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Tragaluz (Parte 18)

Àjax, cuarto piso, puerta 15.

“El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.“

Karl Marx

Los últimos sábados por la tarde se habían convertido en el discurso del rey, tarde de oír al presidente del país anunciar el mantenimiento o endurecimiento de las medidas de confinamiento… Estaba algo harto de que las medidas llegaran con cierto retraso o, tal vez, de forma paulatina para que la población no cayera en pánico. Una de las cosas que más me cabrea de las últimas décadas y su clase dirigente es que, en occidente, con ese aura de superioridad ético-moral, nos tratan a los ciudadanos como niños maleables y nos hacen responsables de problemas que ni hemos creado ni hemos pedido. Son problemas que nos han venido dados y que sufriremos durante mucho tiempo, por desgracia.

Llevábamos ya 16 días de duro confinamiento. Mi visión de la situación había evolucionado y pese a lo que la gente creía, había trabajado más que yendo al instituto. Habíamos puesto en marcha del día a la mañana: clases on-line, memorias de trabajo para mis alumnos, un sin fin de novedades tratando de aprovechar esta situación para enseñar la Historia. Parecía de novela de ciencia ficción pero, conforme habían ido pasando los días, las sensaciones habían cambiado muy deprisa. Primero me pareció un descanso de la vorágine diaria pero no muchos días después deseaba que acabase. Del esto nos cambiará para siempre al cada día tengo más claro que nada va a cambiar. Y es que todas las medidas adoptadas por el gobierno no tenían otra intención que preservar el orden establecido.

Después de la intensidad inicial frente al televisor para recibir las noticias, ese sábado había decidido no seguir el discurso del presidente. De hecho, había quedado con mis amigos del pueblo para cocinar virtualmente juntos la cena. Debido a las videollamadas los sentía más cerca que en los últimos meses e intercambiamos pensamientos sobre la situación, cómo nos estaba afectando el confinamiento y, sobre todo, recetas.

Pasé la tarde-noche bebiendo las últimas cervezas que me quedaban con ellos y preparando la cena. La conversación principal de la noche giró en torno a mi nombre, hacer honor a él con algún acto heroico cómo ofrecerme a ayudar a algún vecino para comprar por él si lo necesitaba. Sus ánimos eran reales y mi cabeza ya estaba planeando cómo hacerlo al día siguiente. Bueno, también seguían empeñados en que intentara establecer algún tipo de contacto con la vecina de la puerta 14 y que dejara de fantasear con ella. Sabía que, como yo, era nueva en la ciudad, pero poco más. Manolo me volvió a preguntar por la vecina del segundo piso con la que coincidió en el ascensor cuando vino a visitarme. Les conté que intuía que lo acababa de dejar con su chico antes de que esto estallara. Lo ví salir con maletas y con algún que otro mueble de casa y no me lo he vuelto a cruzar.

Me resultaba divertido ver a mis amigos y amigas preocupados por mi soledad sentimental a tantos kilómetros de distancia, en una situación como la actual. Al final, el ser humano no deja de ser un ser social y necesitamos relacionarnos los unos con los otros por motivos mentales o físicos. La noche para mi acabó pronto. La rutina de ejercicio en casa auto-impuesta y las cervezas de más me dejaron K.O. Me despedí y me fui a la cama.

El domingo desperté temprano y, después del ejercicio y de desayunarme la tortilla de patata que sobró de la cena, me quedé sopa fácilmente en el sofá. Los fines de semana me encanta hacer esto. A la media hora me desperté confuso. Unas voces entraban por mi ventana: Palabras sueltas, algún grito, frases cortas difíciles de descifrar… Entre mi confusión conseguí reconocer la voz del americano soltando sus mierdas en inglés y, aunque no me gusta mucho el cotilleo, finalmente acabé yendo hacia mi ventana. Casi todos los vecinos estaban con medio cuerpo asomado por sus ventanas, mirando hacia abajo o con las manos en la cabeza. Dirigí mi mirada al deslunado y entendí todo el alboroto. La señora Paquita, de la puerta 18, la que me había ofrecido sus croquetas una semana antes, estaba en el suelo, encima de un gran charco de sangre.

Nadie parecía haber llamado a la policía así que llamé para describir lo que estaba viendo.

Hoy sí que iba a ser un domingo de confinamiento diferente.

Escrito por Pau Bernad.

Twitter: @Pau_Snow

Tragaluz (Parte 17)

Mari Paz. Segundo piso, puerta 7.

“Ni la juventud sabe lo que puede, ni la vejez puede lo que sabe”.
José Saramago

7.45 AM. Como cada mañana los ojos se me abren de golpe, sin necesidad de despertador ni de alarmas. Benigno sigue roncando, ajeno a mí y a la luz blanca que empieza a colarse por la cortina. Nunca me han gustado las persianas, y menos ahora, que bastante tenemos ya con esta sensación de claustrofobia al obligarnos a estar confinados en casa por culpa del coronaviris este. La que ha liado… Señor, la que ha liado. Todo va tan rápido… Nosotros, que sufrimos la represión de la posguerra y sobrevivimos a racionamientos y a varios estados de excepción aquí, en esta misma España que ahora parece tan lejana. Y de nuevo, el miedo corriendo más deprisa que cualquier razonamiento.

