Mes: mayo 2020

Agua fría.

Me siguen temblando las piernas mientras van encajando todas las piezas.

No sé a qué juega mi cabeza después de tantos meses.

No sé qué más espera de mí este mundo hostil y lleno de rabia.

Ya todo son jarros de agua fría, uno tras otro, el caos, la decadencia y la falta de decencia han llenado el ambiente.

El entorno está repleto de aire irrespirable.

La atmósfera es asfixiante y va apretando sus manos en torno a mi cuello, y hay cierta parte de tanto sufrimiento que he logrado disfrutar, como si me estuviera convirtiendo en buen masoquista, como si pretendiera que el dolor fuera un lugar en el que quedarme a vivir en lugar de la verdadera razón para huir lejos y volver a convertirme en nómada.

Vagar por los pensamientos,

mares y desiertos.

Necesito que alguien me suelte las cuerdas o que ate más fuerte las correas que me tienen sobre esta cama vacía de sentido.

Parpadean más las bombillas del techo que mis ojos y siento más latidos a través de los temblores de tierra que dentro de la caja torácica.

No queda ya aleteo en los ventrículos, ni pulso en las muñecas.

No queda aire dentro de mis pulmones,

sólo agua fría,

nada de vida.

Como el fuego.

La sensación vívida de permanecer sudando en la habitación mientras las sábanas y otras cosas todavía se pegan a la piel. Resfriarse después de abrir la ventana y que entre un viento más frío del esperado, igual de frío que algunos amores que se quedaron atrás por razones de peso.

Apartar personas como si fueran libros de la estantería y meterlos en cajas por falta de espacio, y que acabe creciendo moho entre sus páginas por culpa de la humedad y el abandono en plena oscuridad.

Olvidar las escenas de las películas que le gustaban y sus canciones favoritas.

Olvidar llenar las copas de vino tinto.

Olvidar las luces tenues, la calidez de un abrazo tumbados en el sofá.

Todo es un proceso de deconstrucción y aprendizaje constante, de ir restando todo aquello que un día sumaste, de aprender a que las piedras que masticas no te pesen en el estómago. Poco a poco va quedando menos ropa en la mochila y entra más aire en los pulmones con cada inspiración profunda.

El camino bajo tus pies se va haciendo más largo y ya no alcanzas a ver los distintos finales de la historia. Escuchas los aullidos de los lobos y te unes a los tuyos en la distancia, sintiendo arder el pecho algunos días.

Se abre el horizonte.

Se repite el ciclo de la vida, del agua, de Krebs.

Se esfuma el día y  llega la noche.

Y es que como con el fuego, todo se acaba apagando.

También tú.

Los gatos sin dueño.

Pensábamos que andaríamos sobre los tejados cada noche como los gatos sin dueño, que veríamos las luces de las casas tras la ventanas abiertas y que nos colaríamos por las rendijas para encontrar almas gemelas.

Pero no.

Se esfumaron los planes y se han esfumado hasta los libros.

Yo sigo escuchando el tic-tac del reloj en mi cabeza cuando pienso en ti, esa cuenta atrás que terminará cuando todo acabe muriendo, cuando las hebras de sentimientos que todavía se deslizan entre las uñas y los huesos se esfumen por completo, cuando los ángeles se dignen a caer sobre nosotros para exterminarnos.

Yo sigo sintiendo un leve temblor de la tierra bajo los pies cada vez que tú te mueves en la distancia y no encuentro consuelo ni entre conversaciones que me cantan nanas y me abrazan antes de dormir, ni entre vinos con etiquetas modernas.

Pensábamos que andaríamos hurgando entre tumbas, levantando muertos, tirando tierra a los ojos de los demás.

Y yo.

Yo pensaba que rasgaríamos cuadros con las garras y que quemaríamos toda la filosofía occidental para empezar a razonar sin ayuda de otros.

Pensaba que no habría ciudades suficientes para gastarnos dinero y robar vasos en los bares.

Pensaba que el fin del mundo nos pillaría follando.

Pero no.

No creí nunca que acabaría convertido en un fantasma que mira el pasado con los ojos rojos mientras todavía nota cómo desciende la saliva por la garganta, y se le atraviesan pensamientos bajo la sábana.

No creí que sentiría toda esta angustia y este daño.

No creí que algún día contemplaría la ciudad desde los tejados, maullando por los viejos tiempos, sin verte a mi lado.

Calma.

He parado el motor, estoy suspendido como polvo del desierto en medio de todo este viento, dejándome llevar hacia aquellos lugares en los que suenan voces de sirenas.

Ya nada duele, ya nadie puede hacerme daño.

No me importan los días grises, los gritos, los recuerdos que arañan por dentro.

Todo da igual.

El reloj avanza y yo también, y las grietas siguen en el mismo sitio de siempre sin cerrarse por completo.

Voy con la camisa abrochada hasta arriba por la vida, pero ya no siento esa opresión que me quita el aire, ya no está presente esa preocupación eterna que me quita el sueño por las noches. Me ha dado por escuchar punk mientras pateo las calles cuando la gente está volviendo a casa antes del toque de queda y ya no se ilumina el asfalto por la luz del sol.

