Mes: junio 2019

Cenizas en verano.

No todo es siempre como pensamos.

Ni las sonrisas, ni el dolor, ni la distancia.

Tenemos ideas preconcebidas de ciertos aspectos de la vida, de algunas personas, de las relaciones.

Tenemos prejuicios y también a personas idealizadas.

Tenemos wifi, 5G y iPhoneX.

Tenemos a la ultraderecha, a la Iglesia y al IBEX 35.

Tenemos hasta pseudociencia y falsos poetas.

Tenemos música a cualquier hora y bombardeo de información.

Tenemos festivales, barras libres, pastillas de todos los colores.

Tenemos de todo.

Y, sin embargo, sentimos que no tenemos nada.

Estamos vacíos.

Tratamos de ser formas perfectas por fuera sin ningún tipo de contenido por dentro.

Estamos solos.

En medio de una multitud que grita también en nuestro nombre.

Estamos solos.

Expandiéndonos de manera infinita dentro del Universo.

Sin asumir el riesgo la vida se transforma en un domingo eterno.

Este verano empieza a llenarse de cenizas.

Todavía no te has dado cuenta de que eres el incendio.

Y lo estás quemando todo a mi alrededor.

Vidas normales.

Perros en pisos de cuarenta metros cuadrados.

Baños compartidos.

Pinzas que caen al vacío tendiendo los calcetines.

Los gritos del vecino de al lado a su madre con Alzheimer.

Muebles siendo arrastrados un sábado a las nueve de la mañana.

Olor a paella los domingos.

Ingleses de vacaciones en el 3º B.

Un beso de despedida en el portal.

Café y tostadas para desayunar el fin de semana.

El wifi desconectándose cada cuatro días.

El pakistaní de la esquina abierto hasta las tres de la mañana para comprar helado después de follar.

Dormirse viendo Netflix todas las noches.

El hueco vacío en el sofá.

Tus fotos en la mesita de noche.

Un par de libros que no consigues acabar.

Las noticias en la radio de despertador.

El late night de turno en la pantalla del teléfono mientras vas a trabajar.

Conversaciones de política.

Peleas por culpa del fútbol.

La luna delantera del coche llena de barro.

El semáforo parpadeando siempre que vas a cruzar la calle.

El supermercado cerrando tarde por tu culpa.

Y tú pidiéndome que me vaya.

Otra vez.

Sin dejar que me haga un hueco en la vida junto a ti.

Bach desde ultratumba.

El piano no deja de sonar.

Una y otra vez.

Un par de acordes y el mismo par de notas agudas.

No sé si es alguna tipo de mensaje que me envía Bach desde ultratumba, de una civilización extraterrestre o únicamente es mi cerebro diciendo que me estoy volviendo loco.

Lo malo es que suena bien, incluso después de un rato esa melodía me parece acogedora, me invita a quedarme, como el olor de tu pelo, como el útero materno, como una casa con perro.

Se repite cual bucle, al igual que un mantra o el día a día.

Se repite igual que algunos profesores año tras año, curso tras curso, charla tras charla.

Y no sé si golpear el piano o sentarme frente a él y lanzar notas al azar, sin saber muy bien si sonarán bien, si serán acierto o error.

No sé si lo que se espera de mí es que reaccione o haga lo mismo de siempre, que me quede parado escuchando o haga saltar las teclas, los botones de escape y los pequeños martillos por los aires.

No sé si lo que esperas de mí es que salga corriendo o me quede para siempre, que siga buscando sin encontrarte al otro lado del espejo, que te siga mirando con admiración y sorpresa, que el botón de los vaqueros me tiemble cada vez que te acercas.

No sé si lo que esperas de mí es que me acobarde, me aburra, me canse, me calle.

Pero te adelanto que no va a pasar.

El piano no deja de sonar.

Una y otra vez.

Y no tengo claro si nos está diciendo que estamos en el tiempo de descuento.

Y no hay prórroga ni penaltis.

Arena en los bolsillos.

Llevo los bolsillos llenos de arena y el corazón recubierto de lodo.

Pero sonrío.

A pesar de las heridas, de odiarme cada día un poco más, de quererme un poco menos.

Sonrío, y me pregunto muchos días cómo lo consigo.

Somos más fuertes de lo que creemos, estamos hechos para echar raíces en el desierto, para caminar durante horas sin sentir dolor, para vomitar los venenos, para soportar a nuestra conciencia taladrándonos a diario.

Parece que todo cuesta demasiado, que nos esforzamos por los demás y que nadie hace nada por nosotros.

Hemos pasado de querer ser importantes para alguien a querer ser importantes para todo el mundo.

Hemos pasado de la indiferencia a querer que se acuerden de nosotros todo el tiempo, que nos digan que nos quieren, que nos abracen y nos besen y nos llamen a diario para preocuparse por nosotros.

Nos sentimos dolidos y desdichados la mitad del tiempo, y la otra mitad reímos y dejamos de preocuparnos por todo.

Somos tan inmaduros.

Exigentes, egocéntricos sentimentales que no están dispuestos a dar nada.

Han conseguido que no seamos capaces de apreciar el cariño, la sutileza de quien planta una flor para verla crecer junto a ti.

Han conseguido que necesitemos la acción durante las veinticuatro horas de cada uno de los días de la semana.

Han conseguido que todo nos parezca poco, y que al mismo tiempo seamos incapaces de comprometernos con nada.

Han conseguido que queramos que nos den lo que no estamos dispuestos a entregar.

Veo a diario que somos máquinas superficiales que sólo saben aparentar, estamos casi a punto de convertirnos en armaduras vacías, en robots con corazones hechos de meteoritos viejos, en computadoras incapaces de procesar todo aquello que no sean unos y ceros.

Creo que voy a sentarme a mirar el mundo desde algún rincón, mientras sonrío y dejo que suenen los días raros.

No tengo muchas más opciones.