Autor: Ártico

Orgullo y corazón.

Lo que más me preocupa estos días no es el calor asfixiante ni tener que beber agua cada hora para no deshidratarme, ni que las nubes condensen la humedad y no acaben de descargar nunca sobre nosotros.

Era tan fácil decir que no me querías.

Tan fácil prender la pólvora, que todo saltara por los aires de una vez.

Definitivamente.

Y dejar que pasara el tiempo.

Intentar que se curaran solos, el corazón y el orgullo.

Y volver a montar el puzzle con las piezas que me has quitado para siempre y que nadie podrá volver a poner en el sitio.

Zafón lo sabía, o al menos lo escribió tan bien que lo parece:

“¿Sabe lo mejor de los corazones rotos? Que sólo pueden romperse de verdad una vez. Lo demás son rasguños.”

Lo demás no me escuece ya, ni echándole sal.

Perdí todas las apuestas en las que esperaba que recogieras tus cosas y vinieras conmigo, aunque fuera sin el dramatismo de las películas, sin lluvia mojándonos por fuera y por dentro, sin el beso en medio de la calle parando el tráfico.

Y ahora sólo soy un vaso vacío que la gente llena y del que bebe a su antojo, un espejismo, una estrella que ya se ha apagado y vaga sin que nadie la mire en una noche de cielo negro y despejado.

No supe ver que mi sitio nunca estuvo a tu lado, que sigo siendo demasiado pequeño, que todavía sueno a cuerda rota, a violín desafinado, que me he convertido en el periódico viejo que ya no tiene nada nuevo que contar, en el aburrido que no tiene nada nuevo que aportar.

Todavía no he aprendido a despedirme de ti.

Pero lo intento.

Amanece sin ti.

Hoy he visto amanecer sin ti y me cogían de la mano con más ímpetu del que lo haces tú últimamente.

Y me he sentido raro.

He visto el mismo cielo, las mismas nubes, el mismo sol, pero desde otro lado, con otros ojos.

He visto cómo la ciudad se ponía en marcha desde las alturas.

Y me he sentido raro.

Estoy confuso.

Se supone que las personas nuevas te sanan las heridas y te calientan el corazón con sus dedos, y yo me siento igual de roto y averiado que siempre.

Se supone que las personas nuevas te hacen olvidar, te insuflan aire e ilusión, y yo me siento igual de destrozado y descosido que siempre.

He sentido que te traicionaba, como si rompiera un tratado de paz, como si rompiera una promesa entre dos niños hecha con el meñique cuando la lealtad todavía lo es todo.

He sentido que dan igual los besos y que me quiten la ropa interior más rápido de lo que lo haces tú.

Amanece sin ti, y yo siempre prefiero las noches contigo.

Fuera de carta.

No estaba previsto, las cosas buenas de la vida no suelen estarlo.

Un día te despiertas y ahí está el sol jugando en lo alto, haciéndose el dueño de todo, desplazando a las nubes y a las lluvias hacia otro lado.

Un día te sonríe y respiras, y sabes que vale la pena haber puesto un pie en el suelo sólo por ello.

Y te das cuenta de que ella es como esos platos que están fuera de carta, que te gustan mucho más que el resto.

Y que lo pedirías todos los días sin cansarte de su sabor, de sus dedos, del color de sus ojos, de su risa; y que lo único que odias es su dolor.

Yo sigo siendo la sombra del monstruo de debajo de la cama, nada cambia, no hay espejo que soporte mi reflejo, todo es deuda y futuro sin sentido. Sigo golpeándome el pecho, arañándome en la noche, buscando la grieta por donde se escapó el corazón entre mis costillas.

Ambigüedad, rechazo, veneno y heridas.

Siempre quedarán los sueños en los que arrasábamos con todo, los planes en el aire, como castillos flotantes, que nos esperaban con las puertas abiertas, los destinos inciertos, los besos sencillos, el sexo interrumpido, los intentos, los silencios, y el infierno bajo nuestros pies en cualquier pista de baile.

Mientras pienso qué plato voy a pedir hoy, el camarero me mira como si no supiera nada de la vida.

Y el que no sabe nada es él.

Te quiero a ti y no estás.

Mismo sitio, distinto lugar.

La hiedra tampoco se atrevió a trepar por tu cuerpo, no dejaste que cogiera raíz, no dejaste que me enderezara por tus piernas hasta llegar a tus labios, a mecerme para siempre, a quedarme dándote aliento, donde protegerte del viento y del invierno, donde protegernos de los finales.

Estamos llegando al derrumbe total, y me obligas a buscar de una vez mi sitio (que no es el tuyo), buscando un rincón en el que me abran los brazos y no me cierren las puertas, donde no lleguen los violines ni los aullidos, donde yo ya no escriba más frases para ti (que lees desde hace ya tiempo sin ojos de amante), donde no te necesite para estar tranquilo y seguir caminando.

Ya no hay contrapuntos, ni redobles, ni timbales que anuncien tu llegada en plena madrugada, ni besos con lengua, ni tus manos en la nuca pidiendo que nos quedemos escondidos contra la pared del pasillo.

