Autor: Ártico

Las matemáticas del domingo.

Cuatro horas de sueño.

Tres cafés.

Una pizza.

Dos capítulos de una serie.

Una hora y media en el gimnasio.

Ciento dieciocho mensajes de Whatsapp.

Seis minutos cuarenta y dos segundos de Eyes Shut de Ólafur Arnalds.

Diez temas estudiados.

Veinte retuits.

Una foto en Instagram.

Compartir un par de noticias políticas en Facebook.

Una ducha.

Afeitarse.

Un par de personas que se preocupan por ti.

La estufa y una manta como única compañía.

Miles de pensamientos.

Un nudo en la garganta.

Decenas de lágrimas en los ojos.

Diez pañuelos arrugados y llenos de mocos.

Botella y media de agua.

Treinta y dos minutos escribiendo.

Ningún abrazo.

Cero besos.

Los días pueden reducirse a números.

Pura matemática.

 

Himnos de guerra.

Me mantenías cuerdo y ahora hablo solo.

Alzo la voz en una casa vacía con la esperanza de que alguien responda desde la cama o el salón.

No se escuchan ya los himnos de guerra que nos gustaban, no resuena la música que bailabas y tarareabas a medias, porque siempre había algo de vergüenza tras tu piel.

Y nunca conseguí que se fuera del todo.

Nunca conseguí tampoco que desapareciera por completo el miedo de tus huesos, a pesar de que fui sin armas desde el primer momento, a pesar de que dejé que lo comprobaras un día tras otro hasta el último instante.

Me vacié, vomité mis verdades después de cada trago.

Lloramos juntos por motivos diferentes.

Nos abrazamos muchas veces con el nudo en la garganta, y nos dimos algunos besos que hicieron más daño que los silencios que vinieron después.

Nos despedimos tanto para luego volver a abrazarnos como si nos hubiéramos encontrado después de creer habernos perdido para siempre.

Dicen que el mundo se derrite pero aquí no deja nunca de hacer frío, y hasta dudo de estar vivo.

Asiento en silencio a las conversaciones, miro al rostro y sonrío en las pausas para parecer centrado y atento. Todos tenemos nuestros trucos.

No puedo pensar en nada.

Sólo dejo que los ecos del piano del vecino me resuenen por dentro y se mezclen con algunas frases tuyas que me anemizan poco a poco.

Me consumo pensando tanto, sin ser capaz de salir, de ver un poco de luz, de ser consciente de que hay un camino que se abre y que estará esperándome. Me he quedado en el laberinto, con miedo del Fauno, y sin saber volver.

Supongo que para otros no es tan difícil, que duele un tiempo, que se olvida y se continúa.

Sin embargo, yo tengo el ancla amarrada a los pies y miro la superficie sin poder respirar.

Si pudiera volver atrás, si pudiera de verdad cambiar las cosas, creo que no lo haría.

No lo cambiaría porque este dolor, esta tristeza firme, esta esperanza perdida, significa que todo ha sido verdad, que en algún momento de la existencia de este mundo inútil tú y yo fuimos.

Y existimos juntos.

El café y la utopía.

¿A quién no se le atraganta la vida un domingo por la tarde?

Creo que sucede porque se agolpa todo en la garganta: la soledad, la rutina, la tristeza infinita de la distancia y los cigarros del sábado noche.

El fin de semana nos tritura del mismo modo que el último amor, convirtiéndonos en seres de usar y tirar.

El lunes acaba llamando un par de veces a la puerta y tienes que abrirle por obligación, y dejar de sentir y volver a fingir.

Vuelves a ponerte la máscara, con un intento de sonrisa, y tratas de borrar las bolsas bajo los ojos culpa de las lágrimas que han inundado tus sábanas. No hay respuesta a las preguntas que me lanzan, ni verdades.

Tengo que volver a ocultar la realidad y seguir con los hombros hacia adelante, como si nada.

Creía que no volvería a casa solo más, creía que cambiaríamos juntos, creía que no pelearíamos, que leeríamos libros distintos desde cada lado del sofá, que acabaríamos con las existencias de queso y vino de las tiendas del barrio, que me robarías la manta en la cama desde septiembre a mayo, que nunca sabríamos qué películas ver juntos, que podríamos reír hasta en medio de un atasco, que nos mojaríamos con los charcos cuando asomara la lluvia.

