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Tanta gente triste.

Nunca he visto tanta gente triste como ahora.

Tampoco tanta gente enfadada ni llena de rabia.

Crece el odio, la ansiedad, el llanto, los gritos.

Quizá es que la vida nos empuja de manera inexorable hacia un destino que no deseamos pero, sin embargo, no somos capaces de evitar (o no queremos, o no podemos); las variantes y las posibilidades son tantas como las diferencias entre los copos de nieve al microscopio.

Poco a poco vas percibiendo el desgaste en las ganas, en los huesos, en las palabras.

Poco a poco dejas que el mundo te aplaste, igual que aplastaste tú a aquel grupo de hormigas en el patio del colegio cuando tenías ocho años.

Y se esfuma todo.

Comienza la autodestrucción.

Y el engaño de que da igual esforzarse porque nada va a mejorar.

Caemos en la trampa, volvemos a cometer el mismo error que nos condujo al pozo sin luz en el que estamos metidos hasta la cintura.

Y sólo me salva ese pequeño desastre que armas a mi alrededor cuando te veo, el caos que desatas de un momento para otro.

Sólo sé que las hojas siguen temblando ahí fuera y tú no estás; pero queda esperanza, he visto a un viejo sonreír mirando al cielo.

Tocará seguir luchando contra viento y marea.

[y los idiotas, que es lo que más cuesta.]

Pieles rotas.

Llega septiembre y sus días más cortos.

El caos se acopla de nuevo a una ciudad en calma, vuelven los coches y los niños al colegio. Se han deshecho ya los hielos del último vaso en las fiestas del pueblo, ahora flotan las banderas entre las casas mientras las moja la lluvia fresca que avisa de que llegará el otoño con más ganas que nunca.

Es ahora cuando tocará abrir el pecho y que caigan las flores muertas, las hojas secas, las pieles rotas.

Ahora que pase el viento entre las costillas para limpiarnos por dentro, que caigan los aguaceros mientras corremos contra el tiempo para cambiarlo todo. Hemos tardado mucho en cambiar las fichas del tablero, en ser reyes, reinas y alfiles jugando a los dados.

Ahora escucho el silencio a primera hora del día, cuando todavía empapado en sudor intento abrir los ojos mientras lucho contra el sueño que me atrapa.  Estoy todavía dando tumbos en la vida, golpeando muros con y sin vergüenza, tambaleándome por intentar bailar al ritmo que marcan otros.

No sé cómo somos capaces de sobrevivir a tanta mierda, ¿tú no ves a las moscas frotándose las patas?

Apenas hay paz interior pero veo tu silueta al otro lado de la calle, y me llena de calma.

El cielo se apaga hoy como se apagaron un día mis llamas, mis ganas.

El cielo se apaga y se llena de ausencias, de gritos sin voz.

Llega septiembre y sus días más cortos, y sus besos más largos, y sus abrazos más fuertes.

Llega septiembre y yo siempre llego contigo.

Todas las mañanas.

Vacío, supongo que es así cómo me siento en estos momentos.

Completamente vacío.

Un continente sin contenido que deambula por el mundo porque no queda más remedio, porque el resto de opciones y alternativas son mucho más trágicas, y suelen implicar sangre o alturas, y ponerlo todo perdido de vísceras y miedos.

No sé si tú recuerdas aquel tiempo en el que caernos no hacía daño porque teníamos la mano del otro para levantarnos, y entonces el viento siempre se ponía de nuestro lado para empujar las velas y devolvernos al rumbo correcto. Y podíamos llenar los pulmones e intentar volar sin miedo, aunque el corazón estuviera siempre temblando por culpa de la incertidumbre.

Lo único que puedo pensar ahora es que no me merezco tanto dolor, ni este daño, ni todas estas marcas que me has ido dejando por el cuerpo para que no pueda olvidarte. Es tan cruel la distancia cuando yo sólo quiero entender, cuando sólo quiero hablar y saber, y acabar de conocer(te) y conocer(nos).

Y ver contigo todas esas horas que nunca acaban.

¿Qué nos queda ahora? Si lo hemos ido tirando todo por el suelo, si hemos llenado el pasillo de muebles con los que tropezarnos, si hemos gastado el buen vino y los deseos en lugar de guardarlos para cuando nos hicieran más falta.