Compartimos cama, andén, y noches en vela, gotas de sudor y de excesos, rituales en silencio, gritos a deshora, insensatez sin medida, todos los secretos, las joyas de la corona y triángulos que ni después de rotos hemos conseguido cuadrar.

Nos hemos quedado sin himnos, y me rompo, y el pecho se me encharca, y el corazón no late.

Sólo escucho música, y ya no puedo cantar.

Sigo en el mismo sitio, pero está claro que ahora tú eres distinto lugar.

Infierno.

Si me hubiera dado cuenta antes de que para ti sólo era una mascota a la que acariciar la cabeza de vez en cuando y dejar los fines de semana encerrado en el balcón.

Si hubiese sido capaz de ver que sólo se me exigía cada vez más y se me daba cada vez menos, y con menos ganas.

Si hubiese sido capaz de ver que la balanza nunca estaba equilibrada.

Si hubiera sido consciente de que nunca ibas a estar dispuesta a lo mismo que yo habría echado a correr en el momento en el que me di cuenta de que me había enamorado.

Después de remontar un río de sentimientos contradictorios, de salir de una cueva en la que había permanecido un largo tiempo a solas, y sin atreverme a nada, dolido con el pasado y conmigo mismo, inseguro, tibio y temeroso; conseguí creer que todo iba a cambiar, que las piezas irían encajando las unas con las otras y que acariciarte no había sido simplemente una casualidad.

Se ha ido deshaciendo todo como el hielo en una copa de whisky y ahora sólo queda la resaca, de esas que no se van ni con pastillas, ni con agua, ni con decenas de horas de sueño.

Ahora quedan los cortes en las manos y ojeras en el rostro, y el llanto desconsolado ahogado con la almohada.

Y reprocharme los errores, y no aceptar los aciertos.

Y no entender nada, en este vasto infierno que me espera.

El faro.

Sin sentirnos realmente vivos vamos caminando por las calles y los mares buscando algo de luz, buscando un lugar en el que podamos dormir sin temor, donde seamos capaces de cerrar los ojos sin estar alerta.

En este angosto viaje ya me he perdido en tus caderas, en diversos mapas y novelas; también en carcajadas, abrazos y besos cada vez más torpes.

Y no sé si todo esto es por despiste o por méritos propios.

Hay parte de verdad en eso de que somos nosotros los que cavamos nuestra propia tumba, y yo nunca he tenido miedo de meterme en túneles y cuevas cada vez más profundas, no he tenido miedo de tocar la lava ni de quemarme los dedos con tu fuego, ni de enredarme por las mañanas con tu pelo y con tu sueño.

Y con tus sueños.

Los días parecen, en ciertos momentos, un desierto repleto de espinas que atravesamos descalzos y sin agua, y llegamos sedientos y magullados al final del mismo. Semanas eternas, meses interminables, vidas que parecen durar tanto como una cadena perpetua, sin nada que nos consuele lo suficiente, sin nada que nos llene como para tener ganas de sonreír con sinceridad, sin fingir el sentimiento ni las palabras.

Imagino las estrellas encendidas desde mi ventana, queriendo decirnos algo allí arriba, mandando mensajes que llegarán cuando nosotros ya sólo seamos polvo y formemos parte del pasado, y ya no quede gente que nos recuerde escuchando ninguna canción.

Sigo tumbado en el suelo esperando a que me levantes, que me tomes de los brazos y me impulses, que abras el grifo, me limpies tanto veneno y dejes que el agua me caiga sobre las ideas, que me transformes y me llenes los pulmones de aire y ganas.

Que sigas siendo el faro que me hace ver claro entre tanta bruma en mi cabeza, el rayo que lo aclara todo en medio de la nada, el viento en la cara de un día que parecía triste y acaba en tu cama.

 

Sin mentiras.

¿Mentiras?

Para mentiras ya tengo las que me digo a mí mismo para seguir levantándome cada mañana.

El problema de la mentira es que te aísla del resto, y rompe la confianza que te habías ganado con el avanzar del tiempo hasta reducirla al tamaño de una hormiga, hasta convertirla en algo insignificante y quebradizo.

El problema de la mentira es que puede destruirlo todo, puede llegar a tener el efecto de una bomba nuclear sobre las personas, puede destruir Petra y secar el Orinoco.

Te vas metiendo solo en un laberinto lleno de frases que debes recordar para no fallar con las preguntas del resto, y vas acumulando errores hasta desbordar el vaso y que llegue el temporal de explicaciones y la espiral que supone la búsqueda de perdón. De un día para otro pasas de ser el rey o la reina del tablero, a ser un peón al que cualquiera puede comer. Nos refugiamos en excusas y verdades a medias para no afrontar la realidad, para no abrir los ojos por completo, para no aceptar, para no luchar contra los monstruos de los que todos huimos a diario.

Se nos da mejor salir corriendo que mirar a los ojos.

Se nos da mejor inventar que coger de la mano para salvarnos.

Debería gustarnos vivir, reír y llorar sin mentiras, como cuando nos tocamos sin miedo y sonreímos en silencio, y miramos al techo antes de que suene el despertador sin que nos duela el pecho.