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Vergüenza.

No es este el lugar en el que vuelco habitualmente mis opiniones políticas, pero en los tiempos que corren el silencio es un arma arrojadiza y el que calla acaba siendo cómplice de todos esos que se encargan de romper la convivencia.

Vergüenza me daría a mí que unos energúmenos defendieran con violencia mi ideología.

Vergüenza me daría tener que hacer daño a otros para tratar de imponer en lo que creo.

Vergüenza me daría esconderme tras banderas para legitimar actos inexcusables.

Vergüenza me daría jactarme y menospreciar a quien lleva una bandera distinta a la que pienso que me representa (si es que alguna, a estas alturas de la vida lo hace).

Vergüenza me daría ver a gente que conozco rompiendo manifestaciones pacíficas (esté a favor o en contra de las mismas.)

Vergüenza me daría decir que lucho por la democracia y la legalidad cuando me he encargado de esquilmar las arcas públicas, los sueldos y los derechos básicos de mis ciudadanos.

Vergüenza me daría que volviéramos a rompernos entre nosotros, a dividirnos, a señalar con el dedo al vecino para que le metan plomo en la nuca.

Vergüenza me daría justificar la violencia cuando está de mi parte.

Podéis seguir jaleando, calentando los motores del odio, echando leña al fuego.

Podéis seguir gritando cánticos absurdos, llenando los balcones de todo tipo de colores, tapándoos los oídos para no escuchar otros argumentos.

Podéis seguir usando los puños y salir a cazar porque no sabéis pensar.

Podéis seguir reventando por la fuerza todo aquello que decís defender, vosotros, los dueños únicos de la razón, los defensores de ese honor patrio que huele a rancio.

Podéis seguir utilizando la crueldad, la vehemencia y la furia porque son vuestros únicos argumentos.

No quiero un marco de convivencia manchado de sangre en el que el horror vuelva a estar presente. Tampoco quiero el miedo, ni las mordazas, ni el silencio.

Vergüenza, es lo único que me despiertan todos aquellos que luchan por la democracia y no han hecho más que destrozarla.

Esperanza dicen. Qué locos.

Nos hemos acostumbrado tanto a la violencia que se nos ha ido de las manos el amor, ya no sabemos querer a los demás sin cometer errores, sin cagarla en el momento menos pensado.

Y los gritos, los reproches, las peleas y las balas parecen normalidad.

Refugiados sin refugio, mares cementerio y mosaicos de civilizaciones antiguas que hoy están resquebrajados, como la mayoría de corazones.

Lo justificamos todo, y me da vergüenza.

No entiendo a las personas que sólo saben ver desde su posición, que conocen la empatía sólo de oídas, que piensan que son poseedores de la verdad más absoluta; cuando ya se encargaron los científicos de decir que todo es relativo, hasta en los sentimientos y las letras.

No entiendo que utilices armas que hacen daño en lugar de palabras para reconfortar a los demás, no entiendo que utilices tus manos para quitar aire a otros en lugar de abrazarlos, no entiendo que desperdicies tus noches sin estar besando a alguien, no entiendo que dejes a Neruda cogiendo polvo en una estantería, no entiendo que no sepas apreciar una puesta de sol en compañía.

Nos han puesto vendas en los ojos, nos han dicho que el mundo es un negocio y que no se puede ir a contracorriente. Nos han dicho que nuestra alma tiene precio y nuestras manos sólo sirven para hacer algo productivo.

No tengo preguntas ni respuestas, ni comienzos ni finales. No soy nadie en todo este laberinto de caminos sin nombre en el que tú no estás presente.

Y me gustaría olvidar que tengo que olvidar para poder sonreír mejor. Me gustaría volver a abrir las ventanas y que el frío del invierno se burlara de mi cara de dormido. Me gustaría dejar de romper páginas en las que hablo de ti.

Es ya septiembre y sólo espero nuevas tempestades tras tus ojos empañados.

Es ya septiembre y aquí sigo con las manos vacías, sin rosas que regalar, sin tiempo por delante.

Esta existencia, de cuentas atrás y contrarrelojes, me parece cada día un poco peor y no consigo quitarme las ganas de ti.

Y todavía hay quienes me dicen que no pierda la esperanza, que al final todo valdrá la pena.

Esperanza dicen. Qué locos.