Tragaluz (Parte 5)

Mari. Quinto piso, puerta 17.

“Yo vengo pronto, aférrate a lo que tienes para que nadie te quite tu corona.”

Apocalipsis 3:11

Ahí están, si se creen que no les veo. Ilusos, en sus vidas ya comunes, quejándose, ay Pedrito, ya lo dijo Nostradamus, este mundo se nos va a la mierda, se nos va en esta comunidad de vecinos ya. Quince días en casa y el triste del primero solo tiene un perro que si le contestase le diría “a mí no me cuentes tus mierdas, que como profesor ya te enseñaría yo lo que es la vida”. Luego está Alicia, siempre se ha creído mejor que todos por vivir en el ático, maquillada como una puerta, con más operaciones hechas que las protagonistas de sus novelas, ella las define como románticas, hasta ella sabe que son basura, estoy completamente convencida y en esta situación querrá suicidarse, pero no lo hará con sangre, lo de mancharse no lo lleva bien.

Malditos personajes de vida barata, no valen para hacer una historia, se confinan entre
sombras, juegan a ser quiénes no son, como la santa de María Antonia, esa mujer merece
un hombre en condiciones y no al empanado de Julián, ese hombre no se entera de que su mujer tiene fantasías hasta limpiando los cristales, y también hay que decir que le sobran hijos, por el amor santísimo, qué necesidad había de ello, no deberían seguir aumentando esta humanidad de incautos.

Todos mezclamos una locura extraña, se respira en el ambiente. Todo lo que ocurre estaba ya escrito, no hay más ciego que el que no quiere ver, la tierra nos avisaba, sí, la tierra, también esos pájaros. Yaiza, muy a mi pesar tiene algo de cordura, aunque ya la vea con forma de cotorra y repitiendo en nombre de Luka como un mantra, tal vez debería decirle que los pájaros superan la separación mucho mejor que ella, si yo puedo oírla desde el sexto piso la podrán oír hasta en Honolulú.

Pero no, no soy psicóloga por azar, soy psicóloga por el destino, mi verdadera vocación es la búsqueda de sentido, no sé cómo voy a hacerlo con esta sociedad de ineptos, esta humanidad que cuando le dicen que hay que estar en casa, ojo, estar en casa, se van de bares, cuando les inunda realmente el miedo bajan al supermercado a comprar en cantidades industriales no solo comida, no, también papel higiénico, porque las manos no las tendrán limpias, pero el culo seguro. Aunque sé de buena mano que alguno cree que se pueden hacer mascarillas con el papel higiénico y ve esta pandemia con la posibilidad de hacerse de oro, porque el ser humano es rastrero, ha venido a acabar con el planeta y nunca tuvo derecho.

Paseo por la casa como la sombra que soy en el edificio, ahora atiendo a los clientes por vía telefónica o Skype, aparte de la ciencia también uso la astrología, las cartas de los ángeles no auguran nada bueno, y como repito siempre, todo esto estaba escrito, aun nos
pasa poco.

Mirar por la ventana es desolador, casi prefiero oír al Profesor Mora ladrar que a las chifladas moviendo los muebles de aquí para allá, ya podrían limpiarlos con la lengua que si tienen el coronavirus lo van a coger igual, pero me aterra la idea del confinamiento, las miradas de sospecha que hay entre nosotros, también me preocupa que la mecedora de Paquita se rompa, esa mujer no podrá vivir sin mecerse, pobre Paquita, con esos rasgos TEA, me está viniendo mucho a la cabeza estos días, noto su aura oscura, como si algo fuese a pasar.

Se va acercando el mediodía y he visto más veces al nuevo presidente que a mi difunto marido, se llamaba Pedro como él, a veces la vida es una metáfora, parece que les ha tocado el mismo karma. El duelo de Pedro fue confuso, solo tenía 42 años cuando murió, éramos la típica pareja plana. Él siempre me acusó de psicoanalizarle o de querer adivinarle el futuro, pero qué iba a hacer yo, es a lo que me dedico, y cuando murió no pude más que aceptarlo, porque no hay nada más seguro en esta vida que vamos a morir todos. Se echa de menos el sexo, o se echaba, me he vuelto una persona solitaria que acoge este aislamiento con calma,. Sigo unas rutinas no estrictas, no quiero que me digan que tengo un TOC, no sería bueno para mis pacientes que corriesen esos rumores sobre mí, pero me lavo las manos diez veces al día, con esto del virus lo he multiplicado a veinte, enciendo diecisiete veces la luz antes de dejarla encendida, es una manera de identificarme, soy la puerta diecisiete. Tal vez si muriese en este aislamiento nadie me encontraría, mi cuerpo estoy segura que está hecho para evaporarse, para unirse con el cosmos.

A veces me pregunto qué me llevo a vivir en esta comunidad, supongo que el salario básico, aunque estoy segura que después de esto mis ingresos aumentarán y podré irme a vivir lejos de la ciudad, de estos humanos indeseables. Por supuesto me llevaré a Poncio, mi pequeño gato negro, solo tiene 7 meses y se pasa unas 23 horas al día durmiendo, aunque come y caga, es bonito saber que no estoy realmente sola, que los animales sobrevivirán a la estupidez humana.

Son casi las 12:00, hoy toca arroz con tomate y habas, pero mientras lo hago me pita insoportablemente un oído, un crack en el deslunado, algo ha pasado, ha ocurrido ese algo terrible. Me asomo, es Paquita, la extravagante Paquita en un charco horrible de sangre, la sangre de su cuerpo, la sospecha de un culpable.

El apocalipsis no ha hecho más que empezar.

Escrito por Ruth.

Twitter: @hiddlestonisba1

Instagram: @meigan5

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