Dieciseis días llevamos ya recluidos en este piso sin pisar el asfalto, y creo que esto va para largo, mucho más de lo que dicen en las noticias y desde el Gobierno. Que por cierto, dicho sea de paso, no me creo nada de estos, que son todos iguales, una panda de descerebraos, interesaos, mentirosos e insensatos, que siempre creen que los tontos somos nosotros, los que luego vamos y los volvemos a votar. O sí, no sé, quizá sí lo seamos. Tontos de remate. Y a pesar de todo, divinos tesoros los de la libertad y la democracia.

Recuerdo, como si fuera ayer, el día que murió Franco. Yo cumplía justo los dieciocho y estuvimos celebrándolo durante tres días seguidos. Un país entero, hasta entonces reprimido y escondido, salió de golpe a llenar y hacer bullir las calles. Los rojos. Los nacionalistas. Los anarquistas. Sindicalistas. Feministas. Maestros y maestras comprometidos con la verdad. Homosexuales. Intelectuales y poetas. A partir de ahí, todos los hechos de mi vida se precipitaron.

Fue entonces cuando conocí al que sería mi compañero de destino y de viaje, Benigno, dos años mayor que yo, estudiante de una pionera, por aquel entonces, carrera informática, y que en poco tiempo se convertiría en todo el mundo que yo quería conocer y recorrer.

Nuestras citas y salidas eran casi siempre de tres, él, yo y mi madre de carabina, que se mantenía a los metros justos para permitir que corriera el aire entre nosotros. Aunque, de vez en cuando, el deseo ganaba la partida y sin saber cómo, conseguíamos burlar su atención escapándonos un par de horas a algún motel del centro.

A los veintitrés me quedé embarazada de mi  primer hijo, lo que hizo que nuestras familias nos obligaran a casarnos, hecho que, lejos de ser un problema, fue una maravillosa liberación para los dos. Mi Alejandro, cuarenta años cumplirá el mes que viene, y espero que para entonces podamos celebrarlo todos juntos: mi marido y yo, nuestros tres hijos más, mis nueras y mis nietos.

Ojalá.

Me levanto con cuidado, no quiero despertar a Benigno, últimamente está perdiendo oído y tenemos que hablarnos a gritos. Es agotador. El paso del tiempo es cruel y más ladrón que cualquier político, consigue que pierdas cosas que antes ni te dabas cuenta de que estaban ahí, como la memoria, los amigos, el oído, la vista y hasta las ganas.

Cargo la cafetera italiana y la pongo sobre la vitrocerámica. Mientras sube el café me asomo por la ventana de la cocina que da al patio de luces, a estas horas aún reina el silencio en la escalera. Me he acostumbrado a estirar el cuello y mirar hacia arriba, hacia el cielo. Aunque no se vea nada más que la misma ropa tendida desde hace cinco días y alguna que otra nube perdida.

Silencio. El silencio es lo más raro que se puede oír en esta comunidad de locos con una psicóloga de inquilina, escritoras románticas con vocación suicida, veterinarias sin mascota, prostitutas pastilleras, yonkis con mono de vida, americanos enamorados con aires de libertad… y así seguiría… porque otra cosa no, pero a lectora empedernida no me gana nadie, y mi Benigno, desde que se jubiló, sustituyó su trabajo por hacerse experto en piratear cualquier tipo de aparato electrónico, y todas las redes wifi que se le pongan a tiro. Total que, gracias a él, hace ya bastante tiempo que sustituí el Sálvame por cotillearle los ordenadores a mis vecinos. Al principio me daba vergüenza ajena pensarlo. Luego ya les vas conociendo y hasta les coges cariño.

—¡Paquitaaaaaaaaa! —El grito que se escucha por la ventana es de Olvido, la loca de los gatos del primero, llamando a la única amiga de verdad que tengo en este edificio. Solo con ella puedo hablar de cosas nuestras, de las de antes de esta era del reguetón y redes sociales. Y más aún desde que murió su Manolo, y ella, aunque crea que yo no lo sé (como todos) se dedique a trapichear con medicamentos y pastillas que se sacan con enchufe y con receta médica; o con ingenio, ni lo sé ni me importa, porque de algo hay que comer, digo yo.

El grito me ha sobresaltado y ha conseguido, de paso, despertar a Benigno, que sale de la habitación y viene hacia la cocina desorientado, rascándose la barriga. Y ya era hora, vaya, que se me ha ido el santo al cielo y ya son las diez y media, y si me descuida tengo que ponerle un vermú en vez del desayuno.

Preparo la mesa, dos tazas de café y unas magdalenas recién hechas de ayer, que mi nuera vino a traernos y nos dejó en la puerta. “Somos de riesgo” por la edad, que como decía antes, no trae nada bueno.

