Hablar o callar.

La noche se reía en forma de escarcha sobre los coches y las calles. Nosotros ya nos habíamos besado en todos los portales desde el bar hasta mi casa como si fuéramos adolescentes que descubren de un momento a otro el placer de dos cuerpos dándose calor y besos en una madrugada furtiva, como si acabáramos de estrenarnos. No era la primera vez, ni la segunda, ni la tercera, habíamos adoptado con gusto la manía de querernos a escondidas.

Lo que no tenía claro del todo era si sería la última.

Con ella pocas cosas me quedaban claras.

Nos mirábamos siempre en silencio, sin atrevernos a decir nada, con el miedo comprensible del que teme hablar mucho o poco, ser inadecuado, demasiado precavido o ir más rápido de lo que las circunstancias son capaces de aguantar.

Nos dedicábamos a mantener la calma de forma aparente, a avivar la llama a diario, a no pensar más de la cuenta, a abrir las alas y dejarnos llevar con el primer soplo de aire que se colara entre los edificios del barrio.

La tibieza del hogar nos envolvió tras cruzar el dintel de la puerta sosteniendo al otro entre los brazos, clavándonos los dientes en el cuello, tanteándonos el alma todavía con la ropa puesta.

Ella tiene eso que hace que nunca se apaguen las ganas, y no hablo de sus curvas, ni de su cuerpo casi perfecto, hablo de unos labios y de todas sus miradas. Hablo de su risa calentándome las entrañas. Porque tiene eso que me hace todavía perder la cabeza como si acabara de descubrirla, y que me haría jurarle amor eterno si quisiera escucharme.

Nos enredamos una vez más bajo las sábanas, dejando los grados bajo cero muy lejos de las ventanas de la habitación.

Nos enredamos como se enredan dos amantes que no entierran el hacha de guerra por no perder la batalla.

Le diría que la quiero mientras aún respira sobre mi pecho, que estaría a su lado cada día mientras me quedaran fuerzas y años por delante, que la besaría en pleno enfado y ataque de rabia, que la abrazaría cada vez que las lágrimas quisieran asomarse a sus ojos, que la perdonaría siempre, que la entendería cada vez más.

Y probablemente mejor.

Le habría dicho todo lo que soy incapaz de decirle cada vez que la tengo entre las manos y respiramos el mismo aliento.

Pero me callé.

Me callé muchas cosas.

Opté por abrazarla después de corrernos y quedarme dormido.

De la rutina y el siglo XVIII.

Si no fuera por Esquilache saldría en estas noches de frío húmedo con capa larga y chambergo a la calle, para ocultar una daga española y un estoque, y un rostro más envejecido por la tristeza que por el hambre.

A veces me gustaría que la luz blanca de las farolas fueran sólo candiles, y que el asfalto fuera sustituido por adoquines y los coches por caballos y carros, y el sonido de las herraduras nos despertara por las mañanas en lugar del ruido del camión de la basura en la madrugada. Me gustaría que el bar chino de la esquina fuera una taberna, en la que sirvieran vino tinto en cuencos de madera gastada y tuvieran guisos calientes a diario que nos calentaran el estómago en invierno.

Y que las únicas heridas que tuvieran que dolerme fueran las cicatrices hechas por mosquetes y navajas de faja.

Lo que pasa es que la mayor parte de los días me acabo despertando de golpe en el sofá, con dolor de espalda y encogido del frío porque me he quitado la manta sin darme cuenta. Me duelen la cabeza y los ojos, el comedor huele a cerveza y un par de blisters empezados dejan pastillas desperdigadas por la mesa.

Sólo suspiro y miro al techo durante unos minutos en los que me hago consciente del mundo, de mi respiración y de la situación.

Y me resigno a prepararme un café, a darme una ducha sin ganas, y a sentarme frente a unos apuntes llenos de añadidos hechos a boli que me aburren cada vez más.

Supongo que algún día cambiaré de rutina, dejaré de estudiar por el día y de llorarte por las noches.

O no, porque sólo sigo queriendo que vengas.

 

Suite no. 1

Todo podría ser de otra manera.

La vida que tenemos.

El dinero que marca nuestra cuenta bancaria.

Los sentimientos que nacen y se mueren.

El tiempo.

El lugar en el que nacemos.

Nuestra familia.

Los grupos que nos gustan.

La cantidad de libros que llenan nuestras estanterías.

La comida que hay en la nevera.

La ropa sucia dentro de la cesta.

Los días que llevan las sábanas sin cambiar.

Nuestro currículum.

La ciudad en la que vivimos.

Los seres que se han ido.

