Mes: diciembre 2019

Las matemáticas del domingo.

Cuatro horas de sueño.

Tres cafés.

Una pizza.

Dos capítulos de una serie.

Una hora y media en el gimnasio.

Ciento dieciocho mensajes de Whatsapp.

Seis minutos cuarenta y dos segundos de Eyes Shut de Ólafur Arnalds.

Diez temas estudiados.

Veinte retuits.

Una foto en Instagram.

Compartir un par de noticias políticas en Facebook.

Una ducha.

Afeitarse.

Un par de personas que se preocupan por ti.

La estufa y una manta como única compañía.

Miles de pensamientos.

Un nudo en la garganta.

Decenas de lágrimas en los ojos.

Diez pañuelos arrugados y llenos de mocos.

Botella y media de agua.

Treinta y dos minutos escribiendo.

Ningún abrazo.

Cero besos.

Los días pueden reducirse a números.

Pura matemática.

 

Himnos de guerra.

Me mantenías cuerdo y ahora hablo solo.

Alzo la voz en una casa vacía con la esperanza de que alguien responda desde la cama o el salón.

No se escuchan ya los himnos de guerra que nos gustaban, no resuena la música que bailabas y tarareabas a medias, porque siempre había algo de vergüenza tras tu piel.

Y nunca conseguí que se fuera del todo.

Nunca conseguí tampoco que desapareciera por completo el miedo de tus huesos, a pesar de que fui sin armas desde el primer momento, a pesar de que dejé que lo comprobaras un día tras otro hasta el último instante.

Me vacié, vomité mis verdades después de cada trago.

Lloramos juntos por motivos diferentes.

Nos abrazamos muchas veces con el nudo en la garganta, y nos dimos algunos besos que hicieron más daño que los silencios que vinieron después.

Nos despedimos tanto para luego volver a abrazarnos como si nos hubiéramos encontrado después de creer habernos perdido para siempre.

Dicen que el mundo se derrite pero aquí no deja nunca de hacer frío, y hasta dudo de estar vivo.

Asiento en silencio a las conversaciones, miro al rostro y sonrío en las pausas para parecer centrado y atento. Todos tenemos nuestros trucos.

No puedo pensar en nada.

Sólo dejo que los ecos del piano del vecino me resuenen por dentro y se mezclen con algunas frases tuyas que me anemizan poco a poco.

Me consumo pensando tanto, sin ser capaz de salir, de ver un poco de luz, de ser consciente de que hay un camino que se abre y que estará esperándome. Me he quedado en el laberinto, con miedo del Fauno, y sin saber volver.

Supongo que para otros no es tan difícil, que duele un tiempo, que se olvida y se continúa.

Sin embargo, yo tengo el ancla amarrada a los pies y miro la superficie sin poder respirar.

Si pudiera volver atrás, si pudiera de verdad cambiar las cosas, creo que no lo haría.

No lo cambiaría porque este dolor, esta tristeza firme, esta esperanza perdida, significa que todo ha sido verdad, que en algún momento de la existencia de este mundo inútil tú y yo fuimos.

Y existimos juntos.

El café y la utopía.

¿A quién no se le atraganta la vida un domingo por la tarde?

Creo que sucede porque se agolpa todo en la garganta: la soledad, la rutina, la tristeza infinita de la distancia y los cigarros del sábado noche.

El fin de semana nos tritura del mismo modo que el último amor, convirtiéndonos en seres de usar y tirar.

El lunes acaba llamando un par de veces a la puerta y tienes que abrirle por obligación, y dejar de sentir y volver a fingir.

Vuelves a ponerte la máscara, con un intento de sonrisa, y tratas de borrar las bolsas bajo los ojos culpa de las lágrimas que han inundado tus sábanas. No hay respuesta a las preguntas que me lanzan, ni verdades.

Tengo que volver a ocultar la realidad y seguir con los hombros hacia adelante, como si nada.

Creía que no volvería a casa solo más, creía que cambiaríamos juntos, creía que no pelearíamos, que leeríamos libros distintos desde cada lado del sofá, que acabaríamos con las existencias de queso y vino de las tiendas del barrio, que me robarías la manta en la cama desde septiembre a mayo, que nunca sabríamos qué películas ver juntos, que podríamos reír hasta en medio de un atasco, que nos mojaríamos con los charcos cuando asomara la lluvia.

Creía en utopías.

Creí hasta en mentiras que no tenías necesidad de decirme en voz alta mientras me mirabas a los ojos.

Y repetí el error, metido de pleno en esta ceguera que es el estar enamorado.

Confieso con sinceridad que esperaba que fueras capaz de hacer las cosas bien esta vez, que si yo siempre había sido claro tú te verías obligada a serlo en algún momento, que te atreverías, que tendrías la valentía y la necesidad de hablarme de verdad, que podrías sacar de tu cabeza todo lo que te atormenta y yo te daría como siempre tiempo y espacio.

Pero no puedes, y ahora estoy casi convencido de que nunca podrás.

Algunos no sabemos vivir con verdades a medias, conociendo sólo retales de la vida de la persona a quien queremos.

Algunos preferimos la sinceridad aunque nos duela, preferimos afrontar la vida aunque nos hiera.

Con aquel último café dejé de confiar en ti y en tu boca.

Y ahora ya no me bebo tus palabras.