Mes: diciembre 2015

Fin de año.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Trescientos sesenta y cinco días de fracasos y supuestas alegrías que se van por el retrete y se quedan plasmados en fotografías que borraremos cuando no nos quepan más en la memoria del teléfono.

Muere un año más con sus doce meses y sus miles de millones de personas, los nuevos compañeros de trabajo, los viejos amigos que se van, los familiares que nos dejan para siempre, las horas extras, los bolsillos vacíos.

Se quema la última hoja del calendario y nos quemamos nosotros, con todos nuestros propósitos de año nuevo todavía por cumplir. Y nos toca renacer de nuestras cenizas, secarnos las lágrimas, ponernos la mano en el corazón porque sigue doliendo.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

El viento nos marca siempre los primero días de un mes de Enero que nos lleva a remolque, y la esperanza se nos vuelve a encender con la llegada de nuevas hojas de la agenda que llenar de citas con personas pasajeras.

Sonreímos un par de horas después de las campanadas y creemos por un momento que quizá está vez todo irá bien, que este será nuestro año y que el agua volverá al cauce del cual nunca debió salir.

Champagne del bueno o del malo, aún quedan turrones en las mesas y las nubes vuelven a nuestras cabezas. La niebla vuelve a instalarse entre nosotros dos, del mismo modo de siempre y nos volvemos a mirar sabiendo que hace años que dejamos de querernos, que intentarlo no es poder y que estos besos ya no dicen nada.

La mirada hacia el otro lado, el querer que te calles de una puta vez, que me dejes en paz, que ya no me conoces como crees, que tus abrazos ya no calientan igual en pleno invierno, que sales demasiado, que no me dices nada, que con quién hablas hasta las tantas, que con quién crees que vas a salir esta noche.

Basta.

Ya.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Para todos aquellos sin el valor suficiente para intentarlo. Quizá este año sí.

Estoy bien.

La primera mentira de la historia fue probablemente un estoy bien cuando no era así. A veces se ve en los ojos, a miles de kilómetros, que no es así. Y es que la mirada es ese espejo en el que los buenos observadores son capaces de leernos y saber que hay algo más allá. En los ojos y en esa pequeña arruga que se forma al lado de tu sonrisa cuando algo falla, cuando las cosas no están en orden, cuando te derrumbas por dentro y tratas de mantener la estructura intacta.

Rotos en pequeños pedazos que nunca acaban de encajar con nada ni con nadie, somos fragmentos de canciones que al final dejan indiferentes y se acaban.

Acantilados que desafían a un mar embravecido que se burla de nuestros huesos débiles y nuestras sonrisas falsas.

Somos piedras desgastadas por la lluvia del invierno y ladrillos sueltos abandonados al acabar una obra.

Dolor en cada articulación cuando no estás y ese vacío en el cerebro y en la entrepierna cuando te vas de mi cama.

El corazón herido, abandonado, a medio camino entre el querer y la huida fácil.

Miro nuestras fotos y nos echo tanto de menos que para qué mentir, quiero volver unos meses atrás sólo por volver a verte sonreír como lo hacías cuando Madrid se quedaba pequeño en nuestras manos.

Palabras que son peores que las balas, silencios incómodos que nos matan, tristeza, melancolía y una nostalgia que me araña las entrañas sin que apenas me de cuenta.

La coraza ya oxidada no es capaz de evitarnos las heridas, ni las secuelas de esta caída hasta el vacío donde tropezarse con uno mismo.

El lobo solitario que aúlla a la luna a mediodía, que sólo busca tu húmeda compañía, que sólo busca refugio entre la lengua y tus dientes.

Huele a café otra vez y tengo que pensar en ti, en nosotros, en mañana, en ojalá, y en un yo no sé qué va a pasar.


¿Cómo estás?

Bien, yo siempre estoy bien.


Salto mortal.

Damos saltos mortales con cada palabra que se nos ocurre pronunciar sin estar seguros, con cada abrazo que damos con miedo, con cada beso que se nos escapa sin querer.

