Mes: octubre 2019

La luz de las mañanas.

Y ahora recuerdo la luz de las mañanas que hemos pasado juntos, y cómo el sol se detenía justo en el instante preciso para iluminar tus ojos durante unos segundos fugaces que absorbían al Universo por completo, que me dejaban clavado en el suelo.

Y ahora recuerdo el humo ascendiendo bajo cualquier farola de luces amarillas, y la sonrisa idiota de haber bebido más de la cuenta.

Y la luna siempre brillando tenue porque sabía que acabaríamos llorando, tirados en el suelo, tirados en medio de esta existencia inerte y sin sentido.

Si vivimos para acabar muertos, convertidos en nada y olvido.

Y ahora recuerdo que la vida fue bonita durante un tiempo.

Antes de que todo se desmoronara, como el imperio romano y el techo de la catedral de Notre-Dame en pleno incendio.

Antes de que me cayera el jarro de agua fría por la espalda y las copas se estrellaran contra el suelo.

Subimos muy rápido y las caídas duelen más cuando se cae solo de nuevo sobre el barro y las rocas que ya conocías.

En lugar de buscar la luz, voy cavando intentando llegar al fondo esperando hundirme por completo de una vez por todas.

En lugar de intentar salir siempre acabo hundiéndome más, sin oxígeno, sin ganas de luchar, sin poder escapar.

La tristeza tiene los brazos abiertos, está dispuesta a acogerme y cobijarme durante todo el tiempo que sea necesario, mientras se me infectan las heridas y vienen los gusanos a por mí.

Yo sólo necesitaba tu sonrisa y un abrazo para que las nubes negras se marcharan.

Y ahora sólo hay tormentas tras mis ojos.

Y sólo quiero volver a ver aquella luz de las mañanas y a escucharte respirar como cuando dormías desnuda y con los dientes apretados.

Después de la muerte.

Me encantaba celebrar contigo la mayoría de triunfos. Las pequeñas victorias conseguidas parecían grandes gestas si después de una sonrisa me abrazabas y se te escapaba un beso en los labios.

Me encantaba llamarte por teléfono, escuchar tu voz, y que por un momento la vida me pareciera un buen refugio.

Y ahora da igual, la medalla de oro, el Nobel de la Paz, caminar por encima del bien y del mal.

Da igual que una desconocida de ojos azules quiera arrastrarte a su piso de Malasaña, te ponga de fondo la música que te gusta y te bese y te rodee con sus piernas como hacía tiempo que nadie lo hacía.

Da igual que huyas de su casa sin conocer su nombre ni su número de teléfono, y que Madrid te regale un amanecer frío, mientras se abre el cielo, que te ilumina los ojos y te hace temblar.

Da igual recorrer Callao y Sol sin nadie al lado, con Viva Suecia reventándote en los tímpanos y el corazón, mientras las calles sólo están despiertas para unos cuantos ingratos.

Da igual, absolutamente igual, porque conseguiste que estuviera muerto por dentro.

Y después de la muerte no hay nada.

Cuatro casas y un disparo.

He llorado hasta en cuatro casas distintas y siempre por ti.

Una decena de almohadas y mantas se han impregnado durante estos años de tu olor y mi dolor.

Las personas también debemos tener varias vidas si no por qué habría permitido que me rompieras el corazón más de una vez, sin oponer la más mínima resistencia, dejando que mi piel se desvaneciera cada vez que la acariciabas.

Y siempre he vuelto, a pesar de todo, a exponerme, a confiar, a tapar las heridas y creer.

 O soy un soñador empedernido o el tipo más imbécil que te cruzarás en la vida.

He caído en la trampa de creer todo ese cuento bien hilado que nos contaron de pequeños sobre el amor verdadero, la lealtad, la sinceridad y no mentir nunca mientras miras a los ojos de la persona a la que quieres.

No hay mentiras piadosas, ni evasivas que puedan ocultar la realidad.

Siempre me ha hecho falta más dinero que valor.

Más abrazos y menos pastillas.

Me despierto ahora siempre antes del amanecer, con tantas ideas mezcladas, tantos sentimientos encontrados, tantas astillas en la garganta que puedo ver el sol elevándose entre los tristes edificios de una ciudad que nunca bosteza de la misma forma.

La vida adopta otras formas, otros tonos algo más apagados de lo normal, y casi sé ya cuántas veces parpadea el semáforo de enfrente antes de cambiar de color.

La vida se diluye entre los dedos y el sabor salado que se desliza hasta mis labios.

No sé si felicitarte, has disparado certera la última bala.

El último disparo a un corazón que ya no puede desangrarse más.

 

De aquellos polvos, estos lodos.

Todo empezó con sexo, como la mayoría de problemas.

Sólo que algunos problemas -y también algunos sexos- llevan nombre y apellidos.

Supongo que tú no te acuerdas porque siempre había más alcohol en tu sangre que en la mía, quizá para borrar la culpa, quizá para no tener que recordarlo siempre, quizá para no tener la sensación de pérdida y vacío que me lleva recorriendo a mí desde hace algo más de cuatro vueltas al sol.

Supongo que tú ya habías sentido antes lo de compenetrarse con alguien, lo de perderse en un instante, lo de que la mejor música que escuchabas en el día fueran los gemidos de la otra persona contra tu oído.

Supongo que tú ya sabías lo que era sentirte viva antes de conocerme.

El problema es que yo no.

No así.

El problema es que hubo fuego y en lugar de apagarlo se fue descontrolando, sin que las llamas me dejaran ver otra cosa que tu silueta.

Tirabas gasolina cada vez que intentaba echar la manta.

