Tragaluz (Parte 18)

Àjax, cuarto piso, puerta 15.

“El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.“

Karl Marx

Los últimos sábados por la tarde se habían convertido en el discurso del rey, tarde de oír al presidente del país anunciar el mantenimiento o endurecimiento de las medidas de confinamiento… Estaba algo harto de que las medidas llegaran con cierto retraso o, tal vez, de forma paulatina para que la población no cayera en pánico. Una de las cosas que más me cabrea de las últimas décadas y su clase dirigente es que, en occidente, con ese aura de superioridad ético-moral, nos tratan a los ciudadanos como niños maleables y nos hacen responsables de problemas que ni hemos creado ni hemos pedido. Son problemas que nos han venido dados y que sufriremos durante mucho tiempo, por desgracia.

Llevábamos ya 16 días de duro confinamiento. Mi visión de la situación había evolucionado y pese a lo que la gente creía, había trabajado más que yendo al instituto. Habíamos puesto en marcha del día a la mañana: clases on-line, memorias de trabajo para mis alumnos, un sin fin de novedades tratando de aprovechar esta situación para enseñar la Historia. Parecía de novela de ciencia ficción pero, conforme habían ido pasando los días, las sensaciones habían cambiado muy deprisa. Primero me pareció un descanso de la vorágine diaria pero no muchos días después deseaba que acabase. Del esto nos cambiará para siempre al cada día tengo más claro que nada va a cambiar. Y es que todas las medidas adoptadas por el gobierno no tenían otra intención que preservar el orden establecido.

Después de la intensidad inicial frente al televisor para recibir las noticias, ese sábado había decidido no seguir el discurso del presidente. De hecho, había quedado con mis amigos del pueblo para cocinar virtualmente juntos la cena. Debido a las videollamadas los sentía más cerca que en los últimos meses e intercambiamos pensamientos sobre la situación, cómo nos estaba afectando el confinamiento y, sobre todo, recetas.

Pasé la tarde-noche bebiendo las últimas cervezas que me quedaban con ellos y preparando la cena. La conversación principal de la noche giró en torno a mi nombre, hacer honor a él con algún acto heroico cómo ofrecerme a ayudar a algún vecino para comprar por él si lo necesitaba. Sus ánimos eran reales y mi cabeza ya estaba planeando cómo hacerlo al día siguiente. Bueno, también seguían empeñados en que intentara establecer algún tipo de contacto con la vecina de la puerta 14 y que dejara de fantasear con ella. Sabía que, como yo, era nueva en la ciudad, pero poco más. Manolo me volvió a preguntar por la vecina del segundo piso con la que coincidió en el ascensor cuando vino a visitarme. Les conté que intuía que lo acababa de dejar con su chico antes de que esto estallara. Lo ví salir con maletas y con algún que otro mueble de casa y no me lo he vuelto a cruzar.

Me resultaba divertido ver a mis amigos y amigas preocupados por mi soledad sentimental a tantos kilómetros de distancia, en una situación como la actual. Al final, el ser humano no deja de ser un ser social y necesitamos relacionarnos los unos con los otros por motivos mentales o físicos. La noche para mi acabó pronto. La rutina de ejercicio en casa auto-impuesta y las cervezas de más me dejaron K.O. Me despedí y me fui a la cama.

El domingo desperté temprano y, después del ejercicio y de desayunarme la tortilla de patata que sobró de la cena, me quedé sopa fácilmente en el sofá. Los fines de semana me encanta hacer esto. A la media hora me desperté confuso. Unas voces entraban por mi ventana: Palabras sueltas, algún grito, frases cortas difíciles de descifrar… Entre mi confusión conseguí reconocer la voz del americano soltando sus mierdas en inglés y, aunque no me gusta mucho el cotilleo, finalmente acabé yendo hacia mi ventana. Casi todos los vecinos estaban con medio cuerpo asomado por sus ventanas, mirando hacia abajo o con las manos en la cabeza. Dirigí mi mirada al deslunado y entendí todo el alboroto. La señora Paquita, de la puerta 18, la que me había ofrecido sus croquetas una semana antes, estaba en el suelo, encima de un gran charco de sangre.

Nadie parecía haber llamado a la policía así que llamé para describir lo que estaba viendo.

Hoy sí que iba a ser un domingo de confinamiento diferente.

Escrito por Pau Bernad.

Twitter: @Pau_Snow

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s