Autor: Ártico

En tus ojos.

Nunca quise darme cuenta de que en tus ojos atardecía antes de tiempo.

Mecanismo de autodefensa.

Ser consciente de lo que sucede antes de que se vuelva tangible es uno de mis defectos, el paso por delante que me impide disfrutar y sonreír un poco mejor; y respirar sin ningún tipo de miedo. Tarde o temprano todos los caminos se acaban, hasta los que llegan a Roma, o se tuercen y hacen que te quedes deambulando en medio de la nada.

Creo que las miradas no entienden de calendarios, ni del paso del tiempo, que sólo reflejan algunos sentimientos, la pantalla del teléfono móvil y el uso de drogas de diseño.

Recuerdo que besaba tus párpados como si la muerte quisiera cogerme de la mano antes de que sonara el despertador.

Recuerdo que te abrazaba como si pudieras desaparecer en cualquier instante, y el sueño fuera a desvanecerse ante mi mirada.

Recuerdo que me costaba respirar por la culpa y el desastre.

Y todo eso se ha ido, y los colores del otoño me calman, me curan, me abrazan.

Ahora pienso que ya no estoy en guerra, ni me siento el suplente que calienta el banquillo, ni ese actor que espera una y otra vez ser la revelación del año.

He dejado de llevar la vida a cuestas, sólo me acuerdo de coger el abrigo y la cartera cuando salgo de casa.

Al final me alegro de que te marcharas para dejarme sitio, para poder cuidar de mí.

Me alegro de tocar atardeceres y de no perder el tiempo viendo mi reflejo en tus ojos.

Entre ecos y besos vacíos.

El cielo de noviembre.

La noche está llena de terrores que hay que apagar con el calor de la piel, todavía más cuando comienza a hacer frío tras las ventanas y da pereza moverse desde el salón hasta cualquier otra estancia de la casa.

El cielo de noviembre se despide sin apenas nubes, con el azul claro e intenso de los días despejados en los que bajan las temperaturas y se tiene que pasar realmente mal durmiendo al raso.

Tenemos suerte, o al menos eso creo, porque me cosquillean las entrañas si te pienso, y noto una pequeña llama manteniéndose en el interior, que sobrevive a pesar de que a veces sople el viento de la duda con intensidad.

Yo ya no pretendo controlar el futuro, ni tan solo preocuparme por él, apenas sé qué pasará mañana como para intentar vaticinar qué será de este cuerpo repleto de inseguridades en los tiempos próximos. Sólo controlo de quiénes me rodeo, a quién y a qué dedico mi tiempo.

Sin quebraderos de cabeza.

Permitiéndome disfrutar de ti, de mí, de nosotros y de los demás.

Es que es tan complicado encontrarse, mirarse por dentro, asomarse al abismo interno y no caer en picado.

Es tan difícil aprender a curarse y a quererse.

Es tan importante poder tomar aire con calma, llenar los pulmones de risas e historias.

No sabía que podría volver a saltar por los tejados sin mirar al suelo, pero lo he conseguido.

Ahora sé que da igual lo alta que sea la caída, porque puedo volver a empezar de cualquier forma y en cualquier lugar.

Y seguir resistiendo, como hacen esos viejos árboles que respiran en medio de los susurros del bosque.

¿Dónde estás?

¿Dónde estás?

A veces me lo pregunto.

Y no sé si lo estoy haciendo por ti, o por mí.

Pregunto en voz baja, sin alzar mucho la voz, quizá para que la cuestión pase desapercibida, de puntillas, por mi día y aplazar la respuesta hasta la mañana siguiente, o la semana siguiente, o el mes siguiente. Postergar ciertas dudas es parte de nuestra idiosincrasia, y esquivarlas con mayor o menor fortuna también.

¿Dónde estás?

Y quiero engañarme pensando que no me importa, creyendo que ya no importa.

¿Dónde estás?

Y me veo aquí plantado ante la hoja y la mente en blanco, sin saber muy bien qué responderle a mi cabeza.

¿Dónde estás?

