Finis terrae.

Somos nuestros enterradores, vamos cavando con nuestras decisiones diarias nuestra propia tumba y al final acabamos confinados dentro de una caja de pino, sin flores bonitas ni nadie que venga a dejar caer unas cuantas lágrimas sobre nuestra lápida en el cementerio.

Creamos mausoleos de mentiras, tiramos nuestras cenizas en cualquier lugar sin nombre, rezamos por quien no se lo merece.

El sol nos deja cada vez más temprano y cuando la noche alarga nos vamos haciendo pequeños. En la oscuridad siempre salen los monstruos, nos crecen los demonios, los fantasmas nos tiran de las sábanas hasta destaparnos y que nos muramos de frío. El mundo está lleno de alimañanas, de carroñeros, de hienas de risa estridente que se cuelan en nuestras pesadillas.

No he sabido huir a tiempo, y ahora el otoño nos ahoga.

Otra vez.

Y es que somos nuestra única maldición.

Sin magia negra, sin vudú ajeno, nos clavamos las agujas bajo las uñas, nos untamos con aceite, y nos quemamos en hogueras de libros viejos y prohibidos.

Somos los brujos y brujas del desastre.

No estoy seguro de qué les ha pasado a las velas y a la ilusión, si se han apagado o es que ya se han consumido por completo. Pero da igual, no hay remedio. Las cartas auguraban un futuro incierto, lleno de caminos tenebrosos y que acaban al borde del precipicio.

Y ahí se acaba todo, en Finis terrae.

Tú y yo, y el fin del mundo.

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