Mes: enero 2018

La hora del último te quiero.

¿Te acuerdas?

Aquella noche fuimos dejando el amor por todas partes, haciéndolo mundano, haciéndolo nuestro. Lo alejamos de la divinidad y lo platónico para hacerlo cotidiano, real; para hacerlo verdad.

Lo fuimos rompiendo a pequeños trozos y lo dispersamos.

Quedó un poco sobre la barra de aquel bar en el que colocaste tu mano sobre mi rodilla por primera vez, y en aquella farola en la que nos sujetamos borrachos sin atrevernos a darnos un beso. También en el colchón que vio juntos en primer lugar nuestros cuerpos, nuestros versos, nuestros nombres. Perdimos un poco en los asientos del coche, y en el ascensor en el que parecíamos fieras buscándonos las grietas.

Nos olvidamos un poco en plazas anónimas que se acuerdan de nosotros aunque tú y yo las hayamos olvidado. Se nos cayó en la acera en la que tropezamos un día de lluvia por no soltarnos de la mano.

Lo dejamos un día en la última fila de la línea 6 de camino al centro, también en los taxis, y encontramos algo más que droga en los baños de una discoteca.

Lo alimentamos como se alimentan las buenas historias, sin querer, o queriendo más de lo que nos podíamos permitir sin darnos cuenta. Y creció como hacen los monstruos en la oscuridad, rápido y dando miedo.

Porque el amor, a veces, da más miedo que Mefistófeles tratando de engañarnos.

También dejamos parte en lugares que sólo tú y yo sabemos, habitaciones de puertas cerradas y luces apagadas en las que conteníamos la respiración para que nadie nos escuchara. Perdimos un poco en algunos conciertos junto con la voz, y la ilusión, y los saltos bañados en cerveza.

En los libros que llevan nuestras firmas.

Los bares que nos han visto sonreír.

Las ciudades que nos dejaron ver sus puestas de sol.

Las canciones que nos han dejado cantarlas.

Hemos ido dejando tantos pedazos en todo lo que hemos vivido que sólo queda uno, y lo tengo guardado en un cajón junto a un reloj que todavía marca la hora del último te quiero que escuché en tu boca.

Sujétame fuerte, yo no quiero irme.

Dos minutos.

Más basura, más sangre, más mierda en las manos, y siempre mirando hacia otro lado. No somos conscientes del vertedero en el que estamos convirtiendo el planeta y la humanidad, de lo mucho que vamos a lamentarlo todo que estamos haciendo sin pensar y reflexionar sobre ello.

Hemos dejado el mundo en manos de dos locos que juegan con el dedo sobre el botón rojo y el tiempo corre, el reloj avanza sin que nosotros cambiemos nada de nuestro día a día.

Hemos creado una sociedad que pase lo que pase permanece inamovible, la rueda no se detiene, nunca deja de girar. Seguimos levantándonos, mirando nuestro whatsapp a los cinco minutos de abrir los ojos, escuchando las noticias en la radio para ir a trabajar, criticando, opinando sin hacer, sin formar parte activa del cambio que tanto buscamos. Se nos dan bien los discursos, la fachada, mantener la imagen y la sonrisa intactas mientras somos como esas manzanas que llevan semanas en el cuenco de la fruta.

Hemos aparcado las cosas que deberían importarnos de verdad.

Hemos olvidado que no hay futuro sin gente, y que no hay personas sin derechos.

Y ya no luchamos por nada.

Nos quedamos idiotizados viendo la televisión desde el sofá, sin levantarnos más de dos o tres veces al día. Nos quedamos mirando el teléfono durante horas, viviendo a través de pantallas que no nos transmiten realidad.

El Reloj del Apocalipsis marca desde hace unos días que quedan dos minutos para el Juicio Final, que la extinción de la raza humana está más cerca que nunca por culpa de todo lo que hemos creado y destruido. Importa poco que se trate sólo de algo simbólico, pero debería hacernos reaccionar de algún modo.

Deberíamos replantearnos la evolución, la revolución, el cambio.

Deberíamos mandarlo todo a la mierda, abrazarnos, besarnos, dejar de preocuparnos por lo que no es fundamental.

Respirar, vibrar y crecer.

Y aunque realmente faltaran sólo dos minutos para la medianoche, para que todo el mundo conocido se acabara, seguiría tendiéndote la mano esperando a que llegaras.

 

El coleccionista de fracasos.

Un chico tras las gafas, con la mirada perdida desde la vista decadente que le brinda la ciudad desde su ventana.

Uno detrás de otro voy coleccionando fracasos, como si fueran las bolas de dragón, y ningún objetivo alcanzado me parece suficiente. Como si llegar a la zona de guardado no fuera un éxito en este juego de la vida, como si conseguir dormir por las noches no fuera a lo único a lo que aspiro últimamente.

