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Lo inevitable.

No hay perdón para los salvajes y tenemos que protegernos.

Vienen malos tiempos para la gente buena, parece que nos quieren comer con las banderas y los gritos desde las cavernas.

No sirve la dialéctica contra la barbarie y vamos a tener que pedir agallas para poder hacer frente con el cuchillo entre los dientes.

Formar parte del conflicto, del nudo y del desenlace.

No estamos preparados para este viaje al pasado, para ver lo mal que huelen las cloacas y las mentes de ideas cerradas.

Nos toca montar las barricadas, encender la llama de la lucha y alzar el puño.

Y el vuelo.

Somos todo rabia.

Rabia, hastío y desazón.

Lo único que consigue darme algo de paz entre tanto desengaño es sentir la tibieza de tus manos, tu sonrisa camuflada en medio de nuestra triste historia, el silencio cuando no hay nada más que añadir, tu colonia en mi ropa, el atardecer naranja entre los edificios de ladrillo.

Contigo no puedo negociar, siempre dejo que me dispares a dar.

Ojalá pudiera devolverte algún día todo lo que tú, sin saber, me das.

Acabo, otro día más, con las manos en los bolsillos esperando a que llegues, mirando al cielo, dejando que pase el tiempo, pensando en voz baja:

Amor, no se puede evitar lo inevitable.

Mi refugio.

¿No os pasa que siempre son otros los que saben explicar cómo os sentís exactamente? Es frustrante pensar que hay alguien que sabe definir cómo te sientes con palabras mucho mejores y más adecuadas que tú mismo. Al menos para mí, que intento siempre poner en orden mis ideas y sentimientos delante del papel para intentar reconocerme.

Hace tiempo que los reflejos que encuentro en las ventanas no me devuelven la realidad de cómo me siento. Digamos que estoy más destrozado por dentro que por fuera, digamos que después de tanta tragedia y terremotos me he convertido en una fachada que resiste a la caída aunque esté lleno de escombros en los que ya no queda nadie con vida. Soy un muro lleno de grietas a punto de caer y derrumbarme.

Todo duele ya tanto que no sabes cuál es el paso que debes dar ahora, ¿verdad?

Todo parece mentira y tratamos de mantener el equilibrio sobre una pista de hielo.

Es a posteriori cuando lamentamos algunas decisiones, cuando nos tenemos que reprochar haber actuado a sabiendas de que todo acabaría mal.

De algunas cosas he llegado a arrepentirme, de darte la mano cuando me lo has pedido nunca.

Da miedo que te quieran cuando no te has sentido querido de verdad antes, cuando el amor suena tan abstracto que no sabes que puede ser algo tangible, cuando de pronto puedes parar el mundo tan sólo cogiendo a la otra persona de la mano.

Da miedo ver que los pájaros alzan el vuelo y nosotros vamos a llegar tarde a nuestra propia fiesta.

Da miedo ver que los sábados se nos van a acabar, mi vida.

Lo único que tengo claro es que eres y siempre serás mi refugio, aunque ya no haya bombas de las que esconderse, aunque ya no haya balas que quieran hacer diana y desangrarme, aunque tus labios ya no tengan ganas de rozar los míos antes de cerrar los ojos una noche cualquiera.

Tú.

[Y yo qué sé, que quiero verte.

Y besarte aunque sea sólo un poco.

Y quitarte la ropa si me dejas.

Y mirar al techo en silencio cuando te hayas quedado dormida,

porque siempre te quedas dormida antes que yo.]