Tragaluz (Parte 15)

Pepa. Primer piso, puerta 3.

“Las leía para aprender lo que debía pensar, no para pensar por mí misma.” – Tara Westover.

Era de noche, y pese haber estado un buen rato al teléfono con Carmen (mi tarotista de confianza) nada me calmaba, aquella tos no me dejaba tranquila. Solo era tos, me repetía como un mantra, ni fiebre, ni nada, solo tos. Aún así todo se me echaba encima, los nervios, los recuerdos y la ansiedad.

Decidí salir a la calle, me puse un abrigo de lana y sentí como su peso me envolvía igual que un abrazo amigo. Quince días sin ver a mis amigas del club de lectura… no es que fuéramos íntimas, pero resultaban un soplo de aire fresco.

Ellas todo el día mandándose mensajitos por teléfono y leyendo un libro en formato electrónico, porque claro algo que tuviésemos todas en casa ¡pues un ebook!, pero la antigua de Pepa no tiene ni ebook, ni móvil, ni internet, ni nada de nada. Así que se queda sola y amargada, encerrada en su casa.

Bajé con sumo cuidado las escaleras, menos mal que vivía en un primero, mis rodillas no eran lo que fueron antaño. Cuando atravesé el portal y sentí el aire de la noche acariciándome la cara, casi se me saltaron las lágrimas. Anduve con cuidado, casi arrastrando las pantuflas por los adoquines, en esta finca las ventanas tenían ojos. Cuando estuve lo suficientemente lejos alcé la vista. Las luces del ático estaban encendidas.

¿Qué hará la escritora despierta a estas horas? Supongo que lo que hacemos todo el mundo en esta época de aislamiento, sobrevivir… Mierda, la yonki, qué repelús me da, aunque también me da un poco de pena, desde que se marcharon sus hijas parece más alterada.

Decidí esperar a que pasara de largo. Estaba tan colocada que ni si quiera se dio cuenta de mi presencia, hablaba para si misma y repetía: “joder, Paquita”.

Ay, Paquita, ¿qué has hecho ahora?

A la mañana siguiente me dolía el culo de pasar tantas horas sentada en el sofá. La casa se me echaba encima. Sentía como las paredes, llenas de recuerdos, acechaban y amenazaban con estrangularme poco a poco. Me levanté, harta de la programación alarmista que echaban por la tele, ya podrían haber echado el tarot por la mañana, ¿no querían teletrabajo?

Solo deseaba salir de casa, aunque perteneciera al famoso “grupo de riesgo”. Recuerdo como mis ojos se desviaban sin yo pretenderlo hacia el reloj colgado en la pared de la cocina y contaba las horas para que llegase la noche. No había manera, el tiempo aquella mañana transcurría más lento que de costumbre.

Qué aburrimiento. Debería haberme instalado el internet ese cuando las chicas del club de lectura me lo dijeron, ellas hablando por mensajitos todo el día y yo aquí, más aburrida que una ostra. O internet, o un perro para bajarlo a la calle a pasear, es la excusa perfecta. Cuando esto acabe o me instalo internet o me compro un perro. Qué ilusa soy, si esto acaba…

“Pepa, que ilusa eres”, su voz aguda y alegre, como la de un pajarillo, me vino de golpe a la mente, y yo que estaba andando en círculos por el salón del piso, me paré en seco y disfruté ese instante de melancolía.

Siempre me había costado estar en casa desde que mi mujer falleció. Llevábamos casadas casi diez años, de novias más de treinta, cuando todavía nos miraban mal por la calle por ir juntas de la mano y nos gritaban groserías… qué vergüenza pasaba yo. Pero ella, me cogía de la mano con más fuerza todavía y me decía “qué les den Pepa, anda y qué les den”. A veces hasta me plantaba un beso delante de la gente y marchábamos corriendo entre risas.

Recordaba la risa de Miranda envolviendo las paredes de la casa, solo quedaban fotografías y su vieja bata de enfermera colgada en mi armario. Nunca fui capaz de tirarla a la basura. Lo peor fue verla marchitar en aquel cuarto pequeño que daba al deslunado de la finca, hasta para eso fue generosa, no quería morirse en nuestra cama. En aquel entonces todavía me dolía entrar a aquel cuarto.

Miré de nuevo el reloj, otra vez, sin quererlo. Ni si quieran eran las 12 del medio día.

¿Y si cojo la baraja del tarot y le echo las cartas a algún vecino? La modelo joven parece simpática, o Ezequiel, el chico de enfrente, aunque no acaba de gustarme ese perro que tiene. Mejor me quedo sola y luego subo a ver a la ornitóloga a ver si le apetece que le eche las cartas a alguna de sus cacatúas.

Acepté que ningún vecino me iba a entrar a sus pisos y me dirigí a la mesita del salón para echar las cartas a algún vecino, aunque no estuviese presente, como si jugara al solitario. Dispuse las cartas y me imaginé que era una tarotista y que mi clienta era Paquita. A ella le hacía falta que le echaran las cartas desde luego. Me levanté para adoptar el rol de Paquita y le di la vuelta a la primera carta.

