Mes: abril 2017

Incendiar el mundo.

Dicen que la noche es para dormir pero nosotros nunca hacemos caso a los demás. Hace ya tiempo que decidimos llevar las cosas a nuestra manera, caminar a nuestro modo, recorrer lo senderos sin dejar que nadie nos guíe.

Preferimos entendernos mutuamente que intentar entender al resto.

Y donde más nos entendemos es entre las agónicas sombras de la madrugada, donde no hace falta que hablemos para saber dónde y cómo tenemos que acariciarnos, para saber en qué momento tenemos que besarnos o susurrarnos cualquier cosa que no sea un te quiero contra el cuello. Nos gusta chocar las caderas sin que suene la música, nos gusta notar el sabor del alcohol en el paladar, lamernos todas las heridas que aún tenemos sin cerrar.

Nos gusta repetir y alzar el vuelo entre las cuatro paredes de mi habitación.

Nos gusta dejar el miedo a un lado, llenarnos de silencio y vivir el momento; disfrutar el poco tiempo que tenemos entre este caos vital del que somos víctimas.

Quiero abrazarme a tus caderas y que me mezas con ellas hasta ser capaz de cerrar los ojos.

Quiero apoyarme en tu pecho y dejarme llevar.

Quiero reptar sobre las sábanas hasta encontrarme con tu ombligo y mezclar mi saliva contigo.

Somos sólo un par de almas en pena que se encontraron al final del túnel, que se chocaron cuando estaban llenos de tristeza y todo era barro en sus ojos.

Y ahora nos queda incendiar el mundo cada vez que nos tocamos, nos miramos a los ojos y damos otro trago a la copa de vino. Ahora nos cazamos en cada esquina, vivimos el desorden, nos cuidamos de manera clandestina.

Podría acostumbrarme a tu cuerpo sobre el mío, a escuchar cómo te escapas de las sábanas cuando sale el sol, a tus besos en la espalda mientras me estoy despertando.

De verdad que podría acostumbrarme a tu fuego.

[Está Marea sonando fuerte, resonando en mi cabeza, diciendo que duermas conmigo.]

Amor, llanto y libertades.

Somos lienzos que cuentan historias de amor, llanto y libertades.

Y no lo quieren permitir.

Quieren mancharnos, tacharnos, borrarnos hasta que nadie se acuerde de nosotros.

Quieren que callemos, que cerremos los ojos, que traguemos saliva, que nos conformemos con la mordaza en la boca y las esposas en las muñecas.

Quieren meternos el miedo en los huesos, que nos quedemos en casa consumiendo telebasura, que se nos funda el cerebro y no repliquemos.

Quieren que odiemos al extranjero, al diferente, a aquellos que buscan su identidad, a quienes que alzan la voz contra cada una de las desigualdades que sufren a diario.

Quieren que nos importe el dinero más que las personas que tenemos alrededor.

Parece que aún no saben que el ser humano está hecho para romper las reglas y no conformarse con mentiras para maquillar las realidades tristes que nos envuelven. Que, al final, siempre estiraremos la mano para recoger a quienes caen en el camino, abriremos los brazos para abrigar a quien tenga frío, y gritaremos al cielo las consignas de aquellos a quienes callaron antes de tiempo.

A nuestro ejército ya no le hacen falta las armas porque tenemos a las palabras de nuestra parte.

Lucharemos en las calles y fuera de ellas.

Inventaremos nuevos himnos.

Alzaremos las manos sin que nos tiemblen las piernas.

Lo habremos conseguido.

Habremos dado el primer paso.

Tú y yo, republicanos, acabaremos envueltos en la tricolor con una sonrisa de esas que no se borran jamás.

[Y es que vamos a querernos aunque el mundo no nos deje.

Esa será nuestra victoria.]

Vueltas.

Otra vuelta de tuerca.

Otra vuelta ciclista.

Otra vuelta de campana.

Otra vuelta al mundo en ochenta días.

Otro error a la vuelta de la esquina.

Vuelve el cántaro a la fuente hasta romperse y esparcir su agua por el suelo.

Nos hemos olvidado de lo fundamental, de lo de querer arrugarnos el uno al lado del otro hasta acabar siendo lo mismo que éramos al inicio.

Nada.

Nos hemos olvidado de lo importante, de lo de respetar, de lo de no juzgar, de lo de dejar de etiquetar y clasificar todo lo que se nos pone por delante, de abrir la mente y quitarnos el corsé en el que están encerradas todas nuestras ideas.

Y ya no sabemos abrir fronteras ni dejar de tirar bombas.

A veces estoy convencido de que nos hemos vuelto todos gilipollas y ya no tenemos remedio, de que el mundo ya ha perdido la cordura y de que el ser humano es el animal menos racional de todos los que pisan nuestro planeta.

Entre tanto caos siempre hay alguien que nos permite parar el tiempo, abrir las puertas, desconectar de todo. Entre tanto caos siempre aparece el rayo de luz entre las nubes grises que nos saca una sonrisa, nos permite ser.

Tenemos que llevar cuidado, dejar de contar dinero, reír más y llorar menos.

Tenemos que permitirnos el lujo de salir en plena madrugada a ver la luna desde el balcón, sonreír con las tonterías que sólo entendemos nosotros dos, beber de nuestras bocas sin prisa, bailar con nuestros cuerpos sobre la cama.

Canciones a medias, páginas de libros en las que está escrito tu nombre, deseos por cumplir, fuego en el pecho y la tristeza bien lejos de nuestros pasos.

Decidle que ella es mi única patria y bandera.

Decidle que no tema que por muchas vueltas que de la vida, el sol o las circunstancias, no me iré.