Yo creía más en ti que en mí mismo, confiaba que eras mi apuesta ganadora, el todo al rojo que me daría el premio definitivo, con el que no tendría que conformarme porque sería todo lo que siempre he querido.

Es tan injusto que sigas quemando y yo no pueda hacer nada, que no pueda olvidar, ni caminar, ni retroceder.

Es tan injusto que siga hasta los huesos por ti, y que me esté destruyendo por no saber huir, por no querer irme de donde me quedaría para siempre.

Porque siendo sincero, no se me ocurre ningún lugar mejor para afrontar la eternidad que ese hueco, que yo ocupaba, justo a tu lado.

Donde podía besarte el cuello y los labios sin que nada doliera.

Donde podía coger tu mano sin temor.

Donde podía ver tu sonrisa, lo único que me importa, todas las mañanas.

Polizón.

Otro beso al borde del abismo, el sudor cayendo por la espalda y el nudo en la garganta.

Y la esperanza hace tiempo que se quedó a los pies de la cama.

He oído tantas veces que la paciencia siempre tiene recompensa y yo aún no la he paladeado, sólo tengo el sabor amargo al final de la lengua que me dice que he perdido, que no importo, que no valgo, que no sirvo más que para que se limpien el barro de las botas sobre mi espalda.

Y aquí sigo robando besos furtivos mientras me pudro por dentro, mientras mis huesos se convierten en cenizas que cualquier mala racha de viento se lleva bien lejos.

Nunca debí darte permiso para todo, nunca debí olvidarme de mí para ponerte siempre por delante, nunca debí dejar que me convirtieras en polizón en este viaje; oculto en las sombras a la vista de todos y de nadie.

Habría parado antes, antes de sentirme tan roto, tan extraño, tan lejos de mí mismo.

Habría parado cuando aún tenía dudas, cuando no sabía si eras lo que quería y necesitaba, cuando sólo era un cuerpo contra otro cuerpo y apenas me importaba si sobrevivíamos juntos o acabábamos cada uno por su lado.

Habría parado si hubiera podido, si hubiera querido, si hubiera sabido.

Ahora me miro al espejo y me veo distinto, y sin embargo, no consigo sonreír de verdad sin que todo queme por dentro, sin que salga pus de las heridas.

Estoy otro día, otro maldito domingo en soledad, esperándote con café y ha vuelto a quedarse frío.

Yo no quería vivir de recuerdos, quería experiencias nuevas contigo.

Y has hecho que tenga que conformarme con la memoria mentirosa y las fotografías que sólo guardamos tú y yo.

Atmósfera cero.

Me resisto a dejar de quererte, supongo que uno siempre quiere quedarse en los lugares en los que se siente bien y yo siento que respiro sin ningún peso en el espíritu cuando te apoyas en mi pecho, cuando tu frente y la mía reposan la una frente a la otra. Queremos quedarnos en quien tenemos recuerdos felices, en quien nos hace sentir grandes con un gesto pequeño.

Olvidarte es como intentar nadar a contracorriente en un río de aguas bravas, o intentar subir una cascada. Es como si intentaran abrirme el pecho y arrancarme el corazón, como coger aire en atmósfera cero. Hay imposibles que lo son, como que yo me deshaga de todos estos sentimientos adheridos a la piel como si fueran alquitrán y me deje mecer de nuevo por el viento en lugar de navegar a tu deriva.

Hay imposibles que lo son, como que desaparezca de tu lado de un día para otro y aparentar que me da igual, que nada duele, que soy indiferente a lo que sufres en silencio.

Quiero un día levantarme y verte tras de mí en el espejo empañado al salir de la ducha.

Quiero un día levantarme y no sentir que las costillas se me parten en pedazos, que las rodillas no me aguantan, que no puedo pensar en nada que no seas tú.

Sólo se me ocurre decirte algunas cosas, algunas que quizá no he dicho en voz alta porque no encuentro las formas ni el momento indicado. Y es que el instante adecuado nunca llega, tenemos que crearlo nosotros, como aquel día que quisimos rozar nuestros labios sin saber muy bien cómo y entramos en este laberinto en el que no hay salida.

Sólo se me ocurre decirte que voy a ser como un abrazo en pleno mes de febrero, una cama en la que dejarte caer cuando no puedas más, un cigarro encendido en una crisis de nervios, una bicicleta en la que pedalear una tarde de verano, un vaso de agua en un día de resaca, un portal abierto cuando empieza la tormenta.