La carta de La Torre, la encarnación de lo complicado y el conflicto, una carta que significa amenaza. Entonces escuché los ladridos del perro de Ezequiel y gritos que provenían de las ventanas del deslunado de la finca. Fui corriendo hacia la ventana que daba al patio interior, me asomé con la trágica carta en la mano y vi el cuerpo inerte de Paquita tendido en el suelo. La muerte la alcanzó antes que la advertencia.

Escrito por Blanca Boscá.

Twitter: @letrasydelia

Instagram: @letrasadayin

Tragaluz (Parte 14)

Emilio Medina. Tercer piso, puerta 9.

Me cago en el bicho este que nos va a matar a todos. Con esto de estar encerrado en casa, nunca me había sentido tan solo, tan apartado de todo. Es verdad que puedes estar rodeado de gente y sentirte solo. Pero ese no era mi caso antes de todo este lío, gracias a mi tabernita La Manuela. Mientras mi Valentina hacía la casa yo me bajaba a echarme una copilla o un café… Ay, Valentina… Cojo el marco con su foto que tengo siempre encima de la mesita del salón. Ay, Valentina, su pelo canoso, sus ojos verdes que deslumbran como el sol de primavera… La observo y es como si mi mirada y la suya se fusionaran. Ay, Valentina, el mundo se está volviendo loco, se está acabando. Me acuerdo de cuando nos poníamos a adivinar películas y refranes en la Ruleta de la Suerte, veíamos los toros en la tarde mientras nos comíamos un buen bocata de chorizo de orza… Ay, Valentina, la mujer que más he amado, hace ya 10 años que me dejaste solo.

Hostias, no me quedan pastillas de esas rosas. No sé ni para qué me las estoy tomando, si voy a caer al hoyo con esto del “coranovirus”. Joder, esto es peor que el fumar, eh, y eso que en mis tiempos mozos me fumaba cajas y cajas de cigarros al día. Qué enfermo estaba. Cada mañana me da un impulso terrible de bajarme a La Manuela y, con una mano, coger el periódico que está encima de la barra con la tinta medio corrida de estar encima de los restos de cerveza y, con la otra, mi cafecico. Echo de menos a Gabriela, dichoso momento en que Manuela la contrató nada más llegar de Venezuela. Es verme entrar por la puerta y: “¡Hombre, Emilio! Cuánto tiempo sin pasarte por aquí, ¡ya te vale!” (ella siempre tan irónica), y acto seguido ya tengo mi café cortado con sacarina en la barra. Con la galletita al lado de la cucharilla, que no falte.

¿Pero qué me está pasando? Nunca he sido yo de ponerme tan nostálgico. ¡Lo que hace que uno pare el piloto automático! Vivimos sin pensar, sin presenciar ni valorar los pequeños placeres; y cuando te los quitan, te sientes vacío. Añoro el olor a fritanga. Ese que se incrusta hasta el alma. Pero es que, qué ricos están esos boquerones fritos con la cañita antes de comer. Aunque lo que realmente echo en falta estos días es a ella, junto a ese aparato lleno de luces y colores y el sonido de las monedas precipitándose una detrás de otra. Su pelo canoso pero bien ahogado en laca, y sus ojos verdes como la perla de ese anillo que le regaló su marido. Siempre me cuenta la misma historia del anillo, se repite como el ajo, pero me encanta escuchar su voz.

Maldito anillo, es que no se me va de la cabeza. Esto de estar encerrado en casa todo el día me está llevando quebraderos de cabeza. Ahora mismo solo me apetece echarme una buena copa de pacharán. A tomar por culo. Inclino la cabeza hacia arriba para mirar a través de mis lentes, giro la muñeca y miro mi reloj de piel que me regaló mi hijo Sebas cuando éramos padre e hijo, cuando aún vivía su madre. Ahora no sé ni quién es, ni quién soy. Siempre he creído que era de segunda mano, pero lo que importa es la intención. O eso dicen. Pero, Emilio, dónde vas, que son las 11 de la mañana aún… Qué cojones, ya me he cansado de normas. Tanto virus, tanta policía, tanta tontería. Para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Cojo mi copa preferida y me echo un buen chorro de pacharán. Meto un sorbo y relamo hasta la última mínima gota que se posa en mi labio superior.

Es que es precioso, debió de valer un dineral. Si es que, cómo se va a fijar en alguien como yo, con lo viejo y pobre que soy. Cada vez que me cuenta su historia de amor, algo me remueve por dentro. ¿Qué hago mal? A veces subo a visitarla a su casa, cojo una silla de la mesa del comedor y me pongo junto a su mecedora mientras escuchamos “Solo te pido” de Manolo Escobar. Sé que es su favorita. O simplemente estamos en silencio. Encontrar a alguien con quien saber estar en silencio es muy difícil, joder, muy difícil. Necesito verla y estar con ella.

Bueno, vamos a ver mundo. Me echo otra copa. Un poquito más, que la de antes estaba floja. Cojo el mando de la televisión lleno de polvo y le doy al botón rojo de la esquina superior izquierda. ¿Quién ha bajado esto? No se oye na’. Subo, subo, subo, subo y subo el volumen. Ahoooora. La 1, “coronavirus”. La 2, “multas de hasta 600.000€”. La 3, “estado de alarma”. La 4, “papel higiénico”. ¿Pero qué está pasando? ¿Es que uno no puede ya ni ver la televisión, o qué?