La suite no.1 de Bach para violoncello que podría estar en otra tonalidad en lugar de en sol mayor, en do menor, por ejemplo, o en la bemol o en re sostenido mayor.

Pero no.

Las cosas son así por alguna razón.

El problema viene en el hecho de que se nos escapa el motivo último por el que nuestra historia sigue un camino y no otro a pesar de creer que tomamos las decisiones más acertadas.

Si queríamos ir por el camino más rápido y al final estamos en medio de esta encrucijada llena de opciones y destinos, sin saber muy bien qué hacer con nosotros ni con los demás.

A algunos la vida nos empuja a tragar fango, a romper huesos, a llorar lejos.

A algunos la vida nos obliga a no tener opción, a tener que asumir la pérdida de sangre diaria, a mirar al cielo únicamente cuando ya no deslumbra el sol, a pasar frío en la cama porque esta se queda demasiado grande cuando estás solo.

Y has llegado tú a sonreírme, y a querer acariciarme la nuca con tus dedos finos, y a mirarme con esos ojos claros que me desconciertan si me cruzo con tus pupilas.

Y da igual, porque yo estoy pensando en otras manos y otros ojos, y otra boca.

Y te beso y sólo siento cenizas en la garganta alzando el vuelo por culpa del viento, y el crujido de las hojas de los árboles en el suelo dentro del pecho, y la piel fría de tu espalda desnuda me recuerda al mármol de las esculturas griegas y me convierte en piedra.

Y tengo que pedirte perdón antes de que te vayas a casa con El Libro del Desasosiego en tu bolso.

Y pienso que podríamos ser perfectos y que todo podría ser de otra manera.

Pero las cosas son así por alguna razón.

Regalos y carbón.

Hablar es fácil.

Al final únicamente consiste en elegir palabras, colocarlas una detrás de otra, y darles cierto sentido para que el receptor entienda nuestro mensaje.

Hablar es tan sencillo como efímero, y muchas veces lo que decimos se evapora con el primer soplo de aire del día, con el último aliento de la noche.

Salen tantos vocablos de nuestras bocas de los que después nos arrepentimos, frases que al pensarlas de nuevo cambiaríamos por completo, letras que pondríamos en otros lugares. Se nos llena la garganta de verbos, adjetivos, nombres y adverbios de todo tipo, y después nos quedamos parados.

Somos mucho de decir y poco de hacer.

De quejarnos más que de solucionar problemas.

Siempre he tratado de ser honesto conmigo mismo y con el resto, y por eso la conciencia baila en calma cuando mi cabeza roza la almohada, aunque tenga el pecho destrozado y la coraza no me deje respirar.

Hablar es tan sencillo que permite no comprometerte con nada, pasar de puntillas por las promesas y los juramentos que pronuncias.

Hablar es tan fácil que ya no puedo creerme tus palabras, ni tus te echo de menos, ni tus te necesito, ni tus te quiero.

Porque yo he sido más de acción que de oración, más de hacer que de esperar sentado, más de demostrar con gestos todo aquello que grito y pronuncio que de quedarme parado mientras la gente y el tiempo pasan a mi alrededor.

Un día esperé a que soplara el viento y corregí las velas, y agarré el timón.

Y me fui alejando, dejando atrás tierra firme, besos, abrazos y más de una canción.

Y ni siquiera preparaste tus alas, esas que cosimos juntos a tu espalda, ni miraste en mi dirección.

Hablar es fácil, sólo espero que un día aprendas a volar de verdad.

El único regalo que quería no puedo tenerlo.

“Quién iba a decir que sin carbón no hay reyes magos.”

Los felices años 20.

Un año más que acaba y otro que empieza a bostezar para esperarnos al otro lado.

Los años veinte se preparan para recibirnos con sus mejores galas.

Los finales son tristes casi siempre, nos entra el sentimiento de añoranza de los momentos buenos, de los viajes, las risas, las nuevas experiencias, los nuevos miembros de la familia, los que ahora dejan huecos en las entrañas y las sillas.

Los finales también tienen esa capacidad de obligarnos a hacer balance, de mirar hacia atrás y desechar todo lo malo, quitarnos de encima algunos pesos muertos que nos quieren arrastrar y mantener atados. Piedras que nos hunden en las profundidades.

Yo creía que este año lo recibiríamos juntos, riéndonos mientras nadie se acaba las uvas a tiempo, mientras alguien llora de la risa sin poder darle un trago al champagne, mientras nos estampamos un beso en los labios tan fugaz como sereno.