Sólo sé que voy a estar cuando mires al cielo y no sepas en quién puedes confiar.

Sólo sé que mi mano está junto a la tuya, aunque no la veas.

Sólo quiero ser todo lo bueno que te pase, y cuando no pueda serlo iré borrando lo malo a punta de sonrisas y te quieros.

Puntos suspensivos.

Hace tiempo que vago sin saber muy bien a dónde ir, sin saber si debo seguir mirando a los ojos o haciéndome pequeño entre las sábanas de mi cama. Sigo viendo el sol aparecer por la ventana y volver a esconderse sin haber salido de casa, encerrado entre cuatro paredes que se me caen encima porque ya no puedo sujetarlas en solitario. Sigo viendo la luna asomar, con sus cráteres, con su color plateado que invita a quitarse la ropa y transformarse.

Tengo un mapa frente a mis ojos lleno de zonas desiertas. He tachado con rotulador rojo todos los lugares en los que no estás. He hecho una equis donde sé que te encontraré y no coincide con la mía. He ido uniendo nuestra distancia con pequeños puntos y no estamos tan lejos como parece, sólo nos hacen falta más ganas para llegar a abrazarnos cualquier noche.

Nunca me he sentido tan humano como siendo vulnerable, cuando sé que te necesito para que el corazón lata tranquilo aunque me aceleres el pulso cada vez que asomas por la puerta. Es esa mezcla de nervios y calma con la que me llenas siempre la que me hace sentir vivo, y supongo que esa debe ser mi droga, lo que dispara mi adrenalina, lo que me mantiene aquí.

Nunca me he sentido tan humano como cuando he sentido tus labios contra mi piel y has suspirado contra mi cuello antes de cerrar los ojos, dándote por vencida. Y he vibrado en silencio, notando la paz en medio de la noche después de desatar huracanes y tormentas tropicales sobre el colchón.

El otoño va a aplastarme de nuevo, con sus nubes, con ese viento que despeina y que abre las chaquetas al cruzar la avenida. Lo bueno es que si tú quieres podemos compartir algo más que manta, café y películas. Me comprometo a susurrarte canciones, a cocinar entre semana, a dejar de escuchar a tristes cantautores, a dejarte dormir y no hacer ruido los sábados por la mañana. Prometo olvidarme del teléfono cuando te tenga delante, hacerte sonreír siempre que pueda, besarte despacio, abrirte la puerta y cederte el paso sólo si te apetece.

No me digas que vamos a quedarnos siendo sólo puntos suspensivos porque eso, de verdad, sólo puedo aceptarlo si es porque todavía no sabes cómo quieres que pase todo entre nosotros.

Como hacías antes.

Creo que eres algo parecido a un volcán dormido, pero no es miedo lo que me provocas.

Te mantienes en silencio mientras la lava arde en tu interior y algún día entrarás en erupción. Todos tenemos un límite, lo que pasa es que a mí no me gustaría verme en la tesitura de tener que descubrir dónde está el mío. Aún así creo que yo también soy todo rabia contenida, palabras que se han enquistado en mi garganta y van a hacerme escupir veneno el día menos pensado.

Pero ya está.

La historia nos ha puesto a prueba suficientes veces.

Ahora tan solo dejamos que el tiempo pase, sin hablar, porque parece que así todo duele menos, es menos real, así parece que todo lo que ha pasado ha sido un espejismo al que podemos dejar de mirar. Mientras, las circunstancias y las decisiones quedan flotando en el aire sostenidas por mentiras invisibles que van a acabar por estrangularnos sin remordimientos.

Con lo sencillo que es decir la verdad y lo que nos cuesta pronunciarla en voz alta. Somos más cobardes de lo que queremos pensar, nos escudamos en excusas que no tienen fundamento para sentirnos mejor con nosotros mismos, para intentar salvarnos de otro error que ya suma y decanta el marcador en nuestra contra.

Ya basta de fingir y de engañarse.

Ya basta de intentar reanimar lo que está muerto.

El cielo te está mirando de nuevo, desea fundirse contigo, igual que lo deseo yo. Y viene viento, de ese que remueve faldas, quiere jugar contigo, igual que quiero yo.

