Mes: septiembre 2017

Puntos suspensivos.

Hace tiempo que vago sin saber muy bien a dónde ir, sin saber si debo seguir mirando a los ojos o haciéndome pequeño entre las sábanas de mi cama. Sigo viendo el sol aparecer por la ventana y volver a esconderse sin haber salido de casa, encerrado entre cuatro paredes que se me caen encima porque ya no puedo sujetarlas en solitario. Sigo viendo la luna asomar, con sus cráteres, con su color plateado que invita a quitarse la ropa y transformarse.

Tengo un mapa frente a mis ojos lleno de zonas desiertas. He tachado con rotulador rojo todos los lugares en los que no estás. He hecho una equis donde sé que te encontraré y no coincide con la mía. He ido uniendo nuestra distancia con pequeños puntos y no estamos tan lejos como parece, sólo nos hacen falta más ganas para llegar a abrazarnos cualquier noche.

Nunca me he sentido tan humano como siendo vulnerable, cuando sé que te necesito para que el corazón lata tranquilo aunque me aceleres el pulso cada vez que asomas por la puerta. Es esa mezcla de nervios y calma con la que me llenas siempre la que me hace sentir vivo, y supongo que esa debe ser mi droga, lo que dispara mi adrenalina, lo que me mantiene aquí.

Nunca me he sentido tan humano como cuando he sentido tus labios contra mi piel y has suspirado contra mi cuello antes de cerrar los ojos, dándote por vencida. Y he vibrado en silencio, notando la paz en medio de la noche después de desatar huracanes y tormentas tropicales sobre el colchón.

El otoño va a aplastarme de nuevo, con sus nubes, con ese viento que despeina y que abre las chaquetas al cruzar la avenida. Lo bueno es que si tú quieres podemos compartir algo más que manta, café y películas. Me comprometo a susurrarte canciones, a cocinar entre semana, a dejar de escuchar a tristes cantautores, a dejarte dormir y no hacer ruido los sábados por la mañana. Prometo olvidarme del teléfono cuando te tenga delante, hacerte sonreír siempre que pueda, besarte despacio, abrirte la puerta y cederte el paso sólo si te apetece.

No me digas que vamos a quedarnos siendo sólo puntos suspensivos porque eso, de verdad, sólo puedo aceptarlo si es porque todavía no sabes cómo quieres que pase todo entre nosotros.

La primavera de mi otoño.

Algunas personas simplemente te hacen sentir bien, las ves, sonríes y sabes que da igual lo que pase porque estarás bien. Son esas mismas personas que te hacen sentir en casa cuando te encuentras con ellas después de meses o años y es como si el tiempo no hubiera pasado nunca entre vosotros, aunque ya no conozcas qué hace en su día a día ni a qué dedica sus horas libres.

Algunas personas te hacen las cosas fáciles, te acompañan en el camino aunque sea por un breve trayecto y hacen más sencillo todo lo que venga detrás. Hay quien te hace sentir bien con un corto abrazo, con una palmada en la espalda y una sonrisa, hay quien te infunde valor con un «vive» pronunciado a contraluz, o incluso en voz baja.

Deberíamos saber distinguir a quién queremos a nuestro lado, lo que necesitamos de verdad. Deberíamos ser capaces de elegir con quien compartir nuestras vidas. La verdad es que conformarse ya no está de moda. Conformarse es de una cobardía insultante. Por suerte, podemos decidir cambiar de vida y retirar a más de un replicante obsoleto, que se pasa el día junto a nosotros, está al alcance de la mano.

Lo que nos pasa, lo que nos pase, está a cargo de nuestras decisiones. No sirve de nada quejarse cuando tú mismo eres la llave para abrir otras puertas. Lo que es un sinsentido es que pudiendo hacerlo todo nos quedemos sin hacer nada.

Y es ahora cuando llega septiembre, cuando tenemos que plantearnos los cambios y decir adiós a algunas cosas y saludar a las que vengan con ganas. Es ahora cuando tenemos que enfrentarnos a las verdades sin dejar de mirarlas a los ojos, sin dejar de vernos las caras.

Y yo te miro y me pregunto si vas a ser la primavera de mi otoño, si vas a llenarlo todo de flores mientras se caen las hojas de los árboles, si vas a pintar de color todo el gris de mi alma, si vas a apagar mi fuego con tu saliva, si vas a soplar para apagar velas y llevarte mis lágrimas.

Me pregunto si vamos a dejarnos de tanto drama, de tanta despedida a medias, de tanto soltarnos la mano al doblar la esquina.

Sigo sin respuestas y creo que no voy a saberlo nunca.

Te espero, tienes el café humeando sobre la mesa.

Los últimos días del verano o agua sobre fuego.

Los últimos días del verano son para mí los más tristes del año, me llenan de una extraña melancolía que no sé explicar muy bien con palabras, y tampoco soy capaz de darle sentido. No sé si es porque siempre veo un otoño lleno de hojas por el suelo con mi corazón pisoteado. Es una sensación compleja, llena de matices a los que no soy capaz de ponerle nombre.

Quizá todo se deba a que el sol comienza a caer antes entre los edificios o porque deben empezar de nuevo todos los ciclos, y yo no tengo objetivos claros. Estoy bailando en el vacío sin ningún pasamanos al que sujetarme para no caer. Estoy jugando solo a la pelota otra vez. Estoy mirando por la ventana con nostalgia, esperando algo que no llega. Estoy deseando otro disparo certero en forma de te quiero.

Y es que parece que ya he dado todo lo que podía dar de mí mismo y no me quedan fuerzas ni para caminar, ni para sonreír, ni para abrir los ojos por la mañana y tener ganas de apagar el despertador.