Voy a mentir si digo que no fantaseo con lo que haces y dejas de hacer, si no imagino tu forma de caminar contra el suelo húmedo, si no pienso en cómo te colocas de lado en el colchón y te tapas hasta el ángulo de la mandíbula para ahuyentar a los monstruos de debajo de la cama y los problemas de la calle.

¿Dónde estás?

Y supongo que alguien más te da calor, que las estrellas siguen brillando allá arriba, y que las palabras siguen valiendo tan poco como lo hacían ayer.

Todo está revuelto, como esos ríos después de las lluvias torrenciales, como esas ciudades después de la guerra, como esas vidas después de la muerte.

Todo es complicado, como las matemáticas cuando dejas de estudiarlas, o los saltos cuánticos, o los planos del metro de París.

¿Dónde estás?

Y ahora sé que a veces dan igual las respuestas, o que incluso, algunas pueden esperar.

Y no pasa nada, el reloj seguirá hacia adelante.

¿Dónde estás?

Y no lo sé pero sólo espero que la suerte te acompañe.

Volvemos.

Está el mundo lleno de novedades y extraterrestres, y de personas a las que no les gusta nada. Vivimos rodeados de negacionistas con gorros de papel de aluminio. De gente que rabia y lo llena todo de odio. De expertos en nada que hacen mucho ruido y consiguen confundir al resto. De sabios de barra de bar que no saben apuntar dentro del inodoro cuando van al baño. De quienes tienen la mente tan cerrada que no son capaces ni de abrir las ventanas.

El mundo vuelve.

Volvemos.

Volvemos a dar otra vuelta sobre nosotros mismos, como esas bailarinas de ballet.

Volvemos a las cuevas, a encender antorchas y a gritarnos desde las cavernas.

Volvemos a quedarnos atrapados bajo las mantas cuando empieza el frío.

Volvemos a bebernos el vino que teníamos bien guardado.

Volvemos a leer los mismos libros de siempre.

Volvemos a pensar en aquella persona que nos hizo tanto daño.

Volvemos a tomarnos el café solo por las mañanas.

Volvemos a reprocharnos los errores más sencillos de cometer.

Volvemos a sentirnos viejos, a perder las musas, a creer en los infiernos.

Volvemos a mirar al cielo con una mezcla de miedo y nostalgia.

Volvemos a esperar que llegue la calma y el aburrimiento clásico.

Volvemos a ocupar nuestro rincón.

Volvemos a querer querer.

Volvemos a volver.

Y cuando todo acabe, nos lamentaremos por no haber permitido empezarnos.

Tú y yo.

Antes de que se detenga el tiempo.

En tu dirección.

La noche está intentando llenarlo todo de niebla, que resbalen las calles y empañar los cristales. Aquí dentro estoy a salvo, de todo excepto de mí. Hoy he conseguido tirar otra piedra más sobre mi tejado, cargando mi espalda de peso, sintiendo una esperanza que estoy convencido que se romperá demasiado pronto.

Como pasa siempre.

Me gustaría detener el globo terráqueo por un segundo y poder adentrarme en tus ojos, lanzarme al vacío de tus labios y viajar en el tiempo para ver el futuro.

Para poder averiguar si es de los dos.

O sigo solo.

Como esos llaneros solitarios de los westerns de los sesenta y setenta que sólo saben beber y lamentarse con música de fondo.

Supongo que imagino que la vida contigo sería un continuo estar de vacaciones, que nada costaría más de lo que cuesta quitarse las gafas antes de dormir.

Supongo que podría admitir que no tengo respuestas para tus preguntas sin sentirme tonto, sin morirme de vergüenza.

Supongo que dejaría de pensar que el mundo es tan feo, y que las cadenas que arrastro a diario serían más ligeras si quisieras cogerte de mi mano.

Me encantaría ver que vuelas libre y de vez en cuando miras hacia atrás para saber si te sigo de cerca, y que entonces me sonríes esperando una sonrisa de vuelta.