Sonaban las sirenas en la madrugada y llamaban fuerte los nudillos a la puerta, y yo sólo podía seguir con las luces apagadas, deslizando las manos y la lengua sin control, buscando resquicios nuevos en tu cuerpo que probar.

Fui jugando con los meses y los años a doble o nada.

Y siempre salía nada.

Siempre hubo besos y mentiras.

Y silencios.

Y gemidos.

Y lágrimas.

Y lluvia.

Y café.

Y adoquines en las calles.

Y fotografías borrosas en las que siempre sonríes y no puedo mirar a otras.

Y gatos de ojos amarillos observando a lo lejos -el mal augurio te perseguía-.

Me he cansado de ser el nómada que nunca encuentra su hogar.

Me he cansado de buscarte en mapas nuevos y antiguos, en viejas canciones y en poemas que no se escribieron para ti.

Puedes engañarte toda la vida si quieres.

Los ojos no van a brillarte como aquel día en que caíste en la cuenta que todo fue culpa del rock.

Y de las ganas.

Siempre pasa igual y claro, con el sexo ya se sabe, de todos aquellos polvos vienen estos lodos.

Aquel niño tenía razón.

Un poco más de dolor.

Otra punzada más entre las costillas.

Un poco más de decepción.

Confiar en las personas nunca me ha llevado a buen puerto. Abrir las puertas de tu casa y dejar que entre alguien a acomodarse sólo me ha devuelto daño y bilis. He dejado que hagan y deshagan conmigo a su antojo, que me pongan hilos en las mano para manejarme en su función, que me utilicen hasta que llega un juguete más nuevo y mejor, y sólo puedo ser pasto de vertedero.

Si me lo hubieran dicho, que no me ibas a romper el corazón ni una ni dos veces.

Si hubiera querido escuchar.

Si hubiera querido ver.

Derrota, caída.

Taquicardia.

Ahora sólo importan las olas chocando contra la orilla y las nubes viajando en la inmensa oscuridad que nos da la noche cerrada.

Ahora sólo importan las lágrimas y la falta de aire.

Ahora sólo importa la soledad en medio de un largo y silencioso otoño.

Ahora ya no estás.

Ni lo estarás.

Al final de la historia me doy cuenta de que sigo siendo aquel niño pequeño que lloraba acurrucado en la cama porque pensaba que nadie iba a quererlo nunca

Al final de la historia me doy cuenta de que aquel niño tenía razón.

Otra dimensión.

Creo que debo estar hipomaníaco, el pensamiento me va tan rápido últimamente que no soy capaz de concentrarme del todo y voy saltando de una cosa a la otra haciendo varias cosas a la vez. Supongo que el tomar cinco o seis tazas de café al día para mantener despierto entre hojas rayadas, bolígrafos y subrayadores de todos los colores tampoco ayuda demasiado.

Llevo unas cuantas noches durmiendo un par de horas, más que suficiente para coger energías y seguir adelante con toda la paranoia que llevo dentro. Ni el hecho de ir al gimnasio con la primera luz del día ha conseguido calmarme un poco los nervios o rebajarme la energía, o quitarme el entresijo de pensamientos que me va llenando capilares y sistema nervioso periférico al mismo tiempo.

He vuelto a redescubrir la radio de madrugada, ahora entiendo por qué cuando te haces anciano recurres a ella para que te acompañe en medio del insomnio que no quitan las benzodiacepinas ni los hipnóticos recetados por el médico de cabecera.

Y cuando no es suficiente me veo obligado a encender la luz de la mesita de noche y a coger el libro que llevo a mitad desde hace meses para ir avanzando en la historia.

Ahora que viene el frío tengo calor metido en las sábanas de una cama que se va haciendo más grande con los meses y me acabará tragando sin que me de cuenta, llevándome a otra dimensión donde quizá los sueños se cumplan sin tener que sufrir por ellos.

El vacío nunca deja de crecer, el agujero negro del pecho acabará con todo.

Voy a guardarme la esperanza y las palabras pronunciadas porque no sé qué va a pasar.

Así es la vida.

[Dale al play ]

Te puedes camuflar con el gris de los días de octubre, pasar con un halo de tristeza a tu alrededor sin que nadie se atreva a preguntar si estás bien por temor a la respuesta. Preferimos cerrar los ojos y hacer oídos sordos ante los problemas a afrontarlos de cara. Especialistas en posponer la alarma por las mañanas y las situaciones complicadas.

Hacerse adulto era eso.

Huir sin dar respuestas.

Dejar de lado.

Desaparecer cuando alguien te necesita.

Nos cuesta tanto ayudar de verdad cuando alguien está en sus peores momentos, es más sencillo dar consejos absurdos con palabras repetidas de libros de psicología barata y autoconocimiento que al final no sirven para nada.

Nos gusta más la diversión, todo aquello que no suponga un quebradero de cabeza.

Salir de fiesta y dejar de lado la realidad que nos consume por momentos, el dolor, los recuerdos, el castigo diario de nuestro cerebro diciéndonos que lo estamos haciendo todo mal.

A mí siempre me salva más la música que las personas.

Y al final acabo sacándome a mí mismo de las arenas movedizas porque no me fío de que ninguna mano pueda ayudarme a salir a flote, prefiero escalar poco a poco, sacar la cabeza cuando el sol aún no ha aparecido, dejar pasar a la artillería pesada y esperar.

Yo también he sido marioneta, pobre, pirata, poeta, peón.

Y rey, aunque sólo en tu cama.

Así es la vida, nos coge y nos tira, y nos permite recobrar el sentido durante un momento antes de lanzarnos de nuevo al barro, de ponernos contra las cuerdas, de obligarnos a tomar decisiones.

Así es la vida, llegará el invierno y te habrás ido.

Y yo tendré que volver a levantarme en medio del frío.