La metamorfosis sin Kafka.

Llevas toda tu vida siendo un gusano sin saber muy bien por qué, sin acabar de entender por qué a ti te ha tocado estar atrapado en ese cuerpo en el que no te reconoces. Miras al resto, los demás, que parecen contentos con ese papel de regalo con el que están envueltos y no eres capaz de comprender por qué a ti no te pasa igual.

Y entonces no te dejan jugar nunca más en el equipo masculino de fútbol sala porque eres una chica.

Vivir ha sido la peor forma de castigo para mí durante mucho tiempo, a pesar de haber sido capaz de pasear por las calles con una sonrisa, de disfrutar, de afrontar cada uno de los retos con los que me he tropezado y de superar los obstáculos sin demasiados problemas.

Aún hay gente que se ha atrevido a decir que tengo suerte (me cago en sus muelas, la verdad). Se nota que no han estado creyendo que eran algo horrible y abominable desde que en el colegio le dijeron que había cosas en la vida que eran pecado y que no estaban bien. Lo de hacer sentir culpable a un niño por algo de lo que no tiene la culpa es bastante monstruoso, por si no lo habéis pensado nunca, hijos de puta.

No, no he tenido suerte, y os voy a decir por qué.

Para empezar, me tocó nacer en un cuerpo con el que no me reconozco. Un cuerpo femenino que dista mucho de la imagen mental que tengo de mí mismo desde que soy consciente, y me tocó enfrentarme al mundo y a la vida con un handicap que se escapaba a mi escasa capacidad de maniobra con cinco o seis años.

Por otro lado, me ha tocado luchar contra una sociedad machista, retrógrada y homófoba (porque joder, es que seguimos teniendo el combo completo y quien diga lo contrario que se lo haga mirar). Escuchar desde la pubertad palabras como marimacho, insultos varios por mi forma de vestir, porque nunca había tenido una relación con ningún chico. La de veces que he tenido que callar, tragar saliva y lágrimas, y bajar la mirada. La de veces que he estado guardando la verdad, como si contarla fuera a romper la extraña burbuja de normalidad en la que vivía mi entorno.

La idea permanente de que yo podía sobrellevar esa carga, el sentirme culpable por haber nacido así, el no querer que nadie sufriera por mi culpa. Yo podía soportarlo porque estaba acostumbrado y, erróneamente, creí durante más de veinte años que ni mi familia ni mis amigos podrían entender cómo me sentía.

La realidad es que a pesar de todo algunas personas se han atrevido a salvarme, a acunarme en sus brazos, a desnudarme a base de palabras y besos en la frente, a reír conmigo cuando sólo quería llorar. Hay también quien ha dejado a un lado los prejuicios y se ha dejado llevar, quien ha roto moldes y paredes, quien se ha atrevido a besarme sin cerrar los ojos ni apagar la luz.

Algunos fueron más valientes de lo que yo mismo pretendía serlo y me empujaron poco a poco a salir del cascarón, a dejarme ser sin miedo.

Ahora se está rompiendo la crisálida, me está saliendo la sonrisa entre una barba que da la misma pena que la de un adolescente.

Rompo la jaula de mi propio cuerpo.

Nueva vida, nuevas páginas que compartir.

Y sí, ya sé que la metamorfosis no es lo mismo si no la cuenta Kafka pero, al contrario que Gregorio Samsa, estoy dejando de ser un insecto y un día voy a despertarme sin arrastrar ninguna cadena, le pese a quien le pese.

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