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Mil razones.

Creo que me falta oxígeno, valentía y fuerza para seguir adelante con todo.

Me tiemblan las piernas y las manos la mayor parte del día.

Y la presión del pecho nunca cesa.

Ni las ganas de ti.

No sé si a veces nos arrepentimos más de las cosas que hemos hecho o de todo aquello que dejamos en el tintero, de todo lo que se queda a medias y de lo que nunca sabremos cuál habría sido el resultado final. Si hubiéramos ido a aquel viaje, si hubiéramos dado aquel beso, si hubiéramos sonreído a alguien en un bar, si en lugar de haber callado nos hubiéramos atrevido a decirlo todo a la cara.

Hay tantos caminos y sendas, y carreteras, y al final sólo elegimos una opción, desechamos el resto de ellas y decidimos andar por el motivo que sea en una dirección concreta. Es tan difícil, es tan difícil seguir hacia adelante sabiendo que te estás equivocando, sabiendo que todo podría ser diferente y mejor, sobre todo mejor.

Yo nunca he sabido aceptar el error cuando podría acertar.

Nunca acepto la injusticia cuando todo podría cambiar.

Nunca he podido darme por vencido sabiendo que todavía queda lucha por delante.

Nunca preferiría otros labios a los tuyos.

Nunca.

Y lo digo más convencido que la mayoría de los que se aferran a los mandamientos y al nuevo testamento, de los que juran sobre biblias y se ponen de rodillas, de los que hablan con dioses que no se ven ni se tocan, ni muchas veces se sienten.

Lo digo más convencido que cualquier otro porque yo te tengo a ti y puedo tocarte, mirarte, escuchar tu risa, mecerte en mis brazos. Aunque no siempre, por eso soy ya como esa llama que calentaba mucho y ahora se extingue, esa que se ha convertido en cenizas que son capaces de desaparecer con un golpe de viento. Sólo soy ruina y desastre, humo y residuos, perdición sin sentido.

Y te he arrastrado a esta espiral, al caos.

Todo porque yo estoy preparado para todo contigo, tú no.

No sé cómo hago para que la historia se repita una y otra vez, que me entrego y al final me quedo vacío por completo por haberlo dado todo, convertido en un recipiente que tirar a la papelera.

¿Qué va a ser de nosotros si sonamos a frase de Luis Brea?

[Hay mil razones para ser feliz,

pero a mí me bastaría contigo.]

 

Amores de ida y vuelta.

Hay amores de ida y vuelta, que van y vienen, pero yo creo que los que abundan en nuestros días son los que parece que van a alguna parte pero nunca llegan. Los que empiezan comiéndose el mundo y se consumen después de un par de meses, como todos los fuegos que no se hacen con buena leña.

Nos quedamos a medias y no diré si hay culpa, ni tampoco si hay perdón.

Es todo cosa de la predisposición.

Lo que está claro es que yo quería llegar a todas partes contigo pero también que no me importaba no ir a ninguna si aferrabas mi mano y nos quedábamos parados, y me lo has puesto difícil.

Tan difícil.

Has ido colocando los obstáculos estratégicamente para que tropezara con todos y cada uno de ellos, y eso tampoco se hace. Eso no se hace con quien se dejaría la piel por ti en el asfalto, con quien siempre pondría buena cara ante la idea de una comida familiar, con quien cargaría con todas las bolsas de la compra que fueran necesarias para llenar nuestra nevera.

Lo malo de la vida, y de esta mierda en la que hemos convertido cada relación, es que todos tenemos nuestra visión sesgada de las circunstancias. Cada uno arrastra sus piedras y lleva sus taras como puede. Cada uno piensa que ofrece más, que lo hace mejor, y hemos perdido esa capacidad de ponernos en el lugar del otro y tomarnos las cosas con calma.

No me gusta ya tanto amor que sólo sirve para destruirnos, ni el rencor, ni que guardes más balas en la recámara para herirme cuando te miro a los ojos y descubro el gris inerte del que ya no siente nada.

Hay amores de ida y vuelta, y algunos, como nosotros, que ni siquiera tuvieron la valentía de pisar más allá de la línea de salida.

Me retiro sin premio, pero yo creo que todo estaba amañado desde el principio.

Flores secas.

Es mirarme al espejo y ver el interrogante sobre mi cabeza:

¿Por qué iba a quererme ella a mí?

Y la pregunta se repite una y otra vez, de muchas formas diferentes.

La inseguridad hace que al final todo se tambalee, que bailemos sobre el alambre sin saber muy bien si darnos de bruces contra el suelo quizá es mejor opción que estar siempre en el aire sin saber cuál es nuestra posición en el mundo.

Dicen que estamos en primavera y yo no soy capaz de encontrarla entre tanto frío, tanta lluvia y un amor que se escapa entre mis dedos igual que lo hacen las flores secas que descubro entre las páginas de un libro.

No sé qué debo pensar, ni qué sentir.

Y ahora tampoco sé muy bien si debo callarme de una vez por todas porque ya nada va a cambiar.

No sé si estamos en el final de la película y estoy a punto de darme cuenta de que he perdido a pesar de remar, a pesar de tratar de correr entre la gente para encontrarte, a pesar de abrir mis brazos para recogerte siempre.

