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Sábanas.

Has vuelto a golpearte contra la pata de la cama con los pies descalzos, se ha roto tu taza favorita para desayunar, has perdido las llaves de casa, han vuelto a ponerte una multa en la ORA, sales en otra foto con los ojos cerrados.

Lo cierto es que las cosas nunca acaban sucediendo como esperamos, hasta lo más sencillo acaba dando vueltas de campana para volverse complicado.

Cometemos el error de buscar lo imposible y despreciar lo bueno que tenemos al alcance. Viviendo en la era del entretenimiento y la diversión instantánea parece demasiado pedir el saber esperar, el querer más allá de lo superficial, buscar algo que valga la pena de verdad, llegar a conocer en las distancias cortas. Ir más allá de las sonrisas tras los vasos y los guiños, y el roce de las manos bajo cualquier mesa que lo permita. Ahondar en los problemas y todas esas cosas que nos asustan de los demás.

Pero nunca hay tiempo.

Ni para nosotros mismos, ni para los demás.

Ni para dejarse la ropa interior puesta hasta la segunda o la tercera cita.

A mí me gusta ir poco a poco, buscar madera resistente, cavar un hoyo en el que enterrar los cimientos que aguanten el peso de todos nuestros miedos, hacerme heridas en las manos porque estoy intentando hacerlo bien, decir te quiero sólo cuando te miro a los ojos, resistir cada vez que sopla fuerte el viento y creo que vuelvo a perderme entre la inmensidad blanca a mis espaldas. Me dedico como si fuera un pájaro carpintero a construir mi pequeña cabaña, en la que hay sitio para los dos.

He tenido que decidir y cambiar muchas veces en la vida de canal, de zapatos, incluso de máscara. Y ahora, hace tiempo que sólo busco extender las alas, saltar y llegar tan lejos como pueda, y poder dormir tranquilo cuando se vaya el sol y vuelva a hablar con el espejo después de una ducha fría.

Y cuando toco las sábanas, esas en las que alguna vez te has quedado dormida, me doy cuenta de que sólo quiero un café contigo y los besos de siempre, ¿puede ser?

Historia breve de nuestros fracasos.

He ido recolectando en una botella de vidrio todos los errores cometidos, todos los fracasos que alcancé y ahora los tengo guardados, a modo de colección en la estantería que hay encima del televisor del salón para que cualquiera que entre a casa pueda verlos. Lo cierto es que ningún invitado hasta la fecha se ha acercado lo suficiente como para preguntarme qué hay dentro pero no sigue ningún orden ni concierto. Acumulo todo aquello que sólo con verlo me trae recuerdos, sean del tipo que sean. Hasta algunos que preferiría olvidar pero creo que merece la pena recordar, por la profundidad de las heridas que dejaron, por todo lo que supuso el naufragio que provocaron.

Un ticket de parking, una piedra pequeñita, una llave vieja y ya oxidada, la última página de un libro que no quise leer para que la historia no acabara, una servilleta con tu pintalabios marcado, un pendiente que perdiste y encontramos a los meses, una chapa de un botellín de cerveza que tomamos en Madrid, el set-list de un concierto de Vetusta Morla, la pulsera de aquel festival para olvidar, los billetes de avión a ninguna parte, el envoltorio de la mejor chocolatina que he probado en la vida, un chupete mordido, la entrada de Up, la tarjeta de visita de aquel psicólogo loco, una polaroid borrosa em la que salimos metidos en las fiestas de tu pueblo.

Ahora miro atrás y veo un fracaso tras otro, un traspiés, un tropiezo, una caída.

Y no sé cómo lo he hecho para levantarme siempre, para conseguir mirar al frente y mantener el paso, aunque no todo el tiempo sea firme, como la zancada del soldado en un desfile.

Supongo que la vida va de eso, de recomponerse siempre, pase lo que pase, porque nosotros seguimos mientras otros ya se han ido, y otros seguirán cuando nosotros nos vayamos.

Y parece que al final todos redactamos de un modo u otro, con letra, fotografías o canciones, la historia breve de nuestros fracasos.

Para no olvidar, pero sobre todo para no volver.

Texto escrito para Krakens y sirenas.

Literatura universal.