Yo creía que este año habría magia el día de año nuevo, y dormiríamos en la misma cama, y apoyarías tus pies helados entre mis piernas, y buscarías el hueco de mi cuello como excusa para quedarnos bajo las mantas cinco minutos más, y así evitar la resaca y las voces de los demás.

Mirarte a los ojos, arder en llamas por dentro, volver a luchar por ti casi hasta la muerte, y que no haya sitio para las dudas, ni la niebla.

Siempre serás mi principio y mi fin.

Los finales nos encogen el corazón, en una maniobra casi suicida, para expandirlo por completo de nuevo.

Y volver a empezar.

Y que el final feliz llegue algún día.

Contigo nunca he tenido prisa.

Los fantasmas de la Navidad.

Otra vez.

Vuelve una semana llena de comidas y cenas, con más bebida de la que muchas relaciones personales son capaces de soportar, con más opiniones no pedidas sobre las vidas de los demás de las que nadie necesita. Con todo tipo de familiares señalando cambios en tu peso, preguntando sobre tu estado civil, nombrando a tu ex, cuestionando tu trabajo, tus estudios, tus decisiones.

La Navidad sólo es un punto señalado en rojo en el calendario porque se supone que todos debemos ser felices, solidarios y sonreír aunque no queramos al menos una vez al año; en caso contrario tan solo eres un ogro  que quiere arruinar las fiestas de los demás.

La Navidad también puede ser quedarse en el sofá y que nadie te moleste en un par de días, rodearte de libros, música y cerveza y no necesitarse más que a uno mismo.

La Navidad también puede ser trabajar para que otros no tengan que hacerlo.

La Navidad también puede ser mandarlo todo a la mierda e irte lejos.

O visitar el cementerio y renovar las flores porque hoy sí le echas de menos.

O mirar sus fotos porque ya no te queda nada más.

El fantasma de las Navidades pasadas ha venido a verme y me ha señalado cada una de mis equivocaciones, todos los errores que me han hecho llegar hasta aquí. Casi sonriendo me ha arrastrado hasta la silla, colocándome delante de un escritorio lleno de folios escritos, con frases tachadas, con todos los colores señalando las mismas palabras.

El fantasma de las Navidades presentes me ha señalado con el dedo, le he visto traspasarme el corazón con sus manos etéreas con la misma facilidad que lo atraviesan tus palabras. Me ha dado un pañuelo y una botella llena, y se ha esfumado.

El fantasma de las Navidades futuras ha hablado y su voz ha resonado con fuerza en las paredes y la reverberación ha hecho que su voz grave permaneciera un tiempo rodeándome:

Imagina que te atreves de verdad y todo sale bien.

He despertado en la cama sin entender nada.

Otra vez.

Regreso al futuro.

Hay silencio y palabras escritas pero ya nadie nos recuerda.

No existimos más que por el dolor que queda y nos adormece las manos.

No existimos más que por el nudo en el pecho y el tic en el ojo, y el rictus serio que se ha dibujado en nuestros rostros después de todo.

Tenía tan claro que llegaría el futuro contigo, tanto como quien tiene claro que el sol saldrá todas las mañanas aunque su corazón deje de latir un día, tanto como quien sabe que la sangre mancha el mantel y las camisas.

Pero siempre tiene que llegar la decepción para recordarnos que estamos vivos, para despertarnos todos los sentidos, para romper la cáscara y dejar que nos golpeemos contra el suelo.

Yo no hago más que pensar y viajan hasta mí:

Fechas.

Aromas.

Palabras.

Besos.

Lecturas.

Canciones.

Enfados.

Mentiras.

Perdones.

Abrazos.

Razones.

Y los libros con tu firma que tengo en la estantería.

Yo no hago más que contar mis errores cometidos, no hago más que recordar tu risa tibia una mañana cualquiera de invierno, lo frías que tienes siempre las manos, lo poco que te gusta escuchar los sermones de los demás y que no te puede faltar el café solo con el primer cigarro del día.

No hay consuelo ni tras la escarcha ni tras el fuego.

Ni en otros labios, sexos, ojos.

Ni en otras casas.

Por eso regreso siempre al futuro en el que nos tenemos, y tú te levantas siempre antes que yo para ducharte y me das un beso en la frente apenas consciente. El beso en la frente del que se preocupa siempre y cuida, y quiere proteger al otro de todo lo malo que hay en el mundo y fuera de él. Exactamente lo que yo pensé después de la primera botella de vino que compartimos solos.

Por eso, regreso siempre al futuro en el que nos tenemos y nunca más nos perdemos.

Y sonrío con la idea mientras me seco las lágrimas.