Mes: octubre 2016

Por qué yo.

Me pregunto algunas veces cómo era su vida antes de que tropezara conmigo, de que nuestros pasos coincidieran en la misma esquina de la calle, de que nuestras miradas se cruzaran de pronto con un aire diferente. Me pregunto si sus días eran aburridos, tranquilos, o llenos de problemas. Si yo sólo he sido una piedra más con la que tropezar. Si he sido yo ese nudo que no puede deshacerse con facilidad y que se acaba dejando por pereza. Si soy tan solo otra marca más sobre la piel, de las que acaban doliendo por el recuerdo y no por lo que fueron.

La vida cambia tan rápido de un día para otro. Dejas a alguien atrás, conoces a alguien nuevo, te descubres desnudando a una desconocida hasta hace media hora, te ves en el altar con alguien a quien no has querido nunca realmente, llevas flores al cementerio a quien se fue antes de tiempo. Y sólo podemos callar y tragar saliva ante tanta incertidumbre. Porque parece que no decidimos lo que va a pasarnos, da la sensación de que nos mueven con hilos que tiran de nuestras extremidades hacia donde no queremos. Y a mí se me hace cada vez más horrible dejar que cualquiera me lleve por caminos que no tenía ninguna intención de pisar.

Me pregunto la mayor parte del tiempo si sólo soy una equivocación, si soy para ella esa decisión de la que te arrepientes al momento. Si sólo soy un error de los que no tienen vuelta atrás. Si yo sólo soy un pasajero que ha coincidido en el mismo vagón y que acabará pronto su viaje, mientras ella continúa. Si soy tan solo ese con el que compartir el fuego y sus inquietudes cuando no queda nadie más disponible.

Estamos metidos en un laberinto del que no conocemos la salida, y por eso estamos tan perdidos. No nos atrevemos a decir en voz alta lo que pensamos, lo que queremos, por si fallamos. No nos han enseñado a acostumbrarnos al fracaso y debemos aprender a base de golpes. No sabemos aceptar un no, entender un tal vez, esperar sin desesperar.

Me pregunto siempre si soy peor de lo que parezco, si soy un fraude, si mis palabras te llegan hasta los huesos, si quieres cogerme de la mano en medio de la tormenta, si nos quedan cosas buenas, cuándo llegará el desencanto, hasta cuándo durará el presente, si esta tristeza durará para siempre, si dejaré de estar derrotado y de mirar siempre al pasado, si seré tu hogar algún día.

Me pregunto por qué yo.

Y nunca tengo respuestas.

Ganar perdiendo.

Ya no quiero dolor, ni arrepentimiento, ni silencios incómodos.

Necesito luz, algún faro que nunca deje de alumbrarme.

Y también sé que eso no hay nadie que pueda dármelo, que debo ser yo mismo el que coja el timón.

Prefiero la soledad a la mala compañía.

Prefiero quedarme eternamente a este lado del puente, aunque sea sin ti.

Siempre vuelvo solo a casa, y me acompaña el viento, y las sirenas de las ambulancias de fondo y las luces titilantes de las farolas del barrio.

Siempre vuelvo a casa, y me acompaña el maullido de un gato, y las discusiones de borrachos y el ruido de puertas cerrándose con más fuerza de la que deberían.

El otoño ya ha teñido de rojos y naranjas las copas de los árboles y a mí nadie es capaz de quitarme esta sensación de vacío que se abraza a mis costillas.

Y ya no guardo amor, ni rencor, ni odio.

Ya no guardo nada, ni bueno ni malo.

No puedo pedir que me cuiden cuando yo no sé hacerlo.

No puedo pedir que me quieran cuando yo no sé hacerlo.

No puedo pedir que me miren cuando yo no sé hacerlo.

He conseguido llenarme las venas de alcohol para ver borroso y no pensar más en ti, y pienso calentarme este invierno quemando todos los libros que me regalaste.

Llegué a pensar que sí, que querías recorrer de mi mano este viaje, que no haría falta saltar más muros ni destrozar más cárceles.

Y tú.

Llegaste a engañarme, a mentirme antes de darme un beso mientras me mirabas a los ojos.

Llegaste a confundirme, a arañarme por dentro.

Llegaste a pedirme aviones de papel con tu nombre para después pisarlos contra el suelo, como has hecho conmigo.

Y en el futuro te lo tendré que recordar siempre, te lo tendré que decir porque no fueron las circunstancias, no fue un mal momento.

Fue todo tu culpa.

Yo seguiré durmiendo sin ti, tú te arrepentirás para siempre.

Y a pesar de todo habré ganado habiendo perdido.

Poesía o dolor.

Creo que ya empiezo a escuchar los cantos de ballenas, de las que esperan su muerte, las que acaban el ciclo de la vida y  servirán de alimento para otros más pequeños y más jóvenes.

Las ballenas, que siempre esperan a que cambien las corrientes para hacer sus largos viajes. Igual, es que hemos acabado por parecernos a cetáceos, y seguimos esperando.

