Categoría: Relatos

Ese sol de la infancia.

Las noches de tormenta me recuerdan a ti porque no me dejan dormir tranquilo. Hay pesadillas que de nuevo hacen que me salten las alarmas y que me remueva bajo las sábanas limpias mientras lucho contra la vigilia y el sueño, indeciso. Sin tener muy claro si quiero escuchar a mi conciencia o dejar que me abracen los demonios, los únicos que me arropan últimamente.

El olor a humedad se cuela por la ventana que ahora dejo siempre medio abierta para que entre algo de aire, en medio de este encierro, y me trae recuerdos de una infancia que me parece cada vez más lejana y difusa. La nostalgia está inundando las canciones y las páginas de los libros que he devorado estos días, en medio del silencio y la soledad sólo rota por los días de trabajo y las videollamadas de horas de duración.

Ahora recuerdo el sol fuerte del verano tostando una piel sin arrugas y sin miedo con las cartas desparramadas en un grupo de toallas mojadas por las risas y el agua helada.

Ahora recuerdo el olor a trigo segado cuando todavía quedaba lo mejor del verano por delante y las cenas en la calle cuando aún no sabíamos ni lo que era el olor de la cerveza. La excusas para llegar cada vez más tarde a casa, hacer todo lo que nos habían prohibido hacer sin que nadie se enterara, cantar canciones a medio pulmón sobre un tejado, buscar guaridas en cualquier parte, inventar caminos entre los árboles y los campos, las historias de miedo en la oscuridad, hacer el gamberro con cualquier que viniera de fuera, mirar las estrellas tirados en medio de una carretera sin coches en pleno agosto.

Ahora recuerdo buscar la sombra a las tres de la tarde, el contacto del agua con los pies cuando aprieta el calor, la fruta fresca, la tortilla de mi abuela, esperar para comprar un helado de puntillas en el mostrador agitando un par de monedas de 100 pesetas en la mano.

Ahora recuerdo a los perros corriendo libres mientras yo tropezaba con las piedras, las bicicletas aparcadas en el suelo mientras tirábamos abajo puertas de madera y rompíamos ventanas sin intención con el balón.

Se acumulan sensaciones y sentimientos en un cuerpo que está llegando al límite, el desgaste hace mella a todos los niveles.

Estamos al borde del colapso orgánico y emocional.

Yo sólo venía a decir que echo de menos ese sol de la infancia* y a ti.

También a ti.

Estos días azules y este sol de la infancia.

Antonio Machado.

El orden mundial.

Todavía hay fotos que no soy capaz de borrar.

Todavía tengo puros guardados sin fumar que estaban reservados para ti.

Todavía tengo botellas de vino, que aguardaban algún momento especial que no va a llegar, y que soy incapaz de empezar.

Todavía tengo libros a los que no he podido arrancárles la dedicatoria.

Sólo pensar en ello me produce un nudo en la garganta y un dolor urente en el tórax, que me hace saber que aún no es el momento. Esa sensación de malestar que me recorre el cuerpo con el recuerdo, esos sentimientos encontrados que me obligan a cerrar los ojos por un instante y a escuchar los ruidos de la casa para no desmoronarme.

Está siendo un tiempo difícil, de horas demasiado largas y días raros. De ver el sol tras las ventanas con cierta nostalgia, de salir a la calle sin saludar ni sonreír, de estirar las piernas y tratar de hacer ejercicio, cocinar, desgastar libros y aplicaciones de los teléfonos móviles.

Está siendo un tiempo extraño para descubrir quién sí y quién no.

Un tiempo incierto en el que el futuro que pensábamos claro se desdibuja como una acuarela a la que le echan un cubo de agua por encima, y en la que se diluyen los colores y mezclan entre sí sin poder distinguir formas ni significados.

Los planes han desaparecido y los caminos de los mapas se han quedado a medias, con un gran muro invisible que nos impide avanzar. La normalidad pasada parece muy lejana, casi inidentificable, y el futuro se muestra tan inestable como caminar sobre un puente de tablas húmedas.