Saltamos a un vacío lleno de inseguridades que hemos tirado a lo largo de los años: no soy suficientemente listo, no soy guapo, ¿pero tú me has visto? Y resulta que es verdad que necesitamos a alguien, a alguien a nuestro lado que nos de la mano por un momento, nos mire a los ojos y nos haga olvidar durante un instante los problemas. Porque no, nadie nos cura las heridas, como mucho es capaz de parar la hemorragia. Las heridas las curamos nosotros, con puntos de seda y paciencia, con canciones de Kings of Leon y The Kooks, con sonrisas a primera hora de la mañana y cafés bien hechos después de comer.

Nadie como uno mismo para mirarse las cicatrices al espejo y quedarse satisfecho, nadie como uno mismo para quitarse el barro de las botas y caminar seguro hacia un futuro oscuro e incierto, nadie como uno mismo para sostenerse la mirada apenas un segundo y susurrarse un vamos que le de un poco de aire para seguir volando hasta el siguiente árbol. Nadie como uno mismo para matarse y resucitarse a base de golpes, nadie como uno mismo para aferrarse a la manta las noches de frío sin compañía, nadie como uno mismo para fumarse las penas y acabarse el whisky sin mezclarlo con nada. Nadie como uno mismo para sacarse la arena de los ojos, chuparse la sangre y cocinar tortilla de patatas para uno.

La vida es un salto, un salto tras otro, porque ya no hay camino que esté intacto y debemos evitar obstáculos, tropezar y seguir nadando.

La vida es un salto y aunque nos quedemos cortos de altura, lo que importa es que sigamos llegando lejos.

Con la guardia bajada.

Recuerdo aquel día como si fuera ayer, recuerdo aquel viernes 25 de Agosto del año 2006 como si todavía tuviera treinta años y el mundo siguiera pareciéndome un buen lugar para vivir. He aprendido mucho desde entonces, o eso quiero creer, y me he equivocado todavía más. Todavía recuerdo aquella noche en la que leía “Mujeres” de Bukowski mientras fumaba un cigarro que se consumía entre mis labios resecos. Hacía ya unos meses que había dejado el trabajo y subsistía sin demasiado interés, tirado en el sofá la mayor parte del tiempo.

La había perdido, había dejado que se fuera de mi lado sin preguntarle tan si quiera por qué, sin conocer el motivo. Había desperdiciado mi mejor oportunidad, la opción que me había dejado más cerca de lo que algunos torpes llaman felicidad. Las noches de conversaciones largas sobre arte se habían quedado en el olvido, las falsas discusiones sobre las películas que veíamos juntos, el tira y afloja de siempre sobre lo que debe o no llevar una verdadera salsa carbonara. Todo había quedado en ese limbo en el que se conservan los recuerdos buenos, esos que después de un tiempo cuesta mucho más rememorar.

De aquel día también recuerdo el sonido del timbre, y mis pasos descalzos hasta la puerta con el libro en la mano y el cigarro todavía pegado a la boca. Recuerdo oler su perfume antes de proceder a abrir la puerta y verla empapada, totalmente calada hasta los huesos. Lo que no recuerdo es el sonido de los truenos, ni el olor a lluvia mojando las calles llenas de gente del paseo marítimo.

– Agatha. – Apenas tuve tiempo de pronunciar su nombre, incapaz de decir nada más cuando el libro cayó al suelo y el cigarro también. Se abalanzó sobre mí después de tanto tiempo, después de no saber nada de ella desde que desapareció con un simple adiós. Echaba de menos sus besos, aquel cuerpo de cintura estrecha entre mis brazos y su mirada siempre cómplice, esa que indicaba que lo tenía todo bajo control. No pude evitarlo, tuve que quitarle aquella ropa que llevaba pegada a la piel al tiempo que ella se deshacía de la mía. Y nos faltaron segundos para comernos la vida de nuevo en el sofá, como habíamos hecho tantas veces tiempo atrás.

