La Dama blanca (I).

La escena debía ser curiosa, Patrick Thomas Barker corría raudo y veloz por las calles de la ciudad, sorteando a la gente, disculpándose cada vez que cortaba el paso a alguien o que chocaba de manera involuntaria con comerciantes, transportistas o transeúntes. Perseguía a un sospechoso y lo único que rebotaba entre las paredes duras y gruesas de su cráneo era la idea de pillarlo para que pudiera pagar por lo que había hecho. Tenía suerte de no ser demasiado corpulento y estar en forma, más por genética que por haberse dedicado a cultivar el cuerpo durante los casi cincuenta años que cumpliría en unos meses.

Barker había tenido lo que podría considerarse una vida típica, de esas que acaba con el protagonista fuera del cuerpo de policía de la ciudad, por no atender a las órdenes de los superiores y meter la pata hasta el fondo. Acabó reconvertido en detective privado, uno de tantos que intenta ganarse los cuartos como puede, en uno uno de esos intentos que tiene el karma de compensar los errores que se van sembrando con el paso de los años. Al menos ahora su nombre estaba pegado en el cristal de una puerta, en el tercer piso de un edificio ruinoso no muy lejos del Barrio Chino, y había conseguido colgar un cartel desde la pequeña ventana que daba a la calle donde podía leerse: Detective Privado. El lugar hacía a la vez de casa y oficina, pero le servía. Al menos, así podía prepararse un café mientras esperaba que alguien llamara a la puerta buscando sus servicios. Y eso, casi nunca sucedía. Puede que por eso en el momento en que Oliver Johnson apareció aporreando la madera y desesperado accedió al encargo sin pensar demasiado en lo que podría suponer, o a dónde podría llevarle aquella búsqueda.

Doscientos dólares.

Doscientos dólares tenían la culpa de todo.

El detective debía encontrar al ladrón de una de las joyas más importantes de la familia Johnson. La Dama blanca. Un collar de plata con un gran diamante en forma de lágrima, que estaba engarzado y rodeado de otros pequeños diamantes. Los Johnson eran una de las familias con más tradición de la comarca, y una de las que más tierras e ingresos tenían en el país. El hijo mayor del viejo Oliver Johnson acudió a él para que la noticia no se filtrara a la prensa y aquel escándalo les estallara en la calle. La gente de dinero siempre piensa en la reputación porque es lo único que les importa, lo que les mantiene arriba, justo donde les gusta estar. Justo donde creen que deben estar.

La dama blanca. Patrick Barker no era capaz de calcular el verdadero valor de aquella joya. Había estado investigando desde el encargo y no había nadie que se hubiera atrevido a ponerle precio en voz alta. La familia la custodiaba como si fuera un tesoro nacional en la mansión Johnson, a las afueras de la ciudad, a la que se accedía por uno de los grandes viejos caminos del condado que había sido recientemente adecuado para el paso de vehículos. La joya formaba parte de la herencia familiar desde que Archibald Oswald Johnson, el abuelo del actual patriarca Johnson, se lo había regalado a su esposa, Helen Gwendoline Johnson, en el décimo aniversario de su matrimonio. Aquella fiesta salió publicada en los diarios locales, con grandes fotografías que mostraban la reliquia en primera plana.

Pero volvamos a la escena, Patrick Thomas Barker recorría las aceras de una de las principales arterias de la ciudad como si la vida le fuera en ello, y es que en parte le iba. Se sentía como un león tras una gacela, sólo tenía ojos para aquel hombre que a pesar de los minutos que llevaban dejándose los pulmones atrás mientras pateaban con fuerza el suelo, había mantenido la dignidad intacta y ni siquiera había perdido el sombrero. Ni un solo tropiezo ni una doble pirueta para tratar de escapar. El detective sentía que la respiración quemaba dentro de su caja torácica y estaba convencido de que en cualquier momento, en lugar de aire, saldría fuego por su boca. De ese modo sería más sencillo detener a Timothy Rand, conocido como Timmy, el búho. Le llamaban así desde hace la adolescencia por culpa, obviamente, de sus ojos, unos ojos del color de la miel, redondos y demasiado grandes para la cara afilada que tenía. Era imposible no fijarse en su mirada una vez lo tenías en frente. Como los búhos, parecía que podía verlo todo, también se decía que era capaz de mirar y adivinar hasta lo más profundo de uno mismo, por eso el detective estaba aliviado de observarlo de espaldas.

Barker gimoteó al pasar cerca de una farola, en un cruce de calles, mientras intentaba que sus piernas no desfallecieran durante la persecución. Si el Búho se le escapaba, probablemente no pudiera alcanzarlo de nuevo, y entonces su investigación se iría al traste, así como las posibilidades de encontrar La Dama blanca antes de que la vendieran en el mercado negro y le perdieran el rastro para siempre. Timmy desvío la trayectoria, al esquivar un adoquín que se encontraba algo suelto en medio de la calle y el detective aprovechó ese ligero cambio de dirección para tratar de abalanzarse sobre el ratero y atraparlo por fin.

Justo en ese instante, un automóvil que giraba en su dirección les golpeó de lleno, dejando a su paso una nube negra y un cuerpo tendido sobre la calle.

Continuará.

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