En medio de todo el caos me siento viviendo dentro de una burbuja de calma escéptica, sin saber muy bien ya ni quién soy ni quién quiero ser, ni quién he podido ser hasta el momento. Pensando si sólo he estado perdiendo el tiempo durante años, si me he equivocado de rumbo por completo.

Mis sensaciones se reducen ahora mismo a dos: decepción e incertidumbre.

A veces no respiro bien y no sé si es culpa del virus o de la ansiedad incipiente que se abraza a mis costillas, pero si he logrado sobrevivir a un desamor como el tuyo creo que estoy preparado para cualquier pandemia que amenace el orden mundial.

Tragaluz (Parte 11)

Rómulo Descalzo, cuarto piso, puerta 13.

“Es más difícil no envidiar a un amigo feliz, que ser generoso con un amigo en desgracia”

Alberto Moravia.

Dieciseis días. Su puta madre, esto no hay quien lo aguante.

He tenido tiempo suficiente para ordenar los muebles de forma geométrica, centrar todos los cuadros de la casa con escuadra y cartabón. Hasta los brazos de las figuritas de Lladró señalan el polo norte magnético de la tierra y todavía sigo dándole vueltas al mismo tema, ¿me podré follar algún día a la vecina del catorce?

No suele hacerme caso pero creo que es para disimular que le gusto, porque lo cierto es que siempre me ha mirado raro, no solo las veces que subía borracho, que lo entiendo, si no las que coincidíamos en el ascensor después de trabajar o bajando la basura. Esa mirada pícara, pedir sal a altas horas de la noche recibiéndome en pijama, que por cierto, ¡me cago en todo! cómo le queda a la cabrona. Yo creo que sí, seguro que le gusto. Por otro lado, no sé por qué acumula tanto gato, espero que no me de alergia.

Tengo la nevera medio vacía, el humificador de puros con apenas dos Cohiba Behike, un Romeo y Julieta robusto y una pequeña caja de Partagas mini que me regaló la zorra de mi ex novia el día que me dejó por mi primo Paco, para que él no volviera a fumar, porque le jodía demasiado el olor a humo. Y yo que pensaba que era el regalo por nuestro octavo mes, qué iluso. Aun así, necesito salir a la calle a comprar algo de alcohol. No creo que esta incertidumbre pueda soportarla un minuto más estando sereno.

No se oye nada en la escalera, es el momento. ¡Hija de puta!, otra vez el felpudo doblado, yo creo que lo hace a propósito y me observa con mirada lasciva por la mirilla cuando me acerco a colocarlo rectecito, como a mí me gusta. Noto un extraño perfume a laca, seguro que Paquita se excedió de nuevo, emocionada mientras escucha a Manolo Escobar y pensó en que salía a la verbena del pueblo.

—Vaya panda de tarados.

Nadie por aquí, nadie por allá. Vamos, seguro que en el Mercadona estará todo el puto mundo que no se ve en la calle. Yo creo que ni por necesidad ni hostias, la gente baja al supermercado porque necesita el contacto humano, si no, cómo se explica el hecho de comprar tanto papel del culo. Es para disimular y relacionarse, que no entiendo el por qué si luego siempre estamos hablando mal unos de otros. Nos merecemos la extinción. Jódete meteorito, por llegar tantas veces tarde que te va a ganar un microscópico bicho chino.

De todo lo que hay en los estantes del supermercado me quedo con dos botellas de Macallan Rubí, un ron Dictador 16 y cerveza para un mes, creo que con esto aguanto el fin de semana. Mierda las pipas, ¿también se han acabado las putas pipas? Y veo a una mujer, ¡jajajajajajaaja la jodida esa!, ¿qué cojones va hacer con 200 natillas y 100 yogures? En serio que lo merecemos, lo de la extinción digo.

¡Puta vida!, setecientos cincuenta pavos sin romper nada y la tarjeta temblando, como no empecemos pronto a producir habrá que robar.

