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Tanta gente triste.

Nunca he visto tanta gente triste como ahora.

Tampoco tanta gente enfadada ni llena de rabia.

Crece el odio, la ansiedad, el llanto, los gritos.

Quizá es que la vida nos empuja de manera inexorable hacia un destino que no deseamos pero, sin embargo, no somos capaces de evitar (o no queremos, o no podemos); las variantes y las posibilidades son tantas como las diferencias entre los copos de nieve al microscopio.

Poco a poco vas percibiendo el desgaste en las ganas, en los huesos, en las palabras.

Poco a poco dejas que el mundo te aplaste, igual que aplastaste tú a aquel grupo de hormigas en el patio del colegio cuando tenías ocho años.

Y se esfuma todo.

Comienza la autodestrucción.

Y el engaño de que da igual esforzarse porque nada va a mejorar.

Caemos en la trampa, volvemos a cometer el mismo error que nos condujo al pozo sin luz en el que estamos metidos hasta la cintura.

Y sólo me salva ese pequeño desastre que armas a mi alrededor cuando te veo, el caos que desatas de un momento para otro.

Sólo sé que las hojas siguen temblando ahí fuera y tú no estás; pero queda esperanza, he visto a un viejo sonreír mirando al cielo.

Tocará seguir luchando contra viento y marea.

[y los idiotas, que es lo que más cuesta.]

Sábanas.

Has vuelto a golpearte contra la pata de la cama con los pies descalzos, se ha roto tu taza favorita para desayunar, has perdido las llaves de casa, han vuelto a ponerte una multa en la ORA, sales en otra foto con los ojos cerrados.

Lo cierto es que las cosas nunca acaban sucediendo como esperamos, hasta lo más sencillo acaba dando vueltas de campana para volverse complicado.

Cometemos el error de buscar lo imposible y despreciar lo bueno que tenemos al alcance. Viviendo en la era del entretenimiento y la diversión instantánea parece demasiado pedir el saber esperar, el querer más allá de lo superficial, buscar algo que valga la pena de verdad, llegar a conocer en las distancias cortas. Ir más allá de las sonrisas tras los vasos y los guiños, y el roce de las manos bajo cualquier mesa que lo permita. Ahondar en los problemas y todas esas cosas que nos asustan de los demás.

Pero nunca hay tiempo.

Ni para nosotros mismos, ni para los demás.

Ni para dejarse la ropa interior puesta hasta la segunda o la tercera cita.

A mí me gusta ir poco a poco, buscar madera resistente, cavar un hoyo en el que enterrar los cimientos que aguanten el peso de todos nuestros miedos, hacerme heridas en las manos porque estoy intentando hacerlo bien, decir te quiero sólo cuando te miro a los ojos, resistir cada vez que sopla fuerte el viento y creo que vuelvo a perderme entre la inmensidad blanca a mis espaldas. Me dedico como si fuera un pájaro carpintero a construir mi pequeña cabaña, en la que hay sitio para los dos.

He tenido que decidir y cambiar muchas veces en la vida de canal, de zapatos, incluso de máscara. Y ahora, hace tiempo que sólo busco extender las alas, saltar y llegar tan lejos como pueda, y poder dormir tranquilo cuando se vaya el sol y vuelva a hablar con el espejo después de una ducha fría.

Y cuando toco las sábanas, esas en las que alguna vez te has quedado dormida, me doy cuenta de que sólo quiero un café contigo y los besos de siempre, ¿puede ser?

Maldita fortuna.

Los caprichos del corazón, esa lucha interna entre razón y sentimientos que no se puede ganar y acaba reportando dolor. Un dolor profundo, interno, que no se va con la risa cotidiana, ni con cerveza y amigos.

Piensa que es mejor sentir que estar muerto, pero a veces me gustaría sentir la anestesia adormeciendo mi piel, colapsándome las ideas, haciéndome implosionar para empezar de cero.

Y volver a equivocarme, acertar de lleno a tu lado.

Elegirte de nuevo como mi error favorito, y agradecerlo sin más.

