Etiqueta: Tragaluz

Tragaluz (Parte 22 -Final)

Paquita. Recién mudada al centro del patio.

“I have seen the Devil laugh

I have seen God turn is face away

I have nothing left to lose

I have nothing left to say-

I don´t believe a word. Motörhead

Dicen que cuando uno va a morir ve pasar su vida en diapositivas. Mentira. Y de las gordas. Si pudiéramos hacer un Lázaro, levántate y anda, la vieja que está desmochada en mitad del patio de vecinos, podría confirmar la teoría. Como mucho, y después de colocarse la dentadura postiza y ajustarla bien en las encías, podría decirnos que antes de morir, lo último que vio fue el cemento del suelo. Ni ángeles con alas ni demonios con tridente. Alguien apaga las luces y a eso se resume todo.

Los vecinos, como no podía ser de otra manera, se agolpan en las ventanas. Estamos en cuarentena y la programación televisiva, como que tampoco acompaña demasiado. Un fiambre calentito da mucho más morbo, o al menos eso debe pensar el notas que está tirando fotos como un poseso. O la mujer de cara apergaminada y piel amarillenta que llora desconsolada al grito de «Paquita, ¿qué te han hecho?». Otro, con la mirada de los mil metros y pinta de acabar de quitarse el sombre de papel Albal para que el gobierno no le lea el pensamiento,habla de teorías de la conspiración y asegura que el que mató a Kennedy y quien ha defenestrado a la octogenaria esta son la misma persona. En fin, que el circo está montado y entre la que entra en la zona cero gritando el nombre de la que se ha ido a la vega de los tendíos y comprueba sus constantes no-vitales, y los chismorreos, la gente parece que va a echar el ratito. Así que mejor dejarles a lo suyo, y centrémonos en lo que importa: Paquita. Sus ojos verdes ya no brillan en un tono verde esperanza. A lo sumo verde mustio. Sus pupilas muertas reflejan el cemento moteado en rojo como en el negativo de una vieja fotografía en colores sepia. La misma fotografía que tenía en el recibidor de su casa y que ya nunca volverá a contemplar copa de anisete en mano, pelo recién laqueado y su habitual ay Manolo, si estuvieras aquí… antes de liar el petate y echar la tarde en el bingo entre risas y golpes de suerte.

Aunque ciñéndonos a la realidad, si Manolo estuviera aquí, ella no habría contraído una deuda bastante gorda con esos tipos del Este, de alguna república soviética venida a menos con eso de la Perestroika y demás, y tampoco habría acabado vendiendo los parches de fentanilo y los ansiolíticos para caballos que su marido le dejó como herencia. Eso, y su afición a al tema del bebercio. Que hablar de los muertos está mal visto, pero entre botes de laca, botellas de anisete y las tragaperras, la buena de Paquita pasaba apuros para llegar a mediados de mes. Pero hay algo que es innegable: sabía como camelarse al personal para que sus ay hija, no podrás dejarme veinte eurillos para la compra, ¿verdad? Es que este mes me han pasado lo de los muertos y no me llega para ir al mercado, surtieran efecto. Todo esto aderezado con croquetas hechas con pollo al que antes de batirlo le tenía que quitar el moho y una carita de niña de la posguerra dentro del cuerpo de una anciana decrépita. Nadie se olía la tostada y el negocio era redondo.

Hasta que pasó lo que pasó y las cosas acabaron por torcerse. Tanto va el cántaro a la fuente…

Primero el confinamiento impuesto por el gobierno. Se acabaron el subidón de cantar línea entre aplausos y las copitas de después en La Manuela. Aunque al oírlo en la radio, la noticia no fue para nada un contratiempo. Más bien algo pasajero que podría resumirse en un al menos no veo a lo comunistas esos a los que debo dinero. Lástima que esa gente sea como los bancos. Unos te desahucian y otros te pegan cuatro tiros en el estómago después de comer mexicano. Y como no podía ser de otra manera, se los encontró cerca de su casa y ahí empezaron las excursiones a la taberna a que le subieran el cierre y poder darle a la tragaperras, a ver si por favor, Dios mío. Que me toque la especial y pueda pagar aunque sea un poco a los canallas esos… Pero Dios no parecía muy por la labor (ya se sabe, Dios no juega a los dados dijo alguien una vez) y las perras que entraban por las que se iban.

Visto que con el juego a pequeña escala la cosa no iba bien, llegó el momento de dar el siguiente paso. Nada de dar de fiado. Quien quisiera tener un viaje a lomos de un caballo blanco a la salud de su Manolo, que lo pagara. A cinco euros la pastilla y 15 el parche, si las cuentas no le habían fallado podía pagar la primera parte de la deuda y ya saldría adelante cuando se quedara sin existencias. Todo era cuestión de echarle cuento, ir al médico y con el tema del virus este que se estaba cepillando a medio mundo, nadie se iba a poner quisquilloso a la hora de recetar calmantes como para montar una narcosala en su comedor.

La cosa iba bien, al principio. Olvido, la únic cliente que pagaba, cumplía con regularidad. La gente aún se tomaba el estado de alarma a chufa y seguía yendo al polígono a que se la chuparan por un módico precio. En cambio, a la otra, Raquel, pese a todo, le seguía dando de gratis alguna que otra pirula. A fin de cuentas le quitaron a sus hijas porque llamó a servicios sociales después de que las mocosas se tiraran media tarde llamando a la puerta y desapareciendo escaleras abajo antes de que abriera la puerta. Comido por servido.

La cosa se jodió del todo cuando el ejército hizo acto de presencia. Lo primero que pasó por su cabeza fue un ay Manolo, ¿te acuerdas cuando juraste bandera? Qué guapo estabas, condenao. El más lindo del Tercio eras tú. Manolo mío, si estuvieras aquí… Luego vino la realidad. Con los que visten como Rambo patrullando la zona, no iba nadie a disfrutar de los encantos de Olvido por mucho que bajara las tarifas. Y claro, a falta de poder decir un plata o plomo, pues la difunta Paquita, que siempre fue muy echá palantate, ella. Optó por un plata o satisfayer…

El resto es agua pasada. Un par de anisetes de más antes del aperitivo. Paquita sintiéndose jovial y con ganas de recordar el peso de Manolo encima. En camiseta de tirantes y calcetines puestos, ante todo el decoro, y el paquete de Ducados en al mesilla, a mano para echar uno nada más acabar sin dar tiempo a los alvéolos pulmonares a cerrarse, que el tabaco así sabe más rico.

Había oído hablar a las chicas más jóvenes del bingo de qué iba la cosa. Darle la mano a Dios lo llamaban unas, el se acabó el tirarme a cretinos lo denominaban otras. Y a falta de una tarde rascando cartones o escuchando un avance entre luces de colores, pues se dejó llevar. Después de un buen fregado con Mistol y estropajo, que a saber qué tiene esa ahí abajo, se dio al noble arte de llamar a Onán. Al principio la cosa iba que ni frío ni calor. Las nuevas tecnologías y la tercera edad, ya se sabe (o la falta de vaginesil, que también podría ser). El caso es que con paciencia y curiosidad encontró lo que andaba buscando. Un espasmo, ojos en blanco y temblor de piernas. El corazón a mil y ahí empezó la última pieza del pasodoble que había sido su vida. Una cardiopatía y un orgasmo en condiciones no suelen llevarse bien. Sensación de ahogo. Presión en el pecho. Dolor de brazo izquierdo. Boca sabiendo a cobre. Intentos de salir en busca de ayuda. Una mano temblorosa que no atina a abrir el picaporte. Un traspiés. Una ventana que daba al patio. Lluvia de cristales. El monedero rosa donde guardaba las pastillas tomando la delantera. Intentos de gritar. El suelo cada vez más cerca. Hasta que Paquita dejó de ser la vecina del cuarto, para acabar convertida en compota humana servida sobre una bandeja de baldosas y cemento. Algo que en boca de la difunta podríamos denominar un ay Manolo, por fin nos vemos…

Escrito por I. Barroso-Benavente.

Twitter: ialterego84

Tragaluz (Parte 21)

“Una mentira puede correr alrededor del mundo seis veces,
Mientras que la verdad está todavía tratando de ponerse los pantalones.”
“Nunca le digas la verdad a quién no la merece.”
Mark Twain.
 