Después de terminar el “branch” que diría mi nieto, que estudia en un colegio bilingüe, seguimos nuestra rutina diaria y hacemos una videollamada con cada uno de nuestros hijos; casi una hora en total hablándoles con una pantalla de por medio. Qué cosas esto del wasap, conversamos y nos vemos ´virtualmente¨ ahora más que nunca.

12.00 AM. Me iba a poner a cotillear, pero vuelve a escucharse un ruido, ahora atronador, por el patio de luces, voy a asomarme a la ventana y otra vez el mismo grito: —¡Paquitaaaaaaaaa! —Solo que esta vez proviene del fondo de mi garganta.

«Me da igual la cuarentena y las órdenes de alejamiento, tengo que bajar corriendo y comprobar si sigue respirando», pienso. Abro la puerta y bajo atropelladamente las escaleras, son solo dos pisos. En el rellano del primero la puerta de Olvido está abierta… me asomo y la veo tirada en el suelo, no sé si está muerta… luego lo averiguaré. Ahora es más urgente para mí ir a socorrer a Paquita.

Acerco mi oreja a su cara, no respira. Hay un charco de sangre alrededor de su cabeza… no soporto seguir viendo este espectáculo dantesco. Me subo a casa a recluirme con mi Benigno. Pobre Paquita, quién o qué le habrá hecho esto…

Si mi madre viviera, diría que esto con Franco, no pasaba.

Y es verdad… no podría.

Escrito por Eva López.

Twitter: @EvaLopez_M

Tragaluz (Parte 16)

María Antonia Fernández. Tercer piso, puerta 3.

 “Bicicleta que no montas vuelta que no das.”

Sabiduría Popular.

Que no soy nadie ¡ja! Que no soy nadie dice el muy gilipollas. Si es que no se puede ser más imbécil. ¡Cuánta paciencia he tenido con él! Media vida sacándole las castañas del fuego en la puta clínica , organizando su agenda , atendiendo a todos los pacientes, preparando los pedidos de material, trayendo cafés , incluso pasando la bayeta más de una vez…que no soy nadie. ¡Maldito sacadientes del demonio! Tú sí que no eres nadie sin mí.

Vaya una manera de empezar el día, recordando conversaciones del trabajo. De cuando salía de casa para ir a trabajar, claro. Y eso que no sé ni qué día es hoy ya. Aquí encerrados, en este piso, tanto esfuerzo para comprarlo, para decorarlo, para llenarlo de vida y ahora parece que vamos a morir aquí dentro, entre estas cuatro paredes donde he sido tan feliz sabiendo que no era nadie, nunca me ha importado ser corriente, encuentro tanta belleza en la gente corriente, en las personas simples con vidas sencillas, con preocupaciones tan pequeñas como pagar tus facturas o ayudar a tus hijos con sus deberes…

Mis hijos. Traer vida para que ahora esa vida esté en peligro. Qué insensata fui. Tres, tres hijos. ¿A quién se le ocurre Antonia? ¿a quién? Nadie tiene tres hijos hoy en día. Con María, todo fue tan bonito. Su llegada, su carita , sus manitas, sus ojos abiertos en plena noche que hacía iluminarse toda la habitación… Mi pequeña María, 17 años , una adolescencia difícil, está tan lejos ya de mí, se ha convertido en una desconocida y ahora siento que quizá ya no tenga ocasión de volver a conocerla. Como dice Julián, mi marido, dale tiempo. Y se lo he dado, a todos, les he dado mi tiempo a todos. Sobre todo a los gemelos. Aún recuerdo el día que supe que estaba embarazada de nuevo, y ahora , con casi 12 años…su vida pende de un hilo porque esta maldita sociedad de egoístas hipócritas no supo quedarse en casa, mis niños, tan dulces y tan ariscos ¿qué voy a hacer si enferman?

Estoy limpiando por milésima vez los pomos de las puertas, la mampara de la ducha, el espejo de la entrada, se me cae la casa encima. Hace tanto que nada es normal, que ahora me pregunto si alguna vez lo fue. Yo que tanto he defendido la normalidad, la rutina y lo cotidiano ahora …ahora no sé ya ni lo que quiero. Bueno, sí. Quiero irme. Quiero salir. Quiero correr. Quiero ir a la playa. Quiero ir a la montaña. Quiero emborracharme, como la pirada del ático, Doña Alicia, ojála ese ático, para mí sola. Yo, que nunca he vivido sola. Ahora lo necesitaría, aunque solo fuese una temporada, unas vacaciones de mi misma. De mi personaje, de esta señora estupenda que está cansada de vivir así, aquí.

Uf, qué bobadas dices Antonia, chata. ¿Y qué ibas a hacer con Julián y con los niños y con María? Con María, me llevaría a María, tengo tantas ganas de que ella vuelva a mí, mi pequeña María. ¡Cómo me duele ese espacio entre nosotras. Cómo me mortifica. Qué mal lo he hecho con ella.

¿Y estas estúpidas lágrimas?