La insatisfacción permanente, la incapacidad para sentirme realizado, el hecho de que nada sea nunca suficiente, y que no haya nada que esté bien si no es perfecto.

Estoy tan jodido de la cabeza que siempre me siento por debajo de los demás, que nunca me creo suficiente para nada ni nadie, que vivo sin saber enfrentarme a la luz si no es con los ojos cerrados y las mejillas ardiendo por culpa de la vergüenza.

Me cuestiono si algún día llegaré a estar tranquilo, a no tener que castigarme por cada error, a no dar por hecho que soy un perdedor al que nunca le sale bien la jugada.

Hay veces que me pregunto cómo es posible que siga vivo si apenas hago nada para estar aquí, si soy un desagradecido que no aprovecha las oportunidades que se le cruzan en el camino, si soy un miedica que se oculta entre palabras que suenan bien y hace alarde de conocimientos que no le importan a nadie.

Me he convertido en lo que no quería, en alguien a quien detestar.

Soy el que siempre espera.

El que siempre se rompe.

El que nunca muestra sus descosidos.

Acorde menor de guitarra acústica, soldadito de hierro.

Isla en el desierto, piel entre las rocas.

Pintura en tu pelo.

Voy a seguir coleccionando fracasos con nombre y apellidos pero si quieres, mientras tanto, puedes darme la mano.

Sin pentagrama.

Era cuestión de bailar al mismo compás, de dejarnos llevar por los acordes hasta la siguiente melodía, y de pronto nos quedamos sin pentagrama, y las notas llenaron el suelo del salón como los trozos de vidrio de una copa de vino que se rompe en medio de una discusión.

Dejamos de mirarnos a los ojos y de hablarnos a la cara.

Dejamos de querernos en la cama y fuera de ella.

Dejamos de sujetarnos la cintura y ponernos el paracaídas.

Lo dejamos todo.

Y nos perdimos.

Lo único que siempre dijimos que no dejaríamos que sucediera.

Yo te prometí que siempre estaría, pero no me quedo nunca en los lugares en los que no soy bien recibido. No quiero pisar baldosas que no sean amarillas, ni tener llaves de un corazón que no me quiere de huésped.

Al final va a crecer la indiferencia, como lo hace la mala hierba en un jardín que no se cuida, como la podredumbre entre la fruta que no se come.

Espero que no llegue el odio, porque de ahí sí que no se sale.

El odio lo hace todo más horrible, echar la culpa al otro, tomar una distancia insana, permitirte el lujo de hablar mal de la persona a la que quieres o has querido. No me gustaría formar parte de esa rueda, entrar en ese círculo vicioso y que acabes siendo sólo un punto insignificante. Tú que lo has sido todo sin saberlo, que has llenado todos mis huecos como nadie lo había hecho antes, que me habías devuelto las ganas de respirar sobre la superficie.

Tú que te habías convertido en el sol que lo bañaba todo, en objetivo y en medio, en la lente a través de la cual poder ver.

Tú que te habías convertido en el eje, en la columna sobre la que apoyarme, en el bastón al que sujetarme cuando perdía el equilibrio, en mi sexto sentido.

Yo que sólo quería ser tu amigo, tu amante, tu alivio.

Ahora soy tu olvido.

A pesar de todo, entre este dolor, esta ansiedad, este no saber qué va a pasar conmigo, estoy tranquilo porque he sido de verdad estando a tu lado.

Aunque ahora me toque volver a bailar solo.

[He vuelto al lugar que me corresponde.]

Cerveza fría.

Miras hacia abajo y sientes vértigo, a mí me pasa lo mismo cuando miro hacia atrás o cuando miro hacia adelante sin distinguir tu silueta entre la multitud.

Hoy me duele la garganta de gritar tu nombre al vacío.

Sé desde el primer día que no eres como los demás, que te pasa como a La mujer de verde en la tercera estrofa de la canción.

Yo sé desde que decidiste abrirme tu puerta que sólo buscas libertad y poder volar sin que nadie intente atraparte, no tener que dar explicaciones, ni preocuparte demasiado por nada que no te importe de verdad.

Escucho todavía el eco de tu voz dándome esperanzas, haciendo que mi pulso se mantenga rítmico, aunque débil entre la lucha y el abandono.

Tengo clavados a estas alturas tus ojos observándome en la penumbra, mientras estabas recubierta de miedos e inseguridades incendiarias que no he sabido apagar, que quizá sólo he alimentado por no saber hacer las cosas bien.

Lo que no sé es cómo evitar esto de estar convirtiéndome en una sombra de lo que era o he llegado a ser alguna vez, de qué manera puedo evitar la debacle de este amor en el que no tengo la decisión final.

