Tragaluz (Parte 2)

Alicia, escritora. Ático.

Este rímel es una mierda. Se corre constantemente. No, no estoy llorando, es la mala calidad del producto. Menos mal que no volveré a esa perfumería, vaya timo.

Bueno, no volveré allí ni a ningún sitio. Esto se acabó. Lo vengo pensando hace tiempo. De hecho, el rímel éste forma parte de mi plan. Y el vestido de seda con volantes, el collar de perlas de dos vueltas, los pendientes a juego y los zapatos de tacón vertiginoso. Total, tampoco voy a tener que andar.

Nadie puede andar salvo por los pasillos de las casas. Dos semanas así. Quince días. Horas eternas. Las palomas, tan odiosas, ahora me dan envidia. Las veo volar libres desde la terraza del ático. Van y vienen. A ellas no les para la policía, no señor.

Hace tiempo que no escribo. Ya no se leen mis libros de amor. Quién quiere leer sobre el amor si estamos en los tiempos del cólera. Hay tanta desesperación que cualquiera sabe cómo terminaremos. Bueno, yo sí lo sé. Al menos sé cómo terminaré yo.

Han sido meses de preparativos, desde mucho antes de que todo se cerrara, desde antes de que las sirenas de la policía atronaran día y noche las calles de la ciudad desierta. Hay que ser previsora. Eso lo aprendí desde niña. Y “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. El día en que todo empezó muchos recordaron todo aquello que dejaron de hacer porque había algo más urgente. Qué risa. Más urgente.

Lo que más me fastidia es que cerraron la peluquería y necesitaba el tinte. Los mechones blancos se empeñan en asomar, en recordar que me voy oxidando como un clavo a la intemperie. Tampoco tengo ya crema hidratante de manos. Los primeros días era indispensable. Nos hacían lavarnos las manos a todas horas; las teníamos todos acartonadas, como de papel de lija. Bien, esto también da igual.

A ver, voy a seguir con el maquillaje. Qué difícil delinear los labios. Los tengo secos. Y no es culpa del whisky que he tomado hace un rato. Ya nadie me puede decir que es temprano para beber. Bebo cuando me da la gana. O sea, a todas horas. A ver quién es el listo que me lo prohíbe.

Es que alguien me dijo que las pastillas hacen efecto más rápido mezcladas con alcohol. Y eso es una ventaja innegable. De whisky también tenía reservas. Y de vino tinto y de vermú. Ventajas de casa grande para mí sola. Si no fuera por los pesados del vecindario, los de abajo, todos los de abajo sin excepción, mi casa sería un estupendo chalé en plena ciudad.

Tardarán en darse cuenta, imagino. Ahora nadie se da cuenta de nada. A veces oigo alguna puerta abrirse, muy en la lejanía, debe de ser el vecino ése que tiene perro, el que fuma hasta en el ascensor. Qué tipejo. Al principio de todo me preguntó por el telefonillo si podría dejar a su perro conmigo, en la terraza, que yo tenía sitio, que blablablá. Le mandé a paseo. ¿Un perro? ¿Un perro con nombre raro? No tengo otro quehacer que ocuparme de un animal. Para eso ya tuve a mis dos ex.

Bien, parece que el carmín encaja, aunque algo se escapa deslizándose en las arrugas alrededor de los labios. Tampoco pude seguir poniéndome bótox. La clínica cerró cuando empezó todo. Todo cerró cuando empezó todo. Y ya da igual. No nos vemos las caras.

Hay quien sale de noche, a hurtadillas. La mujer ésa que era chacha o algo así. No sé a dónde demonios va. Se arriesga a que la detengan los policías. Patrullan sin cesar como si llovieran bombas. Si los primeros días hubiera llovido a cántaros o nevado quizá la gente se habría quedado en casa como dijeron. Pero no, al tiempo le dio por ponerse primaveral y, ale, todos a la calle a extender el bicho sin parar.

Bah.

Ya da igual.

He puesto la colcha de seda en la cama. No me gusta pero quedará bonita cuando me encuentren. Salvo que me encuentren carcomida de gusanos, claro. Hasta me hace gracia pensar que se resbalarán por la colcha, un tobogán rosa para la gusanera. Como no lo veré me la trae al pairo.

Bueno, creo que ya casi estoy. Escribí la carta ayer. Está en un sobre con la frase: “A la atención del juez”. Esto también tiene gracia si te paras a pensarlo. Vaya cartas se encuentran los jueces cuando van a levantar cadáveres.

¿Y eso? ¿Se habrá vuelto a romper el tendedero del segundo? Vaya ruido en el patio.

Me asomo, estoy perfectamente maquillada y no me ve nadie…

No me lo puedo creer. ¿Será posible? La vecina ésa rara en un charco de sangre.

Qué poca vergüenza la tipa. Yo preparando mi suicidio con toda exquisitez y ella, ale, a lo bruto, sin ningún miramiento. ¿Cómo se llamaba? ¿Francisca? Qué vulgaridad de nombre. Yo era doña Alicia, la escritora de novelas de amor y ella… eso,  Paquita.

Pues me ha jodido bien. Tengo el bote de pastillas en la mesilla pero ahora me intriga qué pasará en el edificio. Creo que la muerte puede esperar un poco más. Total…

Escrito por Ana Ruiz Echauri.

Twitter: @anaruize

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