ellos en lugar de elegir por nosotros mismos.

Seguimos idealizando relaciones y personas como si no estuviéramos todos rotos por defecto, como si no naciéramos llenos de grietas que tenemos que ir rellenando con el paso de los años. Ni la chica guapa, ni el de cuerpo escultural acaban de ser felices aunque sonrían en todas las fotos de sus viajes.

Seguimos creyéndonos únicos por la sensación de soledad que sentimos en el pecho cuando nos tapábamos con las sábanas, como si no fuera algo universal lo de pensar que nadie te comprende, que nadie te puede ayudar, que tus problemas los tienes que resolver tú solo.

Y parece mentira, nosotros, que somos expertos en dar consejos a los demás mientras hacemos un desastre de nuestras propias vidas.

Parece mentira, nosotros, que somos expertos en criticar el modo de vida de los demás: porque van a ser padres tan jóvenes, porque a los cuarenta años aún no tiene novio, porque se acuesta con una chica diferente cada día de la semana, porque siempre acaba poniendo los cuernos a sus parejas.

Qué fácil es llenarse la boca con las decisiones de los demás cuando somos incapaces de tomar las nuestras, cuando es más fácil acomodarse y parecer un santo sin serlo.

Yo creo que debemos tomar aire, ver cómo bailan las cometas por el cielo y dejar de intentar entenderlo todo.

Yo creo que debemos correr en la dirección que queramos, aunque parezca el camino peligroso, aunque no sea la carretera principal. Disfrutar del viaje sin importar si llegamos a nuestro destino, porque el único destino que tenemos claro que llegará es el de la muerte y ya no quiero arrepentirme por nada cuando mis huesos reposen en el cementerio. Y sólo nos queda intentar que duela menos mientras la oscuridad final llega, dejar de lado toda la pena que nos recorre las venas.

Mientras tanto, me seguiré creyendo el rey del mundo cuando acaricias mi nuca y me plantas un beso.