Seguimos esperando cuando podríamos hacer algo.

Por el mundo, por nosotros, por ella.

Pero no se puede esperar eternamente, ya me he cansado de mirar el reloj aguardando que llames a mi puerta empapada y me pidas algo sencillo como un abrazo, o un beso, o que me quede a tu lado eternamente.

Cualquier fuego se apaga si no lo avivas, cualquier llama perece sin caricias, sin miradas, sin largas charlas escondidos bajo una manta vieja en el sofá. Y ya no queda ni rastro de nuestra hoguera.

Hemos conseguido consumir todo el incendio.

Sigo atrapado, preguntándome de manera permanente qué vamos a hacer, y por qué debe ser todo tan difícil. Quizá no sea culpa de nadie más que de nosotros mismos, que hemos querido jugar al ajedrez sin saber el nombre ni los movimientos de cada figura.

Y me tengo que lamentar por perderte, porque convertías en oro todo aquello que mirabas, porque eras capaz de hacer que el día más gris fuera 21 de Junio, porque habías conseguido que me importara hasta yo mismo, que me mirara al espejo sin darme asco.

Después de todo tú te quedarás igual, tranquila, respirando sin ningún tipo de pesar, sin tener que echarme de menos mientras yo me voy convirtiendo en un borrón en todas esas fotos que compartimos.

Y pasaré al olvido, me convertiré en la nada.

Volveré a estar vacío, y sin ti.

Al final el amor puede medirse en lágrimas o sonrisas, kilómetros o milímetros, verdades o mentiras, poesía o dolor.

Y yo por las noches sólo tengo silencio y cientos de fantasmas en la mente.

Monstruos nocturnos.

Cae la noche y nos lamentamos.

Es ese instante en el que se va el sol cuando empezamos a pensar en todo aquello que nos preocupa, en los pasos no dados, en las decisiones no tomadas, en el tiempo perdido. Será que se nos da mal darnos cuenta de las cosas a plena luz del día, quizá es algo que arrastramos desde que salimos de la cueva y tuvimos que aprender a hacer fuego para no morir de frío.

Afuera ya no queda nadie por las calles, y mientras la gente duerme yo soy incapaz de conciliar el sueño. Otra noche en la que el insomnio es mi única compañía, otra noche en la que voy a hacer que crezcan las ojeras. Dicen que no hay que beber café por las noches, pero una taza me acompaña mientras camino, inquieto, por la casa, sin saber muy bien por qué algo se me ha aferrado al pensamiento, como una losa, como un lastre y no me atrevo a descubrir qué es.

Otro monstruo.

Otro más.

Otra carga que arrastrar hasta el infinito.

Un par libros me vigilan desde la mesita de noche, empezados, abandonados, igual que yo. Apartados a mitad del camino porque no acaban de convencer.

Si consigo cerrar los ojos mientras sujeto el teléfono en las manos no tarda en visitarme una punzada en el pecho y la taquicardia, y el dolor se vuelve a disparar.  Y tengo que darle otro trago al café, abrir la ventana y escuchar el ruido de fondo de la ciudad para volver a darme cuenta de mi posición, de dónde estoy.

Sigo sin saber quién soy, ni qué papel juego en toda esta historia.

Y Madrid y una gata que apenas conozco se ríen de mí.

También.

A estas alturas de la partida tengo claro el resultado. Asumirlo me costará un poco más.

Me acabo el café, cierro la ventana por culpa del frío y me sumo en la oscuridad, sin esperanzas de ser capaz de dormir las dos horas que faltan hasta que suene la alarma que me tenga que poner en marcha.

Mañana será otro día igual, o incluso peor.

La vida es jazz.

Ella hace que todo sea jazz. Improvisado, sencillo, sin que tenga que torturarme por quitarme las zapatillas al llegar a casa. Lo hace fácil, como formar un acorde de séptima mayor, como escuchar a Thelonious Monk disparando sus dedos sobre las teclas del piano.

Y es que lo que necesitamos todos es eso. Alguien que nos ayude a que nuestras vidas no sean un laberinto, alguien que nos saque del abismo, que nos escampe la niebla, que nos señale un sudoku y nos diga la solución.

Deberíamos dejar de complicarnos y hacer las cosas sin preguntarnos constantemente qué van a pensar de nosotros, sin torturarnos por el qué dirán. Deberíamos dejar de asumir que el orden de las cosas es inalterable.

Supongo que la felicidad es tan fácil de conseguir como llenar un vaso de agua, y que sólo depende de nosotros, de las gafas que nos pongamos cuando nos levantamos. Supongo que la felicidad puede ser conformarse, correr o ver la lluvia caer un sábado por la mañana mientras se arruinan todos tus planes de fin de semana.

La felicidad también puede ser que nada vaya bien.

Imagino que lo único que necesitamos realmente es tener a alguien que haga que la vida sea de andar por casa, que nos haga sentir siempre como cuando estamos en pijama y descalzos en el comedor.