Mira qué bien, pienso al ver que el ascensor ni se ha movido de la planta baja. Vamos para casa antes de que Ezequiel me vea la cerveza y se apunte.

¿Qué ha sido ese ruido? ¿un portazo? ¿un golpe?

—¡Corre para adentro que no pintas nada fuera! — murmuro para mis adentros.

Seguro que se están volviendo a pelear, es lo que tiene tantos días encerrados, me parece que la psicóloga esa de la puerta diecisiete se estará forrando estos días. Cuántas veces estuve a punto de pedirle ayuda, pero mira con esa mirada de superioridad por encima de las gafas, siempre como si te escrudiñara el alma en busca de tu tara. Pues sí, lo admito, la tengo ¿y qué? Voy a pillarme una cogorza de tres pares de cojones, hasta que sea capaz de volverla a llamar sin que me tiemblen los pantalones.

No sé qué es esa escandalera, pero me están jodiendo el trago de whisky y este delicioso habano.

Ya verás que están de lío la bollera y su novia con Ezequiel, que se mete en todos los “saraos”, como se ponga choni la pastillera y empiece a gritar también ya tenemos movida para rato.

Si no soy un puto cotilla ¿por qué me acerco al deslunado?

—¿Pero qué cojones?

No puede ser cierto, Paquita. Vamos, no me jodas, que la vieja chocha la ha palmado. Ahora sí lo tengo claro para follar con Patricia, seguro que hay movida hasta después de la cuarentena.

Rómulo, tal y como pueden ponerse las cosas, date una ducha, lávate la boca para no oler a puto borracho de antro, cierra el pestillo de la puerta y hazte el muerto, esta movida no va contigo. Si este puto virus no acaba con nosotros, acabaremos nosotros mismos.

Escrito por Dani Martín.

Twitter: @DescalzoRomulo

Fuck love.

No sé si es peor el amor o la resaca.

A estas horas del día todavía me duele la cabeza después de tantas cervezas, chupitos y copas desde el sábado por la tarde. El desorden lo llena todo, como ese caos quebradizo que se escurre y me resbala entre los dedos mientras te toco, mientras tu saliva me va dejando huella mimetizándose con mi piel. La música electrónica me taladra la cabeza y me lloran los ojos por culpa del humo de tus cigarros, y me gusta.

Me gusta del mismo modo que me gusta tu sonrisa cuando se enreda con la mía, y nos lanzamos a un abismo de sudor y lágrimas del que saldremos arrastrándonos.

Como se sale de cualquier amor que está destinado a fracasar.

Como se sale de cualquier amor que no es amor, que sólo es fricción y magnetismo, y unos polvos que se acaban agotando por el camino.

Lo superficial, la fachada, la apariencia.

El muro que acaba cayendo después de unas semanas o unos meses y hace que me dejes olvidado, que se apague la llama, la chispa, las ganas, las miradas.

El frágil cristal que cae al suelo y me deja recogiendo los pedazos cuando ya estás lejos.

Y yo me corto y sigo sangrando aunque para ti ni siquiera exista ya la herida, ni la recuerdes.

Es tan malo tener recuerdos y memoria.

Es tan malo mirar el calendario y recordar fechas y aniversarios que ya no tienen sentido.

Y tener anotaciones que sólo entendíamos nosotros en cualquier libreta en blanco.

Es tan malo mirar fotos y tener espinas clavadas en las manos.

Y no ser ya capaz de tocar a nadie más.

Tengo claro que después de ti prefiero las resacas, a la mierda el amor.

Inspiración.

Recorro caminos desconocidos por los que avanzo por decisión propia.

He aprendido a sonreír ahora sabiendo que nadie me empuja al vacío, y tú te has quedado a lo lejos, dejando que el tiempo y la vida decidan por ti, viendo la película desde la última butaca de una vieja sala de cine que huele a palomitas.

