Categoría: Relatos

Qué verano tan raro.

Qué verano tan raro nos espera, lleno de abrazos y sonrisas. Lleno de historias por completar, fotografías con filtros y tranquilidad.

Yo no sabía que alcanzaría el punto de no retorno, el de no echar de menos la soledad, el de buscar un abrazo sin prisa al llegar a casa, el de tener un colchón por si caigo de nuevo al suelo. Había pensado que la paz interna era una meta inalcanzable, había imaginado de manera casi permanente que era para otros pero nunca para mí.

Y de pronto te miré con cristales nuevos.

Y vi con claridad.

Después de mucha oscuridad y miedo, después de que los demonios hubieran hecho el agosto conmigo y mis entrañas, he llegado al páramo claro donde puedo sentarme a observar el paisaje sin tener en cuenta el reloj, sin pensar en el paso del tiempo, sin que importe que me crezcan las canas y me mengüen los huesos.

Ahora consigo llenar por completo los pulmones de aire, sin que nada me pese, sin que nada sobre ni falte.

Ahora me preocupa poco el mañana porque tengo presente, y no me atemoriza lo que sea que tenga que venir, ni cómo venga, porque tengo fuerzas a pesar de que ya no llevo ningún tipo de armadura y se ha caído mi máscara de Pantaleone.

Ahora sólo voy cargado con la libreta y mil bolígrafos, y la música sonando siempre dentro del pecho, y sus pasos a mi lado.

Qué verano tan raro, con más besos y menos trabas.

Qué verano tan raro, sin dolor ni lamentos.

A mí que soy hijo del invierno y el frío, empieza a gustarme el calor que has hecho crecer y que empieza a deshacerme por dentro.

La Atlántida.

No sabría decir por qué de pronto todo ha cambiado de color y el gris de los días se ha ido difuminando, comenzando a anunciar la primavera fuera y dentro de casa. Debe ser cosa del mes de marzo, que a veces trae cosas buenas.

Parece que las nubes se van despejando poco a poco, y llega nueva música para ponernos el alma del revés.

Parece que, ahora, podemos estirarnos y sacar las patas fuera de las jaulas, y olisquear el aire en busca de emociones nuevas que nos permitan salir corriendo, con todo, sin necesidad de ponernos armadura porque no vamos a hacernos daño.

Es tan raro, soltar lastre y que no sean necesarias las protecciones, ni las armas, ni el temor ante cada nuevo paso, ante cada revés del día a día. Y es tan importante volver a casa y sentirse seguro, saberse a refugio, poder desnudarse delante de los ojos del otro y no avergonzarse de nada, ni siquiera del pasado que ha dejado merma en todos nosotros.

Era todo tan complicado y se ha convertido en algo sencillo.

Besarle frente al espejo, observarle en silencio mientras va a por una cerveza a la nevera, que me coja de la mano cuando menos lo espero, que acaricie mis cicatrices como si fueran tesoros perdidos, mirar en sus ojos y reconocer, al fondo, el latido más ancestral del mundo.

La Atlántida era esto, encontrarla a ella.

Una isla perfecta en un mar de gente.

¿Cómo iba a saber que la paz era posible?

¿Cómo iba a saber que la paz era posible?

¿Cómo?

Si siempre he estado muerto de miedo porque me habían herido con armas de guerra, con mentiras bañadas en plomo que me habían destrozado las entrañas.

¿Cómo iba a saber que respirar sin dolor era posible?

¿Cómo?

Si llegaban las noches y sólo había dudas para las que sabía con plena certeza que no encontraría respuestas.

Y ahora todo es dejarse llevar y sonreír tranquilo, y encontrar su respiración en medio de la madrugada, y un beso sin máscaras después de escuchar el sonido del despertador.

¿Cómo iba a saber que se podía esperar sin ser impaciente?

¿Cómo?

Si siempre había tenido pánico a perder algo que ni tan sólo era mío, y ahora no es necesario poseer nada.

Ahora permanece el sentimiento de tranquilidad y el bienestar, las miradas cómplices entre el silencio, las risas mientras chocan los cascos de cerveza, el chocolate en la comisura de los labios.