Desde la ventana, veo al tipo del 1, el del perro, con su mascarilla, intentando pasar desapercibido.  Pobre perrito, aunque es una buena excusa para bajar un rato. Ahora mismo bajaría, solo por charlar un rato con alguien distinto. ¡Y otra vez Paquita, la del cuarto, esa señora me saca de quicio! ¡Y su mecedora más aún! Puta manía de sentarse ahí a balancearse a todas horas, y a cotillear. A cotillear. Siempre mirando, siempre preguntando bobadas. Que yo no sé esta señora cómo anda así por la vida, hecha un adefesio, todo el día de timba en el bingo, o yo qué sé que no es ni medio normal. Algún día le va a pasar algo.

Voy a la nevera. Voy al baño. Voy al dormitorio. Voy a la mierda.

Quiero salir.

Voy al ordenador, voy a seguir con el curso online. Quizá, cuando todo esto pase, si es que pasa…le saque provecho. Quizá pueda darle una vuelta a mi vida corriente. Una señora corriente.  Abro google. Las teclas se me hacen de mantequilla a veces, mis ideas van más rápido que mis dedos. Una partida de ajedrez online. Eso me relajará un rato. Mis pequeños vicios. Un email asoma, será otro aviso del gobierno: Nuevo toque de queda, a partir de hoy queda prohibido todo desplazamiento. Deberá solicitarse autorización vía mail a la Dirección General de Catástrofes, indicando motivo, ruta y duración.

Y así cómo voy a vivir, ¡Ay, Antonia! ¡Tan guapa, tan lista, tan fuerte! Recluida. Encerrada. Sitiada. Sola contigo misma. María Antonia Fernández, logros en la vida: sobrevivirse a sí misma.

¿Qué ha pasado Julián? ¿Qué ruido es ese? ¡Pero! ¡Juliáaannnnnn!!!!!! ¡Ay por favor! ¡Pero si hay un cuerpo en el patio! ¡Julián joder! ¡No me lo puedo creer! ¿Pero quién es? ¡Julian los niños! ¡Qué no se asomen por dios! Bastante tenemos ya y ahora esto¡Un cadáver! Pero si… si parece Paquita ¡la señora Paquita! No puede ser, pero ¿qué habrá pasado? ¿se habría infectado?

Ay , Paquita.

Escrito por Ana.

Twitter: @Anaesmyname

Tragaluz (Parte 15)

Pepa. Primer piso, puerta 3.

“Las leía para aprender lo que debía pensar, no para pensar por mí misma.” – Tara Westover.

Era de noche, y pese haber estado un buen rato al teléfono con Carmen (mi tarotista de confianza) nada me calmaba, aquella tos no me dejaba tranquila. Solo era tos, me repetía como un mantra, ni fiebre, ni nada, solo tos. Aún así todo se me echaba encima, los nervios, los recuerdos y la ansiedad.

Decidí salir a la calle, me puse un abrigo de lana y sentí como su peso me envolvía igual que un abrazo amigo. Quince días sin ver a mis amigas del club de lectura… no es que fuéramos íntimas, pero resultaban un soplo de aire fresco.

Ellas todo el día mandándose mensajitos por teléfono y leyendo un libro en formato electrónico, porque claro algo que tuviésemos todas en casa ¡pues un ebook!, pero la antigua de Pepa no tiene ni ebook, ni móvil, ni internet, ni nada de nada. Así que se queda sola y amargada, encerrada en su casa.

Bajé con sumo cuidado las escaleras, menos mal que vivía en un primero, mis rodillas no eran lo que fueron antaño. Cuando atravesé el portal y sentí el aire de la noche acariciándome la cara, casi se me saltaron las lágrimas. Anduve con cuidado, casi arrastrando las pantuflas por los adoquines, en esta finca las ventanas tenían ojos. Cuando estuve lo suficientemente lejos alcé la vista. Las luces del ático estaban encendidas.

¿Qué hará la escritora despierta a estas horas? Supongo que lo que hacemos todo el mundo en esta época de aislamiento, sobrevivir… Mierda, la yonki, qué repelús me da, aunque también me da un poco de pena, desde que se marcharon sus hijas parece más alterada.

Decidí esperar a que pasara de largo. Estaba tan colocada que ni si quiera se dio cuenta de mi presencia, hablaba para si misma y repetía: “joder, Paquita”.

Ay, Paquita, ¿qué has hecho ahora?

A la mañana siguiente me dolía el culo de pasar tantas horas sentada en el sofá. La casa se me echaba encima. Sentía como las paredes, llenas de recuerdos, acechaban y amenazaban con estrangularme poco a poco. Me levanté, harta de la programación alarmista que echaban por la tele, ya podrían haber echado el tarot por la mañana, ¿no querían teletrabajo?

Solo deseaba salir de casa, aunque perteneciera al famoso “grupo de riesgo”. Recuerdo como mis ojos se desviaban sin yo pretenderlo hacia el reloj colgado en la pared de la cocina y contaba las horas para que llegase la noche. No había manera, el tiempo aquella mañana transcurría más lento que de costumbre.