Decidle que no tema, que aunque ella no me elija para mí siempre será la primera.

Y tuve miedo.

Escucho el eco de mis palabras en la cabeza, un eco que alterna con el silencio que me angustia.

Ayer miré de nuevo al suelo desde el balcón.

Y tuve miedo.

Volví a tener esa sensación en mi piel de curiosidad, la curiosidad insana de querer saber qué se siente cuando tus huesos tocan tierra desde unos diez metros de altura. Tuve que apartarme, cerrar la puerta y encogerme sobre la cama con las pulsaciones por las nubes. Volví a sentir la oscuridad acariciándome el sistema nervioso con esa sonrisa que hiela la sangre, con esa sonrisa del que sabe que si te atrapa esta vez no piensa soltarte.

Y tuve miedo.

Me vi desprotegido una vez más, con todas las inseguridades al descubierto, con todos los resquicios dejando ver el interior que tanto intento mantener oculto, con todas las grietas sacando mis trapos sucios. Quedando mis miserias más expuestas que nunca.

No sé quién tiene el remedio ni la solución a mis problemas, si todo depende de mí mismo o necesito la ayuda de alguien más. No sé si a estas alturas soy capaz de escuchar el consejo de otras voces, ni de dejarme abrazar cuando rompo a llorar.

Tengo ahora la sensación de soledad que ya conozco, la sensación de impotencia, de rabia, de tristeza y melancolía que se te agarra al alma y se mimetiza contigo.

Otro cambio que no soy capaz de controlar.

Otro paso que no estoy preparado para dar.

Que hay vida más allá de lo conocido es algo que tengo claro y asumido, pero a medias. Es fácil decir a todo el mundo lo que tiene que hacer pero algo menos el aplicarse el cuento a uno mismo.

Supongo que después de todo me merezco todo lo malo que me pase.

Tengo ahora la sensación de no ser nadie, de no tener ningún reflejo en el espejo, de estar hecho de las nubes negras que sólo consiguen intoxicar a quien tienen cerca.

Y tengo miedo.

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Ártico.

Capitán cobarde.

Miras a lo lejos y parece que da igual la cantidad de sol que bañe los campos y las calles porque todo es gris en tu cabeza.

No tienes remedio.

A pesar de no querer, de prometértelo a ti mismo una y otra vez, has vuelto a caer en el error, has vuelto a pensar de más, has vuelto a poner los pies en el suelo y darte cuenta de lo que te rodea.

Silencio.

Soledad.

Y mil demonios estirando del hilo que parecía que empezaba a encargarse de curar tus heridas.

Has vuelto a darte cuenta de que no hay solución fácil, y que irte de donde no quieres va a hacer más daño del que imaginabas al principio.

El principio, el momento en el que creemos que todo es posible y que seremos capaces de cualquier cosa.

El principio, eso que ya parece tan lejano y que te has encargado de borrar por completo.

Y desde el puerto siguen zarpando barcos que van a intentarlo contra el mal tiempo, que van a lanzarse a pesar de que el temporal les pueda destrozar los cascos. Y es que la valentía tiene parte de eso, de lanzarse al agua sin saber si saldrás vivo, de apostarlo todo sabiendo que puedes perder, de dar un beso sin saber si el amor durará para siempre.

Supongo que eso me pasó contigo, que cerré los ojos y fui a por todas, y he vuelto a casa con las manos vacías. Ahora tendré que esperar a ese otro clavo que te saque de mí, que me borre la mente, que me barra las cenizas que has dejado a tu paso.

Es curioso porque esta vez no voy a ser yo el cobarde, no voy a ser yo el que se quede con las preguntas destrozándole los sueños.

Y al menos, aunque te eche de menos podré dormir tranquilo sabiendo que puse mis manos para todas las caricias y las intenciones para trazar los mapas que iban a ser para los dos.

Necesidades básicas.

Necesito otra vida con más suerte, en la que me pasen cosas mejores, en la que tenga más tiempo para estar contigo y las cosas nos vayan bien.

Necesito otra vida en la que no tarde tanto en atreverme a decir todo aquello que quiero y en desechar lo que me hace daño en el primer momento.

Sólo necesitamos alguien que nos pregunte si estamos bien antes de dormir, que sea capaz de abrazarnos hasta romper nuestra penas, que nos permita llorar hasta quedar en calma entre sus brazos.

El final que no queremos sobrevuela nuestras cabezas y no sabemos cómo afrontar tanta incertidumbre entre los dos. Puedo confesar que has sido lo más real que me ha pasado, que has sido el primer amor que he sentido en esta etapa supuestamente cercana a la madurez. Un amor de los que se tocan, no de los que se idealizan. Un amor de los que se hacen, no de los que se piensan.

Me daban igual tus defectos y los míos porque juntos nos quedábamos siempre en empate. Y es bonito y triste al mismo tiempo ver cómo siendo piezas capaces de encajar a la perfección vamos a dejarnos perder. Piezas que encajan a la perfección a pesar de sus astillas, y las púas de cactus con las que a veces nos llenamos la piel.

Contigo todo es vértigo y caída libre, y me había acostumbrado a tenerte unos segundos y desearte el resto del tiempo. Pero es cierto, necesitamos alguien para quien seamos prioridad y no el segundo plato, el plan b, el rescate cuando no hay nada mejor que hacer. Necesitamos alguien que no necesite sentir que te estás marchando para abrir los ojos y darse cuenta de que te echa de menos.

Con lo que a mí me gusta probar el rojo de tus labios y voy a tener que renunciar a ellos, darte la espalda, cerrar los ojos, no verte más.