He vuelto a entrar, como si no supiera ya de sobra que no me sigues. Me habría gustado equivocarme, como tantas otras veces en mi vida, pero puto Twitter, traicionero y nada efímero, porque te recuerda que un día fuiste idiota, por una vez en tu vida, fuiste egoísta y sólo pensaste en ti, y eso querida, eso no se perdona. El pasado vuelve una y otra vez, inevitable desde este maldito encierro, repentino y no buscado.
Da igual, te guste o no yo también vivo aquí, en el primer piso, puerta 17, aunque doy al patio interior del #Tragaluz de refilón por mi dormitorio, también dispongo de dos balcones a la calle.
Me parece mentira volver a escuchar los pájaros, desde hacía 34 años no había vuelto a escucharlos en estos árboles recién plantados hace tan sólo unos pocos años, castaños de indias, desagradables en primavera como un grano en el culo, y no lo digo sólo por aquellos que padecen de rinitis u otras mil formas de alergias, que también, sino porque suelen desprender esas marañas de paja. Ya, ya sé que los entendidos me vais a decir que no es paja, pero semejante si es, ¿o no?, ruedan por el suelo como si estuviéramos viviendo en el mismísimo desierto de Arizona, ¿he dicho Arizona?  Seguro que no es ese, pero es que hace siglos que he abandonado en un cajón todo lo que se refiere a Estados Unidos desde que tienen esos presidentes tan estrafalarios, pero el peor el último, que además de estar como una puta cabra, es un inconsciente de narices.  Y narices sí que tiene el tío, ¡me cago en toda su casta! Pero esa historia es harina de otro costal, en este instante al menos.
Seguimos… Ya sé que todos los vecinos mantienen la calma, que aparentan que nada pasa, y por primera vez en nuestras vidas es cierto, no pasa nada. Porque nada avanza, nos hemos quedado parados en el día 13 de marzo, y a partir de ahí, como educados que somos, nadie se mueve de su casa. Si hasta yo me he puesto a escribir de nuevo, ¿será este el apocalipsis del que hablaba la vecina, Mari, del quinto piso, puerta 17? … Ella es una jovencita muy mona que va siempre muy arregladita, como recién salida de la sala de maquillaje. Aun así Poncio es el único que realmente la entiende. No como a la del Cuarto piso, puerta 14, una tal Patricia a la que desde el día en que Paquita decidió pasar a otra vida, no la confortan ni Meitner y Curie, sus dos preciosas gatas. Entre los niños del bloque, están mis ruidosos vecinos del tercer piso, dos gemelos insoportables, que no soy la única que opina lo mismo que conste, también lo dice Yaiza del segundo piso puerta 8, que siempre cuenta lo del tal Luka que conoció en Dublín, y que nunca me he creído. Por no hablar de la loca del Ático, que se ha puesto más botox que la mismísima Cher, y a quién lo único que le preocupa es que se le noten las canas estos días que no podrá teñirse. Dicen las malas lenguas que cualquier día nos da un disgusto, pero yo creo que además de sus vestidos de lunares y sus tacones de vértigo, alguna vez fue una magnífica escritora, la pobre muñeca rota, ya ni siquiera es capaz de escribir algo que no sea sobre su propio culo.
En el peculiar edificio en el que vivimos hay fauna para dar y tomar, eso sí, todos muy solidarios a las ocho en punto salen a aplaudir como el resto del planeta a todos los sanitarios que se están jugando el tipo y parecen no importarle a nadie más que a los que aplaudimos. Entre los bichos Rara Avis del primer piso, está Olvido, en la puerta 1, una treintañera dice ella, aunque parece más cuarentona que otra cosa, imagínate si es yonki que ni siquiera le ha puesto nombre a su gato para no tener que llamarle, me comentaron un día, que se prostituía por ahí en un polígono de las afueras, y come gracias a lo que le fía la pobre difunta, así que a partir de ahora ya veremos cómo sobrevive.
Otro rarito del club del primero es Ezequiel, que fuma tanto que huele todo el puto rellano, se pasa la vida llamando colegueando con Emilio, el del tercero 9, un viejales al que abandonó su mujer hace la friolera de 10 años, a quién no vienen a ver ni sus hijos, eso sí también es amigo de Paquita. Su perro es casi tan raro como él, Profesor Mora le llama, ¡será cursi el tío! Hablan de él, que bebe como un cosaco ruso y que a pesar de ir todo el día cámara en mano, no es nada buen fotógrafo, aunque para fotografiar el cadáver si ha estado rápido el tío… Y ni os cuento lo de la vieja lesbiana del primero, 3. Esa si que es rara la viudita refunfuñona, que protesta por todo pero luego sacude las migas de su mantel sobre mi ropa recién lavada.
Hablando de yonquis, no me puedo olvidar de otra vecina del primero, 4, Raquelita que roba luz a la Comunidad aunque aquí todo el mundo debe ser rico, porque nadie dice nada, y me consta que casi todos lo saben. Que para más inri hasta tuvieron que venir a quitarle a sus hijas porque no las atendía adecuadamente, pobres Jesi y Lidia, siempre llenas de mugre y con los mocos colgando, siempre sospeché que la que llamó a la policía para que se las llevaran había sido Paquita.
A toda esta lista de sospechosos, dice mi jefe que tengo que añadir a los jóvenes del edificio. Aunque no os lo había dicho, soy sargento de policía y este puto crimen me ha pillado con las bragas bajadas, y lo digo literalmente, porque estaba en el cuarto de baño cuando acaecieron los hechos. El inspector Garrido, dice que como vivo en el edificio nadie mejor que yo para hacerle una ficha de los posibles asesinos, porque él piensa que esto de suicidio no tiene ninguna pinta. Que uno no puede estar repartiendo tuppers de croquetas cinco minutos antes de suicidarse, que eso no es una suicida ni de coña, así es que a currar.
Incluyendo en la ficha a los que me quedan, con lo que esto me aburre… Seguimos… En el cuarto, 13, está Rómulo, un romántico empedernido enamorado de Patricia, la vecinita de piso, como un idiota. Fuma los puros más caros del mundo y nadie sabe de dónde saca, para tanto como destaca. La Señorita Alma del quinto, 19, veterinaria sin mascotas, enamorada como una gilipollas del americano, Jack del cuarto, 16, que vino de Virginia y parece tener aficiones en la Deepweb, obsesionado con usar un bate de baseball, yo qué sé para qué, espero que no lo haga o tendré que detenerle. Y otro raro de narices es el tal Augusto Francisco del quinto, 20, cuya casa fue heredada de su abuela, y que está totalmente desquiciado porque parece que fue testigo del suicidio de su abuelo cuando era pequeño.
Conozco poco de María Antonia, y su marido Julián, en el tercero, 3, y sus hijos, una adolescente con la que tiene problemas de entendimiento y los gemelos Miguel y Andrés que son estudiantes, o eso creo, que no lo tengo muy claro. Me olvido de alguien seguro, al menos de los conocidos que el resto tengo que hacerles ficha porque desconozco todo. Tampoco es que sepa demasiado de Mari Paz y Benigno del segundo piso, 7, un matrimonio en puertas de la tercera edad, que aún recuerdan los tiempos de Franco en los que eran libertarios aunque tenían que pasar por el crisol de mamá, quién horrorizada por un embarazo les obligó a casarse cuando ella sólo contaba con 23 años, pobre mujer, nadie le hubiera dicho entonces que se pasaría 16 días encerrada en casa por este maldito bicho, limpiando como una posesa y haciendo acopio de lejía en el súper.
¡¡Ah!! Espera un segundo, el músico, ¿cómo se llama el músico? Eugenio del segundo, 5. Bueno que él dice que es pianista, pero yo nunca le he oído tocar, comenta que no puede hacerlo desde que falleció su madre, y no digo que no, pero ya se sabe que un pianista sin practicar es como un jardín sin flores. ¡Qué pena con lo que me gustaría a mí, escuchar una buena Sonata de Haydn, imagino pero no, esto no va a ocurrir al menos por ahora, decepcionante.
Debo seguir mi larga lista, y aún me quedan tantos por investigar, pero al menos a este grupito les conozco un poco. Seguiré con la investigación, como suele ser mi costumbre, pormenorizada y profesional, para que no se diga, aunque yo creo que la teoría de Garrido se caerá por su propio peso después del resultado de la autopsia, y resultará que ha sido un suicidio sin más. Una mujer sola, abandonada a su destino que intentó hacer piña a su alrededor para crearse la ilusión de la familia que nunca tuvo, y que un día sin más, dejó de tener sentido. Seguramente las pastillas rosas le hicieron tomar el valor que nunca había tenido por sí sola para acabar de una vez con su mierda de vida.
Suena el teléfono, el pesado de Garrido quiere que empiece a interrogar a todo el mundo a la de ya, pero si aún no tengo a todos recopilados… ¡Madre mía! Este hombre es un gran explotador frustrado.
Os dejo, que voy al lío.
Con la aparición estelar de La Mala Rosa.
Nos sorprendió con esta colaboración inesperada a raíz de haber leído los relatos que componen Tragaluz.

Tragaluz (Parte 20)

Isabel Marín Díaz. Segundo piso, puerta 6.

“Money is the reason we exist… everybody knows that is a fact, (kiss kiss)”

Lana del Rey-National Anthem.

“Me dejó por Natasha, la chica bielorrusa de las tetas grandes, aunque fuese una de las personas más estúpidas que he visto en mi vida. Pero eso, (¡Isa entérate!) que tenía las tetas enormes y era rica, moviéndose en el mismo ambiente que él y eso a algunos (y algunas. Que no son solo hombres) es lo que solo valoran, la apariencia.”