Y cada vez creo menos en el sistema y en las personas.

Una decepción tras otra tienen la culpa, y tú un poco también.

Ya no tengo fe en que las cosas puedan ir bien, en ningún sentido.

El ser humano ha demostrado una y otra vez a lo largo de la historia que puede empeorarlo todo, como aquel 10 de Mayo de 1933 en que los nazis hicieron una pira en la que quemaron 20.000 libros y el mundo se fue un poco más al garete.

Lo bueno es que a estas alturas de la película en blanco y negro, en la que me hallo inmerso, no tengo nada que perder, salvo un poco de dignidad y orgullo.

Y no hay nada que produzca más paz que saber que estás tan vacío que sólo puedes comenzar a llenarte poco a poco.

Imagino que ahora siento la misma calma que debió sentir Miguel Ángel hace quinientos doce años cuando comenzó los frescos de la Capilla Sixtina.

La calma incierta de no saber el desenlace de la historia que tienes entre manos.

A mí ya me iba mal.

El mundo ahí fuera, después de todo este tiempo, se ha vuelto más hostil. La naturaleza ha empezado a arañar las aceras y las hojas llenan las bajantes y las alcantarillas. Las palomas son ahora líderes de las calles y miran extrañadas hacia las ventanas tratando de comprender la soledad que habita las plazas mientras vuelan más bajo que nunca. Hasta el clima ha percibido que sucedía algo extraño y nos lo ha hecho saber.

Y creo que las personas han ido empeorando todas sus capacidades: resiliencia, empatía, solidaridad y la estupidez. La estupidez ha ido ganando terreno, tapando oídos, remodelando conciencias, llenando el rebaño de más ovejas que no cuestionan ni piensan suficiente.

Lo único que pido últimamente es silencio, y algo de comprensión.

Lo único que pido últimamente es que todo deje de recordarme a ti: canciones, libros, series, frases y lugares.

El tiempo pasa y yo sigo con los pies mojados dentro de este charco lleno de barro y reptiles que buscan mi sangre con sus afilados colmillos. La inquietud permanente, la falta de ganas de respirar con fuerza, el saber que a mí ya me iba mal desde antes de conocerte. Quizá habría sido más sencillo si en lugar de besos te hubiera pedido que te quedaras a bailar. Por supuesto, da menos miedo que prometer amor eterno entre inseguridades y nubes negras.

No necesito ataúdes ni flores todavía, a pesar del vacío que me llena los huesos y los intestinos, a pesar de la tristeza que cae como una losa imposible de cargar sobre los hombros de Atlas tras la mirada verde que asoma entre las ojeras y el cansancio crónico. Nadie puede cargar con tanto peso, por mucho que lleve desde el inicio de los tiempos separando el cielo de la Tierra.

Ningún titán puede cargar tanta culpa y tanta melancolía como yo.

Tú sigue sonriendo, que nadie lo note.

Francia 98.

Un silbido sobre una melodía simple de guitarra y el aire caliente agitando las cortinas de las ventanas abiertas. Las calles todavía permanecen calmadas, casi en silencio salvo por las voces de unos niños que juegan con su madre en la acera, trayendo reminiscencias de aquellos días de verano en los que jugabas a las canicas con la piel morena, las manos manchadas de polvo y las rodillas peladas de haberte tirado al suelo en un partido de fútbol en el que fingías estar compitiendo en la final del Mundial de Francia 98.

¿Recuerdas aquellos días?

Yo no.

He borrado la mayor parte de mi infancia como mecanismo de protección y sólo tengo recuerdos puntuales, y casi todos en los mismos sitios y de la misma gente. Dicen que con el paso de los años la memoria va recuperando episodios.

Apenas recuerdo los días de playa, ni el tacto de la arena entre los dedos pero sí el sabor de la tortilla que llevábamos dentro de la nevera portátil.

No recuerdo el día que tomé la primera comunión pero sí mentirle al cura diciéndole que iba a misa todos los domingos. Nunca fui (me confieso, y pido aquí y ahora perdón por el engaño).

Miro la mayoría de días como cuando me quito las gafas, no veo nada claro hasta que lo tengo demasiado cerca como para poder reaccionar.

Y siempre llego tarde y mal.

Soy la entrada fuera de tiempo que destroza la canción en pleno directo.

A pesar del borrón de recuerdos no me importaría volver a ver aquel partido contra Bulgaria, aquella victoria abultada que era una derrota clara, de las que dejan un sabor metálico en el paladar y tensan las fibras musculares de todo el cuerpo.

Y es que creo que a mí me pasa igual que a nuestra selección en aquel inicio de Mundial, acabo ganando cuando ya no importa que lo haga, acabo obteniendo resultados cuando ganar y perder ya significa lo mismo y no hay diferencias.

Acabo sonriendo cuando no hay nadie para verlo.

Como ahora.