Veo una pequeña luz que me lleva en tu dirección, que marca tu nombre, que me embruja cuando cruzo por las calles que te gustan.

Pero mis pies siguen detenidos en la misma piedra de siempre.

Aunque, de verdad, soy sincero si digo que sólo quiero que el mundo de una vuelta más y vengas junto a mí.

Te prometo que estaremos a salvo.

De casi todo.

Respiraciones por minuto.

Ha caído la luz otro lánguido domingo por la tarde, y una luna de sangre brilla en el cielo en un día de muertos demasiado raro. Hay más cansancio que ganas en la piel a estas alturas, y pocas respiraciones por minuto.

Me gustaría asomarme a la ventana y gritar tu nombre por si estás escuchando y, de pronto, te apetece venir a acurrucarte junto a mí en el sofá.

Todavía no hace frío en las calles pero siento que tengo estalagmitas de hielo por detrás de las costillas, y que llegan hasta el fondo, que se clavan sin remedio, derramando sangre que sigue, inocente, goteando contra el suelo de cerámica.

Estoy en ese momento en el que no quiero que dejes de hablar, en el que que espero que sigas llenando mis oídos de ideas nuevas, de versiones diferentes de cada una de las historias que he escuchado mil veces en otras bocas.

Estoy en ese momento en el que la única droga que me gustaría probar son tus labios.

Y es un milagro.

Sentirme así después de todo.

Después de un año, o años, de mierda.

Después del dolor y las cenizas.

Y las noches de insomnio y sudor.

Y de cerrar los ojos y que nunca estuviera aquí.

Ahora va todo a otra velocidad, y siento que me estoy abriendo en canal otra vez, dejando que todo salga, flotando en medio de esta incertidumbre que nos abraza hasta asfixiarnos.

Pero la verdad en todo este asunto es que me rodea una calma tan extraña como la que reina durante el toque de queda.

Y miro por la ventana pensando en lo que diría si pasaras por delante.

Alcohol en las venas.

Creo que puedo sobrellevarlo casi todo, pero también creo que me autoengaño. Tengo que admitir que también soy de los que agachan las orejas y tiran balones fuera cuando algo va mal, y trato de esconderme hasta que pasa un poco el temporal.

Como mecanismo de defensa, supongo.

Aunque al final tengamos siempre que afrontar los problemas y las soluciones.

Y echarle un poco de cara a todas esas conversaciones que tenemos pendientes, con el espejo del retrovisor y con los demás.

Que la vida sería más fácil si me atreviera a preguntarte si también piensas en mí.

Que yo sería menos gris si supiera que algunas noches revoloteo por tus pensamientos.

Que los días serían más tranquilos si tuviera la certeza de que te arrepientes de la despedida.

Que respiraría mejor si no tuviera recuerdos en el esternón que sólo se van cuando hay algo de alcohol en las venas.

Que no tendría este agujero en el estómago si no pensara que eres para mí como esos castillos de arena que están demasiado cerca de la orilla.

Pero quiero obligarme a creer que todo irá bien.

Estoy convencido de que es el destino el que toma decisiones por nosotros cuando no podemos hacerlo, empujándonos, obligándonos a ver la realidad.

Y que por ese motivo, a veces, nos duele todo tanto, porque el mundo nos dispara a traición, sin que podamos esquivar sus balas.

Y por eso, a veces, nos separamos de la gente como si fuéramos placas tectónicas buscando su sitio.

Y por eso quien un día fue casa ahora sólo es pasado.

Pero tú, por favor, no te vayas muy lejos.

Del calor al frío.

Languidecen los días a mayor velocidad de la que lo hace mi ánimo, que ya es decir. En octubre las horas comienzan a esfumarse en apenas un par de pestañeos, de pronto llega la noche barriendo las hojas y las sensaciones y nos encierra en nuestras casas.

Pasamos del calor al frío en unas horas, como nos pasa con según qué personas.

Algunas veces siento que los latidos se amortiguan dentro de este río cada vez más seco que me recorre por dentro, y que me estoy convirtiendo en hueso viejo, quebradizo, que se deshace hasta cuando alguien intenta acariciarlo con cuidado.