Leo tu piel como si fuera mi libro favorito, y soy capaz de descubrir puntos suspensivos, signos de interrogación y puntos y comas mientras te descifro. Adivino aliteraciones y paranomasias en tus besos, y me pierdo entre concatenaciones y anáforas cada vez que puedo, sin saber muy bien por qué ni cómo. Somos maestros de la hipérbole y el oxímoron, de hacer arder el hielo, brillar en medio de la noche y congelarnos por culpa del fuego.

Soy incapaz de distinguir ciertos tipos de poesía, ni de contar bien las sílabas de un verso alejandrino, ya no sé hacer un análisis sintáctico sin equivocarme y admito, sin vergüenza, que tengo cientos de clásicos sin leer.

Y llegas tú y te conviertes en el cuerpo perfecto para estudiar toda la literatura universal, capaz de resumirme las epopeyas griegas, las mil y una noches y las historias de Tolkien. Haciéndome seguir las aventuras de Sherlock y Moriarty, el juego del gato y el ratón, a través de tus costillas y divagar sobre el bien y el mal con Goethe y Nietzsche si bajo de tu ombligo. Me podría colgar entre tus piernas con Dune y Fundación, y enredarme en tu pelo con Orgullo y Prejuicio; acercarme a tu oído con Bolaño y Clarice Lispector, y mirarte a los ojos repasando la Generación del 27.

Quizá por eso tengo una estantería llena de libros que no deja de crecer.

Al final, todos los días llega un momento en el que tomo aire, me doy un respiro mientras miro por la ventana y observo cómo la gente vive ajena a todos mis pensamientos.

Un poco más de paciencia, amor.

Y no sé si estoy escribiendo para que me leas, o sólo estoy hablando conmigo mismo.

El chico que nadie conoce.

Todos imaginamos la vida de los demás de una forma muy distinta a la nuestra y las calificamos de acuerdo a nuestro sistema de valores y creencias.

Está la familia con dos niños de la mesa de la izquierda, que parecen felices. Miras su ropa y adivinas que deben tener un buen trabajo y pocas preocupaciones, con unos sueldos que les permiten que sus hijos vayan a un colegio privado, a inglés, alemán y tenis de lunes a viernes. Imaginas que tienen un apartamento o un buen chalet en la costa alicantina donde pasar el mes de agosto, mezclándose con extranjeros con la cartera llena de suculentos billetes y los calcetines casi hasta las rodillas. Después de observarles durante unos minutos percibes que la madre está pendiente del par de niños rubios que pelean entre ellos y que el padre, copa de vino en mano, mira a la calle sin inmutarse.

Vuelve a tu mesa, das un trago al contenido de tu vaso, pierdes un par de minutos con el teléfono móvil, hasta que levantas de nuevo la vista.

Un par de parejas se miran con cara de enamorados, se rozan las manos, comparten risas contagiosas, mientras otros discuten airadamente hasta que ella se levanta y él no sigue sus pasos; otros, un poco más allá, remueven un café con hielo sin mirarse a la cara mientras fuman y dejan que la ceniza caiga en el suelo. Ella tiene cara de cansada, él parece de piedra. Crees que a él no le interesa lo que a ella le pueda suceder y que tampoco le importa.

Otro grupo, en la mesa que se encuentra en tu derecha inmediata, habla sobre la última despedida de soltero a la que acudieron. Alcohol, drogas, la morena que acabó con el novio y el secreto incómodo del día de la boda, secreto a voces.

Quizá esa es su historia, quizá todo es un mero invento. Tu cerebro jugando mientras coge palabras sueltas y frases de cada conversación, tejiendo cuentos chinos que nada tienen que ver con la realidad. Tu lógica uniendo puntos después de interpretar a tu manera caras, gestos, voces.

Luego estás tú, sentado solo, cara de haber dormido poco en las últimas semanas, o en los últimos meses. Un pequeño cuaderno de tapas negras lisas, un bolígrafo azul. Levantas de vez en cuando la mirada. Pensarán que eres un friki o quizá quieren pensar que eres un escritor de éxito pero no les suena tu cara. Demasiado joven, demasiado normal. Un cigarro reposa en el cenicero mientras el humo asciende y la cerveza burbujea con suavidad. Se preguntan por qué nadie te acompaña, por qué nadie comparte mesa contigo. Unos vaqueros, una camiseta negra sin logos ni marcas, unas zapatillas bastante usadas, una mochila vieja entre tus pies. No das demasiadas pistas sobre quién eres o a qué te dedicas.

