Mes: octubre 2019

Otra dimensión.

Creo que debo estar hipomaníaco, el pensamiento me va tan rápido últimamente que no soy capaz de concentrarme del todo y voy saltando de una cosa a la otra haciendo varias cosas a la vez. Supongo que el tomar cinco o seis tazas de café al día para mantener despierto entre hojas rayadas, bolígrafos y subrayadores de todos los colores tampoco ayuda demasiado.

Llevo unas cuantas noches durmiendo un par de horas, más que suficiente para coger energías y seguir adelante con toda la paranoia que llevo dentro. Ni el hecho de ir al gimnasio con la primera luz del día ha conseguido calmarme un poco los nervios o rebajarme la energía, o quitarme el entresijo de pensamientos que me va llenando capilares y sistema nervioso periférico al mismo tiempo.

He vuelto a redescubrir la radio de madrugada, ahora entiendo por qué cuando te haces anciano recurres a ella para que te acompañe en medio del insomnio que no quitan las benzodiacepinas ni los hipnóticos recetados por el médico de cabecera.

Y cuando no es suficiente me veo obligado a encender la luz de la mesita de noche y a coger el libro que llevo a mitad desde hace meses para ir avanzando en la historia.

Ahora que viene el frío tengo calor metido en las sábanas de una cama que se va haciendo más grande con los meses y me acabará tragando sin que me de cuenta, llevándome a otra dimensión donde quizá los sueños se cumplan sin tener que sufrir por ellos.

El vacío nunca deja de crecer, el agujero negro del pecho acabará con todo.

Voy a guardarme la esperanza y las palabras pronunciadas porque no sé qué va a pasar.

Así es la vida.

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Te puedes camuflar con el gris de los días de octubre, pasar con un halo de tristeza a tu alrededor sin que nadie se atreva a preguntar si estás bien por temor a la respuesta. Preferimos cerrar los ojos y hacer oídos sordos ante los problemas a afrontarlos de cara. Especialistas en posponer la alarma por las mañanas y las situaciones complicadas.

Hacerse adulto era eso.

Huir sin dar respuestas.

Dejar de lado.

Desaparecer cuando alguien te necesita.

Nos cuesta tanto ayudar de verdad cuando alguien está en sus peores momentos, es más sencillo dar consejos absurdos con palabras repetidas de libros de psicología barata y autoconocimiento que al final no sirven para nada.

Nos gusta más la diversión, todo aquello que no suponga un quebradero de cabeza.

Salir de fiesta y dejar de lado la realidad que nos consume por momentos, el dolor, los recuerdos, el castigo diario de nuestro cerebro diciéndonos que lo estamos haciendo todo mal.

A mí siempre me salva más la música que las personas.

Y al final acabo sacándome a mí mismo de las arenas movedizas porque no me fío de que ninguna mano pueda ayudarme a salir a flote, prefiero escalar poco a poco, sacar la cabeza cuando el sol aún no ha aparecido, dejar pasar a la artillería pesada y esperar.

Yo también he sido marioneta, pobre, pirata, poeta, peón.

Y rey, aunque sólo en tu cama.

Así es la vida, nos coge y nos tira, y nos permite recobrar el sentido durante un momento antes de lanzarnos de nuevo al barro, de ponernos contra las cuerdas, de obligarnos a tomar decisiones.

Así es la vida, llegará el invierno y te habrás ido.

Y yo tendré que volver a levantarme en medio del frío.

Perfectos infelices.

Como sociedad hemos fracasado.

Como personas también.

Hemos dejado que crezcan los fantasmas en el interior de los demás sin querer asomarnos, creando barreras que nos permiten estar contentos en nuestro pequeño mundo sin tener que compartir las penas ni las miserias, ni lo que de verdad nos aterra y nos aflige.

Hemos preferido convertirnos en seres perfectos que no muestran sus debilidades.

Hemos preferido ser armaduras de cota de malla para evitar heridas profundas y no nos hemos dado cuenta de que nos hemos deshecho las entrañas por completo con tanto veneno.

Una vida superficial dedicada a sonreír para las fotos y a beber hasta perder la coordinación y la conciencia para no pensar en el futuro, sin que parezca que tengamos claro que el futuro va a llegar por mucho que queramos vivir en un presente que sólo nos duele y nos vacía a cada paso.

Hemos borrado la empatía como borrábamos la tiza de la pizarra de la clase.

Hemos terminado con la bondad, con la amabilidad, con la solidaridad mientras hemos dejado crecer hacia dentro la rabia, la envidia y el odio como si fueran espinas que no podemos quitarnos.

Nos hemos desensibilizado tanto que hemos dejado de sentir pena por las cosas relevantes y hemos creado nuevos artefactos a los que poner en primer lugar.

Hemos dejado de prestar atención, hemos convertido lo esencial en invisible, hemos trasladado las emociones a un plano de fugacidad e inmediatez que no se sostiene.

Nos hemos convertido en perfectos infelices que nunca tienen lo que quieren.

Y yo sólo te quería a ti.

No habrá luz.

Algunas decisiones las tenemos tan claras que no nos tiembla el pulso al decirlas en voz alta. A veces estamos tan seguros de lo que pensamos, de lo que sentimos, de lo que decimos, que da igual lo que opinen los demás.

Importan bien poco los besos ilegales, las cárceles hechas de huesos, los planes perfectos que no van a llegar a ninguna parte, que van a quedar suspendidos en el tiempo mientras nos vamos cayendo a trozos tan rotos y desgastados como las viejas ánforas panatenaicas.

Antes podía reír creyendo que el destino me cambiaría de lado, me daría ventaja, me pondría en la última casilla, me entregaría sin problemas la mano ganadora de esta partida.

Y no ha sido así.

He caído en la cuenta de que la soledad es mejor que cualquier mala compañía y la esperanza es la peor aliada que he conocido nunca.

Es curioso cómo nada cura ni ayuda a olvidar, ni alivia el escozor en los ojos y en los cortes.

Es curioso cómo no puedo dejar de pensarte a pesar de querer mirar hacia otro lado.

Quisiera darte la espalda y que todo diera igual, empezar de cero sin necesidad de echar a correr, de morir un poco, de sangrar lágrimas que siguen llevando tu nombre y me disecan por dentro.

Tanta incomprensión no puede no dejar huella y hacer mella.

Tantas palabras calladas acaban construyendo pozos ciegos, entre el bazo y el hígado, de los que te conviertes en prisionero.

Tanta tristeza no debe caber en cuerpos tan jóvenes.

Estoy frente a mi cruz, de rodillas, y ya no sé pedir ayuda.

No habrá luz después de ti.