Autor: Ártico

Donde se unen las costillas.

Se nos pasa la vida sin tener las cosas claras.

O todo lo contrario, analizando hasta el detalle cada paso que damos.

Algunas personas necesitan tenerlo todo tan controlado que cuando llegan al destino que se habían marcado ya no queda nadie, han cerrado la discoteca y se quedan en la puerta volviendo a esperar una oportunidad.

Comenzando el ciclo.

Reiniciando la máquina.

Aguardando el paso de los días.

No estamos aquí para perder ocasiones, ni tiempo, ya se encarga la vida de arrebatárnoslo todo según le conviene. De dar un puñetazo sobre la mesa y tirar las copas llenas, y ponerlo todo perdido de vino y llantos.

Y ausencias.

Y melancolía.

El mundo está lleno de personas que piensan demasiado y de otras que ni siquiera conocen el significado del verbo, y en medio existe una maraña de gente que nunca sabe muy bien qué hacer ni con sí mismos ni con su propia existencia.

La multitud se deja mecer por el viento y por las olas, sin saber muy bien a dónde llegarán, como pasa con los pétalos de las flores que arrancan las tormentas de otoño en todo su esplendor.

Cuesta tanto encontrar el equilibrio entre el freno y el acelerador para ir a la velocidad correcta, para poder disfrutar de las horas y de arrancar las hojas del calendario y de la agenda de trabajo.

Cuesta aprender a esperar y resistir, y comprender que tenemos que sincronizar nuestros pasos con los de otros.

Y no sé lo que el futuro tendrá preparado para mí, y tampoco si todo lo que escribo es culpa de la cerveza fría que intenta combatir la sed y la monotonía.

Nunca he sido impaciente pero si tengo que esperarte empiezo a sentir los nervios justo donde se unen las costillas.

Amor infinito.

Mis huesos han vuelto a golpearse contra el suelo y apenas he notado la caída. No he sido consciente de la gravedad, ni del olor a cerveza que hay en la casa. Estaba pensando en eso del amor infinito, eterno, y las mentiras que lo rodean, ¿cómo va a existir algo que pueda ser eterno si estamos rodeados de cosas que terminan?

Las películas.

Los días.

Los turnos de trabajo.

Las comidas familiares.

La charla insoportable del cuñado.

Las misas de 12.

Los ensayos clínicos.

El efecto de las drogas.

Los besos.

El curso escolar.

La boda de tu mejor amigo.

El concierto de tu vida.

Las borracheras durante la universidad.

El viaje de novios.

Los Reyes Magos.

La agonía.

Los cuerpos.

Las estrellas lejanas.

Las historias de superhéroes.

Los caminos.

Todo tiene un principio y un final, hasta el saborear el alcohol de tu boca, hasta el quitarte la ropa y recorrerte con saliva.

Lo cierto es que hoy he acabado el día dándome de bruces contra el suelo, sintiendo el pavimento de cerámica del salón en el rostro, y sigo sin poder obtener respuesta, sin saber si realmente encontraré a alguien que me permita comprobar si todavía es posible tener algún amor infinito.

De verdad, infinito, amor.

El último trago de alcohol.

Ya no hay recuerdos de tardes con ella, se han ido borrando sin que yo fuera del todo consciente. Y ahora me pregunto de qué hablábamos, qué compartíamos y qué solíamos hacer, porque soy incapaz de rescatar esos recuerdos.

He perdido la cuenta del tiempo, de los motivos.

Ya ni tan sólo puedo separar lo bueno de lo malo.

Todo está mezclado en mi cabeza, como el último trago de alcohol que das una madrugada de sábado.

Soy incapaz de pensar en ella sin verlo todo completamente desdibujado.

Pensaba que recordaría siempre el tacto de sus manos, el roce de sus labios en el lóbulo de la oreja, el sonido de su risa, y la forma que adoptaban sus ojos cuando le molestaba la luz de primera hora del día.

Pero no.

No quedan nada más que fantasías que distan mucho de la realidad.

Se ha esfumado.

Del mismo modo que se esfuman los pájaros de los árboles cuando los coches comienzan a recorrer los caminos sin asfaltar.

Del mismo modo que se cierra una página de Word que no has guardado a tiempo.

