Autor: Ártico

Vidas normales.

Perros en pisos de cuarenta metros cuadrados.

Baños compartidos.

Pinzas que caen al vacío tendiendo los calcetines.

Los gritos del vecino de al lado a su madre con Alzheimer.

Muebles siendo arrastrados un sábado a las nueve de la mañana.

Olor a paella los domingos.

Ingleses de vacaciones en el 3º B.

Un beso de despedida en el portal.

Café y tostadas para desayunar el fin de semana.

El wifi desconectándose cada cuatro días.

El pakistaní de la esquina abierto hasta las tres de la mañana para comprar helado después de follar.

Dormirse viendo Netflix todas las noches.

El hueco vacío en el sofá.

Tus fotos en la mesita de noche.

Un par de libros que no consigues acabar.

Las noticias en la radio de despertador.

El late night de turno en la pantalla del teléfono mientras vas a trabajar.

Conversaciones de política.

Peleas por culpa del fútbol.

La luna delantera del coche llena de barro.

El semáforo parpadeando siempre que vas a cruzar la calle.

El supermercado cerrando tarde por tu culpa.

Y tú pidiéndome que me vaya.

Otra vez.

Sin dejar que me haga un hueco en la vida junto a ti.

Bach desde ultratumba.

El piano no deja de sonar.

Una y otra vez.

Un par de acordes y el mismo par de notas agudas.

No sé si es alguna tipo de mensaje que me envía Bach desde ultratumba, de una civilización extraterrestre o únicamente es mi cerebro diciendo que me estoy volviendo loco.

Lo malo es que suena bien, incluso después de un rato esa melodía me parece acogedora, me invita a quedarme, como el olor de tu pelo, como el útero materno, como una casa con perro.

Se repite cual bucle, al igual que un mantra o el día a día.

Se repite igual que algunos profesores año tras año, curso tras curso, charla tras charla.

Y no sé si golpear el piano o sentarme frente a él y lanzar notas al azar, sin saber muy bien si sonarán bien, si serán acierto o error.

No sé si lo que se espera de mí es que reaccione o haga lo mismo de siempre, que me quede parado escuchando o haga saltar las teclas, los botones de escape y los pequeños martillos por los aires.

No sé si lo que esperas de mí es que salga corriendo o me quede para siempre, que siga buscando sin encontrarte al otro lado del espejo, que te siga mirando con admiración y sorpresa, que el botón de los vaqueros me tiemble cada vez que te acercas.

No sé si lo que esperas de mí es que me acobarde, me aburra, me canse, me calle.

Pero te adelanto que no va a pasar.

El piano no deja de sonar.

Una y otra vez.

Y no tengo claro si nos está diciendo que estamos en el tiempo de descuento.

Y no hay prórroga ni penaltis.

Arena en los bolsillos.

Llevo los bolsillos llenos de arena y el corazón recubierto de lodo.

Pero sonrío.

A pesar de las heridas, de odiarme cada día un poco más, de quererme un poco menos.

Sonrío, y me pregunto muchos días cómo lo consigo.

Somos más fuertes de lo que creemos, estamos hechos para echar raíces en el desierto, para caminar durante horas sin sentir dolor, para vomitar los venenos, para soportar a nuestra conciencia taladrándonos a diario.

Parece que todo cuesta demasiado, que nos esforzamos por los demás y que nadie hace nada por nosotros.

Hemos pasado de querer ser importantes para alguien a querer ser importantes para todo el mundo.

Hemos pasado de la indiferencia a querer que se acuerden de nosotros todo el tiempo, que nos digan que nos quieren, que nos abracen y nos besen y nos llamen a diario para preocuparse por nosotros.

Nos sentimos dolidos y desdichados la mitad del tiempo, y la otra mitad reímos y dejamos de preocuparnos por todo.

Somos tan inmaduros.

Exigentes, egocéntricos sentimentales que no están dispuestos a dar nada.

Han conseguido que no seamos capaces de apreciar el cariño, la sutileza de quien planta una flor para verla crecer junto a ti.

Han conseguido que necesitemos la acción durante las veinticuatro horas de cada uno de los días de la semana.

Han conseguido que todo nos parezca poco, y que al mismo tiempo seamos incapaces de comprometernos con nada.

Han conseguido que queramos que nos den lo que no estamos dispuestos a entregar.

Veo a diario que somos máquinas superficiales que sólo saben aparentar, estamos casi a punto de convertirnos en armaduras vacías, en robots con corazones hechos de meteoritos viejos, en computadoras incapaces de procesar todo aquello que no sean unos y ceros.

Creo que voy a sentarme a mirar el mundo desde algún rincón, mientras sonrío y dejo que suenen los días raros.

No tengo muchas más opciones.

Vengo del futuro.

El mundo es un lugar hecho de enredos, nudos y entresijos; telarañas, jerseys de rayas, animales en peligro de extinción y ricos cada vez más ricos.

No entendemos nada de lo que sucede a nuestro alrededor, muchas veces tampoco queremos, o ni siquiera lo necesitamos para poder seguir andando con prisa, tropezando unos con otros sin mirarnos a la cara. Seguimos sin valorar los cinco minutos tumbados en el sofá después de comer, el poder tener un libro en nuestras manos, el saber que hay alguien escuchando nuestras palabras y que incluso le interesa cómo nos sentimos.