Ahora no hay guerra que ganar porque ya hemos vencido saltando juntos, de la mano, sorteando charcos, esquivando niños y perros en el parque.

¿Cómo iba a saber que construir el futuro era posible?

Si siempre había estado tan pendiente de no pisar donde no toca mientras observaba el pasado con nostalgia, esperando que la gente fuera distinta a lo que es en realidad.

Ahora que empiezo a saber voy a pedirme perdón, a quitarme la condena, a apagar las voces de los demonios y a dejar de mirar a nada que no sea ella.

Hemisferios.

Los días pasan tan rápido, y sin que nada pase, que ya trato de apreciarlo todo como si fuera la primera vez que mis ojos son capaces de captarlo.

El placer de las cosas nuevas.

De los inicios.

El comienzo de las sensaciones jugando y removiéndolo todo en el estómago, y lo que no es el estómago.

Las mariposas baten tan fuertes sus alas en mi bajo hemisferio que no quiero pensar lo que estará sucediendo en la otra punta del mundo por mi culpa.

O por la tuya.

Siendo tan complejos, a veces no entiendo cómo podemos ser tan básicos, que los instintos lo gobiernen todo.

El odio, la rabia, la lujuria, e incluso el amor en ocasiones.

Ahora nos derretimos, como se derriten los polos por culpa del cambio climático.

Y acabaremos olvidándonos, como se olvida al final a cualquier persona que ha estado alguna vez en tu cama, en tus manos, en tu boca. O quizá acabemos decidiendo quedarnos acurrucados, a buen recaudo de los malos vientos que siempre soplan en contra.

Quizá nos toquemos las costuras mientras nos buscamos el alma con la luz apagada.

Quizá volvamos a mirarnos de bien cerca las pupilas mientras no sabemos qué decir, y nos vemos obligados a reír.

Quizá nos abracemos en silencio, tragando saliva por miedo, sin atrevernos a pecar, y cada uno por su lado. En sentidos contrarios, barajando qué es presente y qué es futuro, mirando los pasos que damos, pensando si vale la pena desgastar las suelas de los zapatos con un rumbo que no va a llevarnos a ninguna parte.

O quizá no, quizá no pase nada, los días pasan muy rápido.

Devuélveme los zapatos.

Devuélveme los zapatos, fue lo único que me olvidé la última vez que puse un pie en tu casa. Me dan igual los libros perdidos, los besos que cayeron al suelo, incluso la dignidad sucia dejada en una esquina.

Mentiría si no admito que resuena tu risa algunos días en mi cabeza, y estoy tranquilo, porque ahora puedo seguir dando un trago a mi café y mirar por la ventana, sin sentir esa necesidad incontrolable de echarme a llorar, ni de salir corriendo hacia cualquier parte donde no brille el sol.

He conseguido construirme un refugio prácticamente indestructible, de carne y hueso, que lo primero que hace al despertar es ponerse las gafas y el reloj, y lavarse los dientes mientras escucha la radio y se observa en el espejo.

La verdad es que ya no siento miedo por casi nada, y eso también me asusta.

Sólo siento algo de temor si el viento sopla demasiado fuerte y me despierta por la noche, o si mi madre no responde al teléfono después de dos llamadas. Sólo siento algo de miedo si pienso que un día mis abuelos ya no van a estar y no los habré abrazado ni conocido lo suficiente.

Lo demás casi me da igual, casi, porque sigo preocupándome por todo. El trabajo pendiente, la miseria humana, la escasa conciencia social de según quién, el progreso del egoísmo y de la individualidad, y las señales de radio de Próxima Centauri detectadas recientemente.

No sé si el Universo nos manda señales para echar el freno, para que sigamos acelerando, o quizá sólo para que apague el teléfono y pueda dormir pronto al menos una noche.

O puede que no sea nada de eso, y sencillamente todo sea pura casualidad, del mismo modo que lo son las borrascas con nombre propio o los terremotos.

De cualquier forma seguimos con vacíos existenciales que sólo se llenan en parte con la música, el cine, la literatura o con una contemplación activa de la morfología de las nubes.

