Mes: junio 2017

Tierra, trágame.

No hay café en la despensa y vuelvo a tener sueño.

Creía que había olvidado el dolor, tus viejas fotografías, lo de idealizar los días contigo.

Y era mentira.

Tengo la extraña sensación de querer huir de ti y de querer quedarme a tu lado para siempre. La sensación perenne de poder cambiar el mundo sólo mirándote a los ojos y cogiendo tu mano, corriendo juntos en la misma dirección.

Está claro que a día de hoy seguimos viviendo de recuerdos, de falsas expectativas, tengo asumido que sólo hemos sido un par de fantasmas que han vagado sin pena ni gloria por los meses. Por esperarlo todo he acabado envuelto en sangre, con los huesos llenos de fisuras, el corazón roto y el alma lejos. Ni siquiera he sido capaz de anestesiarme por dentro para que todo me diera igual por fuera.

Quería que fueras mi brújula en este mapa lleno de sinsentidos y caminos absurdos y miraste hacia otro lado.

Quería que mis buenos días fueran para ti antes que para el despertador y miraste hacia otro lado.

Supongo que debí sospecharlo cuando gemías y después era yo el que quería abrazarte durante toda la noche.

Supongo que debería sospecharlo cuando sólo soy yo el que te necesita cuando acaba el día.

Hemos sido un par de idiotas jugando a ciegas con la baraja, y no tengo ningún as bajo la manga. He descubierto todas mis cartas, me he quedado sin trucos, y no ha sido suficiente. Ni mis ganas de ti, ni la sinceridad más absoluta, ni el enseñarte cada uno de mis sentimientos con nombre propio, ni querer quitarte el daño a golpe de besos matutinos.

Sólo tenía la intención de borrarte los días de lágrimas, quitar el ruido de fondo, cambiarle las pilas al mando de la tele.

Sólo quería llenar tu presente de respeto y comprensión.

Y a pesar de la lógica, de ver mi fracaso, de ser capaz de analizarlo todo con la mente fría, la auténtica certeza es que la única parte de mí que sigue intacta es ese resquicio de mi mente en el que sé que te quiero.

Tierra, trágame.

La metamorfosis sin Kafka.

Llevas toda tu vida siendo un gusano sin saber muy bien por qué, sin acabar de entender por qué a ti te ha tocado estar atrapado en ese cuerpo en el que no te reconoces. Miras al resto, los demás, que parecen contentos con ese papel de regalo con el que están envueltos y no eres capaz de comprender por qué a ti no te pasa igual.

Y entonces no te dejan jugar nunca más en el equipo masculino de fútbol sala porque eres una chica.

Vivir ha sido la peor forma de castigo para mí durante mucho tiempo, a pesar de haber sido capaz de pasear por las calles con una sonrisa, de disfrutar, de afrontar cada uno de los retos con los que me he tropezado y de superar los obstáculos sin demasiados problemas.

Aún hay gente que se ha atrevido a decir que tengo suerte (me cago en sus muelas, la verdad). Se nota que no han estado creyendo que eran algo horrible y abominable desde que en el colegio le dijeron que había cosas en la vida que eran pecado y que no estaban bien. Lo de hacer sentir culpable a un niño por algo de lo que no tiene la culpa es bastante monstruoso, por si no lo habéis pensado nunca, hijos de puta.

No, no he tenido suerte, y os voy a decir por qué.

Para empezar, me tocó nacer en un cuerpo con el que no me reconozco. Un cuerpo femenino que dista mucho de la imagen mental que tengo de mí mismo desde que soy consciente, y me tocó enfrentarme al mundo y a la vida con un handicap que se escapaba a mi escasa capacidad de maniobra con cinco o seis años.

Por otro lado, me ha tocado luchar contra una sociedad machista, retrógrada y homófoba (porque joder, es que seguimos teniendo el combo completo y quien diga lo contrario que se lo haga mirar). Escuchar desde la pubertad palabras como marimacho, insultos varios por mi forma de vestir, porque nunca había tenido una relación con ningún chico. La de veces que he tenido que callar, tragar saliva y lágrimas, y bajar la mirada. La de veces que he estado guardando la verdad, como si contarla fuera a romper la extraña burbuja de normalidad en la que vivía mi entorno.

La idea permanente de que yo podía sobrellevar esa carga, el sentirme culpable por haber nacido así, el no querer que nadie sufriera por mi culpa. Yo podía soportarlo porque estaba acostumbrado y, erróneamente, creí durante más de veinte años que ni mi familia ni mis amigos podrían entender cómo me sentía.

La realidad es que a pesar de todo algunas personas se han atrevido a salvarme, a acunarme en sus brazos, a desnudarme a base de palabras y besos en la frente, a reír conmigo cuando sólo quería llorar. Hay también quien ha dejado a un lado los prejuicios y se ha dejado llevar, quien ha roto moldes y paredes, quien se ha atrevido a besarme sin cerrar los ojos ni apagar la luz.

Algunos fueron más valientes de lo que yo mismo pretendía serlo y me empujaron poco a poco a salir del cascarón, a dejarme ser sin miedo.