Del mismo modo que se dice un adiós a quien no te importa en absoluto.

Es tan extraña la memoria, porque nos va difuminando ciertas historias mientras usa el hierro de marcar para otras y las deja señaladas con fecha y lugar para la posteridad.

Y desde luego, escapa a nuestro control.

Recordarás aquel momento amargo, aquel día en el que esperabas angustiado que te recogieran a la puerta del colegio, aquel otro en el que merendaste con tu mejor amigo, aquel en el que tu abuelo enfermó y entendiste que se iría para siempre.

Recordarás el nacimiento de un hijo, el cumpleaños de tu madre, las Navidades de 2008, el día que tu equipo ganó el título más importante, las letras de todas las canciones de los grupos que marcaron tu adolescencia.

Recordarás la primera vez que sentiste la tierra mojada, el sonido del piano, el tacto de las páginas de un libro, la piel cálida de otro ser.

Y olvidarás tantas otras cosas, por capricho del destino más que por voluntad propia.

Yo he olvidado todo aquello que le prometí no olvidar.

Y estoy desconcertado y confuso.

Tanto como el día en el que descubrí que a su lado no había sitio para mí.

(Eso sí lo recuerdo.)

Podría conformarme.

Me ha sorprendido la noche buscándote por la ventana, a pesar de lo imposible de tropezarme con tus pasos por la calle. He sido consciente de pronto del paso del tiempo, sintiendo el ritmo del reloj casi al mismo que dicta el corazón, sintiendo que se me acumulaban los segundos dentro de los millones de células por un instante.

Supongo que uno se hace viejo siendo cada vez más consciente de que todo acaba.

Echando de menos.

Echando de más.

Sintiéndose preso de un mundo que cada vez lo va arrinconando, como arrincona el mes de septiembre al verano, dejándolo de lado de un día para otro.

Ahora aparece la falta de equilibro, el camino lleno de pasos en falso, el cielo repleto de nubes que se mantienen calladas, los juegos de luces en las ventanas cuando la gente vuelve a sus casas, los silencios largos, el cansancio en las costillas y en los párpados.

Aparece la soledad que se extiende, por los meses de final de año, como el hielo sobre el Ártico.

De nuevo.

El frío, la oscuridad, el miedo, los fantasmas.

Aprendimos a morir antes de tiempo pero se nos da bien aparentar que seguimos vivos.

Y, en el fondo, sólo buscamos un refugio cálido donde esperar hasta que brote de nuevo el mes de abril, con las lluvias y las flores.

Aunque creo que podría conformarme con una noche entre tus brazos.

Retazos dorados.

¿Ves cómo cae el sol?

Esa manera lenta y cansada de irse por las tardes indica que septiembre está a las puertas. Es un mes que tiene su forma característica de presentarse ante nosotros, con un poco de aire fresco, temperaturas agradables y tardes que empiezan a ser cada vez más grises y cortas.

Y más tristes.

Aunque todavía quedan esos retazos dorados en el aire, y esa mezcla de rojos, azules y naranjas en el atardecer.

Después de un verano extraño vendrá un otoño más extraño, con las hojas de los árboles cayendo antes de tiempo y dejándonos desnudos. Expuestos.

Estoy exhausto.

Como todos.

Aunque al final siempre podemos luchar un poco más, dar una zancada, cogernos a la cuerda y seguir subiendo.

Vivimos al límite día tras día. Al límite de nuestra paciencia, de nuestras fuerzas, de nuestra tristeza, de nuestra soledad, de nuestra cordura.

Y resistimos.

Seguimos siendo esa raíz que acaba rompiendo la roca y se abre paso, como la vida en el desierto.

Septiembre es como año nuevo.

Empiezan algunos ciclos vitales, acaban los amores de verano, se vuelve al trabajo.

Y yo ya me he perdonado los errores del pasado.

Y respiro de nuevo sin el peso del mundo sobre los hombros, sin sentir la culpa quemando, sin temblores en las manos.

Lo que no se ve no existe.

Y todo se difumina, y se desvanece.

Y ahora sonrío tranquilo, mientras el sol lánguido desaparece tras los tejados.

Mediterráneo amarillo.