Qué aburrimiento. Debería haberme instalado el internet ese cuando las chicas del club de lectura me lo dijeron, ellas hablando por mensajitos todo el día y yo aquí, más aburrida que una ostra. O internet, o un perro para bajarlo a la calle a pasear, es la excusa perfecta. Cuando esto acabe o me instalo internet o me compro un perro. Qué ilusa soy, si esto acaba…

“Pepa, que ilusa eres”, su voz aguda y alegre, como la de un pajarillo, me vino de golpe a la mente, y yo que estaba andando en círculos por el salón del piso, me paré en seco y disfruté ese instante de melancolía.

Siempre me había costado estar en casa desde que mi mujer falleció. Llevábamos casadas casi diez años, de novias más de treinta, cuando todavía nos miraban mal por la calle por ir juntas de la mano y nos gritaban groserías… qué vergüenza pasaba yo. Pero ella, me cogía de la mano con más fuerza todavía y me decía “qué les den Pepa, anda y qué les den”. A veces hasta me plantaba un beso delante de la gente y marchábamos corriendo entre risas.

Recordaba la risa de Miranda envolviendo las paredes de la casa, solo quedaban fotografías y su vieja bata de enfermera colgada en mi armario. Nunca fui capaz de tirarla a la basura. Lo peor fue verla marchitar en aquel cuarto pequeño que daba al deslunado de la finca, hasta para eso fue generosa, no quería morirse en nuestra cama. En aquel entonces todavía me dolía entrar a aquel cuarto.

Miré de nuevo el reloj, otra vez, sin quererlo. Ni si quieran eran las 12 del medio día.

¿Y si cojo la baraja del tarot y le echo las cartas a algún vecino? La modelo joven parece simpática, o Ezequiel, el chico de enfrente, aunque no acaba de gustarme ese perro que tiene. Mejor me quedo sola y luego subo a ver a la ornitóloga a ver si le apetece que le eche las cartas a alguna de sus cacatúas.

Acepté que ningún vecino me iba a entrar a sus pisos y me dirigí a la mesita del salón para echar las cartas a algún vecino, aunque no estuviese presente, como si jugara al solitario. Dispuse las cartas y me imaginé que era una tarotista y que mi clienta era Paquita. A ella le hacía falta que le echaran las cartas desde luego. Me levanté para adoptar el rol de Paquita y le di la vuelta a la primera carta.

La carta de La Torre, la encarnación de lo complicado y el conflicto, una carta que significa amenaza. Entonces escuché los ladridos del perro de Ezequiel y gritos que provenían de las ventanas del deslunado de la finca. Fui corriendo hacia la ventana que daba al patio interior, me asomé con la trágica carta en la mano y vi el cuerpo inerte de Paquita tendido en el suelo. La muerte la alcanzó antes que la advertencia.

Escrito por Blanca Boscá.

Twitter: @letrasydelia

Instagram: @letrasadayin

Tragaluz (Parte 14)

Emilio Medina. Tercer piso, puerta 9.

Me cago en el bicho este que nos va a matar a todos. Con esto de estar encerrado en casa, nunca me había sentido tan solo, tan apartado de todo. Es verdad que puedes estar rodeado de gente y sentirte solo. Pero ese no era mi caso antes de todo este lío, gracias a mi tabernita La Manuela. Mientras mi Valentina hacía la casa yo me bajaba a echarme una copilla o un café… Ay, Valentina… Cojo el marco con su foto que tengo siempre encima de la mesita del salón. Ay, Valentina, su pelo canoso, sus ojos verdes que deslumbran como el sol de primavera… La observo y es como si mi mirada y la suya se fusionaran. Ay, Valentina, el mundo se está volviendo loco, se está acabando. Me acuerdo de cuando nos poníamos a adivinar películas y refranes en la Ruleta de la Suerte, veíamos los toros en la tarde mientras nos comíamos un buen bocata de chorizo de orza… Ay, Valentina, la mujer que más he amado, hace ya 10 años que me dejaste solo.

Hostias, no me quedan pastillas de esas rosas. No sé ni para qué me las estoy tomando, si voy a caer al hoyo con esto del “coranovirus”. Joder, esto es peor que el fumar, eh, y eso que en mis tiempos mozos me fumaba cajas y cajas de cigarros al día. Qué enfermo estaba. Cada mañana me da un impulso terrible de bajarme a La Manuela y, con una mano, coger el periódico que está encima de la barra con la tinta medio corrida de estar encima de los restos de cerveza y, con la otra, mi cafecico. Echo de menos a Gabriela, dichoso momento en que Manuela la contrató nada más llegar de Venezuela. Es verme entrar por la puerta y: “¡Hombre, Emilio! Cuánto tiempo sin pasarte por aquí, ¡ya te vale!” (ella siempre tan irónica), y acto seguido ya tengo mi café cortado con sacarina en la barra. Con la galletita al lado de la cucharilla, que no falte.

¿Pero qué me está pasando? Nunca he sido yo de ponerme tan nostálgico. ¡Lo que hace que uno pare el piloto automático! Vivimos sin pensar, sin presenciar ni valorar los pequeños placeres; y cuando te los quitan, te sientes vacío. Añoro el olor a fritanga. Ese que se incrusta hasta el alma. Pero es que, qué ricos están esos boquerones fritos con la cañita antes de comer. Aunque lo que realmente echo en falta estos días es a ella, junto a ese aparato lleno de luces y colores y el sonido de las monedas precipitándose una detrás de otra. Su pelo canoso pero bien ahogado en laca, y sus ojos verdes como la perla de ese anillo que le regaló su marido. Siempre me cuenta la misma historia del anillo, se repite como el ajo, pero me encanta escuchar su voz.