Escuchando una canción de Lori Meyers siento que llega la inspiración. Uno de esos momentos en que no sabes por qué pero una letra te llega, te hace pensar. El ritmo acaba metiéndose en tu cabeza, con reminiscencias de música de Los Beatles, un sonido de los 60 que siempre te gusta cuando lo oyes en la radio, ligero, despreocupado, que te hacer recordar momentos buenos. A mí me trae la brisa del verano, al lado de la playa, cuando el sol se va escondiendo de una luna que le pone mala cara. Algunas gotas saladas te mojan los labios, pero nada importa, te las bebes porque no existe el tiempo, ni la ansiedad, ni el miedo.

Y además, con la música rebotando en mis tímpanos me siento como el tipo de la canción: sin equipaje y sin dirección.

Para mí es confuso el despertar de esos momentos, esos momentos en que la inspiración llama a tu puerta. Por una vez, estoy preparado para ella, con un bolígrafo y unas hojas sucias a mano para escribir todas las cosas que me vienen a la mente, para ordenar ideas y nombres que me parecen absurdos. Para ordenar todos los pensamientos que las notas y las sílabas transportan a mi mente.

“En el cielo juntos los dos, ahora suena su canción”.

Sin querer.

Te quisimos casi sin querer, sin darnos cuenta, sin ser conscientes, como pasa con las cosas buenas de la vida. Fuiste haciéndote hueco entre nosotros como los rayos de luz entre las nubes oscuras de los días malos.

A golpe de sonrisas y cervezas, y quitarle importancia a los problemas de la vida.

A golpe de echar una mano y hasta el hombro si era necesario.

La vida es tan dura a veces, tan difícil, tan complicada, y de pronto se esfuma, y te hace pensar que luchar no merece la pena, ni esforzarse. Y, sin embargo, tú has tenido que combatir la pérdida, el vacío eterno de perder a tu único amor, el futuro truncado. Has sido ejemplo de dignidad y lucha siempre sin querer, relativizando el dolor, la soledad, la tristeza inabarcable.

Te seguiremos esperando para tomar una servesica después de ensayar, para ir a escuchar algo de jazz en el Jimmy Glass, para improvisar sin poder ver la partitura o echarnos el primer café antes de salir de pasacalle.

Supongo que estarás riéndote de nosotros mientras lloramos por tu ausencia, chistando un arrea melón para sacarnos la sonrisa que la enfermedad no logró arrancarte a ti.

Espero que lo primero que hayas hecho al llegar allá arriba haya sido darle un beso al Cari, pedir una caña y echarte un buen solico de trompa.

La eternidad ya es vuestra.

PD: Prometo seguir escribiendo siempre para que me leas, amigo.

El último bastión.

No fue amor a primera vista.

Tardé un tiempo en darme cuenta de que eras mucho más de lo que aparentabas bajo mil capas. Tuve que escarbar con tiento y paciencia, con saliva y sudor, para acabar descubriendo esa cara oculta que nunca muestras.

Me costó intentar que te vieras en el espejo como lo hacía yo, que te quitaras la idea absurda de lo que veían los demás tras el reflejo de tus iris.

Todos tenemos máscaras y abrigos que nos vamos quitando depende de con quién nos encontremos.  Todos tenemos facetas que están reservadas a unos pocos elegidos.

Y es que no está de moda la sinceridad.

Es más sencillo convertirnos en cuadrículas diminutas, en pisos que según quién entre abren unas puertas u otras, como cuando vienen invitados y tienes miedo de enseñar tu habitación, el último bastión que protege lo que queda del reino.

Me colé en tu vida como un caballo de Troya y he habitado durante un tiempo, como un obsequio, un regalo, una planta que sólo pedía algo de agua y alimento en forma de besos para seguir creciendo. Exploré tras tus murallas como un intrépido Robin Hood a la busca de un tesoro que repartir entre los pobres.

Batallamos con intensidad deshaciendo nudos y creando enredos, pero todas las guerras se acaban, como los abrazos.

Y después sólo quedan ruinas, humo y silencio.