Prisionero de mi propia cárcel, condenado de manera perpetua por mi propio tribunal del jurado.

Navegamos tantas veces fuera de nuestro alcance, mirando el Universo, creyendo que podremos llegar a tocar cualquier estrella que brille ante nuestros ojos, con nuestro traje y nuestra nave preparada para el hiperespacio. Pensamos en todo lo imposible cuando no somos capaces ni de lidiar con lo que tenemos más a mano, nosotros mismos, y nos vamos escondiendo por temor a conocernos de verdad.

Y que no nos guste lo que descubrimos.

Soñamos tanto que apenas nos queda tiempo para vivir en una realidad que nos espera lista siempre para darnos golpes bajos y dejarnos tendidos sobre el ring.

Supongo que me gusta imaginar porque puedo verte en medio de la noche caminando hacia a mí.

Supongo que me gusta imaginar porque puedo respirar la brisa del mar mientras te abrazo por la espalda.

Supongo que me gusta imaginar porque siento tu boca de nuevo dándome los buenos días.

Supongo que me gusta imaginar porque estoy menos roto.

Pero después abro los ojos y se me revuelve el estómago, de pensar que nunca vas a estar aquí de nuevo.

La incertidumbre y las dudas.

Qué sería de nosotros si conociéramos el futuro, si supiéramos con certeza cada una de las situaciones a las que nos vamos a enfrentar en el día a día, si tuviéramos en nuestro poder el saber lo que está por venir.

Qué sería de nosotros sin la incertidumbre y las dudas, si estuviera claro todo lo que va a sucedernos desde el momento de nuestro nacimiento hasta el momento en el que perdemos para siempre los latidos y la respiración.

Estamos hechos de manojos de nervios y posibilidades.

Y de misterios por resolver.

Somos indecisión y problemas constantes.

Y mapas llenos de carreteras y caminos que no conocemos.

Un día te miras a los ojos y te tiemblan las piernas porque todo ha cambiado, de una manera que ni te imaginas, y no sabes cómo afrontar los nuevos retos que traerá el invierno con sus viejos vientos.

El sol de octubre traía hoy aroma de café recién hecho y perfume, y luces en las fachadas para recordarnos fechas significativas.

He tenido que comprobar que mis manos ya no temblaban al despertar, y que el pecho ya no dolía antes de cerrar los ojos.

He tenido que comprobar de nuevo que los días me abrazan sin miedo.

Pero la habitación está tan desordenada como mi vida y tan vacía como el futuro incierto que me espera.

Partículas.

No sabría qué decir si te encontrara de nuevo por las mismas calles, con la mirada perdida y el pelo despeinado por las risas de otra gente.

Es tan extraño todo esto.

Tú.

Yo.

El olvido.

Y lo de seguir respirando sin saber cómo sigue la vida, ni de qué va el futuro.

Estamos tan perdidos.

Nos hemos convertido en muertos que vagan por los días sin saber a dónde tienen que llegar, sin saber decidir destino, ni lugar, ni persona.

No podemos creer lo que nos ha pasado.

No podemos entender dónde tenemos metidos los pies, ni cómo hemos llegado hasta aquí.

Tampoco sabría decirte por qué nos elegimos en algún momento, y tampoco por qué decidimos rompernos hasta convertirnos en partículas microscópicas en algún otro.

La Vía Láctea está iluminando algunas noches este camino lleno de espinas y piedras con las que tropezar.

Y no tenemos ni idea de qué hacemos chocándonos los unos contra los otros en este mar tan extraño.

Se me está deshaciendo la vida entre los dedos, escapándose como si fuera la arena de la playa entre las manos de un niño que juega con sus abuelos en la orilla.

Se me está difuminando el tiempo, y los segundos se acumulan sin cesar al otro lado del abismo.

Me está rodeando esta insólita sensación de extrañeza ante lo que tiene que llegar.

Y tú estás ya demasiado lejos.

Y yo demasiado cansado como para que nada me importe de verdad.