Pero continuamos caminando por este asfalto que empieza a quemar y a oler a muerte y rabia, y odio; permaneciendo en la lucha, siendo asilo y descanso.

Ahora que lo pienso ya no necesito esos zapatos, aprendí después de todo a andar descalzo.

Aullando.

Las noches se enturbian con whisky, novelas baratas y soledad.

Mucha soledad.

Y llegas a pensar, algunas veces, que te conformarías con cualquier piel con tal de afrontar el tedio y las tinieblas en compañía.

Apenas quedan luces encendidas en los escondrijos de las calles solitarias que gobiernan la ciudad, por eso puedo asomarme a la ventana y seguir aullando entre el humo de cigarros viejos, de esos que guardé en algún momento del pasado sin saber por qué. Observo las pocas estrellas que aún nos guían desde arriba con cierto temor, y creo ver malos augurios en cualquier pájaro que se cruza en mi camino y me observa durante unos segundos.

Apenas queda vida fuera de los portales, ni dentro de ellos.

Estamos en una especie de invierno eterno, que nos obliga a quedarnos metidos en las cuevas para mantenernos vivos, a salvo, a refugio de todo lo malo que nos aguarda afuera.

La oscuridad comienza a rodearnos de nuevo, y nos aleja de abrazos cálidos y reconfortantes, y nos quita esa risa que tiembla en la garganta cuando no estamos solos. Nos enturbia la mirada y el corazón.

Hemos perdido la fe en la humanidad acostumbrados a ver tanta estupidez tras los cristales, después de observar que en lugar de hacernos mejores nos estamos autodestruyendo.

Está quedando claro que algunos errores no se perdonan, y no saber si te despides de alguien por última vez duele más que nunca. Son tantas las turbulencias, el temblor bajo los pies que nos amenaza de manera constante, que se hace cada vez más necesario mirar a los ojos y no guardarse las palabras.

Y ser sincero con uno mismo y con los demás.

Para mantenernos cuerdos y poder cuidarnos, aunque sea desde la distancia.

Planes cósmicos.

¿Podemos bailar ya?

Así juntos, casi sin movernos.

¿Podemos dejarnos mecer por el sueño mientras estamos en los brazos del otro? Es que si estás cerca la ropa de invierno hasta me sobra, y no necesito más fuego que tus besos en la piel. Y a veces no sé si lo que escucho son gemidos o aullidos a la luna fría de enero invocando conjuros, deshaciendo embrujos, desencriptando mensajes secretos provenientes de alguna extraña y lejana civilización.

El cielo nos mira raro mientras reímos y corremos ahora que no hay nadie por las calles, ahora que no suenan los cascos de cerveza contra las mesas en las terrazas; y yo le guiño un ojo antes de empezar a contarte historias, por si con algo de suerte te quedas a dormir para conocer el final.

Ya no hay magia negra de por medio, ni pesadillas por las noches, sólo un poco de suerte y ganas de quererte, a pesar de que te gusten más las infusiones que el café, y seas más de Netflix que HBO.

Calma, tranquilidad, y el hecho de no necesitar defenderme porque tus palabras nunca hieren.

Ya no ladro, y sólo muerdo si tú quieres.

No es que seas luz, ni faro, ni guía, pero seguiría los caminos que pateas sin ningún miedo, sin pensar que puedo estar pisando en falso.

Aún no sé qué planes cósmicos hay para nosotros pero a veces veo las estrellas brillar más de lo normal.

Supongo que querrán decirnos algo.

Un amor (in)útil.

Algunos buscan un amor útil, que les sirva, con el que puedan alimentar su ego y sentirse adorados, como falsos ídolos de oro; pero el amor, como propósito final debería ir más allá, cruzar la frontera, ser más completo y menos materialista.