Creía en utopías.

Creí hasta en mentiras que no tenías necesidad de decirme en voz alta mientras me mirabas a los ojos.

Y repetí el error, metido de pleno en esta ceguera que es el estar enamorado.

Confieso con sinceridad que esperaba que fueras capaz de hacer las cosas bien esta vez, que si yo siempre había sido claro tú te verías obligada a serlo en algún momento, que te atreverías, que tendrías la valentía y la necesidad de hablarme de verdad, que podrías sacar de tu cabeza todo lo que te atormenta y yo te daría como siempre tiempo y espacio.

Pero no puedes, y ahora estoy casi convencido de que nunca podrás.

Algunos no sabemos vivir con verdades a medias, conociendo sólo retales de la vida de la persona a quien queremos.

Algunos preferimos la sinceridad aunque nos duela, preferimos afrontar la vida aunque nos hiera.

Con aquel último café dejé de confiar en ti y en tu boca.

Y ahora ya no me bebo tus palabras.

Los náufragos ciegos.

Las nubes negras están presentes en este extraño cielo para indicar que nada saldrá bien.

Es cuestión de asumirlo.

Eso y que las brújulas siempre se equivocan, y que los relojes de bolsillo nunca marcan bien la hora.

No se puede luchar durante tanto tiempo contra uno mismo, por eso yo he dejado de hacerlo de una vez por todas. Ahora siento que soy como el vagabundo de esos cuentos de Navidad que busca calor junto a una hoguera maltrecha.  Una hoguera maltrecha que no me da el calor que quiero.

No sé cómo hacía antes para mantener la esperanza a punto, para dejarla siempre a flor de piel aunque me quisieras tan poco como haces ahora.

No sé cómo hacía antes para soportar la espera, para resistir sin un gesto de cariño, para defender lo indefendible.

Está claro que el amor nos vuelve ciegos, nos cierra el punto de mira, nos obliga a estar atentos a un único foco de manera constante y casi perpetua, y a olvidarnos del resto del mundo.

Ya siempre será tarde para todo.

La tristeza me llena por completo, ha inundado la casa como hacen los monzones, y ha mojado los libros y las cartas, y todas nuestras fotografías.

Soy un náufrago en mi propio mar.

Estoy solo en esta isla desierta a la que el sol nunca se asoma, y me miro las manos sabiendo que lo intentaron siempre. Acariciarte las lágrimas que rodaban por tus mejillas, llenarte la copa con firmeza, abrazarte sin quitarte el aire, desnudarte con miedo, cuidarte sin romperte, decirte te quiero en silencio.

Lo intenté siempre.

Vigilar tus sueños, pensar en un futuro que tuviera más luz que el pasado, que nadie te hiciera más daño del que ya te habían hecho.

Hacer(nos)lo fácil.

Supongo que fracasé como tantos otros idiotas, tantos otros locos, como lo hizo Ícaro con sus alas de cera, o como Sir John Franklin con el Erebus y el Terror.

Por eso ahora me quedo aquí,  a lo lejos, brindando entre toda esta tormenta que me explota ahora por dentro.

Me quedo aquí, a lo lejos, de donde no debí moverme nunca.

 

Sonríe.

Estoy tratando de respirar pero no dejan de llegar a mi cabeza boleros tristes, el calor del vino tinto y poemas de Ángel González y Cristina Peri Rossi.

El nudo en la garganta en lugar de deshacerse va creciendo cada día, en lugar de aflojar va apretando poco a poco. Parece que esto es como ascender y escalar un ochomil, porque lo que en teoría debería ser cada día más sencillo se me complica por momentos.

Sonríe tú que puedes.

Tú que eres capaz de olvidar y borrar las huellas en la arena.

Tú que dejas caer el atardecer sin tratar de sujetar el cielo.

Tú que tiemblas bajo las sábanas en agosto.

Tú que nunca sabes lo que quieres y te escudas en la primera excusa.

No puedo mirarme al espejo sin que duela, sin bombardearme con tu tacto, con tus ojos; sin boicotear mi pensamiento si estoy mucho rato callado.

Ocupo mi tiempo entre apuntes, cintas de gimnasio, café, series y alcohol.

Trato de distraerme en vano, porque no deja de doler.

Ni tan siquiera quiero ver a nadie.