Cortarme las alas para, en lugar de volar lejos, quedarme contigo.

Volver a mover los peones, las torres y los alfiles en las mismas jugadas, llegar al mismo punto.

Sin retorno.

Porque ambos sabemos que no hay vuelta atrás, que los pasos siempre van hacia adelante, y tenemos dos opciones, o anudar la soga al cuello y dejarnos morir lentamente, o seguir respirando juntos.

Y a mí, a pesar de todo, me gusta el aire fresco entrando en mis pulmones y sentirme vivo a mi manera.

Entre postales, fotografías y recuerdos.

Entre tus manos, tus miedos y los besos.

Aún quiero ver cómo se desliza el tirante sobre tus hombros, cómo se pierden tus bragas bajo las sábanas, cómo se queda tu pintalabios manchando la almohada, pintando los vasos. Escucharte suplicar bajo mis manos, tu lengua contra mi oído, tu saliva enfriándome el cuello, las pulsaciones contra el techo.

Sé que hay vida más allá de ti pero yo quiero la vida contigo.

Escucha el reloj, quédate conmigo.

Maldita fortuna tenerte, sin tenernos.

Maldita fortuna querernos.

Mil razones.

Creo que me falta oxígeno, valentía y fuerza para seguir adelante con todo.

Me tiemblan las piernas y las manos la mayor parte del día.

Y la presión del pecho nunca cesa.

Ni las ganas de ti.

No sé si a veces nos arrepentimos más de las cosas que hemos hecho o de todo aquello que dejamos en el tintero, de todo lo que se queda a medias y de lo que nunca sabremos cuál habría sido el resultado final. Si hubiéramos ido a aquel viaje, si hubiéramos dado aquel beso, si hubiéramos sonreído a alguien en un bar, si en lugar de haber callado nos hubiéramos atrevido a decirlo todo a la cara.

Hay tantos caminos y sendas, y carreteras, y al final sólo elegimos una opción, desechamos el resto de ellas y decidimos andar por el motivo que sea en una dirección concreta. Es tan difícil, es tan difícil seguir hacia adelante sabiendo que te estás equivocando, sabiendo que todo podría ser diferente y mejor, sobre todo mejor.

Yo nunca he sabido aceptar el error cuando podría acertar.

Nunca acepto la injusticia cuando todo podría cambiar.

Nunca he podido darme por vencido sabiendo que todavía queda lucha por delante.

Nunca preferiría otros labios a los tuyos.

Nunca.

Y lo digo más convencido que la mayoría de los que se aferran a los mandamientos y al nuevo testamento, de los que juran sobre biblias y se ponen de rodillas, de los que hablan con dioses que no se ven ni se tocan, ni muchas veces se sienten.

Lo digo más convencido que cualquier otro porque yo te tengo a ti y puedo tocarte, mirarte, escuchar tu risa, mecerte en mis brazos. Aunque no siempre, por eso soy ya como esa llama que calentaba mucho y ahora se extingue, esa que se ha convertido en cenizas que son capaces de desaparecer con un golpe de viento. Sólo soy ruina y desastre, humo y residuos, perdición sin sentido.

Y te he arrastrado a esta espiral, al caos.

Todo porque yo estoy preparado para todo contigo, tú no.

No sé cómo hago para que la historia se repita una y otra vez, que me entrego y al final me quedo vacío por completo por haberlo dado todo, convertido en un recipiente que tirar a la papelera.

¿Qué va a ser de nosotros si sonamos a frase de Luis Brea?

[Hay mil razones para ser feliz,

pero a mí me bastaría contigo.]

 

La tormenta que llevas en tus ojos.

Creo que todos sabemos ya que la vida es una mierda, la cuestión es que a algunas personas les cuesta más que a otras asumirlo.

Yo lo tengo claro, casi tan claro como que la tierra es redonda y que gira alrededor del sol y no al revés. La vida es meter los pies en el fango una y otra vez, un domingo permanente que se te mete en la columna vertebral, una trampa de la que es imposible escapar. Hasta que ella dice basta. Como en todo, porque ella siempre tiene la última palabra, te va a llevar por donde quiera sin que puedas elegir, eres sólo una mancha de aceite flotando en una masa de agua, eres una neurona sin conexión.