Diría que se nota ya el otoño en las calles, en el tono de voz de la gente, en lo apagados que están los ojos, en la música sonando a bajo volumen en las terrazas, en las copas que brindan sin fuerza, en los vacíos que van llenando las casas y todas esas personas que desaparecen de las fotos. Este año se han ido hasta las tormentas de verano y nadie sabe dónde están, tampoco sabemos si piensan volver por aquí o de ahora en adelante pasarán de largo.

Todo es raro, casi tanto como sería ver un mar Mediterráneo pintado de amarillo, lejos de esos juegos de azules marinos y celestes que chocan contra las calas y las playas cuando están vacías.

Todo es raro, casi tanto como sería despertarme contigo después de todo este tiempo, como si nada hubiera pasado, como si estos meses sólo hubiesen sido la peor de las pesadillas que podía imaginar, con amenazas invisibles y un giro brusco en el mundo de un día para otro.

Siento que tiembla el suelo por donde caminamos, que cada día la brecha es más grande y se separan los continentes como si fueran nubes en un día soleado.

Siento que la catástrofe sigue al acecho, a resguardo en cualquier esquina, esperando que todavía estemos más débiles para rematarnos para siempre.

Espero que lleguen las lluvias de septiembre y se lleven los malos augurios, como siempre hacen con las hojas de los árboles.

Y de paso que haga que se olviden todos esos recuerdos que nunca existieron.

La herida que no cierra.

Hace tanto calor en las calles que se están quedando pegajosas la piel y la esperanza, y se va derritiendo el espíritu en medio de la incertidumbre que crece desde las alcantarillas, esa que se acaba transformando en las gargantas hasta dejarte sin respiración.

Maletines a la fuga y cerebros ausentes.

Se está quedando un futuro más negro que nunca.

Pero hoy he visto el mar y he vuelto a pensar en ti.

La herida que no cierra.

Como si alguna vez te hubiera besado amparado por la espuma de las olas y la brisa, como si hubiera notado la arena mezclada con la sal al acariciar tu piel desnuda, como si hubiera visto algún día el reflejo de la marea meciéndose en tus pupilas.

Pero da igual, lo cierto es que algunas personas y sentimientos se difuminan tan bien con el paso del tiempo que es como cuando la lluvia borra las manchas de café del suelo. Otras, sin embargo, dejan marca como la sangre seca en una sábana.

Una mancha que molesta y no puedes quitar.

Y lo único que puedes hacer es tirar lo que no te sirve y comprar algo nuevo.

A veces siento que me encuentro en una eterna despedida, y que nunca acabo de cerrar la puerta, que soy incapaz de girar el pomo, dejar de mirarte y apoyar la espalda contra la madera y caer hasta el suelo con un suspiro de tranquilidad. Pero lo cierto es que estoy en una pantalla tan lejana que no entiendo por qué de vez en cuando apareces en mi mente con una imagen difusa y en la que poco queda ya de ti. Sé que sólo son mis demonios jugando conmigo, buscando de nuevo un momento para reírse de mí.

Pero ahora sólo quiero brindar con ella.

Y convertirme en aire para prender su fuego.

Y recorrer sus cicatrices como si fueran caminos que no existen en los mapas.

Atardeceres rojos.

Hace tarde de café con hielo y de esa brisa de mar que abre el cuello de las camisas sin apenas esfuerzo, y sin embargo estoy sufriendo de lleno los estragos de un sol abrasador que me roba gotas de sudor de la nuca y de la frente. La humedad te arrebata la vida con cada exhalación y echas de menos algo de agua clara, y alcohol en las venas.

Me ruge el estómago y también el cerebro, tienen hambre de sueño y sueños.

Las flores de mi terraza se han marchitado, como el corazón de mucha gente estos últimos meses de nuestra fútil existencia. Yo me he quedado a resguardo, encerrándome entre páginas y música, jugando al escondite conmigo mismo y mis sentimientos. He intentado abrir las ventanas para atreverme a volar y he vuelto al nido, plegando las alas, con más miedo del que ya tenía antes. Me he ido haciendo cada vez más pequeño, rompiendo los espejos, gritando en voz baja por si volvías. He ido deshaciendo las nubes negras que dibujaban la tristeza y la muerte, le he puesto una barrera a la nostalgia escéptica que duda de que pueda seguir avanzando por medio de esta travesía. He utilizado las tijeras para cortar lazos e hilos rojos que me unían de forma absurda a quien ya no deben.

