Categoría: Relatos

Sin historia.

Me he quedado sin historia, como si me hubieran arrancado las raíces más profundas utilizando mucha fuerza y ahora todo está negro en ese hueco que se ha quedado vacío para siempre en el centro de un tórax que se mueve a duras penas buscando respirar.

Los vinilos suenan en el tocadiscos para intentar llamar a la acción a todas esas ideas que deben estar dormidas en mi interior y que no encuentran salida, que no saben por cuál de todas mis grietas pueden huir hacia el mundo para esparcirse e intentar dejar huella.

Lo peor que puede pasarle a un escritor es no tener nada que contar. Sentir el cerebro apagado y la voz marchita, igual que esas flores que se quedaron dentro de las páginas de un libro para leerlas sin decir nada a nadie, manteniendo las palabras en secreto durante años de oscuridad.

La nada es extraña, y aunque parezca llena de calma su caos tiene forma propia. Un silencio maldito en el que no resuenan las frases, ni toman forma los diálogos. Debe ser culpa del calor, el alcohol, la decadencia tras estos muros que me rodean y me aíslan de los peligros de afuera.

Lo único que me salva de vez en cuando es una taza llena de café, cerrar los ojos y saber que todavía existe el sonido de la harmónica y secuoyas que tocan el cielo, que todavía queda hielo en alguna parte de los polos, que algunas de las profundidades del océano y del alma humana siguen sin conocerse, que el universo continúa ahí arriba aunque a veces parezca que va a caer sobre nosotros, que sigue habiendo personas que sólo ven a otras personas en el mundo, que sigue habiendo arena molesta que se cuela en nuestros lagrimales un día de viento, que la noche espera la luna y sus hilos de plata.

Y yo, mientras tanto, sigo vacío, deshabitado, sin nada que contar.

Pero el mundo sigue palpitando.

Sigue siendo primavera.

Había más secretos que en esas novelas de misterio e intriga que tanto te gustaba leer.

Había más silencios que en las canciones que ponías para que retumbaran con fuerza en tus altavoces.

Había más caminos de los que nombrabas en voz alta.

Había más amaneceres sin mí que conmigo.

Me perdí entre los mapas de tus dedos y tu piel, y no encontré más tesoros que todos los que quise imaginar cuando rozaba tu lengua con la mía.

Me perdí entre las nubes de los días grises y viento de poniente, sin ser capaz de hallar consuelo en los recuerdos de los dos.

Algunos venenos son de efecto lento, y empiezan a notarse sus síntomas después de mucho tiempo. Comienzan a caerse las uñas, el pelo y los dientes mientras me deshago bajo la lluvia ácida que azota mi malograda conciencia.

Creí que sería más fácil encontrar la salida cuando ya no quedara nada, y todavía sigo atrapado, y acaricio los barrotes de esta cárcel en la que he aprendido a no vivir mientras actúa la suerte.

Por inercia.

Todo lo hago por inercia.

Y porque no queda otro remedio.

Combatir la tristeza, ponerme las zapatillas, tomarme el café de las mañanas, quejarme de todo.

Desde la distancia y la extraña paz que me proporciona la soledad observo la pista de baile mientras se va llenando y veo cómo los demás disfrutan de la compañía pero yo sigo sin ser capaz de hacerlo.

Desde la distancia prefiero cerrar la puerta sin hacer mucho ruido y esperar a que nadie repare en mi ausencia, ascender sin prisa a la colina, apoyarme en el tronco del único árbol que la habita y observar todas las constelaciones que abarca mi vista. Todas esas constelaciones que volverán a susurrarme tu nombre para sentir que todavía quedan latidos en el centro de mi pecho.

Para sentir que sigue siendo primavera.

Paella los domingos.

Los domingos de buen tiempo siempre recuerdan a esos días en familia, de aperitivo a mediodía, con las gotas resbalando por los botellines marrones de la cerveza fría recién puesta sobre la mesa, el mantel de cuadros que se va salpicando de manchas de unos y de otros y acabará en la lavadora cuando acabe la tarde.

Y es imposible no recordar a tu abuela preparándolo todo para hacer paella. La valenciana, no uno de esos otros inventos modernos.