Con ella pasaba lo que pasa con las tormentas de verano como la de aquella tarde, que siempre pillan con la guardia bajada y luego se vuelven a ir, sin dejar rastro.

Este texto fue escrito para el blog De Krakens y Sirenas el 20 de Agosto de 2015.

#YoTambiénSoyAlan

#YoTambiénSoyAlan y tú. Eres Alan porque siempre has tenido claro lo que eras y cómo te sentías, porque te has mirado al espejo cada día sin tener que preguntarte por qué vestías ropa de mujer cuando eras un hombre, porque no has tenido que fingir ante el resto de la gente que te gustaban los hombres, porque no has tenido que poner una mueca de incomodidad cada vez que alguien se refiere a ti en un género con el que no te identificas.

#YoTambiénSoyAlan y tú. Porque has tenido la libertad para querer sin que nadie te mire mal, porque no te han confinado al vestuario de discapacitados o a encerrarte en un baño distinto para que nadie vea cómo te cambias de ropa, porque todo el mundo ha dado por hecho que eres una mujer por vestir como una mujer, o que eres lesbiana por vestir como un hombre.

#YoTambiénSoyAlan y tú. Porque hay sonrisas que se llevan por dentro, cuando alguien te mira y se confunde contigo, cuando por fin puedes liberarte y la gente te llama por tu nombre de verdad, cuando no hay miedo al qué dirán o a si alguien te hará daño.

#YoTambiénSoyAlan y tú. Porque por fin tienes la libertad de ser, estar y parecer. Porque te das cuenta de que no haces daño por ser hombre o mujer. Porque eres mejor persona que esos que te han hecho añicos el corazón y te han reducido a cenizas. Porque nadie debería aplastar a nadie. Porque deberíamos cortar las cuerdas y sonreír más. Porque la vida son dos días y la estamos incendiando.

Porque Alan sólo era un hombre que había nacido en un envase incorrecto.

Porque Alan sólo quería ser feliz, y no le dejaron, le pusieron un muro contra el que chocó tantas veces que se inmoló.

Porque Alan sólo quería vivir y se fue, le obligaron a marcharse.

#YoTambiénSoyAlan y tú, tú eres más Alan de lo que te crees.

Sálvate tú.

Sálvate tú, me dijo. Todavía tuvo fuerzas para mandarme lejos de casa, para tratar de que lo olvidara todo y empezara de nuevo en otro lugar. Cambiar de aires, borrón y cuenta nueva. Suena fácil pero no lo es. Decidir de un día para otro que te vas, que tu vida rutinaria se queda en el pasado y que vas a cambiar de hábitos. Apenas había un par de personas en la estación de tren, un matrimonio de ancianos que hablaban con ese tono bajo de quien apenas puede alzar la voz porque los años lo han consumido por dentro.

Los miraba con cierta envidia, sonriéndose con la mirada llena de arrugas, sujetando un par de bolsas de ropa con las manos frías. El invierno era duro en el interior, y supongo que como ellos, yo iba en busca de un lugar en el que calentarme las entrañas hasta la llegada del buen tiempo. Los miraba, sin poder evitarlo, ellos todavía se tenían, habían aguantado el paso de los años y las discusiones, y los besos raros.

Miré el reloj y suspiré para mí mismo. Diez minutos de retraso y un corazón que latía despacio, a pedales, como podía después de que se rompiera por pena, por pura tristeza.

Sálvate tú, me dijo. Y lo dijo llena de serenidad, desde su cama de hospital, mientras yo trataba de aguantarme las lágrimas y apretaba su mano. Su carta de despedida la había leído después, después de que sus cenizas formaran parte de un reloj de bolsillo que siempre llevaba en el pantalón, enganchado con su cadena de plata vieja. Eva me pedía que dejara nuestro hogar, que lo dejara todo atrás, que volviera a mis raíces, que regresara y tratara de seguir viviendo como había hecho hasta ahora. Lo único malo de todo aquello es que sin ella vivir se me antojaba la peor broma que me podía gastar el Universo.

Sálvate tú, me dijo. Y yo no quise.