Si todo fuera más sencillo podríamos estar tumbados en la cama hasta la mitad de la mañana, y podríamos no preocuparnos por el dinero que nos queda en el banco a fin de mes.

Si todo fuera más sencillo podría contarle que sueño con ella a diario, y que a veces me despierto de golpe por temor a no volver a verla.

Si todo fuera más sencillo dejaría de callarme de una vez, me atrevería a contarlo todo, sería capaz de borrar las nubes negras, la inseguridad y la estupidez de mi cabeza.

Si todo fuera más sencillo podría despertar siempre a su lado, llenarla de besos, borrarle los miedos.

Pero vengo del futuro.

Y aunque ahora parezca lo contrario, todo acaba saliendo bien.

Sin trucos, sin trampas, sin daños.

Lo prometo.

Cero.

Empiezo de cero.

Ya sé que no me quieres.

Lo sé porque apenas me tocas, porque no eres capaz de aguantarme la mirada, porque te avergüenzas de caminar a mi lado.

Vuelven los días a pasarnos por encima, a dejarnos con las manos llenas de heridas y astillas en los huesos.

Vuelve la primavera a hacernos el mismo daño de siempre, que nos trae el amor con la brisa y  luego nos demuestra lo contrario.

Lo empapa todo la nostalgia a pesar del sol, de la temperatura y de la cerveza fría bajando por la garganta.

Ojalá pudiera deshacerme hoy como un muñeco relleno de arena al que le cortan la tela.

Ojalá dejarlo todo atrás sin que nada me pesara a las espaldas, llegar a otra ciudad, contar otra vida, inventarme un pasado repleto de aventuras increíbles, huidas suicidas e historias llenas de peleas de bar, cicatrices en la cara, whisky sin hielo y pólvora en los dedos.

Duele todo mucho.

Demasiado.

Y no me acostumbro a dejar de sentir para dejar paso a la funesta indiferencia.

Será que no puedo.

O que no sé.

Supongo que la única manera de afrontar ciertos momentos de la vida es olvidando, como mecanismo de protección, hacer como si no hubiera pasado nada, pintar de blanco y comenzar de nuevo.

Rasgar los viejos cuadros y los periódicos de antaño.

Soplar para quitar el polvo de las estanterías.

Abrir las ventanas, el corazón y los ojos.

Y esperar, llegará quien sepa darnos primaveras y abrazos sin que tengan que doler.

La vorágine y los recuerdos.

Algunos días me pregunto cuáles habrían sido mis últimas palabras para la gente con la que hablo habitualmente si, de repente, el mundo se esfumara (o se esfumaran ellos, o me esfumara yo).

Y me inquieta.

¿Cómo me recordarían?

Probablemente les habría dicho cualquier gilipollez sin importancia, un chiste malo, una reflexión sobre la actualidad política que se podría tirar a la basura, una queja sin fin sobre el trabajo, estudiar o lo injusto de la sociedad, un meme recién sacado del horno, un gif hipnótico, una foto haciendo el idiota.

Y me inquieta.

Probablemente nadie sabría que si hablo con ellos es porque me importan, porque un día recuerdas que hace tiempo que no sabes de la vida de alguien y te preocupa saber cómo le irá todo a pesar de la distancia, los malentendidos y los despropósitos.

Porque a veces la única forma de dar un abrazo o un beso es escribiéndolo.

Vamos dejando huellas, en la arena y en la nieve, y apenas somos conscientes de ello, de la importancia de nuestros actos, de nuestras palabras, de nuestros gestos, de cómo la memoria se encarga de guardarlo todo según le parece.  No nos damos cuenta de la importancia de nada hasta después de un tiempo, cuando reflexionamos y recapitulamos, y recordamos frases de manera nítida mientras otras han desaparecido en la vorágine del día a día.

Yo por si acaso, lo dejo por escrito para quedarme tranquilo, para asegurarme de que lo entiendes, porque no vale sólo susurrarlo en medio de la noche:

Te quiero (da igual cuando leas esto).

Cruz.

Llueve y se confunde con las lágrimas.

El día gris está pegado a las ventanas impidiendo que veamos nada y a mí me gustaría que nos obligáramos mutuamente a quedarnos, desnudos, bajo el calor de las sábanas.

Pero es imposible, el mundo conspira.

Toca salir, mojarnos, ver cómo cae la luz bajo la cruz.

Siempre acabo pensando en hasta qué punto me muevo guiado por mis propias decisiones o por el influjo de otros. Si realmente decido mis pasos o me delimitan el camino y me ponen señales y luces para que no piense y sólo actúe. No tengo muy claro si tenemos libertad de movimiento, expresión y elección, o está todo orquestado, y da igual lo que hagamos porque alguien ya ha decidido qué y cómo vamos a hacerlo todo. Entiendo, por otro lado, que si me lo planteo significa que sigo a salvo, que todavía estoy fuera del rebaño.

Y que tenemos una oportunidad.

Que no todo está perdido mientras seamos conscientes.

Que podemos mantener los ojos abiertos y la mirada viva a pesar de la religión, el fútbol y Hollywood.

Que todavía hay tiempo para cambiar las cosas, apartar lo insufrible e insoportable, desechar la basura emocional, leer poesía de la que aún es buena.

Mira, creo que justo ahora que arrecia el temporal y el agua me empapa la chaqueta y me empaña las gafas deberías venir.

Para cruzar los dos la calle cogidos de la mano.