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Tumbas.

El olor a tierra mojada le invade las fosas nasales mientras sigue con la mirada clavada en la piedra. Lleva un par de horas calándose bajo la lluvia por decisión propia y no tiene intención de mover un pie para alejarse de aquel lugar. La otra opción es encerrarse en casa entre suciedad, desorden y ganas de saltar por el balcón, y ahora mismo no le apetece demasiado acabar aplastado contra el suelo aunque no le parece mal plan para un domingo por la tarde.

El viento le mece un mechón de cabello, rebelde, que ya lleva demasiado largo para su gusto. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca una cajetilla de tabaco, coloca un cigarro entre sus labios y pasa casi un minuto buscando un mechero en su pantalón. Juraría que estaba aquí. La lluvia le moja el cigarrillo después de tan solo dos caladas y se da por vencido, lo tira al suelo y no se esfuerza ni tan siquiera en pisarlo. Traga saliva al leer el nombre de la lápida que tiene frente a sus ojos y pasa sus dedos sobre el relieve de una cruz que hace tiempo que dejó de tener sentido para él. Siente los ojos vidriosos, con las lágrimas inundando el borde de sus párpados inferiores y se contiene, mira al cielo gris por un momento y después clava su mirada en la fotografía en color.

¿Por qué vivimos en un mundo en el que un niño puede morir? 

Deja un beso sobre el mármol gris, un beso frío que le eriza la piel. Pensar en el cuerpo descompuesto de su pequeña le provoca náuseas.

Toma aire y observa también el nombre de su mujer. Letras doradas en relieve, algo que ella hubiera odiado. Sonríe durante un segundo por ese pensamiento. Pasa de nuevo su mano sobre el mármol de la lápida y susurra algo para sí mismo. Decide marcharse de allí antes de imaginar las fracturas en sus huesos, la hemorragia en sus órganos internos, el dolor antes de perder la consciencia.

Mete las manos en los bolsillos, camina rápido, y el cielo y los recuerdos se desploman sobre él.

Finis terrae.

Somos nuestros enterradores, vamos cavando con nuestras decisiones diarias nuestra propia tumba y al final acabamos confinados dentro de una caja de pino, sin flores bonitas ni nadie que venga a dejar caer unas cuantas lágrimas sobre nuestra lápida en el cementerio.

Creamos mausoleos de mentiras, tiramos nuestras cenizas en cualquier lugar sin nombre, rezamos por quien no se lo merece.

El sol nos deja cada vez más temprano y cuando la noche alarga nos vamos haciendo pequeños. En la oscuridad siempre salen los monstruos, nos crecen los demonios, los fantasmas nos tiran de las sábanas hasta destaparnos y que nos muramos de frío. El mundo está lleno de alimañanas, de carroñeros, de hienas de risa estridente que se cuelan en nuestras pesadillas.

No he sabido huir a tiempo, y ahora el otoño nos ahoga.

Otra vez.

Y es que somos nuestra única maldición.

Sin magia negra, sin vudú ajeno, nos clavamos las agujas bajo las uñas, nos untamos con aceite, y nos quemamos en hogueras de libros viejos y prohibidos.

Somos los brujos y brujas del desastre.

No estoy seguro de qué les ha pasado a las velas y a la ilusión, si se han apagado o es que ya se han consumido por completo. Pero da igual, no hay remedio. Las cartas auguraban un futuro incierto, lleno de caminos tenebrosos y que acaban al borde del precipicio.

Y ahí se acaba todo, en Finis terrae.

Tú y yo, y el fin del mundo.