Mil razones.

Creo que me falta oxígeno, valentía y fuerza para seguir adelante con todo.

Me tiemblan las piernas y las manos la mayor parte del día.

Y la presión del pecho nunca cesa.

Ni las ganas de ti.

No sé si a veces nos arrepentimos más de las cosas que hemos hecho o de todo aquello que dejamos en el tintero, de todo lo que se queda a medias y de lo que nunca sabremos cuál habría sido el resultado final. Si hubiéramos ido a aquel viaje, si hubiéramos dado aquel beso, si hubiéramos sonreído a alguien en un bar, si en lugar de haber callado nos hubiéramos atrevido a decirlo todo a la cara.

Hay tantos caminos y sendas, y carreteras, y al final sólo elegimos una opción, desechamos el resto de ellas y decidimos andar por el motivo que sea en una dirección concreta. Es tan difícil, es tan difícil seguir hacia adelante sabiendo que te estás equivocando, sabiendo que todo podría ser diferente y mejor, sobre todo mejor.

Yo nunca he sabido aceptar el error cuando podría acertar.

Nunca acepto la injusticia cuando todo podría cambiar.

Nunca he podido darme por vencido sabiendo que todavía queda lucha por delante.

Nunca preferiría otros labios a los tuyos.

Nunca.

Y lo digo más convencido que la mayoría de los que se aferran a los mandamientos y al nuevo testamento, de los que juran sobre biblias y se ponen de rodillas, de los que hablan con dioses que no se ven ni se tocan, ni muchas veces se sienten.

Lo digo más convencido que cualquier otro porque yo te tengo a ti y puedo tocarte, mirarte, escuchar tu risa, mecerte en mis brazos. Aunque no siempre, por eso soy ya como esa llama que calentaba mucho y ahora se extingue, esa que se ha convertido en cenizas que son capaces de desaparecer con un golpe de viento. Sólo soy ruina y desastre, humo y residuos, perdición sin sentido.

Y te he arrastrado a esta espiral, al caos.

Todo porque yo estoy preparado para todo contigo, tú no.

No sé cómo hago para que la historia se repita una y otra vez, que me entrego y al final me quedo vacío por completo por haberlo dado todo, convertido en un recipiente que tirar a la papelera.

¿Qué va a ser de nosotros si sonamos a frase de Luis Brea?

[Hay mil razones para ser feliz,

pero a mí me bastaría contigo.]

 

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