Month: enero 2019

Que no se te olvide.

Tantas noches bajo el mismo techo que no han servido para nada.

Sólo hay asco y cierta rabia.

Y mientras tanto seguimos alejando de nuestro lado a quien sólo ha querido lo mejor para nosotros. Es tan típico de la gente, lo de no saber mantener a las personas correctas junto a ti, lo de hacer daño de manera inconsciente y a pequeños mordiscos, sin darnos cuenta, favoreciendo diminutos indicios de dejadez e indiferencia, creando grietas que un día no podremos saltar para dar un beso y pedir perdón por todos nuestros errores, buscando la eterna absolución de aquellos que nunca debimos dejar atrás.

Tomamos las peores decisiones cuando no somos capaces de confiar en otros y dejarnos ayudar.

Metemos la pata hasta el fondo cuando nos permitimos el lujo de obrar por nuestra cuenta sin preguntar otras opiniones. Sabemos que es mucho más fácil ver los problemas de otros que los propios, y también las soluciones, pero no queremos permitirnos utilizar el comodín del público para mostrar nuestras debilidades.

Autosuficiente no es sinónimo de todopoderoso.

Que no se te olvide.

Tarde o temprano necesitarás ayuda, asegúrate de haber guardado a buen recaudo a quienes estarían dispuestos a anteponerse a las flechas y a las balas, y a evitarte las caídas.

Que no se te olvide, arrogante autosuficiente.

Escandinavia.

Los domingos son parecidos a bailar un bolero con el reloj, y nos van rasgando un poco el corazón aunque no nos demos cuenta.

Es momento para detestar los lunes por encima de todas las cosas, para ver los huecos en la mesa, en la cama y el sofá.

Los domingos se visita el cementerio.

Se encienden velas.

Se pasea por la plaza.

Se toma vermú.

Se come en familia.

Se dejan sin respuesta muchas preguntas lanzadas al viento.

Se extraña más que se echa de menos.

Duele todo y no da tiempo a pensar en Escandinavia.

Los domingos tienen ese tinte de final agónico, de resaca, de afonía culpa del alcohol, el tabaco y los gritos de la madrugada del sábado.

Los domingos se puede planear una huida, una estampida o seguir dudando de todo.

Repican las campanas y la calma invade las calles a la hora del café.

El tren se escucha a los lejos.

La gente prepara las maletas y se despide con besos.

Entiendes lo que significa la palabra saudade.

Algunos fuegos dejan de quemar.

Y otros se encienden sin saber que se apagarán algún día.

Confesaré que siempre detesto los domingos por la tarde, menos cuando estoy contigo y pisamos el mismo suelo.

Madurar.

Se nos va la juventud perdiendo el tiempo, llenos de miedo, y dejamos cada día que los rayos de luz asomen por la ventana sin saber apreciarlo. No todos han tenido suerte de poder taparse esta noche, de que alguien se preocupe por ellos, de que alguien les haya preguntado qué tal ha ido el día, de recibir un abrazo.

Estoy harto de dar un paso hacia adelante y retroceder tres, de ir siempre aprendiendo a base de golpes indeseables.

Y me planto.

Voy a dejar de mirar hacia atrás, dejar de recordar, de llorar, de lamentar.

Voy a blandir la espada y tumbar a todos los gigantes y molinos que se crucen en mi camino.

Voy a dejar que todo arda, que se quemen todos los libros llenos de palabras absurdas, vacías, sin sentido.

Voy a escupir a los pies de quien lo merezca y dejar de morderme la lengua.

Nos toca hacer del mundo un lugar mejor desde las trincheras, sin controlar las emociones, buscando puertos que nos quieran acoger.

Va a tocar compartir cama, sudor y humedad entre los dedos.

Dejarse de gilipolleces.

Debemos golpear la ignorancia con un derechazo a la mandíbula.

Cuidar del bosque y los secretos.

Empaparnos con la lluvia.

Apreciar el jazmín, las violetas y una buena botella de vino.

Y olvidarnos de quien no se acuerda de nosotros.

Supongo, que sí, que todo eso significa madurar.

Cuidarnos.

Un día estás en la cima y al otro revolcándote en la ciénaga.

No tenemos equilibrio.