Y todo baila entre la culpa, el perdón, el daño, la traición, y hasta la vergüenza.

Cómo no voy a castigarme.

Cómo no voy a llorar si me desnudé sin pudor, sin ocultarme, si guardé las máscaras para tratar de hacerlo bien por una vez.

Cómo no voy a pensar que he sido un idiota creyendo que las cosas, en algún momento, podrían salir bien, que se alienarían los astros, coincidirían los caminos y llegaríamos juntos.

Al orgasmo, a la felicidad, a cualquier parte.

Voy a seguir buscando un golpe de suerte, algo de fuerza, y alcohol del más fuerte.

Sonríe, tú que puedes.

Yo ya no sé hacerlo.

Y tampoco quiero, porque ahora recuerdo cuando reías con ganas y entornabas los ojos.

Entonces sabía que contigo no tendría miedo aunque el mundo se acabara.

Y ahora, ahora ya no sé nada.

El quinto elemento.

Otra ronda. A esta invito yo.

Como cada día, como cada noche.

Es tan extraño porque se supone que todas las personas tenemos la capacidad de ser felices sin depender de nadie.

¿Verdad?

Que estamos hechos para poder crecer en cualquier parte, como la mala hierba, sin necesidad de agua ni de abono, sin tan siquiera recibir un poco de cariño.

Podemos sobrevivir en las montañas y en las cuevas.

Podemos sobrevivir hasta a enfermedades e incluso a algunos venenos.

Y el sarcasmo se ríe de mí diciendo que yo no voy a poder sobrevivir sin ti.

Una historia con un pésimo guión, y un protagonista que no va a llevarse ningún premio por su actuación.

El aire cargado pesa a mi alrededor y me obliga a cogerme el pecho y sentarme, mirando un par de cuadros que no dicen nada a estas alturas.

El agua templada me alivia la carga, me mece cantando una nana hasta que abro los ojos y me oprime la luz blanca y directa del baño.

La tierra seca se abre para acunarme entre sus brazos, me llama con fuerza, me vibra en los pies esperando a que baile y tropiece, y me caiga de nuevo.

El fuego se apaga y no quedan cenizas.

El quinto elemento ya está fuera de mi alcance.

No sé cómo se verán las cosas con otro prisma, desde el otro lado. Quizá todavía hay más turbulencias y nubes que aquí, y la ventisca no te deja descansar ni dormir en paz.

Quizá no hay vacío y todo está lleno de tranquilidad e indiferencia.

Quizá la calma reina en los rincones tibios de tu casa.

Quién sabe.

Nunca he conocido completamente la verdad.

Siempre he estado escondido, entre lo que quería y lo que hacía, entre lo que decías y lo que demostrabas, entre la cama y la calle.

Hoy miro al cielo y no veo la luna, será que de verdad he perdido tu rastro.

Horizontes desde la ventana.

Eres todos los corazones rotos de los que hablan las canciones, todas las historias que comienzan pero nunca llegan a pasar.

Eres el limbo.

El purgatorio.

El horizonte que miras desde la ventana del avión pero nunca alcanzas.

No podré ni sabré olvidar.

Permanezco entre dos mundos.

Entre la realidad y la ficción.

Entre tu música y la mía.

En mi cabeza está lloviendo todo el día y las nubes han venido a pasar una larga temporada, y los cortes en lugar de curar se están macerando, consumiéndome desde dentro con recuerdos y palabras, lagunas y fiebre.

Los periódicos y el café de las mañanas siempre hablan de ti.

La memoria es tan curiosa que nos permite guardar caricias, aromas y sensaciones en el mejor de sus rincones y los rescata cuando menos los necesitamos.

Esas imágenes que nos desmontan y se nos atragantan en el pecho.

En lugar de encontrarme me estoy perdiendo cada vez más, porque quizá todo se reduzca a eso, a perderse a uno mismo por completo para volver a mirarse al espejo y saber a quién quieres al lado y a quién no.

Saber quién te da fuerzas y quién te las quita.

Saber quién estaría dispuesto a desangrarse por ti y quién quiere sólo beber de tu sangre.

Saber quién cruzaría la frontera por ti y quién esperaría a que la cruzaras tú.

Y no sólo es saber, es cuestión de sentir.

Y de verdad que lo siento.

Quererte tanto.

Habernos roto para siempre.