Ahora se está rompiendo la crisálida, me está saliendo la sonrisa entre una barba que da la misma pena que la de un adolescente.

Rompo la jaula de mi propio cuerpo.

Nueva vida, nuevas páginas que compartir.

Y sí, ya sé que la metamorfosis no es lo mismo si no la cuenta Kafka pero, al contrario que Gregorio Samsa, estoy dejando de ser un insecto y un día voy a despertarme sin arrastrar ninguna cadena, le pese a quien le pese.

Sinceridad ante todo.

Sinceridad ante todo.

Puedo vivir sin ti pero ni me gusta ni quiero tener que hacerlo.

Y es que me gusta cuando ríes por algo que sólo tú entiendes.

Me gusta cuando te sonrojas por cómo te miro.

Sinceridad ante todo.

Y es que me gusta cuando haces como que algo te da igual pero en el fondo te importa.

Me gusta cuando cualquier cosa te saca de quicio.

Sinceridad ante todo.

Y es que me gusta que no lo tengas todo claro.

Me gusta cuando das un paso al frente y luego retrocedes.

Sinceridad ante todo.

Y es que te quiero.

Y eso, eso lo que más me gusta.

Sinceridad ante todo.

 

Fugitivos.

Tanta lluvia y nosotros sin salir a abrazarnos desnudos al balcón. Cuánto tiempo perdido en este mundo, cuántas oportunidades desperdiciadas, olvidadas debajo de la almohada. Aún no he conseguido despegar tu olor de mi piel después de una noche sudando juntos sobre las sábanas recién estrenadas. Aún no he conseguido elevar la vista hasta el cielo sin pensar en ti.

Hemos vuelto a destrozarlo todo desde la soledad de nuestra habitación, a arañarnos la espalda, a rompernos la cadera, a lamernos el hilo de las suturas. Hemos vuelto a hacer que los vecinos vengan a llamarnos a la puerta, hemos conseguido que se escandalice todo el edificio.

Y apenas nos da ya vergüenza, porque sabemos de memoria nuestras grietas.

Todavía no se han dado cuenta que nosotros dos somos un par de fugitivos que ven la vida pasar desde la ventanilla de su coche, que no tenemos claro el final pero sí que caminamos juntos, que no nos asustan las mareas, que nos podemos alimentar con besos y mañanas de verano. Todavía no se han dado cuenta de que no van a ganarnos ni las malas épocas, ni los días grises en los que la tristeza se nos cuela en cada una de nuestras articulaciones.

Y tú no te has dado cuenta de que me recompones todos los trozos sólo con un abrazo, que algunos de tus besos saben a Mediterráneo en calma, que tu risa me gusta más que la mayoría de canciones de cantautores españoles.

Y yo aún no me he dado cuenta de que te he enseñado a vivir despacio, a esquivar las balas, a respirar y pensar antes de hablar.

Que sólo somos héroes de backstage, de sonrisa frágil y esperanza trastocada, que hemos dejado que la imaginación nos juegue otra mala pasada, que nos hemos llenado de una ilusión que igual se acaba.

Sólo soy un poeta rancio incapaz de escribirte más de cuatro versos al día y encontrarte defectos.

Sólo eres la más bonita y profunda de mis heridas.

Si pierdo en esta huida sin final, si muero tras la partida, que sea contigo galopando en mi pecho.

¿Qué hacemos?

¿Qué hacemos con la rabia, con el dolor, con la impotencia?

Los transformamos. Los cambiamos hasta convertirlos en algo mejor, los dejamos atrás, avanzamos. Lo único que no se permite en esta vida es quedarse parado mirando cómo se pone el sol en el horizonte.

¿Qué hacemos con la tristeza, la melancolía, la nostalgia?

Las aprovechamos, nos servimos de ellas para reflexionar, nos tomamos nuestro tiempo, buscamos algo mejor. Lo único que no se permite en esta vida es regocijarse en el daño, en las lágrimas, en la angustia vital. Porque hay cosas que no sirven de nada, y lo que no sirve se deshecha. Y algunos se lo toman muy en serio hasta con las personas. No se puede ir por ahí produciendo heridas y dejando a los demás tirados en la cuneta. A las personas se les da la mano, hay que levantarlas, quitarles el polvo de los ojos y ayudarlas a caminar. A menos que no quieran, lo de empeñarse en salvar a otros cuando no están por la labor tampoco es la solución.

Lo de ir de héroes y heroínas se ha vuelto a poner de moda, lo de alzar el puño y gritar consignas por los demás, como si todos quisiéramos lo mismo. Y es que a veces no tomamos libertades que no tenemos, colgamos banderas, cantamos himnos y seguimos sin tener ni puta idea de nada.

Yo no quiero a nadie que lidere mi causa, que para algo sigo con la voz intacta y las ganas en el sitio.

Yo no necesito a nadie que me salve, que para algo soy capaz de nadar por mí mismo y buscar mi camino.

Pausa, cojamos aire.

¿Qué hacemos?

Primero nos tomamos una cerveza, nos besamos, y luego ya veremos que estoy harto de tantas cuestiones trascendentales.