“Maldito alcance de Tinder. Qué asco de apps de contacto, creo que no deberían llamarse así si no de “solo quiero sexo”. No importa cómo eres, te valoran únicamente por las fotos que pones. Y sólo hay que deslizar al corazón o a la cruz, corazón, cruz. Derecha o izquierda”.

Esto estaba en mi mente hace 25 días, el 5 de marzo, cuando me di cuenta de lo que estaba pasando y los vi juntos besándose en Ibiza, donde yo estaba temporalmente por trabajo. Una compañera diseñadora, Ania, me lo confirmó al final, aunque ya la conocíamos porque esa imbécil muchas veces iba a la isla a pegarse toda la fiesta. Yo aún no iba en serio con Pablo y no llegamos a acostarnos porque ambos nos movíamos mucho. Pero sí me enamoré  y sin saber, en aquella ocasión en la que le vi por primera vez, que era aristócrata. Me gustaba mucho pasear por la playa con él y me dijo, cuando le conté un poco sobre mi vida, que no le importaba que fuese de una clase social inferior, aunque yo estaba contenta de poder ganar dinero por mí misma. Él me mentía. Y evidentemente, lloré mucho, porque me hubiera gustado ser una top model y desfilar para Chanel o Dior, o incluso Lorenzo Caprile, que me parece muy majo él. Pero he sido rechazada porque no tengo medidas de pasarela y por eso soy modelo de catálogo de tiendas de ropa. A mí me parece bastante bien, pero no te da fama y … estoy ya cerca de los 30 y empiezo a notar en rechazo en ciertos trabajos.

Volví a sollozar cuando llegué a Madrid el día 10 de marzo en el que se avisó que iban a cerrar los museos y centros públicos, un aviso de lo que estaría por llegar. Mi tía Mercedes (a la que quiero mucho y me dejó entrar a este piso) no estaba aquí si no en una residencia de un pueblo trabajando como enfermera para cuidar a la madre de su novio. Me dijo que volvería pronto. Lloré porque también empezaba a ser consciente de que esto iba a ser serio, por lo que “pronto” pasaba a ser “tarde”. Así que ni siquiera tendría el consuelo de poder ir juntas a ver “Las Hilanderas” en el Museo del Prado, su cuadro favorito y en el que me explicaba que había dos historias en una, con una “puesta en abismo” y que este cuadro también se agrandó.

Ahora estamos ya a 30 de marzo, el cielo está nublado y a veces llueve, por lo que me apetece estar más metida en la cama que otra cosa pero no logro dormir mucho. De llorar ya no tengo ganas ni lágrimas.

Como no vivo aquí la verdad es que he pasado bastante desapercibida en el edificio. Tampoco hago mucho ruido. Y aunque esto ya sé que es largo y lo será todavía más, no me apetece contactar con casi nadie y de ligar ni hablar. No me gusta ninguno, todos están además muy salidos y demasiado locos. Por ejemplo, Jack un americano que podría ser primo de Donald Trump, supe de él cuando escuché golpes porque lanzaba papel de aluminio arrugado, servilletas o lo que pillase a las palomas desde su balcón, con otro vecino animándole porque decía que transmitían el virus Y eso que me mandaron por Whatsapp que una actriz pedía que diéramos comida a las palomas, seguro que lo pasaría muy mal viendo esto. También está el que “vive” a mi lado que escucha música y se da golpes. Mi tía tenía razón cuando hablaba conmigo por teléfono y me decía que no había ningún chico para mí que fuera bueno. Aunque me mencionó hace semanas a un tal Alejandro, el hijo mayor de los vecinos de la puerta 7 que no vivía aqui, pero podría intentar ser maja con su padre y su madre en estos días. Al bajar para recoger las cartas de mi tía también he visto, de pasada, el nombre de Àjax, curioso nombre y creo que se lo habrá puesto alguien a quien le guste la mitología griega. Aunque el novio de mi tía me decía en estos días de broma, por teléfono, que a quién se le ocurre poner el nombre de un limpiador en polvo a su hijo.

De tener amigas en este bloque tampoco hablamos, muchas están borrachas, drogadas y con ganas de pasarse lo que sea por su cuerpo, y hay una a la que me encontré el otro día y me miró fijamente diciendo que quería leerme las manos. Admito que me dio miedo. Hablaba antes sobre el asunto de no poder dormir mucho ¿verdad? Pues porque hay dos vecinas anormales que ya hacen ruidos a partir de seis de la mañana. Una está con un “¡Hi guys!” y diciendo estupideces. Y otra hablando de lo que hacen los cóndores a los que se imagina que les ve desde su habitación y creo que les ha puesto a algunos nombre, como “Luka” o “Doctor Mora”.

Voy al baño a despejarme un poco y me miro en el espejo. Llevo sin maquillarme desde que entré en este piso y está bien, la verdad. Me gusta notar la piel sin nada, solo lavada con el jabón antiacné que todavía tenía mi tía aquí, aunque no me va mal porque sigo teniendo la piel grasa. Estaba algo cansada que en el trabajo me echasen productos de todo. Pues, hala, mi piel. No como la mujer que está arriba del todo, va maquillada como si se lo hubiera hecho Homer Simpson con su escopeta. Y va con el mismo vestido y un collar de perlas. La veo bajar a veces cuando tiene que salir como si aún esperarse algo y no sé a dónde irá ¿a un bingo cercano a ligar que a lo mejor abre a escondidas? Porque todo está cerrado, incluso el Teatro Real ¿Será la amante de alguno y por agradarle se ha vestido así mientras estaban encerrados juntos? Mi tía me dijo que tenía una vecina, Paquita, que le gustaba mucho amasar croquetas mientras estaba con su mecedora y escuchaba a Manolo Escobar, pero estoy bastante segura de que no es ella. A lo mejor cuando me encuentre a la verdadera Paquita la pediría por favor, si podría probar la comida que hace.

Parece que las dos únicas personas normales que he visto de este edificio son un señor y una señora bastante mayores: Emilio y Pepa. Creo que murieron sus parejas y no estaría mal que se juntasen. Pero Andrés, el novio de mi tía me dijo que no, que ella era lesbiana y que estuvo toda su vida con una enfermera. Así que ni siquiera habrá algo interesante y con verdadero amor que pueda observar por el edificio.

Cara limpia, pelo recogido y crema corporal echada, a ver cómo me entretengo ahora que no puedo hacer gran cosa y no quiero ver vídeos, que además bastante tengo pensando cómo le va al de al lado… Puede que me instale Tinder, me dijo Ania que era bastante divertido, aunque también sabe que tengo mucha manía a esa aplicación. Bueno pues, a ver, sí que se ha instalado rápido. Veamos cómo va:

“Cruz” “cruz” “cruz” “cruz” “cruz” “cruz” (Que rollo) “cruz” “cruz” “cruz” (¿este tío que hace con esta foto?) “CRUZ” “cruz” “cruz”…

(Ruido de fondo: “Cruz, doble eme, raya, espiral…”)

¿?

(…espiral…¡Amarillo!)

Espera, ¿el anuncio de Correos? ¿Qué hace saliendo este vídeo del año pasado, con esa voz desagradable de hombre cuando dice “Correoooosssss” en una web porno? ¿No tendría que haber un anuncio en el que dijesen en inglés entre gemidos “Ey! More hot girls in this website”?

(…Funciona en grande. Cruz-doble eme-raya-espiral. Y también en pequeño…)

Argh, vaya agobio de todo, nada es normal en esta cuarentena, NADA. N-E-C-E-S-I-T-O tranquilidad, no valgo absolutamente nada, me van a despedir porque voy a engordar, y tengo la sensación de que ningún hombre me quiere. Ojalá el chico de al lado apague el ordenador y se frote él solito en su baño porque no quiero pensar en nada y no quiero escuchar ni un ruido, pero NI UN PUTO RUIDO ¿Y si le mando un mensaje a Pablo diciéndole que como está? Seguro que me contestará pidiéndome perdón y diciéndome que se acuerda de mí. ¡NO! Pablo no me quiere y ahora mismo estará con su cabeza entre dos tetas de 5 kilos cada una mientras esté encerrado con esa…. ESA. Tampoco puedo llamar ahora a mi tía porque la pobre estará liada en el pueblo y quiero llorar. ¿Estará bien chillar por la terraza? A lo mejor no, Isa NO, que siempre has tenido la cabeza muy fría y no has querido hacerte notar aquí, no lo eches todo por la borda. Venga, a la cocina, a echarte un chorro en las muñecas y a beber un vaso de agua mientras respiras, a cerrar los ojos y contar hasta tres que todo será mejor.

Uno… (respiro) dos… (respiro), y…..

(Golpe fuerte abajo)

(…)

¡AAAAAAAAHHHHHHHH!