Imagino que lo único que necesitamos es tener a alguien que nos traiga una cucharilla cuando hay un café humeante sobre la mesa.

Va a resultar que nos hemos complicado, que hemos pedido imposibles, historias tortuosas, tan venenosas que nos hemos convertido en monstruos. Y no estoy dispuesto de volver a malquerer y que me malquieran para acabar reducido a dolor y medias verdades.

Ella hace que todo sea jazz. Una cadencia tras otra, de esas en las que cada nota te lleva irremediablemente a la siguiente sin tener que pensar.

Y no hay excusas, ni aplausos, y da igual.

La vida es jazz.

Voy a improvisar.

Dioses de barro.

Nos queda poca piel sin intoxicar.

Nos quedan pocas razones para respirar.

Nos queda poca vida sin dolor.

Se nos ha ido la juventud en un suspiro, y los sábados por la noche, y las canciones que gritar a pleno pulmón.

Se nos ha ido hasta el primer amor y ¿ahora qué?

Nos vamos a preguntar eternamente cuál es el siguiente paso, qué va a pasar. Y es gracioso, es incluso ridículo porque nunca tenemos las respuestas y aún así no aprendemos. Esperamos tanto de los demás, de nosotros mismos. Planeamos el mañana como si dependiera de nosotros única y exclusivamente, y siempre acabamos olvidando que sólo somos una vértebra de toda esta columna vertebral que es la sociedad.

Y estamos en medio del camino sin nadie a quien coger de la mano. Sin nadie que nos diga que podemos conseguirlo, que sobrevivir no es tan difícil.

Todo se reduce a tener ganas de tener ganas, a ponerle empeño, a no dejar de intentarlo.

No voy a darme por vencido, no voy a rendirme tan rápido. Lo he hecho muchas veces y siempre acabo saliendo a la superficie a coger aire. Porque en el fondo quiero seguir, aunque me lo niegue en un primer momento. Quiero aguantar, quiero poder mirarme al espejo y reconocerme en unos ojos que dejen de estar tristes.

Somos esa mezcla de individuo y conjunto, esa nada y ese todo.

Somos temor y esperanza, hierro y sangre, lobos y humo.

Somos el blanco de nuestra propia diana.

Somos dioses de barro de domingo por la tarde, efigies que olvidar.

Soy otro corazón roto.

Vamos a borrar el arrepentimiento, el miedo y el pánico a quedarnos estancados.

Vamos a destruir las pruebas, a no dejar rastro, a ser invisibles de la mano.

Te pediría que te quedes, pero lo tengo muy claro:

Cuando hay que pedirle a alguien que se quede, lo mejor es que se vaya.

Por favor.

Paracaídas y saco de boxeo.

Lo queremos todo sin dar nada a cambio.

Queremos atención, un abrazo cada día, besos de buenas noches, sonrisas al doblar la esquina y una cuenta llena de ceros.

Queremos todo sin apenas saber dar las gracias.

Estamos tan equivocados, somos tan egoístas, vivimos tan metidos en nuestro ombligo que cuando salimos al mundo nos damos cuenta de que hay cosas mucho más importantes, cosas que están por encima de nosotros.

Y no hablo de Dios, ni la religión. Claro que no.

Hablo de personas.

Hablo de sentimientos de verdad.

Hay gente mojándose hasta los huesos cerca de San Ginés pidiendo limosna, y un padre gritándole a un niño en la puerta del Mercado de San Miguel. Hay sentimientos de culpa que nos metieron en las células nada mas nacer y aún queremos creer en la esperanza.

La culpa, la tristeza, el amor y la alegría. Lo intangible me parece cada vez más posible.

Y yo, es que, por ti lo daría todo, hasta la poca alma que me queda, hasta mis letras hechas borrones en una hoja de cuaderno viejo, hasta el último café de la despensa.

No me gusta hacer promesas pero podría prometerte conquistar Tierra de Fuego, escalar el Himalaya, sobrevivir a Oceanía.

En el día a día todo acaba siendo cuestión de apostar a ganar, jugar todas tus cartas y hacerlo bien. Confiar, por una puta vez en que todo va a irnos bien, que va a ser fácil, que va a ser difícil, que va a ser imposible pero no tanto.

Podría ganar esta partida si el premio eres tú.

Lo arriesgaría todo si la recompensa eres tú.

Me haría cazatesoros si tengo que encontrarte a ti.

Nos atrevemos tan poco, nos guardamos tanto.

Nos queremos tanto, nos lo decimos tan poco.

Estoy dispuesto a abrir las alas, los brazos, y guardarte dentro para siempre, mantenerte a salvo, protegerte de la arena del desierto, del sol y del hielo en las pestañas.

Estoy dispuesto a ser paracaídas y saco de boxeo, canción de cuna, poema incompleto, sexo disperso y verdad.

Por ti podría ser real.