Está de vacaciones en la ciudad.

Ha roto con la novia.

Sus amigos lo han dejado tirado.

Es un bohemio.

Me da pena ahí solo sentado.

Ya está, otro moderno de esos.

Seguro que viene todos los días.

Y la gente se pregunta por ti, igual que tú te preguntas por ellos e inventan tu vida como tú inventas sus vidas, y te hacen desgraciado, o feliz, o lleno de problemas, como tú los haces desgraciados, o felices, o llenos de problemas.

Pero tú sólo eres el chico que nadie conoce.

 

 

 

[Texto publicado el 8 de agosto de 2018 en Krakens y Sirenas.]

No es culpa del calor.

La quiero a ella, aunque la vida juntos suene a caos y malabares.

La quiero a ella, aunque nunca vayamos a saber distinguir un planeta enano de una gigante roja.

La quiero a ella, aunque todo sea una especie de sinfonía por acabar y nubes negras.

La quiero a ella, aunque las flores y los pájaros se rían de nosotros.

Quizá porque sólo soy un estúpido que intenta llegar siempre al final del camino, porque no puedo quedarme con la curiosidad de conocer ciertos lugares, porque no soy capaz de conformarme pudiendo descansar contigo.

Lo bueno de los viajes es que vas conociéndote, y ya me voy dando cuenta de que tengo que callar más y pensar el doble, de que la cago demasiado y no sé arreglarlo después, de que necesito más ayuda de lo que estoy dispuesto a admitir, de que soy más cínico de lo que parezco.

En el fondo, supongo que querer a alguien también te hace darte cuenta de que eres mala persona, y algo egoísta, porque buscas atención y tiempo y ganas, y no siempre se puede tener todo, ni al mismo tiempo ni del mismo modo.

Te das cuenta también de que la vida se va retorciendo sobre sí misma y si estás en medio no duda en ir asfixiándote, y que no tiene piedad por mucho que le ruegues. Y siempre puede apretar un poco más.

Pero da igual, todo da absolutamente igual, porque a estas alturas ya está escrito en piedra que te habría buscado antes aún sabiendo que todo sería difícil para los dos.

[Y que sepas que no es culpa del calor, yo ya quería follarte en pleno enero.]

 

Estúpida manía.

Desolación, amor y whisky por el suelo.

Estoy otra vez en ese mismo punto terrorífico de hace tiempo, cuando pensaba que había recobrado las fuerzas, cuando creía que podía sanarme, cuando había conseguido ver la luz y la esperanza, y me había permitido aferrarme a ellas en lugar de huir hacia otro lado como hago la mayoría de las veces.

Llegaste tú a derrumbar todos mis muros de seguridad.

Llegaste tú y creí que había ganado, que había llegado a meta, a la última señal, al último planeta habitable de la galaxia en el que podía quedarme a vivir eternamente.

Y era mentira.

Es todo uno de esos espejismos que parecen reales, uno de esos sueños de los que no queremos despertar.

Y ese es el problema, que seguimos esperando que nos salven los demás, seguimos dejando nuestro futuro y designios en manos de otros que viven su vida y no están dispuestos a vivir con nosotros.

Ahora sólo soy capaz de mirar a un páramo que no me dice nada y de echar la vista atrás para observar el paisaje desolado que hemos dejado a nuestras espaldas.

Yo sólo quería abrazarte para siempre, hasta en las noches de verano en las que el calor pegajoso hace que nos arda la piel y queremos la cama para nosotros solos.

Y sigo con la estúpida manía de no querer vivir sin ti.

Supongo que soy el último idiota en la tierra.

Lo sé.

Y sigo con la estúpida manía de quererte.

Y no sé qué voy hacer durante el resto de mis días.

Las víctimas de la memoria.

La vida acaba siendo un desastre tras otro, no necesariamente de manera natural. La mayor parte de las ocasiones lo forzamos todo tanto que lo transformamos, y nos transformamos, hasta ser simples caricaturas de lo que un día fuimos. O más bien, pienso, en lo que creemos que un día fuimos.

Somos más víctimas de la memoria que de las mentiras.