Maldito anillo, es que no se me va de la cabeza. Esto de estar encerrado en casa todo el día me está llevando quebraderos de cabeza. Ahora mismo solo me apetece echarme una buena copa de pacharán. A tomar por culo. Inclino la cabeza hacia arriba para mirar a través de mis lentes, giro la muñeca y miro mi reloj de piel que me regaló mi hijo Sebas cuando éramos padre e hijo, cuando aún vivía su madre. Ahora no sé ni quién es, ni quién soy. Siempre he creído que era de segunda mano, pero lo que importa es la intención. O eso dicen. Pero, Emilio, dónde vas, que son las 11 de la mañana aún… Qué cojones, ya me he cansado de normas. Tanto virus, tanta policía, tanta tontería. Para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Cojo mi copa preferida y me echo un buen chorro de pacharán. Meto un sorbo y relamo hasta la última mínima gota que se posa en mi labio superior.

Es que es precioso, debió de valer un dineral. Si es que, cómo se va a fijar en alguien como yo, con lo viejo y pobre que soy. Cada vez que me cuenta su historia de amor, algo me remueve por dentro. ¿Qué hago mal? A veces subo a visitarla a su casa, cojo una silla de la mesa del comedor y me pongo junto a su mecedora mientras escuchamos “Solo te pido” de Manolo Escobar. Sé que es su favorita. O simplemente estamos en silencio. Encontrar a alguien con quien saber estar en silencio es muy difícil, joder, muy difícil. Necesito verla y estar con ella.

Bueno, vamos a ver mundo. Me echo otra copa. Un poquito más, que la de antes estaba floja. Cojo el mando de la televisión lleno de polvo y le doy al botón rojo de la esquina superior izquierda. ¿Quién ha bajado esto? No se oye na’. Subo, subo, subo, subo y subo el volumen. Ahoooora. La 1, “coronavirus”. La 2, “multas de hasta 600.000€”. La 3, “estado de alarma”. La 4, “papel higiénico”. ¿Pero qué está pasando? ¿Es que uno no puede ya ni ver la televisión, o qué?

Me cago en el bicho este y en la mierda de vecinos que tengo. Todo se haría más fácil si te sintieses al menos querido por tus compañeros de edificio. Pero no, son todos unos hipócritas de mierda. Te saludan con cara de angelito y luego te la clavan. Siempre que me ven con Paquita me miran raro. Si no, díselo a la del Julián. Lo que está es amargada y necesita un cambio de aires. O si no la del ático o la Raquel… como unas cabras, COMO UNAS CABRAS. Un bicho de esos no le vendría mal a ninguno. Venga, me bebo el culillo y me echo otra. Menos mal que tengo a Ezequiel, es para mí como un hijo. Siempre se preocupa por cómo estoy, si necesito algo… Menos me quiere su perro, que siempre me gruñe cuando le intento acariciar. ¿Cómo se llamaba, profesor Mozart? Sí, creo que era así. Profesor Mozart.

Hostias, ¿en qué momento se ha acabado la botella? Uf, mi cabeza, me da vueltas todo *hip*. Tengo muchísimo calor… Lo de la “Creta” esa va a ser verdad, sí. Qué graciosillo me pongo. Intento levantarme. Ay, qué mayor se hace uno… Voy a abrir la ventana a ver si entra algo de aire y me despejo *hip*. Agarro la manivela y tiro hacia arriba.

Cierro los ojos y me da todo vueltas, como si estuviese en una atracción de esas en las que se suben los chiquillos. Uf, qué gusto el aire fresco, la libertad. Noto cómo el aire enfría las gotas de sudor que se deslizan por mi frente *hip*. Uf, he bebido de más… Es por eso que es el momento. No puedo más con esta situación. ¿Qué hora es? Intento focalizar la vista como puedo en mi reloj de segunda mano y veo que ya es casi medio día. La quiero demasiado. Es momento de hacer lo que debí hacer hace ya mucho tiempo. Cada uno lo expresa a su manera.

Ay, Paquita.

Escrito por María Fernández.

Twitter e Instagram: @maferrrsa

Tragaluz (Parte 13)

Eugenio, segundo piso, puerta 5.

XIV

“Algún día decidirás abrir tu corazón y tocar el piano, y no lo harás para que tu madre sea feliz, ni tampoco para que yo sea feliz. Lo harás para ti, porque la música y el amor te colmarán de alegría” 

La última canción

No sé qué coño habrá sido ese ruido en el patio interior. – ¡Joder! se pasan todo el día haciendo ruido; cuando no es la tele, son las escaleras, cuando no, el perro.  O la del tercero con los niños con el “ponte algo, que te vas a costipar”, o los niños con ella con su “mamaaaaaa, que mira lo que diceee”, o los niños entre ellos. ¿Por qué no se podrán quedar los niños callados? ¿Por qué no se podrán quedar los niños quietos?