Me cago en el bicho este y en la mierda de vecinos que tengo. Todo se haría más fácil si te sintieses al menos querido por tus compañeros de edificio. Pero no, son todos unos hipócritas de mierda. Te saludan con cara de angelito y luego te la clavan. Siempre que me ven con Paquita me miran raro. Si no, díselo a la del Julián. Lo que está es amargada y necesita un cambio de aires. O si no la del ático o la Raquel… como unas cabras, COMO UNAS CABRAS. Un bicho de esos no le vendría mal a ninguno. Venga, me bebo el culillo y me echo otra. Menos mal que tengo a Ezequiel, es para mí como un hijo. Siempre se preocupa por cómo estoy, si necesito algo… Menos me quiere su perro, que siempre me gruñe cuando le intento acariciar. ¿Cómo se llamaba, profesor Mozart? Sí, creo que era así. Profesor Mozart.

Hostias, ¿en qué momento se ha acabado la botella? Uf, mi cabeza, me da vueltas todo *hip*. Tengo muchísimo calor… Lo de la “Creta” esa va a ser verdad, sí. Qué graciosillo me pongo. Intento levantarme. Ay, qué mayor se hace uno… Voy a abrir la ventana a ver si entra algo de aire y me despejo *hip*. Agarro la manivela y tiro hacia arriba.

Cierro los ojos y me da todo vueltas, como si estuviese en una atracción de esas en las que se suben los chiquillos. Uf, qué gusto el aire fresco, la libertad. Noto cómo el aire enfría las gotas de sudor que se deslizan por mi frente *hip*. Uf, he bebido de más… Es por eso que es el momento. No puedo más con esta situación. ¿Qué hora es? Intento focalizar la vista como puedo en mi reloj de segunda mano y veo que ya es casi medio día. La quiero demasiado. Es momento de hacer lo que debí hacer hace ya mucho tiempo. Cada uno lo expresa a su manera.

Ay, Paquita.

Escrito por María Fernández.

Twitter e Instagram: @maferrrsa

Tragaluz (Parte 13)

Eugenio, segundo piso, puerta 5.

XIV

“Algún día decidirás abrir tu corazón y tocar el piano, y no lo harás para que tu madre sea feliz, ni tampoco para que yo sea feliz. Lo harás para ti, porque la música y el amor te colmarán de alegría” 

La última canción

No sé qué coño habrá sido ese ruido en el patio interior. – ¡Joder! se pasan todo el día haciendo ruido; cuando no es la tele, son las escaleras, cuando no, el perro.  O la del tercero con los niños con el “ponte algo, que te vas a costipar”, o los niños con ella con su “mamaaaaaa, que mira lo que diceee”, o los niños entre ellos. ¿Por qué no se podrán quedar los niños callados? ¿Por qué no se podrán quedar los niños quietos?

Mira que lo digo siempre ¿Sabes por qué no tengo animales? Porque los animales se mueven. Y está el bloque este lleno de ellos, de los de cuatro y de los de dos patas. Y un olor a gato que espanta.

Vale, reconozco que estoy pasando unos días muy alterado. Con todo esto del encierro es cierto que estoy más irascible y me molesta todo mucho más. Yo no sé si estará todo el mundo así, pero hay que tener en cuenta que llevo casi una semana más que el resto. Yo lo vi venir. Y cuanto todavía estaban con la cantinela de que era sólo una gripe, o que el gobierno nos quería controlar, que no había que preocuparse, que sólo afectaba a los viejos o los enfermos yo ya empecé a lavarme las manos, a evitar a la gente, a sentarme en el asiento más improbable de ser elegido en el transporte público, a abrir las puertas sujetando donde no sujeta nadie. Y cuando llegaron las primeras muertes decidí quedarme en casa incluso antes de que lo dijera ningún gobierno. Y ahora me vienen a mí, esos, los mismos que antes me llamaban paranoico, los mismos que estaban de cañas riéndose de la gripe, me vienen con el apostolado de todas las cosas que dice el gobierno que hay que hacer. ¡Que ya lo sabemos! ¡Que se sabe desde hace tiempo! Que sois vosotros los que no habéis querido verlo. Y ahora actuáis con la histeria del converso.

Bueno, hay estudios que establecen una relación entre inteligencia y longevidad, entre otras cosas porque nosotros tenemos más cuidado, somos más precavidos y nos cuidamos más. Eso, el autocuidado. Otra palabra nueva. A lo mejor se la han inventado para enseñar a la gente que se tiene que cuidar. Por eso yo lo vi y otros no.

Y ahora va el del primero y baja al perro con mascarilla y con guantes. Ahora. ¿Y para qué quieres los guantes? ¿Qué vas a tocar que no sea la correa que ya has tenido en casa o la mierda de tu perro?

De todas formas, oye, que lo pensé el otro día y quería haberme acercado el otro día a la puerta 8, aquí, en mi mismo rellano, a preguntarle a la de los pájaros, Yaiza creo que se llama, si el virus podía tener una relación con estos. Porque nos están contando historias de que si se contagia antes de tener síntomas, que si por contacto, aerosoles o no sé qué. Pero todavía no nos han dicho al cienporcien de qué animal viene. Que podría ser que nos lo estén trayendo las palomas.