Aquellos recuerdos dorados en los que te ves sonriendo apenas existieron, apenas fueron buenos aquellos días de verano aunque ahora los recuerdes con un aire de añoranza. Tampoco pienses que aquella tarde cerca del mar fue de las mejores de tu vida. Nos encargamos de aderezar los instantes pasados para creer que fueron irrepetibles, adornamos con palabras y giros de guión aquella escapada, aquel viaje rutinario, aquella noche en la que tan sólo dormimos juntos y tenemos la sensación de que follamos como si fuéramos salvajes. Nos aferramos al pasado porque somos incapaces de construir un buen presente, porque preferimos recordar y sonreír a hacer algo con esfuerzo y que sea mejor. Es tan sencillo acomodarse, dejarse caer en el sofá y encender el televisor, poner el piloto automático en la vida y que el avión nos lleve por donde nos tiene que llevar, a una altura y un rumbo definidos. Sin pensar mucho, sin desgastarnos la materia gris.

Somos fruto de nuestros propios engaños, de todas las vendas que nos ponemos sobre los ojos para no ver la realidad que nos golpea como el viento de poniente en pleno verano.

Vivir del autoengaño, a eso nos dedicamos en el siglo XXI, a autoconvencernos, a cerrar los ojos con fuerza, a no escuchar a los otros, a no mirar a los lados.

Hemos sido absorbidos por el afán de aparentar, de tener que sonreír siempre, de pretender ser más que los demás. Tener más éxito, dinero, sexo, planes, ropa, teléfonos, coches, casas, vacaciones.

No sé en qué momento llegará eso de buscar más dignidad, honradez, sinceridad, valentía, respeto, tolerancia, comprensión.

No sé si dejaremos de aparentar para simplemente ser.

Y eso también me lo pregunto cuando pienso en nosotros.

Y sólo hace que quemarme por dentro.

Ese extraño superpoder.

Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, ¿verdad? Algunas veces hay que tomar distancia y aire para aprender a valorar las cosas y saber apreciarlas. Es como cuando llevas meses sin poder conciliar el sueño con tranquilidad y recuerdas cómo era la sensación de despertarte descansado. Llevo tanto tiempo sin dormir profundamente, con los motores trabajando a todo trapo, con el cerebro procesando información las veinticuatro horas del día que supongo que de un momento a otro la maquinaria parará por completo y no podré abrir los ojos durante meses.

Quizá sólo necesito un estado catatónico para recuperarme por completo.

Es todo tan horrible ya.

Esta mezcla de nerviosismo, miedo e inseguridad que nunca acaba.

Pase lo que pase.

Y es que cometemos el grave error de pretender que nos curen otros, de dejar la responsabilidad en manos ajenas. Cometemos el error de pretender que la felicidad de los demás está por encima de la nuestra.

No sabría decir muy bien en qué etapa vital me encuentro, por mucho que lo analice. He conseguido convertir en un auténtico infierno lo que debería ser un momento absolutamente feliz. Tengo esa capacidad, ese extraño superpoder, de arruinarme sin necesidad de que lo haga nadie más.

He metido la pata tantas veces y tan hondo contigo por culpa del pánico, que he conseguido asustarte y alejarte, y ya no sé cómo ni qué decirte para que veas el horizonte como lo hago yo. Para que veas que a tu lado ningún domingo me parece gris, ni odio tanto a las personas y me acaba gustando hasta el peor de los cafés. Para que veas que las cosas ya son bastante difíciles como para que las compliquemos más. Para que veas que querer también puede ser suficiente si se trata de nosotros dos. Para que veas que contigo sólo quiero sonrisas y alejar todo el dolor.

Voy a calmarme un poco después de estas semanas de tormenta incesante, voy a tragar saliva y dejar de hablar y pensar.

Voy a pedirte perdón por hacerte daño cuando es lo último que quiero.

Voy a dar un paso atrás, volver a la sombra.

Lo de alejarme demasiado, lo de olvidarte, lo intento en otra vida, que en esta no puedo.

El mentiroso.

La mentira es una manera fácil de lograr algo. Sirve tanto para conseguir ciertos beneficios u objetivos como para evitar reproches y castigos. Sirve también para manipular, ocultar, ganar o cualquier otro verbo que pueda conjugarse a esos efectos.