Sigo escuchando las manecillas del reloj en mi cabeza, sigo esperando a que acabe esta farsa, a que acabe la cuenta atrás y presiones el detonador que me haga saltar por los aires de una vez por todas. Espero el puñetazo en el estómago y el último beso que me deje un mal sabor de boca para el resto de mis días.

Pero, mientras tanto, hasta que eso pase, ¿por qué no vuelves y me pones una mano en el pecho, me besas con calma y cierras los ojos?

Como hacías antes.

Tumbas.

El olor a tierra mojada le invade las fosas nasales mientras sigue con la mirada clavada en la piedra. Lleva un par de horas calándose bajo la lluvia por decisión propia y no tiene intención de mover un pie para alejarse de aquel lugar. La otra opción es encerrarse en casa entre suciedad, desorden y ganas de saltar por el balcón, y ahora mismo no le apetece demasiado acabar aplastado contra el suelo aunque no le parece mal plan para un domingo por la tarde.

El viento le mece un mechón de cabello, rebelde, que ya lleva demasiado largo para su gusto. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca una cajetilla de tabaco, coloca un cigarro entre sus labios y pasa casi un minuto buscando un mechero en su pantalón. Juraría que estaba aquí. La lluvia le moja el cigarrillo después de tan solo dos caladas y se da por vencido, lo tira al suelo y no se esfuerza ni tan siquiera en pisarlo. Traga saliva al leer el nombre de la lápida que tiene frente a sus ojos y pasa sus dedos sobre el relieve de una cruz que hace tiempo que dejó de tener sentido para él. Siente los ojos vidriosos, con las lágrimas inundando el borde de sus párpados inferiores y se contiene, mira al cielo gris por un momento y después clava su mirada en la fotografía en color.

¿Por qué vivimos en un mundo en el que un niño puede morir? 

Deja un beso sobre el mármol gris, un beso frío que le eriza la piel. Pensar en el cuerpo descompuesto de su pequeña le provoca náuseas.

Toma aire y observa también el nombre de su mujer. Letras doradas en relieve, algo que ella hubiera odiado. Sonríe durante un segundo por ese pensamiento. Pasa de nuevo su mano sobre el mármol de la lápida y susurra algo para sí mismo. Decide marcharse de allí antes de imaginar las fracturas en sus huesos, la hemorragia en sus órganos internos, el dolor antes de perder la consciencia.

Mete las manos en los bolsillos, camina rápido, y el cielo y los recuerdos se desploman sobre él.

Fin de año.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Trescientos sesenta y cinco días de fracasos y supuestas alegrías que se van por el retrete y se quedan plasmados en fotografías que borraremos cuando no nos quepan más en la memoria del teléfono.

Muere un año más con sus doce meses y sus miles de millones de personas, los nuevos compañeros de trabajo, los viejos amigos que se van, los familiares que nos dejan para siempre, las horas extras, los bolsillos vacíos.

Se quema la última hoja del calendario y nos quemamos nosotros, con todos nuestros propósitos de año nuevo todavía por cumplir. Y nos toca renacer de nuestras cenizas, secarnos las lágrimas, ponernos la mano en el corazón porque sigue doliendo.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

El viento nos marca siempre los primero días de un mes de Enero que nos lleva a remolque, y la esperanza se nos vuelve a encender con la llegada de nuevas hojas de la agenda que llenar de citas con personas pasajeras.

Sonreímos un par de horas después de las campanadas y creemos por un momento que quizá está vez todo irá bien, que este será nuestro año y que el agua volverá al cauce del cual nunca debió salir.

Champagne del bueno o del malo, aún quedan turrones en las mesas y las nubes vuelven a nuestras cabezas. La niebla vuelve a instalarse entre nosotros dos, del mismo modo de siempre y nos volvemos a mirar sabiendo que hace años que dejamos de querernos, que intentarlo no es poder y que estos besos ya no dicen nada.

La mirada hacia el otro lado, el querer que te calles de una puta vez, que me dejes en paz, que ya no me conoces como crees, que tus abrazos ya no calientan igual en pleno invierno, que sales demasiado, que no me dices nada, que con quién hablas hasta las tantas, que con quién crees que vas a salir esta noche.

Basta.

Ya.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Para todos aquellos sin el valor suficiente para intentarlo. Quizá este año sí.