Escrito por Lara Sánchez Paredero.

Tragaluz (Parte 19)

Angie. Tercer piso, puerta 10.
«Oh, Fortuna, diabólica ramera.»
La conjura de los necios.

6:00h – Directo Instagram:
Hi guys! ¡Buenos días a todos! Aquí estamos otra vez, en directo, son las seis de la mañana y os hablo desde mi cálida cama «de mierda», de mi nueva y maravillosa vida «de mierda» en este precioso piso «de mierda». Estamos en el décimo sexto día de confinamiento. Espero que lo estéis llevando chachiruli «la verdad es que me importa una mierda». Recordad la importancia que tiene mantener nuestra rutina diaria, ¿oki doki? Atentos a mis redes sociales, en breve habrá novedades sobre mis andanzas viviendo como todos vosotros. Ahora soy una más «para mi desgracia». Pues es el momento de ponerse en marcha, mis amores. Y recordad, hashtag yo me quedo en casa «como lo peta hacer el simbolito con los dedos, soy la mejor». Muchos besitos, amores míos. «Morritos, morritos, morritos y fin del directo». Ahí están mis parroquianos, fieles
a mis directos. ¿Qué clase de vida de mierda puede tener alguien para levantarse a las seis de la mañana para ver un puto directo? Bah, yo no sé ellos, pero yo voy a dormir un rato más abrazada a mi gata.

He perdido la cuenta de los directos que he hecho ya. Me aburro. Me aburro muchísimo. Desde que nos dijeron que no se podía salir de casa por nosequé cosa del chino, que digo yo, ¿de qué chino?, porque hay como dos en cada barrio, mínimo. Supongo que ese es el problema, que tienen que encontrar en cuál de ellos está el “Cobi” ese, aunque desde el ’92 han tenido tiempo más que de sobra como para andar ahora con prisas, digo yo. Llamadme loca. Por suerte, teletrabajo. Por desgracia, trabajar con el teléfono es un coñazo. Ser instagramer es agotador. Tengo una agenda muy apretada. A las cinco estoy en pie para poderme maquillar y parecer recién levantada en el primer directo. Después toca sesión de fotos “in bed”. Me he sacado como quinientas fotos, con pijamas diferentes y estudiadísimamente casuals. Así ya tengo material para una semana.

Los vídeos para mi canal de YouTube ya son otra historia. Hasta la fecha, mi hermana, “la fea” graba los planos desde atrás, y yo solo aquellos en los que se me ve la cara y las tetas. Pero con esto del confinamiento, me toca a mí hacerlo todo, así que me cambio de ropa, peinado y maquillaje como tres veces en cada entreno y así tengo para tres días. ¡Pero qué listita soy! La verdad es que no estoy llevando muy bien eso de no poder salir de casa. Necesito sol. ¿Cómo si no voy a llegar a tono para la temporada de bikini? Como esto no se acabe pronto voy a tener que hacer una colección de fotos en blanco y negro mientras me pierdo en el yate de papi para quitarme este blanco nuclear. Oh, Dios, ¡qué sacrificado es vivir como la gente corriente! Ahora podría estar en mi jardín, tostando mi piel. ¿Por qué acepté este reto de mierda? ¿De quién fue la idea? ¡Jamás volveré a hacer una encuesta en Twitter!

Encima me lo tengo que hacer yo todo. Resulta que, para el Gobierno, no es de primera necesidad mi Juliana María, así que ha tenido la poca vergüenza de dejarme tirada para irse a Bolivia a cuidar de su madre durante la cuarentena. Si tuviera contrato, se lo rescindiría. Si esto sigue así, voy a terminar como la gentuza de este edificio. Por cierto, me sonaba mucho la cara de la mujer del ático. Creo que con uno de sus libros le calzamos la cama a la niñera. Sí, estoy bastante segura de ello. Le daré las gracias la próxima vez que la vea.

9:00h – Directo Instagram:
Bonjour, mes amours! ¿Ya habéis entrenado conmigo? «¿con el vídeo que grabé hace dos
meses aunque os haya dicho que era de hoy?». Perfecto, pues ahora toca un desayuno completo, súper sano y súper nutritivo. Se trata de unas ricas tostadas con pan de semillas «enseña bien el paquete, que para eso te pagan» con aguacate, mango y aceite de oliva. Ya sabéis, machacad, untad y… «muerdo un poco la tostada. Sonrisa con ruidito de aprobación. Pulgar arriba y fin del directo». ¡Puah! ¡Qué puto asco! Justo después de escupir el cacho y enjuagarme la boca, me armo con una cuchara y a por la Nocilla se ha dicho.

Uy, Coco, ¿oyes eso? Seguro que es el tío bueno de la puerta doce. Hay que reconocer que es un poquito rarito pero, ¡madre mía del amor hermoso, cómo está el niño! Últimamente coincidimos mucho en el rellano. Siempre miro por la mirilla antes de salir. Aunque es muy difícil seguirle la pista. A veces le veo salir, pero vuelve con una ropa diferente. A veces tan callado, a veces tan abierto. Que lo entiendo, debe de imponerle que una mujer como yo le sonría así, pero me tiene totalmente desconcertada. A veces le llamo Miguel, y me dice Andrés. A veces le llamo Andrés, y me dice que Miguel. Esto de los nombres compuestos es un coñazo. Le oigo discutir a veces con alguien. Debe de tener un hermano, o una tortuga, o un trastorno de la personalidad.

¿Por qué le estoy contando todo esto al gato? ¿Cuánto tiempo llevo hablándole? Uy, me viene una idea brillante. Si me pongo mi sudadera con la capucha de orejas de gatita y cojo a Coco, ¿Coco?, ¿dónde vas Coco? Ven aquí gata del demonio, hija de la gran puta. Joder, lo que me ha costado cogerla en brazos. Nos hacemos una foto. Ahora auto corrector en modo belleza, la paso por el Prisma, un par de filtros y lista para Instagram: “Conversaciones profundas con mi otra mitad. Angie&Coco. #AnimalLove #NoSinMiGata #MiOtraMitad #CatWoman #Sexy #YoMeQuedoEnCasaConMiGata #JuntasPodemosConTodo #Blanquita #MundoGatuno #NoSabíaQuePonermeYMePuseUnaSonrisa #OjosDeGata #MyLifeIsWonderful #CobiRules #SinFiltros”. ¡Perfecto!

Ya que estoy en Instagram, aprovecho para ver la actividad de mis amiguis. Jo, cuánto los echo de menos. Uy, mira, una foto de la zorra esta. Le voy a dar like y mensajito: “Te echo de menos, amigui (carita triste, carita triste, beso, beso, beso)”. Pero qué puta que es. Espera, ¿qué cojones es eso? ¿Eso es un like de Borjamari? ¿Por qué le da un like? ¡Peor aún! ¡Se siguen! ¿Desde cuándo son tan súper amiguis? ¿Estarán liados? Seguro que sí. Me cago en… Espera, Angie, recuerda las palabras de tu psicoanalista: Angie respira. Piensa. Despacio. Actúa en consecuencia, pero no te adelantes a los acontecimientos. Sigue. No pares. Yo te aviso. El mejor consejo que me da el muy payaso y lo hace cuando tengo en la boca toda su… ¿Qué dices, Coco? ¡Tienes razón! Le mandaré un WhatsApp. Así el tono será neutro. No notará que whatsestoy enfadada con él. Aunque ahora mismo le llevaría a urgencias a que le extirparan el móvil del colon. ¿Pero quién se ha creído que es para fisgonear las fotos de mis amigas? Se salva porque estoy en modo zen, aquí, en mi adorable pisito pasando esta puta cuarentena.

Ay, Coco, qué desgraciadita soy, ¿te das cuenta? Con esto del arresto domiciliario no puedo salir a quemar mi energía, ni limpiar mi aura, ni vaciar la cuenta. ¡Esto es una tortura! Creo que voy a plasmar todos estos sentimientos en mi “scrapbook del confinamiento”. Uy, espera, esta también es buena, me cambio de ropa y me pongo con ello.

El libro abierto, recortes esparcidos por la cama, la gata en el lado opuesto a mí… ¡He dicho que la gata en el lado opuesto a mí, animal de Lucifer! Ahora, coño. Y foto. Filtro, filtro, filtro y a Instagram: “Recuerdos para el tiempo y la distancia. #Scrapbooking #Recuerdos #Soledad #Silencio #OsEchoDeMenosAmiguis #ProntoAcabaráTodo #AlNatural #Casual #Chupipandi #SinFiltros”. Perfecto.

Con toda la tontería se me han hecho las doce y yo sin meditar. ¿Pero quién va a meditar con esta escandalera? ¿Qué tripa se les ha roto a los vecinos ahora? Seguro que es la quinqui otra vez. ¡Así no hay quien se oiga pensar! Un día voy a bajar al primer piso a decirle cuatro cosas a la yonki de la puerta cuatro. Y ya de paso le pregunto si tiene algo de maría, que ando escasa ya. ¡Menudo escándalo tienen en el patio! Pues nada, habrá que ir a cotill…mantenerme informada.