No soy capaz de ponerle banda sonora a estos meses y también es triste, y me desconcierta.

Creo que vuelvo a estar más perdido que nunca ahora que creía haber encontrado el camino. Vuelvo a encerrarme en mí mismo, a hacerme pequeño, a llenarme de miedos, a quedarme callado, a no dormir por las noches, a sufrir más de lo que debería, a preocuparme por todo. Y escapa absolutamente a mi control, me miro las manos y siento que ya no puedo dominar nada, ni a mí mismo.

Pensaba que había llegado a la cima y sólo tenía que darle la vuelta al papel para ver que estoy de nuevo en el abismo, que he caído y no quiero levantarme, que voy a dejar que duela todo lo que tenga que doler porque no puedo curarme ya.

Y tú eras la calma para mí, agua sobre fuego, la sábana que me protegía de Eolo por la noche, el bálsamo que hacía que el alcohol en las heridas no escociera, el sabor dulce en el paladar.

Y ahora qué.

Todo estará bien.

Aunque te pierda, aunque me pierda.

Todo estará bien.

Dicen que si repites mucho algo al final se hace realidad.

Pero creo que conmigo no funciona.

Todo estará bien.

Mi sangre sobre el suelo y yo empapado en lágrimas que no quiero.

Loco.

Querer a alguien nunca había sido tan fácil para mí.

Lo complicado es todo lo demás.

La gente me llama loco por seguir aquí, sobre el nivel del agua, aunque me llegue al cuello. La gente me llama loco por no haberme rendido todavía pero es que no sé hacerlo, no puedo cuando sé de sobra que algo vale la pena.

Y claro que soy un loco porque lo contrario es ser aburrido, y lo cierto es que me dan igual cien camisas de fuerza y las pastillas para dormir y dejarme sin conciencia. Sé que aunque me encerraran en una habitación sin ventanas seguiría recordando tu nombre cuando me dejaran ver la luz del sol. Sé que recordaría tus ojos en cualquier habitación, atado a la cama, llorando en silencio.

Claro que soy un loco porque creo en el amor, y en ti, y en que algunos días las nubes se van y el sol sólo brilla por nosotros.

Creo que la cordura mata al mundo, la cordura mata las emociones, la cordura acaba matando lo extraordinario que hay dentro de nosotros. Y es eso mismo, nuestra parte rara y diferente lo que nos hace únicos, lo que nos hace especiales, lo que hace que se nos iluminen los ojos cuando hablamos de una canción, un recuerdo, un libro que nos gusta o recitamos un poema que sabemos de memoria. Es esa locura la que nos hace estar vivos y respirar con ganas, reír con una explosión de alegría, compartir lo único que realmente podemos compartir, que es la vida.

Podéis seguir siendo muñecos de ojos apagados, marionetas que se dejan llevar por lo que dicen los periódicos y los iluminados de turno.

Podéis apagar vuestras conciencias viendo la telebasura y leyendo los best-sellers de los anuncios de televisión.

Podéis dejaros controlar por la tecnología y el qué dirán, y toda esta sociedad intoxicada que nos rodea en cada momento.

Yo prefiero seguir intentando salirme del círculo, enamorarme más de ti cada día, saber apreciar la lluvia que vendrá en otoño, el olor a tostadas quemándose otra mañana más.

Prefiero seguir siendo un loco.

Náufragos en el s. XXI

A mí me da la risa cuando veo que el mundo sigue girando y que yo giro con él, porque pensaba que no me iba a levantar jamás de algunos golpes, que no iba a olvidar nunca algunas palabras y lo he hecho. Mírame, muy a tu pesar, sigo vivo. Tengo el Universo sobre mi cabeza cada noche y el suelo bajo mis pies.

Y, a pesar de todo, estoy lleno de esperanza. O medio lleno, siempre me queda un rescoldo de gris y cenizas, de melancolía intrínseca, añoranza, nostalgia, noches de tristeza inabarcable.

Sigue rugiendo el mar, llorando el viento, riendo la brisa, danzando las hojas, fluyendo los ríos. Todavía recuerdo hacer nudos marineros y cogerte la mano para correr los días de verano entre los escasos coches que circulan por la ciudad. Todavía recuerdo beber contigo y que al día siguiente me doliera todo el cuerpo. Todavía recuerdo sudar en la misma cama y ahuyentar las malas sensaciones con un beso húmedo. Todavía recuerdo el miedo al primer desnudo contigo, la inseguridad del primer te quiero en la bendita oscuridad.

He oído historias de algunos lugares lejanos, de esos que tú y yo no hemos visitado jamás. Historias de grandes ciudades venidas a menos, de amores eternos que se acabaron por culpa de dioses estrictos, de hombres y mujeres valientes que murieron en las guerras más absurdas, de tesoros escondidos en las cuevas más recónditas, de tumbas sin nombre y monumentos en ruinas.

He leído tu futuro en las estrellas y es mejor de lo que piensas, y yo estaré tan lejos que cuando pronuncien mi nombre no recordarás quién era, ni que te gustaba acurrucarte junto a mí, ni que cerrabas los ojos y disfrutabas de la calma conmigo.

He leído tu futuro y no recordarás nada.

Y yo seguiré bebiendo, escribiendo en folios en sucio imaginando lo que pudo haber sido y se quedó en el camino, lamentándome siempre en medio de un banco del parque, machacándome los nudillos contra cualquier pared maltratada del barrio, viendo a los niños jugar sintiéndome cada vez más viejo y solo.

He leído tu futuro y yo no estoy en él.

Pero aquí sigo, y estoy perdido y me muero de frío.

Contigo acabo siempre siendo un náufrago de mi propio corazón.

Rescátame esta vez. Te lo pido.