Alcohol en las venas.

Creo que puedo sobrellevarlo casi todo, pero también creo que me autoengaño. Tengo que admitir que también soy de los que agachan las orejas y tiran balones fuera cuando algo va mal, y trato de esconderme hasta que pasa un poco el temporal.

Como mecanismo de defensa, supongo.

Aunque al final tengamos siempre que afrontar los problemas y las soluciones.

Y echarle un poco de cara a todas esas conversaciones que tenemos pendientes, con el espejo del retrovisor y con los demás.

Que la vida sería más fácil si me atreviera a preguntarte si también piensas en mí.

Que yo sería menos gris si supiera que algunas noches revoloteo por tus pensamientos.

Que los días serían más tranquilos si tuviera la certeza de que te arrepientes de la despedida.

Que respiraría mejor si no tuviera recuerdos en el esternón que sólo se van cuando hay algo de alcohol en las venas.

Que no tendría este agujero en el estómago si no pensara que eres para mí como esos castillos de arena que están demasiado cerca de la orilla.

Pero quiero obligarme a creer que todo irá bien.

Estoy convencido de que es el destino el que toma decisiones por nosotros cuando no podemos hacerlo, empujándonos, obligándonos a ver la realidad.

Y que por ese motivo, a veces, nos duele todo tanto, porque el mundo nos dispara a traición, sin que podamos esquivar sus balas.

Y por eso, a veces, nos separamos de la gente como si fuéramos placas tectónicas buscando su sitio.

Y por eso quien un día fue casa ahora sólo es pasado.

Pero tú, por favor, no te vayas muy lejos.

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