Joder, ¡qué puto asco! La gente tira al patio cualquier cosa ya. A saber qué cojones es eso que hay en el suelo. ¡Hostia puta! Es una persona. ¿A quién se han cargado ya? Mucho habían tardado, para qué nos vamos a engañar. ¿Es la Paca? (Selfie). Sí (selfie), porque ese (selfie) monedero (selfie) de mercadillo (selfie) es inconfundible.

Escrito por Helena Boronat.
Twitter: @armoniahache

Tragaluz (Parte 18)

Àjax, cuarto piso, puerta 15.

“El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.“

Karl Marx

Los últimos sábados por la tarde se habían convertido en el discurso del rey, tarde de oír al presidente del país anunciar el mantenimiento o endurecimiento de las medidas de confinamiento… Estaba algo harto de que las medidas llegaran con cierto retraso o, tal vez, de forma paulatina para que la población no cayera en pánico. Una de las cosas que más me cabrea de las últimas décadas y su clase dirigente es que, en occidente, con ese aura de superioridad ético-moral, nos tratan a los ciudadanos como niños maleables y nos hacen responsables de problemas que ni hemos creado ni hemos pedido. Son problemas que nos han venido dados y que sufriremos durante mucho tiempo, por desgracia.

Llevábamos ya 16 días de duro confinamiento. Mi visión de la situación había evolucionado y pese a lo que la gente creía, había trabajado más que yendo al instituto. Habíamos puesto en marcha del día a la mañana: clases on-line, memorias de trabajo para mis alumnos, un sin fin de novedades tratando de aprovechar esta situación para enseñar la Historia. Parecía de novela de ciencia ficción pero, conforme habían ido pasando los días, las sensaciones habían cambiado muy deprisa. Primero me pareció un descanso de la vorágine diaria pero no muchos días después deseaba que acabase. Del esto nos cambiará para siempre al cada día tengo más claro que nada va a cambiar. Y es que todas las medidas adoptadas por el gobierno no tenían otra intención que preservar el orden establecido.

Después de la intensidad inicial frente al televisor para recibir las noticias, ese sábado había decidido no seguir el discurso del presidente. De hecho, había quedado con mis amigos del pueblo para cocinar virtualmente juntos la cena. Debido a las videollamadas los sentía más cerca que en los últimos meses e intercambiamos pensamientos sobre la situación, cómo nos estaba afectando el confinamiento y, sobre todo, recetas.

Pasé la tarde-noche bebiendo las últimas cervezas que me quedaban con ellos y preparando la cena. La conversación principal de la noche giró en torno a mi nombre, hacer honor a él con algún acto heroico cómo ofrecerme a ayudar a algún vecino para comprar por él si lo necesitaba. Sus ánimos eran reales y mi cabeza ya estaba planeando cómo hacerlo al día siguiente. Bueno, también seguían empeñados en que intentara establecer algún tipo de contacto con la vecina de la puerta 14 y que dejara de fantasear con ella. Sabía que, como yo, era nueva en la ciudad, pero poco más. Manolo me volvió a preguntar por la vecina del segundo piso con la que coincidió en el ascensor cuando vino a visitarme. Les conté que intuía que lo acababa de dejar con su chico antes de que esto estallara. Lo ví salir con maletas y con algún que otro mueble de casa y no me lo he vuelto a cruzar.

Me resultaba divertido ver a mis amigos y amigas preocupados por mi soledad sentimental a tantos kilómetros de distancia, en una situación como la actual. Al final, el ser humano no deja de ser un ser social y necesitamos relacionarnos los unos con los otros por motivos mentales o físicos. La noche para mi acabó pronto. La rutina de ejercicio en casa auto-impuesta y las cervezas de más me dejaron K.O. Me despedí y me fui a la cama.

El domingo desperté temprano y, después del ejercicio y de desayunarme la tortilla de patata que sobró de la cena, me quedé sopa fácilmente en el sofá. Los fines de semana me encanta hacer esto. A la media hora me desperté confuso. Unas voces entraban por mi ventana: Palabras sueltas, algún grito, frases cortas difíciles de descifrar… Entre mi confusión conseguí reconocer la voz del americano soltando sus mierdas en inglés y, aunque no me gusta mucho el cotilleo, finalmente acabé yendo hacia mi ventana. Casi todos los vecinos estaban con medio cuerpo asomado por sus ventanas, mirando hacia abajo o con las manos en la cabeza. Dirigí mi mirada al deslunado y entendí todo el alboroto. La señora Paquita, de la puerta 18, la que me había ofrecido sus croquetas una semana antes, estaba en el suelo, encima de un gran charco de sangre.

Nadie parecía haber llamado a la policía así que llamé para describir lo que estaba viendo.

Hoy sí que iba a ser un domingo de confinamiento diferente.

Escrito por Pau Bernad.

Twitter: @Pau_Snow

Tragaluz (Parte 17)

Mari Paz. Segundo piso, puerta 7.

“Ni la juventud sabe lo que puede, ni la vejez puede lo que sabe”.
José Saramago

7.45 AM. Como cada mañana los ojos se me abren de golpe, sin necesidad de despertador ni de alarmas. Benigno sigue roncando, ajeno a mí y a la luz blanca que empieza a colarse por la cortina. Nunca me han gustado las persianas, y menos ahora, que bastante tenemos ya con esta sensación de claustrofobia al obligarnos a estar confinados en casa por culpa del coronaviris este. La que ha liado… Señor, la que ha liado. Todo va tan rápido… Nosotros, que sufrimos la represión de la posguerra y sobrevivimos a racionamientos y a varios estados de excepción aquí, en esta misma España que ahora parece tan lejana. Y de nuevo, el miedo corriendo más deprisa que cualquier razonamiento.

Dieciseis días llevamos ya recluidos en este piso sin pisar el asfalto, y creo que esto va para largo, mucho más de lo que dicen en las noticias y desde el Gobierno. Que por cierto, dicho sea de paso, no me creo nada de estos, que son todos iguales, una panda de descerebraos, interesaos, mentirosos e insensatos, que siempre creen que los tontos somos nosotros, los que luego vamos y los volvemos a votar. O sí, no sé, quizá sí lo seamos. Tontos de remate. Y a pesar de todo, divinos tesoros los de la libertad y la democracia.

Recuerdo, como si fuera ayer, el día que murió Franco. Yo cumplía justo los dieciocho y estuvimos celebrándolo durante tres días seguidos. Un país entero, hasta entonces reprimido y escondido, salió de golpe a llenar y hacer bullir las calles. Los rojos. Los nacionalistas. Los anarquistas. Sindicalistas. Feministas. Maestros y maestras comprometidos con la verdad. Homosexuales. Intelectuales y poetas. A partir de ahí, todos los hechos de mi vida se precipitaron.

Fue entonces cuando conocí al que sería mi compañero de destino y de viaje, Benigno, dos años mayor que yo, estudiante de una pionera, por aquel entonces, carrera informática, y que en poco tiempo se convertiría en todo el mundo que yo quería conocer y recorrer.

Nuestras citas y salidas eran casi siempre de tres, él, yo y mi madre de carabina, que se mantenía a los metros justos para permitir que corriera el aire entre nosotros. Aunque, de vez en cuando, el deseo ganaba la partida y sin saber cómo, conseguíamos burlar su atención escapándonos un par de horas a algún motel del centro.

A los veintitrés me quedé embarazada de mi  primer hijo, lo que hizo que nuestras familias nos obligaran a casarnos, hecho que, lejos de ser un problema, fue una maravillosa liberación para los dos. Mi Alejandro, cuarenta años cumplirá el mes que viene, y espero que para entonces podamos celebrarlo todos juntos: mi marido y yo, nuestros tres hijos más, mis nueras y mis nietos.

Ojalá.

Me levanto con cuidado, no quiero despertar a Benigno, últimamente está perdiendo oído y tenemos que hablarnos a gritos. Es agotador. El paso del tiempo es cruel y más ladrón que cualquier político, consigue que pierdas cosas que antes ni te dabas cuenta de que estaban ahí, como la memoria, los amigos, el oído, la vista y hasta las ganas.

Cargo la cafetera italiana y la pongo sobre la vitrocerámica. Mientras sube el café me asomo por la ventana de la cocina que da al patio de luces, a estas horas aún reina el silencio en la escalera. Me he acostumbrado a estirar el cuello y mirar hacia arriba, hacia el cielo. Aunque no se vea nada más que la misma ropa tendida desde hace cinco días y alguna que otra nube perdida.