Muchas veces utilizamos las mentiras como un modo de autoconvencernos, pensamos que si decimos ciertas cosas en voz alta y hacemos partícipes al resto el pensamiento o la idea en sí mismo se convierte en realidad de manera automática. Hacemos algunas afirmaciones que son puro autoengaño con el único fin de estar un poco más tranquilos con nosotros mismos.

Buscamos la paz a costa de fingir, de mentir, y así sólo aumentan las guerras internas, las batallas diarias, las peleas de costillas para dentro.

Ya no sé qué pensar, hace tiempo que dejé de tenerlo todo claro.

Lo único que sé últimamente es que no consigo conciliar el sueño durante más de dos horas seguidas y que ya no recuerdo lo que es despertarme sin sobresaltos por culpa de las pesadillas.

Y que las ojeras no hacen más que crecer.

Sólo conozco el miedo.

Mi vida me parece algunos días como esas novelas enigma del siglo diecinueve en las que al final todo se descubre, pero yo no llegaré a verlo para entenderlo porque seré el cadáver rodeado de una silueta de tiza blanca.

Mi vida me parece algunos días como una de esas bromas pesadas de cómico inglés que sólo se entienden en determinados momentos o circunstancias, o compartiendo cierta visión cultural.

Al final sólo tenemos dos opciones, como en muchas ocasiones: mentir o elegir la verdad, ocultar o dejar que todo salga a la luz; y es fácil y a la vez tan difícil.

Pero elegir un rumbo u otro nos acaba delatando, nos coloca sobre el tablero, muestra nuestras cartas con sólo un pequeño gesto, elegir nos acaba definiendo por mucho que creamos lo contrario.

Yo tengo claro de qué lado quiero estar pero quizá soy sólo un mentiroso que se dice a sí mismo que le quieres porque no es capaz de seguir adelante sin ti.

Pero a ti siempre te he dicho la verdad.

El perdón y la física cuántica.

Mi vida está llena de café, cicatrices por curar, despertares sin ti.

Y caos.

La tuya también está llena de caos, un caos que desconozco casi por completo. Sigues siendo un misterio a pesar de que pasa el tiempo y hemos ido conociendo las fibras de las que estamos compuestos casi sin saberlo.

En el mundo casi todo acabamos conociéndolo de ese modo, un día te encuentras con una persona de la que no sabes nada y a los meses te descubres recordando su fecha de nacimiento, sus canciones favoritas, su escritor de cabecera y su lugar preferido de la infancia. Sin saber muy bien cómo lo has conseguido de pronto estás mirándole a los ojos, buceando en su boca, meciéndote en sus caderas.

Un día todo cambia, se cruza el muro, dejas atrás los límites y sólo tienes ganas de respirar al unísono con las luces apagadas.

Te pido perdón ahora que no me queda otra, es lo único que está en mi mano ya. Te pido perdón porque no sé hacer las cosas de un modo mejor, no he podido pararme los pies ni he sabido detenerme a tiempo. Perdóname por ser incapaz de quedarme quieto cuando te veo, incapaz de hacer como si no pasara nada, de disimular, de decir en voz alta que no me quedan fuerzas pero seguir siempre luchando por los dos.

Soy, algunos días, como esos peces que el mar arrastra hasta la orilla y buscan oxígeno sin que llegue a sus pulmones y al final la espuma acaba brotando por mi boca. Lo sigo intentando hasta el final pero intuyo que este está tan cerca que me recuerda a esas veces que un maratonista no puede alcanzar la meta por culpa del cansancio, aunque sólo le falten unos metros para conseguir su objetivo.

Lo teníamos tan fácil, al alcance de la mano, estábamos rozándolo todo ya con la yema de los dedos. Estaba oliendo tu pelo al salir de la ducha, buscando el hueco de tu cuello para intuir tus pulsaciones.

Yo siempre estoy esperando y nunca acabas de llegar, es una sensación extraña, como si lo nuestro fuera el gato de Schrödinger de las relaciones. Estamos en un estado de vida y muerte permanente, metidos en nuestra caja con nuestro veneno y nuestra partícula radioactiva.

Juntos y separados al mismo tiempo, cincuenta por ciento.

Pero no me hagas caso, no acabo de tener claro que la física sea la ciencia que mejor explica lo que pasa en el amor.