Pues entonces a Alicia le queda poco. ¡Pobre mujer! Aunque no creo que le importe mucho, quizás si le pilla por la tarde ya esté lo suficientemente borracha como para no darse cuenta.

O los gatos. También pudiera ser que fueran los gatos los transmisores de la enfermedad. ¡Si están por todos los sitios! Y además comen pájaros. La del cuarto, que tiene gatos, además es científica. ¿Y si es algo que se ha traído pegado en la bata y lo han cogido los gatos y, como se escapan de casa cuando quieren, lo han repartido por ahí? Algo sospechará la pocacosa esa de la veterinaria, que bien que ella no tiene bichos.

Ay, que no, ¡tengo que dejar de obsesionarme! Hubiera empezado aquí y no en China. Pero es que, de verdad, ya no sabe uno ni qué pensar.

Si al menos tuviera a mi madre conmigo… O no, porque así tendría que preocuparme el doble. ¡Lo que la echo de menos! Y ya sé que todos tenemos muertos, pero desde que se fue no he vuelto a levantar cabeza. No he podido volver a tocar. Total, ¿para qué? Ninguno de los que lo oirían en este portal van a ser capaces de valorarlo ni apreciarlo.

Si lo pienso un poco, en realidad lo siento como un fracaso. Uno más. Otro. Después del tiempo invertido en perfeccionar cada una de las piezas, después de todas las clases, horas de ensayo dedicados, sacrificios de mi madre… Un fracaso, como en todo lo demás. Podría haber hecho, en teoría, lo que hubiera querido. Eso me decían, pero nunca fui capaz de decidirme por una u otra cosa, ni de centrarme, ni de apasionarme por algo que hubiera supuesto una carrera provechosa, una vida normal, como la que tienen la mayoría de mis vecinos. ¡Hasta la puta parece estar más satisfecha con su vida que yo!

Al final, me dejé llevar por la música sólo porque era en ella donde encontraba la paz.

Quizás, con ayuda, podría volver a tocarlo. Como antes. Pero con todo el alboroto que hay en el patio, no sé si podría disfrutarlo. ¿Pero qué estarán haciendo? ¿A qué viene ese jaleo? ¿porqué suenan gritos por el patio? ¿Porqué están tantas cabezas asomando por las ventanas?

No puede ser…

Escrito por: @Hombredebaj

Tragaluz (Parte 12)

Raquel. Primer piso, puerta 4.

“La vida sería trágica si no fuera graciosa”

Stephen Hawking

Ya hay que ser hijos de puta para estar montando jaleo a estas horas de la mañana. Vivo rodeada de gentuza, eso está más que claro. Y luego, sus miraditas que creen que no les veo pero que les veo de sobra, cuando creen que no las siento pero que siento de sobra. Y sus cuchicheos cada vez que entro y salgo del portal. Y cómo se separan cuando de pronto, cuando ya me tienen más que harta, me doy media vuelta y les grito.

–¿Qué pasa, queréis una hostia, pringaos?—Me flipa ver cómo se paralizan. Parecen estatuas de sal. Si les soplo, seguro que desaparecen. Cómo no voy a reírme pensando en eso. Si es que me sacan de quicio.

Uffff… estoy destrozada, necesito un chute. Tengo que tener algo por aquí cerca, en la mesita de noche dejé medio gramo ayer al volver a casa, antes de meterme en la cama. O eso creo. La verdad que mis escapadas nocturnas no están siendo nada complicadas, y es que quien hizo la ley, hizo la trampa. Y siempre hay tramposos dispuestos a saltársela a cambio de algo. Menudos cerdos. Así que yo cumplo con la cuarentena durante el día, y me largo cada noche a hurtadillas mientras la ciudad pasa del miedo y la angustia al sueño. Cuando he llegado esta madrugada, me he encontrado una nota pegada en mi puerta. “Ándate con ojo, zorra”. La he tirado directamente a la basura. Esto es cosa de alguno de los vecinos, que seguro que han descubierto que estoy enganchada a la toma de la comunidad. Que les jodan. Esto no hubiese pasado si la familia no se hubiese desentendido de mí. Ahora, que apechuguen. ¿Pero qué hora es, que no dejan de gritar?.

Son una panda de capullos. No me olvido del día que cumplí 27, hace exactamente… bueno, el tiempo que sea. Últimamente he perdido la noción del tiempo, aún más.. De regalo, se presentaron aquí los de menores y me aporrearon la puerta hasta casi tirarla abajo. Tuve que levantarme como pude, con una resaca del demonio, y ver cómo se me llevaban a Jesi y a Lidia. Que no soy buena madre, dicen las asistentas esas de mierda. Malditas sean ellas y todos sus antepasados. Y los míos. Los míos más. Y todo el vecindario en la calle, viéndolas marchar, con sus miradas que no hablaban pero que me juzgaban y sentenciaban mala madre. Mis pequeñas. Juro que cualquier día me llevo a todo dios por delante.

—¿Queréis dejar de hacer ruido de una vez?—.