Silencio. El silencio es lo más raro que se puede oír en esta comunidad de locos con una psicóloga de inquilina, escritoras románticas con vocación suicida, veterinarias sin mascota, prostitutas pastilleras, yonkis con mono de vida, americanos enamorados con aires de libertad… y así seguiría… porque otra cosa no, pero a lectora empedernida no me gana nadie, y mi Benigno, desde que se jubiló, sustituyó su trabajo por hacerse experto en piratear cualquier tipo de aparato electrónico, y todas las redes wifi que se le pongan a tiro. Total que, gracias a él, hace ya bastante tiempo que sustituí el Sálvame por cotillearle los ordenadores a mis vecinos. Al principio me daba vergüenza ajena pensarlo. Luego ya les vas conociendo y hasta les coges cariño.

—¡Paquitaaaaaaaaa! —El grito que se escucha por la ventana es de Olvido, la loca de los gatos del primero, llamando a la única amiga de verdad que tengo en este edificio. Solo con ella puedo hablar de cosas nuestras, de las de antes de esta era del reguetón y redes sociales. Y más aún desde que murió su Manolo, y ella, aunque crea que yo no lo sé (como todos) se dedique a trapichear con medicamentos y pastillas que se sacan con enchufe y con receta médica; o con ingenio, ni lo sé ni me importa, porque de algo hay que comer, digo yo.

El grito me ha sobresaltado y ha conseguido, de paso, despertar a Benigno, que sale de la habitación y viene hacia la cocina desorientado, rascándose la barriga. Y ya era hora, vaya, que se me ha ido el santo al cielo y ya son las diez y media, y si me descuida tengo que ponerle un vermú en vez del desayuno.

Preparo la mesa, dos tazas de café y unas magdalenas recién hechas de ayer, que mi nuera vino a traernos y nos dejó en la puerta. “Somos de riesgo” por la edad, que como decía antes, no trae nada bueno.

Después de terminar el “branch” que diría mi nieto, que estudia en un colegio bilingüe, seguimos nuestra rutina diaria y hacemos una videollamada con cada uno de nuestros hijos; casi una hora en total hablándoles con una pantalla de por medio. Qué cosas esto del wasap, conversamos y nos vemos ´virtualmente¨ ahora más que nunca.

12.00 AM. Me iba a poner a cotillear, pero vuelve a escucharse un ruido, ahora atronador, por el patio de luces, voy a asomarme a la ventana y otra vez el mismo grito: —¡Paquitaaaaaaaaa! —Solo que esta vez proviene del fondo de mi garganta.

«Me da igual la cuarentena y las órdenes de alejamiento, tengo que bajar corriendo y comprobar si sigue respirando», pienso. Abro la puerta y bajo atropelladamente las escaleras, son solo dos pisos. En el rellano del primero la puerta de Olvido está abierta… me asomo y la veo tirada en el suelo, no sé si está muerta… luego lo averiguaré. Ahora es más urgente para mí ir a socorrer a Paquita.

Acerco mi oreja a su cara, no respira. Hay un charco de sangre alrededor de su cabeza… no soporto seguir viendo este espectáculo dantesco. Me subo a casa a recluirme con mi Benigno. Pobre Paquita, quién o qué le habrá hecho esto…

Si mi madre viviera, diría que esto con Franco, no pasaba.

Y es verdad… no podría.

Escrito por Eva López.

Twitter: @EvaLopez_M

Tragaluz (Parte 16)

María Antonia Fernández. Tercer piso, puerta 3.

 “Bicicleta que no montas vuelta que no das.”

Sabiduría Popular.

Que no soy nadie ¡ja! Que no soy nadie dice el muy gilipollas. Si es que no se puede ser más imbécil. ¡Cuánta paciencia he tenido con él! Media vida sacándole las castañas del fuego en la puta clínica , organizando su agenda , atendiendo a todos los pacientes, preparando los pedidos de material, trayendo cafés , incluso pasando la bayeta más de una vez…que no soy nadie. ¡Maldito sacadientes del demonio! Tú sí que no eres nadie sin mí.

Vaya una manera de empezar el día, recordando conversaciones del trabajo. De cuando salía de casa para ir a trabajar, claro. Y eso que no sé ni qué día es hoy ya. Aquí encerrados, en este piso, tanto esfuerzo para comprarlo, para decorarlo, para llenarlo de vida y ahora parece que vamos a morir aquí dentro, entre estas cuatro paredes donde he sido tan feliz sabiendo que no era nadie, nunca me ha importado ser corriente, encuentro tanta belleza en la gente corriente, en las personas simples con vidas sencillas, con preocupaciones tan pequeñas como pagar tus facturas o ayudar a tus hijos con sus deberes…

Mis hijos. Traer vida para que ahora esa vida esté en peligro. Qué insensata fui. Tres, tres hijos. ¿A quién se le ocurre Antonia? ¿a quién? Nadie tiene tres hijos hoy en día. Con María, todo fue tan bonito. Su llegada, su carita , sus manitas, sus ojos abiertos en plena noche que hacía iluminarse toda la habitación… Mi pequeña María, 17 años , una adolescencia difícil, está tan lejos ya de mí, se ha convertido en una desconocida y ahora siento que quizá ya no tenga ocasión de volver a conocerla. Como dice Julián, mi marido, dale tiempo. Y se lo he dado, a todos, les he dado mi tiempo a todos. Sobre todo a los gemelos. Aún recuerdo el día que supe que estaba embarazada de nuevo, y ahora , con casi 12 años…su vida pende de un hilo porque esta maldita sociedad de egoístas hipócritas no supo quedarse en casa, mis niños, tan dulces y tan ariscos ¿qué voy a hacer si enferman?

Estoy limpiando por milésima vez los pomos de las puertas, la mampara de la ducha, el espejo de la entrada, se me cae la casa encima. Hace tanto que nada es normal, que ahora me pregunto si alguna vez lo fue. Yo que tanto he defendido la normalidad, la rutina y lo cotidiano ahora …ahora no sé ya ni lo que quiero. Bueno, sí. Quiero irme. Quiero salir. Quiero correr. Quiero ir a la playa. Quiero ir a la montaña. Quiero emborracharme, como la pirada del ático, Doña Alicia, ojála ese ático, para mí sola. Yo, que nunca he vivido sola. Ahora lo necesitaría, aunque solo fuese una temporada, unas vacaciones de mi misma. De mi personaje, de esta señora estupenda que está cansada de vivir así, aquí.

Uf, qué bobadas dices Antonia, chata. ¿Y qué ibas a hacer con Julián y con los niños y con María? Con María, me llevaría a María, tengo tantas ganas de que ella vuelva a mí, mi pequeña María. ¡Cómo me duele ese espacio entre nosotras. Cómo me mortifica. Qué mal lo he hecho con ella.

¿Y estas estúpidas lágrimas?

Desde la ventana, veo al tipo del 1, el del perro, con su mascarilla, intentando pasar desapercibido.  Pobre perrito, aunque es una buena excusa para bajar un rato. Ahora mismo bajaría, solo por charlar un rato con alguien distinto. ¡Y otra vez Paquita, la del cuarto, esa señora me saca de quicio! ¡Y su mecedora más aún! Puta manía de sentarse ahí a balancearse a todas horas, y a cotillear. A cotillear. Siempre mirando, siempre preguntando bobadas. Que yo no sé esta señora cómo anda así por la vida, hecha un adefesio, todo el día de timba en el bingo, o yo qué sé que no es ni medio normal. Algún día le va a pasar algo.

Voy a la nevera. Voy al baño. Voy al dormitorio. Voy a la mierda.

Quiero salir.

Voy al ordenador, voy a seguir con el curso online. Quizá, cuando todo esto pase, si es que pasa…le saque provecho. Quizá pueda darle una vuelta a mi vida corriente. Una señora corriente.  Abro google. Las teclas se me hacen de mantequilla a veces, mis ideas van más rápido que mis dedos. Una partida de ajedrez online. Eso me relajará un rato. Mis pequeños vicios. Un email asoma, será otro aviso del gobierno: Nuevo toque de queda, a partir de hoy queda prohibido todo desplazamiento. Deberá solicitarse autorización vía mail a la Dirección General de Catástrofes, indicando motivo, ruta y duración.

Y así cómo voy a vivir, ¡Ay, Antonia! ¡Tan guapa, tan lista, tan fuerte! Recluida. Encerrada. Sitiada. Sola contigo misma. María Antonia Fernández, logros en la vida: sobrevivirse a sí misma.

¿Qué ha pasado Julián? ¿Qué ruido es ese? ¡Pero! ¡Juliáaannnnnn!!!!!! ¡Ay por favor! ¡Pero si hay un cuerpo en el patio! ¡Julián joder! ¡No me lo puedo creer! ¿Pero quién es? ¡Julian los niños! ¡Qué no se asomen por dios! Bastante tenemos ya y ahora esto¡Un cadáver! Pero si… si parece Paquita ¡la señora Paquita! No puede ser, pero ¿qué habrá pasado? ¿se habría infectado?

Ay , Paquita.

Escrito por Ana.

Twitter: @Anaesmyname

Tragaluz (Parte 15)

Pepa. Primer piso, puerta 3.