Me siento como un artesano sin manos, sin herramientas, sin armas; y hasta sin lo que creía que no perdería nunca por ti, las ganas. Porque creo que he demostrado, dicho y hecho todo lo que podía.

Ya no guardo ningún truco bajo la manga, has visto mi realidad sin máscaras.

Hay cerveza fría esperándote en mi nevera y tengo café para hacer por la mañana.

Siempre, por si quieres venir.

Imposibles.

He visto un termómetro marcar veintiocho grados un veintiuno de enero.

He visto a gente levantarse tras recibir un K.O sobre la lona.

He visto resistir tras el huracán de tu mirada.

He visto personas que dan todo sin esperar recibir nada.

He visto principios que no tienen final.

Los imposibles son muchas veces esos sueños que pensamos que nunca llegarán a cumplirse y los dejamos ahí, en la lista de “cosas que queremos que sucedan pero por las que no vamos a luchar lo suficiente” que todos tenemos guardada en el cajón de la mesita de noche.

Los imposibles en ocasiones se transforman, como lo hace todo en esta vida, los ríos, los huesos, las fronteras.

Y se acaban convirtiendo en realidades palpables.

Un día soñamos que podríamos tocar el cielo y lo hicimos, volamos juntos con los ojos cerrados sin ningún miedo a caer.

Un día soñamos que podríamos ser protagonistas y lo hicimos, nos besamos delante de cientos de ojos sin sentirnos pequeños, ni extraños, ni idiotas; porque uno no puede sentirse idiota queriendo a otra persona, elevando lo de cuidar a alguien al cuadrado. Uno no puede sentirse idiota mientras recuerda el color de sus ojos y le empieza un terremoto en el pecho sólo de pensar en su primer beso, y en todos los que vinieron después de aquel menos tímidos, más largos, más profundos, más húmedos.

Como todo lo demás.

Pero me quitas el privilegio y te conviertes en sombra inalcanzable, te conviertes en un borrón al que no puedo abrazar por mucho que camine.

Y me quedo en la orilla, siendo la Penélope de esta historia, esperando a que vengas, o a que vuelvas si es que alguna vez has estado aquí, ocupando el mismo espacio-tiempo-amor que yo.

Pero da igual, al final todo da igual.

Porque creo en ti como imposible y como carne.

Como trampa y música.

Como misterio y verdad.

Como tormenta y eclipse.

Como crimen sin castigo.

Yo sigo creyendo que algún día despertaré siempre a tu lado, y no necesito más para mantenerme vivo.

Dos bandos.

Al final el mundo acaba dividiéndose en dos. Resulta, la mayor parte de las veces, extremadamente complicado quedarse neutral, impasible, ser el gris entre un magma alterado de negro y blanco.

Equilibrar la balanza parece cosa de magia o ciencia-ficción.

Sobre la tierra la división es entre personas de gatos y otras de perros.

Personas a las que les gusta beber café y otras que prefieren el té.

Los que beben o vino o cerveza.

A favor del Imperio o de la República.

También hay zurdos y diestros.

Policías y ladrones.

Músicos y oyentes.

Ciegos y aquellos que pueden ver.

Los que sienten y los insensibles.

Los que tienen nombre y los sin nombre.

Los que aman y los que hacen como que aman.

Ganadores y perdedores.

Nos gusta simplificar, explicar las situaciones a grandes rasgos, generalizar.

Y también banalizar prácticamente todo.

O estás conmigo o contra mí.

Damos poca opción a elegir, y en realidad lo entiendo, facilita las cosas, es más sencillo saber si alguien es compatible contigo sólo conociendo si está de tu lado o está en el lado contrario.

Tan fácil como eso.

Hoy es de esos días en los que el cinismo me sale por los dedos y sonrío para mí mismo viendo la mierda en la que se ha convertido todo mientras me retuerzo de dolor, sin saber canalizarlo demasiado bien.

Yo sólo sé que un día nos miramos a los ojos y ahora ya no creo en nada, que tumbé muros por tocarte y ahora estoy solo en medio de la inmensidad de una ciudad que no arropa como arropan tus brazos.

No me hacen falta armas para morir, tengo la más mortífera de todas entre los huesos del cráneo.

Y es que es cierto que al final todo se reduce, todo es mínimo.

Era más sencillo de lo que parece, era cuestión de decidir.

Yo aposté sin que me temblara el pulso de la mano que llevo siempre en el bolsillo, y tú mirabas desde lejos, asomando sólo de vez en cuando la cabeza para ver cómo iba la partida.

No quisiste hablar en voz alta más de lo necesario, ni mantenerme la mirada, ni tocarme cuando había luz.

Pregúntate ahora tú en qué bando estás, ¿entre los valientes o entre los que luchan y hablan sólo en su imaginación?

Yo lo tengo claro.