Ya no queda café en el fondo de la taza, ni tengo tu cabeza sobre mi hombro mientras leo otra de esas novelas negras que me saben a la historia de siempre. Noto como el aire ya no entra en mis pulmones con fluidez, culpa de la nube tóxica en la que lo has convertido todo. Siento que el suelo por el que camino se va resquebrajando y que los edificios a mi paso se derrumban sin sentido. Otro movimiento sísmico va a dejarlo todo patas arriba, otra explosión va a darle la vuelta al cielo y a la tierra, otro orgasmo tuyo va a escucharse al otro lado de la calle.

Vas a arrasar conmigo, como un desastre nuclear del que uno no se recupera jamás. Y es que bajé la guardia, me dejé llevar por la tormenta que llevas en tus ojos y ahora soy sólo otro bote varado en la peor de las orillas, en la que tú no estás.

Prendiste la llama y te olvidaste de apagar mi fuego.

Y eso no se hace.

Cuando uno se va debe dejarlo todo como cuando lo encontró, y yo ya estaba roto pero ahora no me encuentro entre tantos pedazos.

Todo son certezas cuando veo que no estás, todo son verdades cuando no estoy bajo tu influjo. Tus actos no hacen más que confirmar todas mis sospechas.

Vas a dejarme naufragando después de todo esto, y espero que alguien sepa rescatarme, que me pegue los fragmentos, que me limpie las heridas aunque escueza porque lo que pica cura.

Y es que, en el fondo, no soy nadie para ti, sólo un desconocido que te mostró su sonrisa, que te tendió la mano, que te llenó de electricidad, que hizo que te diera un vuelco el corazón.

Pero soy nadie.

Porque en el fondo lo que haga por ti no va a servir de nada y dejarme ir será el mayor de los errores.

Malos augurios.

Malas noches.

De pesadillas y despertar sudoroso en plena madrugada.

De tragar saliva y contener la respiración en medio del silencio.

De tener la imagen de familiares fallecidos en la retina y el nudo en la garganta.

De observar la noche protegido con unas sábanas y una manta.

Malos augurios.

Algo malo tiene que pasar porque al final las cosas nunca me salen bien.

Porque yo no tengo tanta suerte.

Porque no estoy preparado para tener motivos por los que sonreír.

Estoy inquieto, y nervioso, y no sé qué debe significar todo esto. Estoy más callado de lo que debe ser normal en mí y pensativo, y pierdo el hilo de la mayoría de las conversaciones que tengo durante el día.

Ha llegado otra vez esa época en la que sólo soy nubes grises y niebla densa, y soy mala compañía para cualquiera. Ahora casi siempre me tiembla el pulso al escribir porque estoy perdiendo el rumbo, y ya no sé ni lo que digo. Sólo soy un borrón, una camisa hecha jirones, el poso de café amargo de una taza abandonada en cualquier mesa.

No creo en fantasmas, ni en dioses y estoy perdiendo la fe en las personas. Pero cuando tengo que despertar a diario con el corazón disparado y el miedo atenazándome los músculos me entran dudas.

Quizá es que espero que llegue el naufragio de una vez, que se desmorone todo, deshacerme delante del espejo como una vela ante el calor de una llama. O quizá no.

Sólo tengo ganas de correr hasta que duela, de sentir de nuevo el sabor metálico entre los dientes, de arañar la tierra, de morder tu cuerpo, de romperme en dos, de beberme todo el bourbon que hay guardado en el salón, de quemar otro bidón de gasolina.

Supongo que cuando el calendario de otra vuelta y se acaben las páginas nos daremos cuenta de nuestro error, de que todo eran sueños vacíos sin sentido.

Supongo que cuando caiga contra las rocas a recuperar la respiración entraré en razón, lo entenderé todo, y te daré las gracias por decirme adiós.

Malas noches.

De pesadillas contigo.

Malos augurios.