Lo único bueno de este encierro es que no he vuelto a verlos más. Ni al pringao del perro, ni a las locas esas de los gatos, que hay unas cuantas, ni a los tres enanos con su odiosa familia perfecta, ni a los gemelos repelentes, ni a ese tipo raro que toca el piano, ni a la de los pájaros que ojalá se la coman un día todos juntos a picotazos, ni al americano ese por el que babean solteras y casadas, ni a ese otro que cada vez que nos cruzábamos me daba la sensación de que estaba imaginando alguna especie de tortura extraña para mí. Buah, ojalá el virus los pille a todos y se los lleve al otro barrio. Y que de viaje, se pase por los servicios sociales y los liquide a ellos también. Eso sí me haría feliz. Casi tanto como este par de rayas. Sabía que lo había dejado por aquí. En cuanto me relaje, echo un ojo a ver por qué tanto revuelo.

Tranquila, Raquel, que ya está.

La única vecina decente es Paquita, la del quinto. Siempre me ha caído bien. Sabe que estoy jodida, pero no me juzga. Cuántas veces me ha metido bajo la ducha, cuando ya no podía más con la vida, y luego me ha traído croquetas para las niñas y una copita de anís para ella y para mí. Ayer sin ir más lejos, me prestó 50 pavos para que pudiese salir a pillar.

—Prométeme que cuando pase todo ésto, vas a ingresar en un centro a curarte—, me dijo mirándome a los ojos mientras en su salón sonaba Manolo Escobar.

—Que sí, que sí, que lo que usted diga, Paquita—, le dije yo, sin mucha intención de cumplir ninguna promesa.

—Ale, marcha, pequeña, que nos vas a meter en un lío a ambas como nos vean juntas—, y se quedó rumiando, “…ay madre mía. Con lo buena chica que era de cría. Qué malas son las drogas. Qué pena de vida…”, y yo salí corriendo para que no me viese llorar.

—¡PODÉIS CALLAROS DE UNA VEZ, MALDITOS TARADOS!—vocifero mientras salgo de la cama arrastrándome y levanto con rabia la persiana de la habitación. El sol entra de golpe haciéndome cerrar los ojos con fuerza. Joder, igual no es tan pronto. Echo un vistazo al reloj despertador, que  marca las 12:07 h. Ya no sé ni en qué hora vivo. Abro la ventana con la intención de seguir disparando insultos, pero el grito se me queda atravesado en la garganta al verla estrellada contra el suelo.

Ay, Paquita. Qué te han hecho. Ahora sí que estoy completamente sola.

Hostia.

Joder.

Mierda.

Escrito por Grace Klimt.

Twitter: @GraceKlimt

Tragaluz (Parte 11)

Rómulo Descalzo, cuarto piso, puerta 13.

“Es más difícil no envidiar a un amigo feliz, que ser generoso con un amigo en desgracia”

Alberto Moravia.

Dieciseis días. Su puta madre, esto no hay quien lo aguante.

He tenido tiempo suficiente para ordenar los muebles de forma geométrica, centrar todos los cuadros de la casa con escuadra y cartabón. Hasta los brazos de las figuritas de Lladró señalan el polo norte magnético de la tierra y todavía sigo dándole vueltas al mismo tema, ¿me podré follar algún día a la vecina del catorce?

No suele hacerme caso pero creo que es para disimular que le gusto, porque lo cierto es que siempre me ha mirado raro, no solo las veces que subía borracho, que lo entiendo, si no las que coincidíamos en el ascensor después de trabajar o bajando la basura. Esa mirada pícara, pedir sal a altas horas de la noche recibiéndome en pijama, que por cierto, ¡me cago en todo! cómo le queda a la cabrona. Yo creo que sí, seguro que le gusto. Por otro lado, no sé por qué acumula tanto gato, espero que no me de alergia.

Tengo la nevera medio vacía, el humificador de puros con apenas dos Cohiba Behike, un Romeo y Julieta robusto y una pequeña caja de Partagas mini que me regaló la zorra de mi ex novia el día que me dejó por mi primo Paco, para que él no volviera a fumar, porque le jodía demasiado el olor a humo. Y yo que pensaba que era el regalo por nuestro octavo mes, qué iluso. Aun así, necesito salir a la calle a comprar algo de alcohol. No creo que esta incertidumbre pueda soportarla un minuto más estando sereno.

No se oye nada en la escalera, es el momento. ¡Hija de puta!, otra vez el felpudo doblado, yo creo que lo hace a propósito y me observa con mirada lasciva por la mirilla cuando me acerco a colocarlo rectecito, como a mí me gusta. Noto un extraño perfume a laca, seguro que Paquita se excedió de nuevo, emocionada mientras escucha a Manolo Escobar y pensó en que salía a la verbena del pueblo.

—Vaya panda de tarados.

Nadie por aquí, nadie por allá. Vamos, seguro que en el Mercadona estará todo el puto mundo que no se ve en la calle. Yo creo que ni por necesidad ni hostias, la gente baja al supermercado porque necesita el contacto humano, si no, cómo se explica el hecho de comprar tanto papel del culo. Es para disimular y relacionarse, que no entiendo el por qué si luego siempre estamos hablando mal unos de otros. Nos merecemos la extinción. Jódete meteorito, por llegar tantas veces tarde que te va a ganar un microscópico bicho chino.