Esa imagen va ligada a la sensación de bienestar y tranquilidad de pasar tiempo con los tuyos, de saber que todo va bien aunque vaya mal, de reír, de contar anécdotas e ir creando otras nuevas.

La nostalgia que evoca la imponente imagen de estar todos alrededor de la mesa grande, de ver quién come directamente de la paella y a quién le toca hoy comer en plato, de preguntar quién quiere vino del barral, quién cerveza y qué refresco querrán hoy los más pequeños de la casa. Junto a las ensaladas debe haber almendras fritas con sal que llegan casi directas de los almendros del abuelo, y ajo arriero.

De pronto necesito, quemarme la espalda después de haber estado más tiempo al sol del que debería y pasarme la noche quejándome del roce de las sábanas.

Necesito escuchar que no puedo bañarme en la piscina sin haber hecho la digestión y tirarme de cabeza cuando nadie me vea.

Necesito un vaso de leche fría para merendar y coger la pelota para marcar un gol por la escuadra mientras todavía llevo el pelo mojado y me roza el bañador.

Y ahora, de pronto, pensándolo bien, me siento diminuto viendo cómo entra el sol de soslayo en mi salón.

Sin vino de casa, sin nadie más que la música de los vecinos que resuena entre mis paredes.

Sin paella los domingos.

El fin de todo.

Dicen que la historia se repite pero yo no estoy tan seguro, lo único que se repite a lo largo de los siglos y milenios es la estupidez humana.

No sé si las cosas me van ahora peor que antes, tampoco sé si me irán mejor mañana. Lo único que siento es que el tiempo se mueve distinto entre mis manos, que se va escapando sin que apenas me de cuenta y se desliza hasta las rendijas de las alcantarillas perdiéndose en las profundidades para siempre.

Hambre.

Sueño.

Placer.

Las noches van cargadas de necesidades básicas, y el cielo de deseos ocultos entre las sábanas.

Estoy tan cansado de mirar a la oscuridad y seguir escuchando las voces de los demonios riéndose de mí, tan cansado de que la existencia me oculte numerosas verdades que todavía he de descubrir.

Algunos días siento que tendrán que pasar más de cien años para que pueda descansar tranquilo, para que mis átomos se alineen con los astros y la normalidad pueda entrar en el salón de mi casa asiendo un libro viejo en una mano y un café humeante en la otra.

Quizá no estoy hecho para eso, quizá tengo que vivir siempre envuelto en el desastre y la incertidumbre, tambalearme sobre el alambre y mirar con una sonrisa a los leones que afilan sus garras y sus dientes esperando mi caída. Pero no importa, el equilibrio es uno de los sentidos que más he conseguido desarrollar, junto al del peligro.

(Las derrotas sirven para algo).

Y ahora se enciende un piloto rojo en mi sien, que no deja de parpadear, cada vez que se acerca alguien nuevo y desconocido.

Y salta la alarma antirrobo.

Y me cierro por dentro,

para que nadie vuelva a hacerme daño.

Como si tú hubieras sido el fin de todo.

 

 

Caballo de guerra.

Ha cambiado la luz de la tarde porque vienen las tormentas y me golpean en el pecho los truenos que crujen contra las ramas de los árboles. El mundo no ha dejado de dar vueltas cada vez más rápido desde que te fuiste y menos mal, porque pensaba que el tiempo se había detenido, y sólo era que estabas sujetando fuerte mis riendas como si yo fuera tu caballo de guerra, permaneciendo siempre fiel y a la espera de la batalla junto a ti.

Pero algunas batallas no las debemos luchar.

A veces tenemos que volvernos a casa para poder sobrevivir, aunque nos cueste un tiempo lo de dejar de enrollarnos en las sábanas y llorar contra la almohada.

A veces nada sana más que el calendario y las canciones.

Y un café helado en la terraza sin esperarlo.

He paseado por la playa con la mente en blanco y las nubes cada vez más negras.

La vida se ha vuelto caótica e impredecible, y yo he decidido regalarme un poco de paz en medio de tanto ruido externo, he aprendido a ir curándome desde dentro a base de agua salada y escozor.

El dolor tampoco dura para siempre, se va difuminando y deja hueco para nuevas aventuras. Abre caminos dentro del pecho para poder ir tomando direcciones distintas, para ir buscando la salida del laberinto de puro músculo que llevamos bailando tras el esternón.