Mira que lo digo siempre ¿Sabes por qué no tengo animales? Porque los animales se mueven. Y está el bloque este lleno de ellos, de los de cuatro y de los de dos patas. Y un olor a gato que espanta.

Vale, reconozco que estoy pasando unos días muy alterado. Con todo esto del encierro es cierto que estoy más irascible y me molesta todo mucho más. Yo no sé si estará todo el mundo así, pero hay que tener en cuenta que llevo casi una semana más que el resto. Yo lo vi venir. Y cuanto todavía estaban con la cantinela de que era sólo una gripe, o que el gobierno nos quería controlar, que no había que preocuparse, que sólo afectaba a los viejos o los enfermos yo ya empecé a lavarme las manos, a evitar a la gente, a sentarme en el asiento más improbable de ser elegido en el transporte público, a abrir las puertas sujetando donde no sujeta nadie. Y cuando llegaron las primeras muertes decidí quedarme en casa incluso antes de que lo dijera ningún gobierno. Y ahora me vienen a mí, esos, los mismos que antes me llamaban paranoico, los mismos que estaban de cañas riéndose de la gripe, me vienen con el apostolado de todas las cosas que dice el gobierno que hay que hacer. ¡Que ya lo sabemos! ¡Que se sabe desde hace tiempo! Que sois vosotros los que no habéis querido verlo. Y ahora actuáis con la histeria del converso.

Bueno, hay estudios que establecen una relación entre inteligencia y longevidad, entre otras cosas porque nosotros tenemos más cuidado, somos más precavidos y nos cuidamos más. Eso, el autocuidado. Otra palabra nueva. A lo mejor se la han inventado para enseñar a la gente que se tiene que cuidar. Por eso yo lo vi y otros no.

Y ahora va el del primero y baja al perro con mascarilla y con guantes. Ahora. ¿Y para qué quieres los guantes? ¿Qué vas a tocar que no sea la correa que ya has tenido en casa o la mierda de tu perro?

De todas formas, oye, que lo pensé el otro día y quería haberme acercado el otro día a la puerta 8, aquí, en mi mismo rellano, a preguntarle a la de los pájaros, Yaiza creo que se llama, si el virus podía tener una relación con estos. Porque nos están contando historias de que si se contagia antes de tener síntomas, que si por contacto, aerosoles o no sé qué. Pero todavía no nos han dicho al cienporcien de qué animal viene. Que podría ser que nos lo estén trayendo las palomas.

Pues entonces a Alicia le queda poco. ¡Pobre mujer! Aunque no creo que le importe mucho, quizás si le pilla por la tarde ya esté lo suficientemente borracha como para no darse cuenta.

O los gatos. También pudiera ser que fueran los gatos los transmisores de la enfermedad. ¡Si están por todos los sitios! Y además comen pájaros. La del cuarto, que tiene gatos, además es científica. ¿Y si es algo que se ha traído pegado en la bata y lo han cogido los gatos y, como se escapan de casa cuando quieren, lo han repartido por ahí? Algo sospechará la pocacosa esa de la veterinaria, que bien que ella no tiene bichos.

Ay, que no, ¡tengo que dejar de obsesionarme! Hubiera empezado aquí y no en China. Pero es que, de verdad, ya no sabe uno ni qué pensar.

Si al menos tuviera a mi madre conmigo… O no, porque así tendría que preocuparme el doble. ¡Lo que la echo de menos! Y ya sé que todos tenemos muertos, pero desde que se fue no he vuelto a levantar cabeza. No he podido volver a tocar. Total, ¿para qué? Ninguno de los que lo oirían en este portal van a ser capaces de valorarlo ni apreciarlo.

Si lo pienso un poco, en realidad lo siento como un fracaso. Uno más. Otro. Después del tiempo invertido en perfeccionar cada una de las piezas, después de todas las clases, horas de ensayo dedicados, sacrificios de mi madre… Un fracaso, como en todo lo demás. Podría haber hecho, en teoría, lo que hubiera querido. Eso me decían, pero nunca fui capaz de decidirme por una u otra cosa, ni de centrarme, ni de apasionarme por algo que hubiera supuesto una carrera provechosa, una vida normal, como la que tienen la mayoría de mis vecinos. ¡Hasta la puta parece estar más satisfecha con su vida que yo!

Al final, me dejé llevar por la música sólo porque era en ella donde encontraba la paz.

Quizás, con ayuda, podría volver a tocarlo. Como antes. Pero con todo el alboroto que hay en el patio, no sé si podría disfrutarlo. ¿Pero qué estarán haciendo? ¿A qué viene ese jaleo? ¿porqué suenan gritos por el patio? ¿Porqué están tantas cabezas asomando por las ventanas?

No puede ser…

Escrito por: @Hombredebaj

Tragaluz (Parte 12)

Raquel. Primer piso, puerta 4.

