Mes: junio 2017

Fugitivos.

Tanta lluvia y nosotros sin salir a abrazarnos desnudos al balcón. Cuánto tiempo perdido en este mundo, cuántas oportunidades desperdiciadas, olvidadas debajo de la almohada. Aún no he conseguido despegar tu olor de mi piel después de una noche sudando juntos sobre las sábanas recién estrenadas. Aún no he conseguido elevar la vista hasta el cielo sin pensar en ti.

Hemos vuelto a destrozarlo todo desde la soledad de nuestra habitación, a arañarnos la espalda, a rompernos la cadera, a lamernos el hilo de las suturas. Hemos vuelto a hacer que los vecinos vengan a llamarnos a la puerta, hemos conseguido que se escandalice todo el edificio.

Y apenas nos da ya vergüenza, porque sabemos de memoria nuestras grietas.

Todavía no se han dado cuenta que nosotros dos somos un par de fugitivos que ven la vida pasar desde la ventanilla de su coche, que no tenemos claro el final pero sí que caminamos juntos, que no nos asustan las mareas, que nos podemos alimentar con besos y mañanas de verano. Todavía no se han dado cuenta de que no van a ganarnos ni las malas épocas, ni los días grises en los que la tristeza se nos cuela en cada una de nuestras articulaciones.

Y tú no te has dado cuenta de que me recompones todos los trozos sólo con un abrazo, que algunos de tus besos saben a Mediterráneo en calma, que tu risa me gusta más que la mayoría de canciones de cantautores españoles.

Y yo aún no me he dado cuenta de que te he enseñado a vivir despacio, a esquivar las balas, a respirar y pensar antes de hablar.

Que sólo somos héroes de backstage, de sonrisa frágil y esperanza trastocada, que hemos dejado que la imaginación nos juegue otra mala pasada, que nos hemos llenado de una ilusión que igual se acaba.

Sólo soy un poeta rancio incapaz de escribirte más de cuatro versos al día y encontrarte defectos.

Sólo eres la más bonita y profunda de mis heridas.

Si pierdo en esta huida sin final, si muero tras la partida, que sea contigo galopando en mi pecho.

¿Qué hacemos?

¿Qué hacemos con la rabia, con el dolor, con la impotencia?

Los transformamos. Los cambiamos hasta convertirlos en algo mejor, los dejamos atrás, avanzamos. Lo único que no se permite en esta vida es quedarse parado mirando cómo se pone el sol en el horizonte.

¿Qué hacemos con la tristeza, la melancolía, la nostalgia?

Las aprovechamos, nos servimos de ellas para reflexionar, nos tomamos nuestro tiempo, buscamos algo mejor. Lo único que no se permite en esta vida es regocijarse en el daño, en las lágrimas, en la angustia vital. Porque hay cosas que no sirven de nada, y lo que no sirve se deshecha. Y algunos se lo toman muy en serio hasta con las personas. No se puede ir por ahí produciendo heridas y dejando a los demás tirados en la cuneta. A las personas se les da la mano, hay que levantarlas, quitarles el polvo de los ojos y ayudarlas a caminar. A menos que no quieran, lo de empeñarse en salvar a otros cuando no están por la labor tampoco es la solución.

Lo de ir de héroes y heroínas se ha vuelto a poner de moda, lo de alzar el puño y gritar consignas por los demás, como si todos quisiéramos lo mismo. Y es que a veces no tomamos libertades que no tenemos, colgamos banderas, cantamos himnos y seguimos sin tener ni puta idea de nada.

Yo no quiero a nadie que lidere mi causa, que para algo sigo con la voz intacta y las ganas en el sitio.

Yo no necesito a nadie que me salve, que para algo soy capaz de nadar por mí mismo y buscar mi camino.

Pausa, cojamos aire.

¿Qué hacemos?

Primero nos tomamos una cerveza, nos besamos, y luego ya veremos que estoy harto de tantas cuestiones trascendentales.