Y ya no vuelvo atrás.

Porque hay caminos que no quieres mirar de nuevo, sólo necesitas quemarlos con Napalm para que nadie pueda sufrir lo mismo que sufriste tú.

Y seguir caminando.

Y dejar que la lluvia te moje y te desdibuje con la noche como mejor aliada.

Y acabar sonriendo como si no hubieras mirado nunca a los ojos del abismo mientras en el cielo, entre los edificios malgastados de la ciudad, un relámpago te da las buenas noches.

 

Agua fría.

Me siguen temblando las piernas mientras van encajando todas las piezas.

No sé a qué juega mi cabeza después de tantos meses.

No sé qué más espera de mí este mundo hostil y lleno de rabia.

Ya todo son jarros de agua fría, uno tras otro, el caos, la decadencia y la falta de decencia han llenado el ambiente.

El entorno está repleto de aire irrespirable.

La atmósfera es asfixiante y va apretando sus manos en torno a mi cuello, y hay cierta parte de tanto sufrimiento que he logrado disfrutar, como si me estuviera convirtiendo en buen masoquista, como si pretendiera que el dolor fuera un lugar en el que quedarme a vivir en lugar de la verdadera razón para huir lejos y volver a convertirme en nómada.

Vagar por los pensamientos,

mares y desiertos.

Necesito que alguien me suelte las cuerdas o que ate más fuerte las correas que me tienen sobre esta cama vacía de sentido.

Parpadean más las bombillas del techo que mis ojos y siento más latidos a través de los temblores de tierra que dentro de la caja torácica.

No queda ya aleteo en los ventrículos, ni pulso en las muñecas.

No queda aire dentro de mis pulmones,

sólo agua fría,

nada de vida.

Como el fuego.

La sensación vívida de permanecer sudando en la habitación mientras las sábanas y otras cosas todavía se pegan a la piel. Resfriarse después de abrir la ventana y que entre un viento más frío del esperado, igual de frío que algunos amores que se quedaron atrás por razones de peso.

Apartar personas como si fueran libros de la estantería y meterlos en cajas por falta de espacio, y que acabe creciendo moho entre sus páginas por culpa de la humedad y el abandono en plena oscuridad.

Olvidar las escenas de las películas que le gustaban y sus canciones favoritas.

Olvidar llenar las copas de vino tinto.

Olvidar las luces tenues, la calidez de un abrazo tumbados en el sofá.

Todo es un proceso de deconstrucción y aprendizaje constante, de ir restando todo aquello que un día sumaste, de aprender a que las piedras que masticas no te pesen en el estómago. Poco a poco va quedando menos ropa en la mochila y entra más aire en los pulmones con cada inspiración profunda.

El camino bajo tus pies se va haciendo más largo y ya no alcanzas a ver los distintos finales de la historia. Escuchas los aullidos de los lobos y te unes a los tuyos en la distancia, sintiendo arder el pecho algunos días.

Se abre el horizonte.

Se repite el ciclo de la vida, del agua, de Krebs.

Se esfuma el día y  llega la noche.

Y es que como con el fuego, todo se acaba apagando.

También tú.

Los gatos sin dueño.

Pensábamos que andaríamos sobre los tejados cada noche como los gatos sin dueño, que veríamos las luces de las casas tras la ventanas abiertas y que nos colaríamos por las rendijas para encontrar almas gemelas.

Pero no.

Se esfumaron los planes y se han esfumado hasta los libros.

Yo sigo escuchando el tic-tac del reloj en mi cabeza cuando pienso en ti, esa cuenta atrás que terminará cuando todo acabe muriendo, cuando las hebras de sentimientos que todavía se deslizan entre las uñas y los huesos se esfumen por completo, cuando los ángeles se dignen a caer sobre nosotros para exterminarnos.

Yo sigo sintiendo un leve temblor de la tierra bajo los pies cada vez que tú te mueves en la distancia y no encuentro consuelo ni entre conversaciones que me cantan nanas y me abrazan antes de dormir, ni entre vinos con etiquetas modernas.

Pensábamos que andaríamos hurgando entre tumbas, levantando muertos, tirando tierra a los ojos de los demás.

Y yo.

Yo pensaba que rasgaríamos cuadros con las garras y que quemaríamos toda la filosofía occidental para empezar a razonar sin ayuda de otros.