De todo lo que hay en los estantes del supermercado me quedo con dos botellas de Macallan Rubí, un ron Dictador 16 y cerveza para un mes, creo que con esto aguanto el fin de semana. Mierda las pipas, ¿también se han acabado las putas pipas? Y veo a una mujer, ¡jajajajajajaaja la jodida esa!, ¿qué cojones va hacer con 200 natillas y 100 yogures? En serio que lo merecemos, lo de la extinción digo.

¡Puta vida!, setecientos cincuenta pavos sin romper nada y la tarjeta temblando, como no empecemos pronto a producir habrá que robar.

Mira qué bien, pienso al ver que el ascensor ni se ha movido de la planta baja. Vamos para casa antes de que Ezequiel me vea la cerveza y se apunte.

¿Qué ha sido ese ruido? ¿un portazo? ¿un golpe?

—¡Corre para adentro que no pintas nada fuera! — murmuro para mis adentros.

Seguro que se están volviendo a pelear, es lo que tiene tantos días encerrados, me parece que la psicóloga esa de la puerta diecisiete se estará forrando estos días. Cuántas veces estuve a punto de pedirle ayuda, pero mira con esa mirada de superioridad por encima de las gafas, siempre como si te escrudiñara el alma en busca de tu tara. Pues sí, lo admito, la tengo ¿y qué? Voy a pillarme una cogorza de tres pares de cojones, hasta que sea capaz de volverla a llamar sin que me tiemblen los pantalones.

No sé qué es esa escandalera, pero me están jodiendo el trago de whisky y este delicioso habano.

Ya verás que están de lío la bollera y su novia con Ezequiel, que se mete en todos los “saraos”, como se ponga choni la pastillera y empiece a gritar también ya tenemos movida para rato.

Si no soy un puto cotilla ¿por qué me acerco al deslunado?

—¿Pero qué cojones?

No puede ser cierto, Paquita. Vamos, no me jodas, que la vieja chocha la ha palmado. Ahora sí lo tengo claro para follar con Patricia, seguro que hay movida hasta después de la cuarentena.

Rómulo, tal y como pueden ponerse las cosas, date una ducha, lávate la boca para no oler a puto borracho de antro, cierra el pestillo de la puerta y hazte el muerto, esta movida no va contigo. Si este puto virus no acaba con nosotros, acabaremos nosotros mismos.

Escrito por Dani Martín.

Twitter: @DescalzoRomulo

Tragaluz (Parte 10)

Miguel. Tercer piso, puerta 12.

DOMINGO, 29 DE MARZO DE 2020

11:45 a.m.

CASA (OTRO DÍA MÁS…)

