Tragaluz (Parte 4)

Patricia Chornet. Cuarto piso, puerta 14.

Nada en la vida es para ser temido, es sólo para ser comprendido. Ahora es momento de entender más, para poder temer menos.
Marie Curie

Quince días habían pasado ya desde que nos obligaron a quedarnos en casa. Habían surgido opiniones de todo tipo, muchos pensaban que no era para tanto y otros que creían que cualquier medida tomada era insuficiente. Claro que sí, señora, nos disfrazamos todos de los que buscaban a E.T. para estar metidos en casa, ¡no te jode!

Yo, personalmente, estaba ya un poco hasta el coño, de la televisión, de politizarlo todo, de que todo sirva como arma arrojadiza, de hacer recaer toda la responsabilidad al pueblo llano igual que hacen con la contaminación. A mí, sinceramente, me daba todo bastante igual, no tengo necesidad alguna de salir a la calle y mis jefes me dejaron bien claro que tenía que sacar el doctorado adelante con virus o sin él, así que mi vida ha cambiado prácticamente nada en esos quince días.

En cualquier caso creo que todo se había ido un poco de madre, al Gobierno se la sudamos, a las farmacéuticas también, los sanitarios y fuerzas del estado dando el callo como siempre, jugándose la salud por nosotros, ¿de verdad era para tanto? Tenía serias dudas sobre ello. Daba asco encender la televisión, ya sólo se hablaba de eso, el virus, el virus, ¿ya no ocurría nada más en el mundo o qué? África muriéndose de hambre, países en guerra… y, sin embargo, un virus traído de Oriente nos había paralizado el mundo.

Era bastante tarde pero no tenía nada de sueño, llevaba un rato recostada en la cama con el portátil sobre mis muslos rodeada de mis dos gatas preciosas, ¿quién necesita amigos teniendo animales? Yo es que no entiendo la manía del mundo con socializar, si la gente es lo peor, te traicionan, te mienten… lo único que nunca decepciona es la física y los animales.

Una vez me harté de intentar arreglar una de las simulaciones que tenía pendiente, me bajé de la cama, lo que provocó que Meitner y Curie se miraran una a la otra, se desperezaran y se bajaran conmigo de la cama. Me acompañaron al estudio como cada noche, deposité el ordenador sobre el escritorio y saqué el cojín del armario. Estiré los músculos del cuello, la espalda, los brazos y las piernas con las correspondientes posturas de yoga mientras mis gatas me observaban atentamente en cada movimiento que realizaba. Me senté en el cojín y medité durante 15 minutos, sintiendo cómo su pelaje me acariciaba la piel de los brazos y las piernas, cómo sus patitas se apoyaban en mi espalda para estirarse ellas también. Guardé el cojín en el armario y las tres nos volvimos a la cama. La casa estaba completamente en silencio, salvo por el maldito ruido de la televisión de Paquita, mi vecina de arriba. Ni toda la meditación del mundo podría calmarme las ganas de llamar a su puerta o de gritarle “¡baje el volumen de la tele, señora!”. Pero es lo que tiene vivir en comunidad, ¡qué maravilla vivir en el centro! El edificio este está lleno de irrespetuosos, de animales sin domesticar, que ladran, que huelen… quizás no tendría que haber dejado las pastillas.

Ahora que lo pensaba, en el edificio había alguien que no me caía tan mal. Olvido tenía un aire excéntrico que me excitaba, no solíamos cruzarnos mucho en el edificio, sólo algunas veces en el portal, pero me gustaba su olor, creo que debe levantar pasiones esa mujer… Su vecino de al lado es agradable también, por lo menos no habla mucho, siempre va a su rollo con los auriculares. ¿Qué música escuchará? No te ablandes, Patricia, aunque puedan parecer buena gente, al final a todos se les descubre el pastel. A la que de verdad no soporto es a la Paquita de las narices, es que no puedo con ella, de verdad. Suficiente por hoy, Patri, hija, bastantes problemas tienes con solucionar el fallo que te está dando la simulación de esta tarde. Nota mental: mañana llamar al jefe.

¡La hostia, qué susto! ¿Ahora qué le pasa a esta gente? Me habían despertado los ruidos generalizados en el edificio, miré el teléfono y eran las 12:05, como los gritos no cesaban me incorporé y me asomé a la ventana. Mis gatas habían llegado antes que yo a ver el espectáculo grotesco que se había montado en el suelo del patio.

¡La puta! Paquita estaba ahí tirada, con un charco de sangre a su alrededor, dejándolo todo hecho un asco, es que ni muerta la tipa deja de dar por el culo. ¿Ahora eso quién lo va a limpiar? Ahí estaban todos los vecinos asomados, algunos gritaban, el perro de Ezequiel ladraba… todo era un caos. Lo que nos gusta un dramita en este país, ¡con la de gente que se muere a diario!

El caso es que mi espíritu científico estaba en ascuas, por mucho que le deseara el mal a esa señora, tampoco quería que se muriera, ¿no? Mi cabeza no dejaba de plantearse dudas: ¿habría sido un accidente? Era bastante torpe. ¿Un suicidio? A ver, se la veía amargada como a la media de señoras de su edad, tampoco parece que tuviera valor para hacerlo. ¿Un asesinato? Yo creo que soy la que más la odiaba y tampoco la hubiera asesinado, ¿no? No, no creo…

Vaya movida esto, de todos modos, lo que nos faltaba, encerrados en el edificio y con una muerta. ¿Será esto causa de primera necesidad para salir de casa?

Escrito por @DraJacinta

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