Me he quedado sin cadenas y anclas que me lastren y me hundan hacia el fondo de los mares.

Ya no hay piedras en mis tobillos que me impidan escalar y llegar al límite.

Tengo ganas de borrar con agua todas estas acuarelas que dibujan atardeceres rojos los días que el cielo y la tierra arden.

No sé lo que vi en tus ojos, pero no he vuelto a ser el mismo.

Me quemé después de tu incendio.

Y hay cenizas de las que no se puede resurgir porque ya nada existe.

 

Sin historia.

Me he quedado sin historia, como si me hubieran arrancado las raíces más profundas utilizando mucha fuerza y ahora todo está negro en ese hueco que se ha quedado vacío para siempre en el centro de un tórax que se mueve a duras penas buscando respirar.

Los vinilos suenan en el tocadiscos para intentar llamar a la acción a todas esas ideas que deben estar dormidas en mi interior y que no encuentran salida, que no saben por cuál de todas mis grietas pueden huir hacia el mundo para esparcirse e intentar dejar huella.

Lo peor que puede pasarle a un escritor es no tener nada que contar. Sentir el cerebro apagado y la voz marchita, igual que esas flores que se quedaron dentro de las páginas de un libro para leerlas sin decir nada a nadie, manteniendo las palabras en secreto durante años de oscuridad.

La nada es extraña, y aunque parezca llena de calma su caos tiene forma propia. Un silencio maldito en el que no resuenan las frases, ni toman forma los diálogos. Debe ser culpa del calor, el alcohol, la decadencia tras estos muros que me rodean y me aíslan de los peligros de afuera.

Lo único que me salva de vez en cuando es una taza llena de café, cerrar los ojos y saber que todavía existe el sonido de la harmónica y secuoyas que tocan el cielo, que todavía queda hielo en alguna parte de los polos, que algunas de las profundidades del océano y del alma humana siguen sin conocerse, que el universo continúa ahí arriba aunque a veces parezca que va a caer sobre nosotros, que sigue habiendo personas que sólo ven a otras personas en el mundo, que sigue habiendo arena molesta que se cuela en nuestros lagrimales un día de viento, que la noche espera la luna y sus hilos de plata.

Y yo, mientras tanto, sigo vacío, deshabitado, sin nada que contar.

Pero el mundo sigue palpitando.

Sigue siendo primavera.

Había más secretos que en esas novelas de misterio e intriga que tanto te gustaba leer.

Había más silencios que en las canciones que ponías para que retumbaran con fuerza en tus altavoces.

Había más caminos de los que nombrabas en voz alta.

Había más amaneceres sin mí que conmigo.

Me perdí entre los mapas de tus dedos y tu piel, y no encontré más tesoros que todos los que quise imaginar cuando rozaba tu lengua con la mía.

Me perdí entre las nubes de los días grises y viento de poniente, sin ser capaz de hallar consuelo en los recuerdos de los dos.

Algunos venenos son de efecto lento, y empiezan a notarse sus síntomas después de mucho tiempo. Comienzan a caerse las uñas, el pelo y los dientes mientras me deshago bajo la lluvia ácida que azota mi malograda conciencia.

Creí que sería más fácil encontrar la salida cuando ya no quedara nada, y todavía sigo atrapado, y acaricio los barrotes de esta cárcel en la que he aprendido a no vivir mientras actúa la suerte.

Por inercia.

Todo lo hago por inercia.

Y porque no queda otro remedio.

Combatir la tristeza, ponerme las zapatillas, tomarme el café de las mañanas, quejarme de todo.

Desde la distancia y la extraña paz que me proporciona la soledad observo la pista de baile mientras se va llenando y veo cómo los demás disfrutan de la compañía pero yo sigo sin ser capaz de hacerlo.

Desde la distancia prefiero cerrar la puerta sin hacer mucho ruido y esperar a que nadie repare en mi ausencia, ascender sin prisa a la colina, apoyarme en el tronco del único árbol que la habita y observar todas las constelaciones que abarca mi vista. Todas esas constelaciones que volverán a susurrarme tu nombre para sentir que todavía quedan latidos en el centro de mi pecho.

Para sentir que sigue siendo primavera.