“Las leía para aprender lo que debía pensar, no para pensar por mí misma.” – Tara Westover.

Era de noche, y pese haber estado un buen rato al teléfono con Carmen (mi tarotista de confianza) nada me calmaba, aquella tos no me dejaba tranquila. Solo era tos, me repetía como un mantra, ni fiebre, ni nada, solo tos. Aún así todo se me echaba encima, los nervios, los recuerdos y la ansiedad.

Decidí salir a la calle, me puse un abrigo de lana y sentí como su peso me envolvía igual que un abrazo amigo. Quince días sin ver a mis amigas del club de lectura… no es que fuéramos íntimas, pero resultaban un soplo de aire fresco.

Ellas todo el día mandándose mensajitos por teléfono y leyendo un libro en formato electrónico, porque claro algo que tuviésemos todas en casa ¡pues un ebook!, pero la antigua de Pepa no tiene ni ebook, ni móvil, ni internet, ni nada de nada. Así que se queda sola y amargada, encerrada en su casa.

Bajé con sumo cuidado las escaleras, menos mal que vivía en un primero, mis rodillas no eran lo que fueron antaño. Cuando atravesé el portal y sentí el aire de la noche acariciándome la cara, casi se me saltaron las lágrimas. Anduve con cuidado, casi arrastrando las pantuflas por los adoquines, en esta finca las ventanas tenían ojos. Cuando estuve lo suficientemente lejos alcé la vista. Las luces del ático estaban encendidas.

¿Qué hará la escritora despierta a estas horas? Supongo que lo que hacemos todo el mundo en esta época de aislamiento, sobrevivir… Mierda, la yonki, qué repelús me da, aunque también me da un poco de pena, desde que se marcharon sus hijas parece más alterada.

Decidí esperar a que pasara de largo. Estaba tan colocada que ni si quiera se dio cuenta de mi presencia, hablaba para si misma y repetía: “joder, Paquita”.

Ay, Paquita, ¿qué has hecho ahora?

A la mañana siguiente me dolía el culo de pasar tantas horas sentada en el sofá. La casa se me echaba encima. Sentía como las paredes, llenas de recuerdos, acechaban y amenazaban con estrangularme poco a poco. Me levanté, harta de la programación alarmista que echaban por la tele, ya podrían haber echado el tarot por la mañana, ¿no querían teletrabajo?

Solo deseaba salir de casa, aunque perteneciera al famoso “grupo de riesgo”. Recuerdo como mis ojos se desviaban sin yo pretenderlo hacia el reloj colgado en la pared de la cocina y contaba las horas para que llegase la noche. No había manera, el tiempo aquella mañana transcurría más lento que de costumbre.

Qué aburrimiento. Debería haberme instalado el internet ese cuando las chicas del club de lectura me lo dijeron, ellas hablando por mensajitos todo el día y yo aquí, más aburrida que una ostra. O internet, o un perro para bajarlo a la calle a pasear, es la excusa perfecta. Cuando esto acabe o me instalo internet o me compro un perro. Qué ilusa soy, si esto acaba…

“Pepa, que ilusa eres”, su voz aguda y alegre, como la de un pajarillo, me vino de golpe a la mente, y yo que estaba andando en círculos por el salón del piso, me paré en seco y disfruté ese instante de melancolía.

Siempre me había costado estar en casa desde que mi mujer falleció. Llevábamos casadas casi diez años, de novias más de treinta, cuando todavía nos miraban mal por la calle por ir juntas de la mano y nos gritaban groserías… qué vergüenza pasaba yo. Pero ella, me cogía de la mano con más fuerza todavía y me decía “qué les den Pepa, anda y qué les den”. A veces hasta me plantaba un beso delante de la gente y marchábamos corriendo entre risas.

Recordaba la risa de Miranda envolviendo las paredes de la casa, solo quedaban fotografías y su vieja bata de enfermera colgada en mi armario. Nunca fui capaz de tirarla a la basura. Lo peor fue verla marchitar en aquel cuarto pequeño que daba al deslunado de la finca, hasta para eso fue generosa, no quería morirse en nuestra cama. En aquel entonces todavía me dolía entrar a aquel cuarto.

Miré de nuevo el reloj, otra vez, sin quererlo. Ni si quieran eran las 12 del medio día.

¿Y si cojo la baraja del tarot y le echo las cartas a algún vecino? La modelo joven parece simpática, o Ezequiel, el chico de enfrente, aunque no acaba de gustarme ese perro que tiene. Mejor me quedo sola y luego subo a ver a la ornitóloga a ver si le apetece que le eche las cartas a alguna de sus cacatúas.

Acepté que ningún vecino me iba a entrar a sus pisos y me dirigí a la mesita del salón para echar las cartas a algún vecino, aunque no estuviese presente, como si jugara al solitario. Dispuse las cartas y me imaginé que era una tarotista y que mi clienta era Paquita. A ella le hacía falta que le echaran las cartas desde luego. Me levanté para adoptar el rol de Paquita y le di la vuelta a la primera carta.

La carta de La Torre, la encarnación de lo complicado y el conflicto, una carta que significa amenaza. Entonces escuché los ladridos del perro de Ezequiel y gritos que provenían de las ventanas del deslunado de la finca. Fui corriendo hacia la ventana que daba al patio interior, me asomé con la trágica carta en la mano y vi el cuerpo inerte de Paquita tendido en el suelo. La muerte la alcanzó antes que la advertencia.

Escrito por Blanca Boscá.

Twitter: @letrasydelia

Instagram: @letrasadayin

Tragaluz (Parte 14)

Emilio Medina. Tercer piso, puerta 9.

Me cago en el bicho este que nos va a matar a todos. Con esto de estar encerrado en casa, nunca me había sentido tan solo, tan apartado de todo. Es verdad que puedes estar rodeado de gente y sentirte solo. Pero ese no era mi caso antes de todo este lío, gracias a mi tabernita La Manuela. Mientras mi Valentina hacía la casa yo me bajaba a echarme una copilla o un café… Ay, Valentina… Cojo el marco con su foto que tengo siempre encima de la mesita del salón. Ay, Valentina, su pelo canoso, sus ojos verdes que deslumbran como el sol de primavera… La observo y es como si mi mirada y la suya se fusionaran. Ay, Valentina, el mundo se está volviendo loco, se está acabando. Me acuerdo de cuando nos poníamos a adivinar películas y refranes en la Ruleta de la Suerte, veíamos los toros en la tarde mientras nos comíamos un buen bocata de chorizo de orza… Ay, Valentina, la mujer que más he amado, hace ya 10 años que me dejaste solo.

Hostias, no me quedan pastillas de esas rosas. No sé ni para qué me las estoy tomando, si voy a caer al hoyo con esto del “coranovirus”. Joder, esto es peor que el fumar, eh, y eso que en mis tiempos mozos me fumaba cajas y cajas de cigarros al día. Qué enfermo estaba. Cada mañana me da un impulso terrible de bajarme a La Manuela y, con una mano, coger el periódico que está encima de la barra con la tinta medio corrida de estar encima de los restos de cerveza y, con la otra, mi cafecico. Echo de menos a Gabriela, dichoso momento en que Manuela la contrató nada más llegar de Venezuela. Es verme entrar por la puerta y: “¡Hombre, Emilio! Cuánto tiempo sin pasarte por aquí, ¡ya te vale!” (ella siempre tan irónica), y acto seguido ya tengo mi café cortado con sacarina en la barra. Con la galletita al lado de la cucharilla, que no falte.

¿Pero qué me está pasando? Nunca he sido yo de ponerme tan nostálgico. ¡Lo que hace que uno pare el piloto automático! Vivimos sin pensar, sin presenciar ni valorar los pequeños placeres; y cuando te los quitan, te sientes vacío. Añoro el olor a fritanga. Ese que se incrusta hasta el alma. Pero es que, qué ricos están esos boquerones fritos con la cañita antes de comer. Aunque lo que realmente echo en falta estos días es a ella, junto a ese aparato lleno de luces y colores y el sonido de las monedas precipitándose una detrás de otra. Su pelo canoso pero bien ahogado en laca, y sus ojos verdes como la perla de ese anillo que le regaló su marido. Siempre me cuenta la misma historia del anillo, se repite como el ajo, pero me encanta escuchar su voz.

Maldito anillo, es que no se me va de la cabeza. Esto de estar encerrado en casa todo el día me está llevando quebraderos de cabeza. Ahora mismo solo me apetece echarme una buena copa de pacharán. A tomar por culo. Inclino la cabeza hacia arriba para mirar a través de mis lentes, giro la muñeca y miro mi reloj de piel que me regaló mi hijo Sebas cuando éramos padre e hijo, cuando aún vivía su madre. Ahora no sé ni quién es, ni quién soy. Siempre he creído que era de segunda mano, pero lo que importa es la intención. O eso dicen. Pero, Emilio, dónde vas, que son las 11 de la mañana aún… Qué cojones, ya me he cansado de normas. Tanto virus, tanta policía, tanta tontería. Para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Cojo mi copa preferida y me echo un buen chorro de pacharán. Meto un sorbo y relamo hasta la última mínima gota que se posa en mi labio superior.