Buscamos a alguien que nos soporte porque nosotros solos no sabemos ni podemos, alguien que nos entretenga para acabar con los tiempos muertos y el aburrimiento. Buscamos a alguien guapo o guapa para lucir en las fotos cual adorno, y poder decirle a todo el mundo que estamos juntos. Algunas personas utilizan un supuesto amor para lograr la estabilidad económica, para ascender socialmente, para tener a alguien que le haga compañía, con el único fin de tener descendencia, como método para obtener aceptación dentro de un grupo, como vía rápida para conseguir un barco y unas vacaciones en Ibiza.

Yo qué sé, es muy complicado.

La verdadera cuestión es que un día te acuestas sin saber quién es la persona que tienes al lado, ni quién eres tú; pero sobre todo, te acuestas pensando en quién será esa persona y en quién serás si estás junto a ella mucho tiempo.

Y las páginas del libro siguientes están en blanco y no eres capaz de ver el futuro, o quizá es que no te atreves a verlo por si la persona en la que te conviertes no es lo que esperabas ni la que te gustaría ser.

Entonces vuelve el insomnio, el peso en el centro del pecho y esas ganas increíblemente fuertes de huir, a donde sea.

Pero sin ese amor inútil que un día elegiste sin saber muy bien por qué.

El páramo lejano.

El hielo del páramo lejano de tus ojos arañándome por dentro, y la luna resplandeciendo tan blanca en lo alto observándolo todo.

Tengo congeladas las ideas y las entrañas, pero en el fondo sólo quiero deshacerme contigo, que nos quedemos sin ropa, que nos demos calor con las manos y la boca.

Te imagino diosa y terrenal, completa e incompleta, y llena de misterios, pequeños puzzles a resolver para seguir avanzando en la historia y poder llegar hasta el final.

Cuando sacas los pies del lodo para comenzar el camino nunca sabes si podrás terminarlo, si habrá señales que te confundan y hagan que te equivoques de rumbo. Y yo, aunque con buena orientación tengo la tendencia, o la extraña manía, de errar en los objetivos.

Apunto mal y disparo todavía peor.

Y además tengo la mala suerte de tropezar con la misma piedra más veces que la mayoría de la gente.

Pero sin piedra no hay errores.

Por las noches veo claro el llano que va a permitirme llegar hasta a ti, envuelta en luz, repleta de señales de precaución, de pistas que indican que estás tan destrozada como yo. Me pregunto qué haré cuando te encuentre y me tiemblen las manos de emoción, y sólo pueda pensar en besarte en lugar de en darte los buenos días.

Y tengo miedo, y algo de pereza en los huesos, para lanzarme de lleno en tu mar.

Este preciso momento.

Yo sólo pido a gritos un refugio, un lugar en el que sentirme a salvo y donde poder dormir sin sustos en la madrugada.

Tranquilidad, y calma.

Sin movimientos bruscos que hagan que piense que este vuelo va a acabar en accidente.

Nos sentimos raros en un mundo que parece idéntico al anterior pero que huele a nuevo, y a gel hidroalcohólico.

Desubicados en una vida que pensábamos que poco podía cambiar.

Del día a la mañana todo era distinto, y nos tuvimos que adaptar.

Sobrevivir.

Hemos aprendido tanto: a querernos, a cuidarnos, a dejar lo tóxico a un lado, a mirarnos menos y entendernos más, a respetar nuestra salud mental, a aprovechar el tiempo y perderlo por igual, a aprender a valorar lo que es realmente importante para cada uno, a reírnos en los peores momentos, a sanarnos desde la distancia.

Nos hemos tocado y visto tan poco.

Nos hemos descubierto.

Nos hemos conocidos a nosotros mismos y a muchos otros.

Hemos tenido que viajar adentro para buscarnos mientras en el exterior el silencio lo llenaba todo.

Ha sido un viaje extraño este 2020, y a pesar de ello, nos hemos llenado de recuerdos que valen la pena, de sonrisas que nos sirven para ser más felices.

Me he quitado lastre, y he visto más allá de mis propias fronteras.

Por eso, tengo que agradecer este preciso momento en el que respiro y soy capaz de mirar afuera y ver el viento haciendo bailar las hojas de los árboles.

Tengo que agradecer a todos aquellos que estuvieron, que han estado y que han aparecido para quedarse.

Y recordar a quienes no pude despedir como quería.