Anoche me quedé dormido sin querer y por eso no escribí en el diario. Creo que, más que por cansancio, me quedé dormido de puro aburrimiento. Hoy hace 16 días desde que Pedro Sánchez se asomó a los televisores de toda España para contarnos que no le quedaba más remedio que decretar el estado de alarma. Suena apocalíptico, ¿eh? “Estado de alarma”, “pandemia”, “cuarentena” … Yo, que siempre he sido muy fan de las novelas y pelis de ciencia ficción, nunca pensé que acabaría viviendo en una. Aunque, bueno, para ser una peli o un libro, debería ser más emocionante… No sé, más a lo Ensayo sobre la ceguera, Doce Monos o Aniquilación. Seguro que el prota de una novela distópica tendría algo más interesante que contar que “ayer estuve seis horas tirado en el sofá, luego hice una videollamada con mis colegas y terminé el día viendo cuatro capítulos seguidos de Westworld”.  A mamá le hace gracia que Andrés y yo no paremos de quejarnos de esta situación. Aunque no sé si “gracia” es la palabra adecuada. Creo que ya no le parece tan buena idea habernos hecho venir de Santander y Salamanca, porque desde que hemos llegado nos pasamos los días discutiendo (eso de que todos los gemelos tienen una conexión especial no es más que un mito, nosotros nos hemos llevado como el perro y el gato desde que éramos niños). Dice que somos unos agonías, que en realidad no hay tanta diferencia entre lo que hacemos siempre en vacaciones y lo que estamos haciendo ahora, durante esta cuarentena obligada. Y puede que tenga razón en el caso de Andrés, que es más ermitaño que Luke Skywalker en las pelis nuevas de Star Wars. Pero yo no soy así: yo necesito salir, ir a tomarme algo con quien se deje convencer, correr un rato por el parque, abrazar a la gente. Es verdad que por fuera somos un calco perfecto del otro, pero es un coñazo que, solo por eso, Andrés y yo siempre vayamos en pack. Eso me recuerda al pack de yogures que utilicé como excusa ayer para bajar al Mercadona y poder dar más de 11 pasos seguidos en línea recta (sí, he contado cuántos pasos hay de una punta del pasillo a la otra… y también de la cocina al comedor [solo 5]… y del baño de papá y mamá al nuestro [unos 9]…). Ahora no nos queda otra que buscarnos las mañas para poder rapiñar un poco de aire fresco. Mamá y papá siempre salían a dar paseos juntos, y ahora tienen que recurrir a trucos varios: cada dos o tres días hacen como que van al cajero, o a la panadería, o incluso a la iglesia (ellos, que nunca habían pisado una excepto para funerales o bodas), y así aprovechan para darse una vuelta por la calle (cada uno en una acera distinta, claro, lo tienen todo bien atado). Pero creo que hasta eso se les va a acabar pronto: hay rumores de que el Gobierno está a punto de prohibir cualquier desplazamiento que no vaya acompañado de autorización. A Andrés se le está yendo un poco la olla. Ahora le ha dado por salir cada mañana al portal y subir y bajar corriendo todas las escaleras del edificio unas cuantas veces, desde el cero hasta el ático. Debe tener contentos a los vecinos… Ya se le han quejado Raquel, la yonqui del primero (aunque no sé quién es ella para criticar a nadie, si es la persona más irresponsable del edificio y su vida es un desastre, sobre todo desde que le quitaron a sus hijas), y María Antonia, la de al lado, que decía que le estaba revolucionando a los críos con tanto ruido por el portal, y que luego no había quien los calmara. Los hijos de María Antonia, como Andrés y yo, también son gemelos. Me enteré hace poco. Pobres chavales… creo que no hay nada peor en la vida que tener que convivir con alguien que todo el mundo asume que es tu clon, pero al que en realidad no te pareces en nada. Las comparaciones son una mierda. Mira que es casualidad que dos pares de gemelos vivamos puerta con puerta… Aunque, ahora que me paro a pensarlo bien, creo que en realidad no hay nadie normal en todo el edificio. Me gustaba más hace unos años, cuando Andrés y yo éramos peques y todos los vecinos nos adoraban (sobre todo a mí, que siempre estaba dispuesto a hacerles alguna carantoña o gracieta). De aquella época solo quedan Emilio y Paquita; el resto de los inquilinos actuales son una panda de resentidos y desquiciados. A veces creo que se matarían entre ellos si pudieran. Hablando de Emilio, el pobre se ha ido desmejorando bastante con los años, especialmente a raíz de la muerte de Valentina. Y lo mismo le ha pasado a Paquita desde que le falta su Manolo… Creo que los dos se sienten muy solos. Siempre he pensado que harían buena pareja… ¡Igual alguno de los dos podría mudarse al piso del otro, y así estarían acompañados! Bueno, cuando acabe todo el lío este del dichoso coronavirus, claro… Si es que acaba algún día. A mí ya se me ha olvidado cómo era mi vida antes de esto. No sé, no me imaginaba así mi primer año en la universidad. Pero bueno, por lo menos he conseguido pasar unos meses lejos de Andrés. Que, por cierto, hoy está tardando más que de costumbre en volver del portal… seguro que le está cayendo otra bronca (era raro que Alicia, la señora amargada del ático, no hubiera refunfuñado todav

 

10:20 p.m.

Menuda locura de día. Al final va a resultar que sí que vivo en una novela, sí, pero no de ciencia ficción, sino negra. Esta mañana, mientras estaba escribiendo aquí, mi madre me ha empezado a llamar a voz en grito. No he podido ni acabar la frase que estaba escribiendo. “¡¡Miguel, Miguel, que se ha matao Paquita!! ¿Dónde está tu hermano?”. Y yo qué narices iba a saber, mamá. Ni que fuéramos siameses. Me he levantado corriendo a ver si era verdad lo que decía mi madre. Y ahí estaba Paquita, la misma Paquita que me vio crecer, que ayudó en todo lo que pudo a mi madre cuando Andrés y yo éramos bebes. Pero ya no era Paquita. Era un cuerpo sin vida tirado en el suelo del patio interior, con las piernas y los brazos en posiciones extrañas y un charco de sangre cada vez más grande rodeándole la cabeza. Nunca voy a olvidar esa imagen. Un poco más allá, cómo no, estaba su monedero rosa, ese del que nunca se separaba. Al rato han venido unos cuantos policías. Creo que han estado interrogando a algunos vecinos.  Varios dicen que Paquita “no se ha matado”, que se la ha cargado alguien. Yo ya no sé qué pensar… Andrés estaba en el portal cuando ha pasado, así que quizás haya visto algo. Pero, para una vez que quiero hablar con él, está aún más asocial que de costumbre. Se ha encerrado en la habitación desde entonces y no le ha dicho nada a nadie. Puto Andrés, siempre dando por culo…

Escrito por Ami Aberdeen.

Twitter e Instagram: @ami_aberdeen

Tragaluz (Parte 9)

Srta. Alma.  –  Quinto Piso, puerta 19.

“Ellos se ríen de mí por ser diferente, yo me río de ellos por ser iguales”.

Kurt Cobain.

No sé qué me daba más pena, si ver cómo casi todos los vecinos rechazaban sus tuppers llenos de comida, o los días que hacía que no la veía por no poder aceptarlos yo.

Le dije a Paquita que tenía una intolerancia, que no podía comer cualquier cosa. No podía permitirme el seguir atiborrándome a delicias calóricas si quería que te fijaras en mí… ¡Ay, Jack! Tú no eres como los demás. Mírales, asomados casi todos, recelosos.