No existe el punto medio.

Has vuelto a descubrirte con una mentira entre los labios, tratando de convencer a los que te rodean de algo que no crees ni tú mismo. Sigues esperando a ser tú; como si tuvieras que arreglarte, coserte las heridas y borrarte las cicatrices para eso.

Nos impiden salir a la calle cojeando, con dudas, sin saber qué queremos.

Nos obligan a estar perfectos para que nos quieran, como si tuviéramos que presentarnos intactos, todavía con el envoltorio en su lugar, como si viviéramos en un escaparate preparados para la foto desenfadada, para el atardecer perfecto, para la sonrisa permanente.

Ya no disfrutamos, sólo aparentamos buscando la luz, el ángulo, el momento, el lugar; siguiendo la corriente, haciendo caso a los consejos de gente que nos importa una mierda.

Todo es mentira.

Menos algunas cosas.

Algunas miradas.

Algunos besos.

Algunos abrazos.

Algunas palabras.

Sólo hay que darse cuenta y cuidarlo.

Y cuidarnos.

Hasta cuando no tengamos ganas ni de levantarnos de la cama.

 

Consejo de sabios.

Con el frío que hace y tú con las ventanas abiertas y el alma por fuera, como si quisieras que cualquiera te hiciera daño, como si quisieras ponerlo fácil para después poder justificar tus actos.

No se puede ser injusto con el resto únicamente por pensar que la vida no se ha portado de manera adecuada contigo, ni se puede culpar a otros de las decisiones propias. Al final saltamos porque decidimos saltar, nosotros, por mucho que haya otros detrás empujando con fuerza.

Siempre podemos plantarnos, anclarnos al suelo y levantar el dedo corazón en el momento oportuno.

Y digo siempre, aunque no lo haga nunca.

Debemos establecer nuestras propias prioridades, utilizar la honestidad que pretendemos usar con los demás contra nosotros mismos, ver nuestros errores y ponerlos en la balanza, del mismo modo que hacemos con las equivocaciones del enemigo.

O eso, o aprendemos a convivir con nuestra propia hipocresía.

Y nos relajamos, nos dejamos llevar, navegamos hasta donde nos lleve la corriente sin quejarnos del resultado. Que es lo que hacemos al final para quedarnos tranquilos, para no exigirnos tanto, para tratar de alejarnos del límite en el que no somos capaces de distinguir toda esa gama de grises que existe entre el negro y el blanco, donde buceamos todos.

Otro día más las agujas del reloj marcan la medianoche, tú señalas al cielo, yo señalo la cama. Desechamos otro beso como si nos sobrara el amor, desafinamos en otra despedida, seguimos buscando esa tercera dimensión que de respuestas a todas nuestras preguntas infinitas.

Algunas veces la única forma de ganar es rendirse, pero me niego a admitirlo.

Y aquí sigo,

ponedme una vela, estoy atrapado.

Tanta gente triste.

Nunca he visto tanta gente triste como ahora.

Tampoco tanta gente enfadada ni llena de rabia.

Crece el odio, la ansiedad, el llanto, los gritos.

Quizá es que la vida nos empuja de manera inexorable hacia un destino que no deseamos pero, sin embargo, no somos capaces de evitar (o no queremos, o no podemos); las variantes y las posibilidades son tantas como las diferencias entre los copos de nieve al microscopio.

Poco a poco vas percibiendo el desgaste en las ganas, en los huesos, en las palabras.

Poco a poco dejas que el mundo te aplaste, igual que aplastaste tú a aquel grupo de hormigas en el patio del colegio cuando tenías ocho años.

Y se esfuma todo.

Comienza la autodestrucción.

Y el engaño de que da igual esforzarse porque nada va a mejorar.

Caemos en la trampa, volvemos a cometer el mismo error que nos condujo al pozo sin luz en el que estamos metidos hasta la cintura.

Y sólo me salva ese pequeño desastre que armas a mi alrededor cuando te veo, el caos que desatas de un momento para otro.

Sólo sé que las hojas siguen temblando ahí fuera y tú no estás; pero queda esperanza, he visto a un viejo sonreír mirando al cielo.

Tocará seguir luchando contra viento y marea.

[y los idiotas, que es lo que más cuesta.]