“La vida sería trágica si no fuera graciosa”

Stephen Hawking

Ya hay que ser hijos de puta para estar montando jaleo a estas horas de la mañana. Vivo rodeada de gentuza, eso está más que claro. Y luego, sus miraditas que creen que no les veo pero que les veo de sobra, cuando creen que no las siento pero que siento de sobra. Y sus cuchicheos cada vez que entro y salgo del portal. Y cómo se separan cuando de pronto, cuando ya me tienen más que harta, me doy media vuelta y les grito.

–¿Qué pasa, queréis una hostia, pringaos?—Me flipa ver cómo se paralizan. Parecen estatuas de sal. Si les soplo, seguro que desaparecen. Cómo no voy a reírme pensando en eso. Si es que me sacan de quicio.

Uffff… estoy destrozada, necesito un chute. Tengo que tener algo por aquí cerca, en la mesita de noche dejé medio gramo ayer al volver a casa, antes de meterme en la cama. O eso creo. La verdad que mis escapadas nocturnas no están siendo nada complicadas, y es que quien hizo la ley, hizo la trampa. Y siempre hay tramposos dispuestos a saltársela a cambio de algo. Menudos cerdos. Así que yo cumplo con la cuarentena durante el día, y me largo cada noche a hurtadillas mientras la ciudad pasa del miedo y la angustia al sueño. Cuando he llegado esta madrugada, me he encontrado una nota pegada en mi puerta. “Ándate con ojo, zorra”. La he tirado directamente a la basura. Esto es cosa de alguno de los vecinos, que seguro que han descubierto que estoy enganchada a la toma de la comunidad. Que les jodan. Esto no hubiese pasado si la familia no se hubiese desentendido de mí. Ahora, que apechuguen. ¿Pero qué hora es, que no dejan de gritar?.

Son una panda de capullos. No me olvido del día que cumplí 27, hace exactamente… bueno, el tiempo que sea. Últimamente he perdido la noción del tiempo, aún más.. De regalo, se presentaron aquí los de menores y me aporrearon la puerta hasta casi tirarla abajo. Tuve que levantarme como pude, con una resaca del demonio, y ver cómo se me llevaban a Jesi y a Lidia. Que no soy buena madre, dicen las asistentas esas de mierda. Malditas sean ellas y todos sus antepasados. Y los míos. Los míos más. Y todo el vecindario en la calle, viéndolas marchar, con sus miradas que no hablaban pero que me juzgaban y sentenciaban mala madre. Mis pequeñas. Juro que cualquier día me llevo a todo dios por delante.

—¿Queréis dejar de hacer ruido de una vez?—.

Lo único bueno de este encierro es que no he vuelto a verlos más. Ni al pringao del perro, ni a las locas esas de los gatos, que hay unas cuantas, ni a los tres enanos con su odiosa familia perfecta, ni a los gemelos repelentes, ni a ese tipo raro que toca el piano, ni a la de los pájaros que ojalá se la coman un día todos juntos a picotazos, ni al americano ese por el que babean solteras y casadas, ni a ese otro que cada vez que nos cruzábamos me daba la sensación de que estaba imaginando alguna especie de tortura extraña para mí. Buah, ojalá el virus los pille a todos y se los lleve al otro barrio. Y que de viaje, se pase por los servicios sociales y los liquide a ellos también. Eso sí me haría feliz. Casi tanto como este par de rayas. Sabía que lo había dejado por aquí. En cuanto me relaje, echo un ojo a ver por qué tanto revuelo.

Tranquila, Raquel, que ya está.

La única vecina decente es Paquita, la del quinto. Siempre me ha caído bien. Sabe que estoy jodida, pero no me juzga. Cuántas veces me ha metido bajo la ducha, cuando ya no podía más con la vida, y luego me ha traído croquetas para las niñas y una copita de anís para ella y para mí. Ayer sin ir más lejos, me prestó 50 pavos para que pudiese salir a pillar.

—Prométeme que cuando pase todo ésto, vas a ingresar en un centro a curarte—, me dijo mirándome a los ojos mientras en su salón sonaba Manolo Escobar.

—Que sí, que sí, que lo que usted diga, Paquita—, le dije yo, sin mucha intención de cumplir ninguna promesa.

—Ale, marcha, pequeña, que nos vas a meter en un lío a ambas como nos vean juntas—, y se quedó rumiando, “…ay madre mía. Con lo buena chica que era de cría. Qué malas son las drogas. Qué pena de vida…”, y yo salí corriendo para que no me viese llorar.

—¡PODÉIS CALLAROS DE UNA VEZ, MALDITOS TARADOS!—vocifero mientras salgo de la cama arrastrándome y levanto con rabia la persiana de la habitación. El sol entra de golpe haciéndome cerrar los ojos con fuerza. Joder, igual no es tan pronto. Echo un vistazo al reloj despertador, que  marca las 12:07 h. Ya no sé ni en qué hora vivo. Abro la ventana con la intención de seguir disparando insultos, pero el grito se me queda atravesado en la garganta al verla estrellada contra el suelo.

Ay, Paquita. Qué te han hecho. Ahora sí que estoy completamente sola.

Hostia.

Joder.

Mierda.

Escrito por Grace Klimt.

Twitter: @GraceKlimt