Paquita me dijo que si no podía hacerme sonreír con sus deliciosas croquetas, tenía otra cosita que seguro me iba a hacer levitar de verdad.

¿Más? ¿Me notó en las nubes desde que te conozco? Dijo que ya me traería algunas cosas, no me dijo qué, no me dijo cuándo, y ahora mírala, hay un montón de sangre dibujando un fin macabro…

Imagino que la ausencia de Emilio es normal, está tan sordo que no ha debido enterarse de nada. Pobre cuando se entere… ¡Veremos a ver si no le da un infarto y se va al otro barrio! Ni el coronavirus ni el colesterol de los bocatas que se ha metido siempre en el bar… Mal de amores, un corazón parado en seco. Creo que me pasaría lo mismo si hubieses sido tú. Tú, ajeno a todo esto…

Parece que a Mari no le pilla de sorpresa… tu amigo Ezequiel siempre escondido tras su Canon, inmortalizando cada detalle morboso… María Antonia y su semblante, siempre asqueroso…

Raquel, sin embargo parece afectada, tiene siempre esa mirada dispersa pero es la única que nunca ha rechazado a Paquita. Sigo sin entender por qué hace lo que hace cada noche, ¿se cree que nadie más va a darse cuenta? ¿No tiene bastante perdiendo a sus hijas?

Menuda panda de egoístas, de cotillas, de simples. Siempre con sus miradas altivas, creyéndose el ombligo del mundo, sin ningún tipo de empatía por lo que ocurre en mundo.

Ay, Paquita…

¿Hablarán todos bien de ella ahora que ha muerto? Cuando siempre se han reído de su forma de vestir, de su forma de ser, de su forma de sentir. Tan pendientes de su vida que no se dignaron nunca a observarla por dentro. Ella siempre tan dicharachera, tan única, con la tele a todo volumen para escucharla desde la cocina, donde cocinaba para todos para no sentirse tan solita. De acuerdo, sí, era un poco estrambótica, y siempre caminaba rápido y como a hurtadillas, mirando hacia atrás. Últimamente se la notaba nerviosa… pero no más que a mí.

Desde que empezó este encierro obligado hago cosas brillantes, e idiotas, constantemente. Me pseudoenamoro de recuerdos, contigo. Imagino encuentros que me alegran el día, contigo. Veo esta imagen esperpéntica cinco pisos más abajo y recuerdo aquella película de Carmen Saura en una comunidad de vecinos y me doy cuenta de que quiero volver a verla, contigo.

Hay días que me arañan las entrañas. Mañanas que despierto en sudor tras las pesadillas. Esos momentos en los que me descubro haciendo cosas que no recuerdo haber comenzado y ya no sé si es que me evado, me ausento o me estoy desquiciando.

Esta mañana no recuerdo haberme despertado. He vuelto a mí tras un portazo en la casa de al lado. Y todavía ando aturdida, pero perfectamente vestida. Como siempre, desde aquella vez juntos bajando por la escalera. Me caí detrás de ti, un piso más arriba y tu mirada que siempre me intimida corrió preocupada a mi encuentro. Apenas cruzamos dos frases cordiales y sin embargo, desde ese día, un sinfín de señales me conectan a ti, y ya no sé si son fantasías…

Este aislamiento va a terminar volviéndome aún más loca. No sé qué me pasa, ¿dónde voy cuando me ausento? Solo sé que me canso de esta rutina, enciendo la música y me evado cada vez más lejos.

Me hacen llorar canciones a deshora. Y me olvido de contestar mensajes importantes. ¡Ya no sé cómo pedirle a mi psicóloga que deje de incordiarme! Me aíslo de todo desde que siento que mi mundo eres tú… Me miento. Me arrepiento. Me hago mil preguntas. Me veo en el espejo, y me fijo en las arrugas que nacen. Me agobia el tiempo. Me frustran errores incorregibles. Me siento triste muchas veces y solo quiero que acabe este encierro, para volver a encontrarme contigo, atreverme a presentarme y sentir tus dos besos… ¡Y aaarrrggggg! Diles que se callen Jack, ¡van a volverme loca!

Todos expectantes, todos gritando, todos mirando y tú, balanceando esos hielos en tu copa, con esa mirada imperturbable, tienes tus ojos fijos en mí. Y a mí ni siquiera me ha dado tiempo a percibir si voy bien conjuntada para ti.

Me debato entre el sexto sentido, el común, que también yace muerto. Si entro a llamar a la policía perderé tus ojos de vista…

Oh I hope to be holding you son. Who knows what happens if I leave my room…”

Canta Keaton Henson en mi reproductor. Y sonríes, y sonrío, y Paquita se desangra en el piso.

Sé que tú también ves en mí algo que nadie más ve, sé que te gusto por rara, como tú a mí. ¿Qué escondes? Siempre tan frío, tan ausente, tan escondido… y desde hace días haciendo ruido, con las ventanas abiertas, paseando por si te miro, brevemente, escurridizo. ¿Qué tramas? ¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo conmigo?

Mírales de nuevo a todos, llevo años sabiéndolo todo de todos y ellos tan poco de mí… Yo y mi poder de observación.

¿Tú no te extrañas como los demás, de que esta veterinaria no viva con ningún animal?

Escrito por Estefanía Toro.

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