Pensaba que no habría ciudades suficientes para gastarnos dinero y robar vasos en los bares.

Pensaba que el fin del mundo nos pillaría follando.

Pero no.

No creí nunca que acabaría convertido en un fantasma que mira el pasado con los ojos rojos mientras todavía nota cómo desciende la saliva por la garganta, y se le atraviesan pensamientos bajo la sábana.

No creí que sentiría toda esta angustia y este daño.

No creí que algún día contemplaría la ciudad desde los tejados, maullando por los viejos tiempos, sin verte a mi lado.

Calma.

He parado el motor, estoy suspendido como polvo del desierto en medio de todo este viento, dejándome llevar hacia aquellos lugares en los que suenan voces de sirenas.

Ya nada duele, ya nadie puede hacerme daño.

No me importan los días grises, los gritos, los recuerdos que arañan por dentro.

Todo da igual.

El reloj avanza y yo también, y las grietas siguen en el mismo sitio de siempre sin cerrarse por completo.

Voy con la camisa abrochada hasta arriba por la vida, pero ya no siento esa opresión que me quita el aire, ya no está presente esa preocupación eterna que me quita el sueño por las noches. Me ha dado por escuchar punk mientras pateo las calles cuando la gente está volviendo a casa antes del toque de queda y ya no se ilumina el asfalto por la luz del sol.

Y cada vez creo menos en el sistema y en las personas.

Una decepción tras otra tienen la culpa, y tú un poco también.

Ya no tengo fe en que las cosas puedan ir bien, en ningún sentido.

El ser humano ha demostrado una y otra vez a lo largo de la historia que puede empeorarlo todo, como aquel 10 de Mayo de 1933 en que los nazis hicieron una pira en la que quemaron 20.000 libros y el mundo se fue un poco más al garete.

Lo bueno es que a estas alturas de la película en blanco y negro, en la que me hallo inmerso, no tengo nada que perder, salvo un poco de dignidad y orgullo.

Y no hay nada que produzca más paz que saber que estás tan vacío que sólo puedes comenzar a llenarte poco a poco.

Imagino que ahora siento la misma calma que debió sentir Miguel Ángel hace quinientos doce años cuando comenzó los frescos de la Capilla Sixtina.

La calma incierta de no saber el desenlace de la historia que tienes entre manos.

A mí ya me iba mal.

El mundo ahí fuera, después de todo este tiempo, se ha vuelto más hostil. La naturaleza ha empezado a arañar las aceras y las hojas llenan las bajantes y las alcantarillas. Las palomas son ahora líderes de las calles y miran extrañadas hacia las ventanas tratando de comprender la soledad que habita las plazas mientras vuelan más bajo que nunca. Hasta el clima ha percibido que sucedía algo extraño y nos lo ha hecho saber.

Y creo que las personas han ido empeorando todas sus capacidades: resiliencia, empatía, solidaridad y la estupidez. La estupidez ha ido ganando terreno, tapando oídos, remodelando conciencias, llenando el rebaño de más ovejas que no cuestionan ni piensan suficiente.

Lo único que pido últimamente es silencio, y algo de comprensión.

Lo único que pido últimamente es que todo deje de recordarme a ti: canciones, libros, series, frases y lugares.

El tiempo pasa y yo sigo con los pies mojados dentro de este charco lleno de barro y reptiles que buscan mi sangre con sus afilados colmillos. La inquietud permanente, la falta de ganas de respirar con fuerza, el saber que a mí ya me iba mal desde antes de conocerte. Quizá habría sido más sencillo si en lugar de besos te hubiera pedido que te quedaras a bailar. Por supuesto, da menos miedo que prometer amor eterno entre inseguridades y nubes negras.

No necesito ataúdes ni flores todavía, a pesar del vacío que me llena los huesos y los intestinos, a pesar de la tristeza que cae como una losa imposible de cargar sobre los hombros de Atlas tras la mirada verde que asoma entre las ojeras y el cansancio crónico. Nadie puede cargar con tanto peso, por mucho que lleve desde el inicio de los tiempos separando el cielo de la Tierra.

Ningún titán puede cargar tanta culpa y tanta melancolía como yo.

Tú sigue sonriendo, que nadie lo note.