Es que es precioso, debió de valer un dineral. Si es que, cómo se va a fijar en alguien como yo, con lo viejo y pobre que soy. Cada vez que me cuenta su historia de amor, algo me remueve por dentro. ¿Qué hago mal? A veces subo a visitarla a su casa, cojo una silla de la mesa del comedor y me pongo junto a su mecedora mientras escuchamos “Solo te pido” de Manolo Escobar. Sé que es su favorita. O simplemente estamos en silencio. Encontrar a alguien con quien saber estar en silencio es muy difícil, joder, muy difícil. Necesito verla y estar con ella.

Bueno, vamos a ver mundo. Me echo otra copa. Un poquito más, que la de antes estaba floja. Cojo el mando de la televisión lleno de polvo y le doy al botón rojo de la esquina superior izquierda. ¿Quién ha bajado esto? No se oye na’. Subo, subo, subo, subo y subo el volumen. Ahoooora. La 1, “coronavirus”. La 2, “multas de hasta 600.000€”. La 3, “estado de alarma”. La 4, “papel higiénico”. ¿Pero qué está pasando? ¿Es que uno no puede ya ni ver la televisión, o qué?

Me cago en el bicho este y en la mierda de vecinos que tengo. Todo se haría más fácil si te sintieses al menos querido por tus compañeros de edificio. Pero no, son todos unos hipócritas de mierda. Te saludan con cara de angelito y luego te la clavan. Siempre que me ven con Paquita me miran raro. Si no, díselo a la del Julián. Lo que está es amargada y necesita un cambio de aires. O si no la del ático o la Raquel… como unas cabras, COMO UNAS CABRAS. Un bicho de esos no le vendría mal a ninguno. Venga, me bebo el culillo y me echo otra. Menos mal que tengo a Ezequiel, es para mí como un hijo. Siempre se preocupa por cómo estoy, si necesito algo… Menos me quiere su perro, que siempre me gruñe cuando le intento acariciar. ¿Cómo se llamaba, profesor Mozart? Sí, creo que era así. Profesor Mozart.

Hostias, ¿en qué momento se ha acabado la botella? Uf, mi cabeza, me da vueltas todo *hip*. Tengo muchísimo calor… Lo de la “Creta” esa va a ser verdad, sí. Qué graciosillo me pongo. Intento levantarme. Ay, qué mayor se hace uno… Voy a abrir la ventana a ver si entra algo de aire y me despejo *hip*. Agarro la manivela y tiro hacia arriba.

Cierro los ojos y me da todo vueltas, como si estuviese en una atracción de esas en las que se suben los chiquillos. Uf, qué gusto el aire fresco, la libertad. Noto cómo el aire enfría las gotas de sudor que se deslizan por mi frente *hip*. Uf, he bebido de más… Es por eso que es el momento. No puedo más con esta situación. ¿Qué hora es? Intento focalizar la vista como puedo en mi reloj de segunda mano y veo que ya es casi medio día. La quiero demasiado. Es momento de hacer lo que debí hacer hace ya mucho tiempo. Cada uno lo expresa a su manera.

Ay, Paquita.

Escrito por María Fernández.

Twitter e Instagram: @maferrrsa

Tragaluz (Parte 13)

Eugenio, segundo piso, puerta 5.

XIV

“Algún día decidirás abrir tu corazón y tocar el piano, y no lo harás para que tu madre sea feliz, ni tampoco para que yo sea feliz. Lo harás para ti, porque la música y el amor te colmarán de alegría” 

La última canción

No sé qué coño habrá sido ese ruido en el patio interior. – ¡Joder! se pasan todo el día haciendo ruido; cuando no es la tele, son las escaleras, cuando no, el perro.  O la del tercero con los niños con el “ponte algo, que te vas a costipar”, o los niños con ella con su “mamaaaaaa, que mira lo que diceee”, o los niños entre ellos. ¿Por qué no se podrán quedar los niños callados? ¿Por qué no se podrán quedar los niños quietos?

Mira que lo digo siempre ¿Sabes por qué no tengo animales? Porque los animales se mueven. Y está el bloque este lleno de ellos, de los de cuatro y de los de dos patas. Y un olor a gato que espanta.

Vale, reconozco que estoy pasando unos días muy alterado. Con todo esto del encierro es cierto que estoy más irascible y me molesta todo mucho más. Yo no sé si estará todo el mundo así, pero hay que tener en cuenta que llevo casi una semana más que el resto. Yo lo vi venir. Y cuanto todavía estaban con la cantinela de que era sólo una gripe, o que el gobierno nos quería controlar, que no había que preocuparse, que sólo afectaba a los viejos o los enfermos yo ya empecé a lavarme las manos, a evitar a la gente, a sentarme en el asiento más improbable de ser elegido en el transporte público, a abrir las puertas sujetando donde no sujeta nadie. Y cuando llegaron las primeras muertes decidí quedarme en casa incluso antes de que lo dijera ningún gobierno. Y ahora me vienen a mí, esos, los mismos que antes me llamaban paranoico, los mismos que estaban de cañas riéndose de la gripe, me vienen con el apostolado de todas las cosas que dice el gobierno que hay que hacer. ¡Que ya lo sabemos! ¡Que se sabe desde hace tiempo! Que sois vosotros los que no habéis querido verlo. Y ahora actuáis con la histeria del converso.

Bueno, hay estudios que establecen una relación entre inteligencia y longevidad, entre otras cosas porque nosotros tenemos más cuidado, somos más precavidos y nos cuidamos más. Eso, el autocuidado. Otra palabra nueva. A lo mejor se la han inventado para enseñar a la gente que se tiene que cuidar. Por eso yo lo vi y otros no.

Y ahora va el del primero y baja al perro con mascarilla y con guantes. Ahora. ¿Y para qué quieres los guantes? ¿Qué vas a tocar que no sea la correa que ya has tenido en casa o la mierda de tu perro?

De todas formas, oye, que lo pensé el otro día y quería haberme acercado el otro día a la puerta 8, aquí, en mi mismo rellano, a preguntarle a la de los pájaros, Yaiza creo que se llama, si el virus podía tener una relación con estos. Porque nos están contando historias de que si se contagia antes de tener síntomas, que si por contacto, aerosoles o no sé qué. Pero todavía no nos han dicho al cienporcien de qué animal viene. Que podría ser que nos lo estén trayendo las palomas.

Pues entonces a Alicia le queda poco. ¡Pobre mujer! Aunque no creo que le importe mucho, quizás si le pilla por la tarde ya esté lo suficientemente borracha como para no darse cuenta.

O los gatos. También pudiera ser que fueran los gatos los transmisores de la enfermedad. ¡Si están por todos los sitios! Y además comen pájaros. La del cuarto, que tiene gatos, además es científica. ¿Y si es algo que se ha traído pegado en la bata y lo han cogido los gatos y, como se escapan de casa cuando quieren, lo han repartido por ahí? Algo sospechará la pocacosa esa de la veterinaria, que bien que ella no tiene bichos.

Ay, que no, ¡tengo que dejar de obsesionarme! Hubiera empezado aquí y no en China. Pero es que, de verdad, ya no sabe uno ni qué pensar.

Si al menos tuviera a mi madre conmigo… O no, porque así tendría que preocuparme el doble. ¡Lo que la echo de menos! Y ya sé que todos tenemos muertos, pero desde que se fue no he vuelto a levantar cabeza. No he podido volver a tocar. Total, ¿para qué? Ninguno de los que lo oirían en este portal van a ser capaces de valorarlo ni apreciarlo.

Si lo pienso un poco, en realidad lo siento como un fracaso. Uno más. Otro. Después del tiempo invertido en perfeccionar cada una de las piezas, después de todas las clases, horas de ensayo dedicados, sacrificios de mi madre… Un fracaso, como en todo lo demás. Podría haber hecho, en teoría, lo que hubiera querido. Eso me decían, pero nunca fui capaz de decidirme por una u otra cosa, ni de centrarme, ni de apasionarme por algo que hubiera supuesto una carrera provechosa, una vida normal, como la que tienen la mayoría de mis vecinos. ¡Hasta la puta parece estar más satisfecha con su vida que yo!

Al final, me dejé llevar por la música sólo porque era en ella donde encontraba la paz.

Quizás, con ayuda, podría volver a tocarlo. Como antes. Pero con todo el alboroto que hay en el patio, no sé si podría disfrutarlo. ¿Pero qué estarán haciendo? ¿A qué viene ese jaleo? ¿porqué suenan gritos por el patio? ¿Porqué están tantas cabezas asomando por las ventanas?

No puede ser…

Escrito por: @Hombredebaj