No sé si hemos pasado ya de los títulos de crédito y sólo nos queda levantarnos del cine y que cada uno se vaya a dormir a su casa, dejar de compartir saliva y risas perdidas.

No sé si tengo que sonreír, callar y apartarme.

Y que todo acabe por parecerme bien aunque sea mentira.

Pronto escaparé de la rutina, del día a día al que estoy acostumbrado, y se abre la brecha ante mis pies.

Me siento inestable, con más miedo a mis espaldas del que he sentido antes, y es que no sé cómo saldré de esta.

Sólo quiero unos brazos en los que refugiarme, un beso en la frente, y un susurro que signifique que no pasa nada porque pase lo que pase estará a mi lado.

Y es la mejor forma de ser valiente que se me ocurre.

Rapsodia.

Las tardes sin ella eran como rapsodias tristes de piano. Y suponía que una vida lejos debía estar cerca de sonar como el Réquiem de Mozart y que podría llegar a destrozarme el alma. He sido capaz de enterrarme en kilos de libros con tal de no pensar, de cerrar los ojos durante horas bajo el agua fría de la ducha hasta sentir que se me congelaban las ideas y los sentimientos, de poner la música tan fuerte que me dolían los oídos, de llorar tantas horas que se convirtieron en días, de gritar con tanta rabia que ya no quedan telarañas.

Porque pocas cosas duelen más que un adiós cuando no quieres pronunciarlo.

Pocas, por no decir ninguna.

Llega un momento en el que te preguntas qué hacer cuando cada paso acaba en falso o en decepción, cuando el destino lleva riéndose de ti desde que eres consciente de que el mundo giraba sobre un eje algo torcido. Supongo que cuando te enamoras de verdad estás tan indefenso como un niño, y tienes su misma inocencia, y entonces es cuando corres el riesgo de que te hagan el mismo daño que les pueden hacer a ellos.

Y qué putada, porque a ver cómo te proteges de eso, de lo que no eres capaz de ver venir, de que te haga daño la única persona en el mundo que no quieres que lo haga.

Después de eso la rutina se reduce a respirar y dejar de creer en nadie.

Olvidar no se olvida, sólo se arrinconan los recuerdos, se dejan dormidos pero siempre están dispuestos a despertar para herirte cuando menos te lo esperas, para borrar la única sonrisa que has tenido en todo el día, para hacerte sangrar un poco más porque nunca es suficiente.

Casi nunca hay consuelo, ni verdad absoluta, ni curaciones milagrosas, pero es que lo complicado, lo admirable, lo valiente es arriesgarse sin saber si vas a ganar. Lo otro, lo de saltar cuando no hay caída libre, cuando sabes el resultado final, cuando no hay más incertidumbre que la que quieres inventar. Eso, es de perdedores.

Pero qué aburrida sería la vida si nos resignáramos, si aceptáramos la derrota a la primera, si dejáramos las balas para siempre en la coraza en lugar de quitarnos el polvo, secarnos las lágrimas y salir a patear las calles para buscarla de nuevo.

Nos persigue la tormenta.

Llueve otra vez, y diría que los relámpagos se encargan de dibujar tu nombre si eso no me hiciera parecer un pobre loco.

Los recuerdos se ciernen sobre mí los días grises y me cuesta volver a remontar, olvidar y alzar el vuelo. Encajar mis piezas y poder seguir caminando como si no hubiera pasado nada. Volver a echar tierra sobre lo vivido y caminar dejándolo todo atrás. Debería haber aprendido a protegerme después de tanto tiempo, saber que debería haber escarmentado pero he vuelto a caer en el error.

Una imagen puede volver a tu cabeza y agujerearla con más facilidad que cualquier bala. Y aún tengo en la memoria mis dedos acariciando tu piel como un lienzo por pintar, pasear por tus costillas como quien se encuentra sobre las teclas de un piano, navegar entre tus piernas sin importar el rumbo, sin pensar en el destino.

Casi duele pensar en la inocencia del principio, del que da todo sin esperar nada a cambio, del que se desnuda sin reparos ni espera la puñalada. Duele pensar que todo se ha ido al traste, que lo que parecía perfecto ha acabado por marchitarse, que los sentimientos que dijimos que serían eternos no han hecho más que vaciarse.

Se supone que debemos alejarnos de lo que nos hace daño, se supone que aprendemos a poner distancia con aquello que nos duele. Pero hay algo extrañamente adictivo en el sufrimiento que te hace permanecer más tiempo del que deberías donde ya no te quieren. Pensamos que las cosas pueden cambiar, que todo puede ir a mejor. Creemos que quedan esperanzas y al final, una última oportunidad.

No nos convencemos de que el fracaso también está permitido, y equivocarse mucho más. Y que la opción de aguantar sólo acaba haciéndonos un agujero negro en el pecho y años de no perdonarse a uno mismo.

La valentía ya no se premia en los tiempos que corren, ni la sinceridad, ni mirarse a los ojos sin tener que hablar. La valentía es otra de esas cosas en peligro de extinción, como el quererse de verdad.

La decisión final siempre ha estado en tu mano.

Nos persigue la tormenta.

¿Y si en lugar de huir como hacen todos nos quedamos?