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Nunca pasa nada.

La vida es a veces como los domingos con resaca, dan ganas de vomitarlo todo de golpe y quedarse tranquilo. Sacar fuera de la boca y del pecho todas esas palabras que nos pesan y se nos atragantan cuando llega el momento de decirlas.

Sacarlo con rabia o de cualquier forma que te apetezca.

A veces sí tenemos derecho a la pataleta y a quejarnos por todo y por todos, a ser incorrectos, a no seguir las normas, a equivocarnos y meter la pata hasta el fondo sin que se caiga el mundo sobre nuestros hombros.

Porque al final nunca pasa nada, pase lo que pase, no pasa nada.

Mañana el bar de abajo subirá la persiana, el semáforo de enfrente tardará 20 segundos en ponerse en verde y con algo de suerte seguiremos respirando.

Las palabras mágicas.

Joder, ya está bien de tantos lamentos, de tanta hipocresía, de tanto callar por el bien de los demás. Estoy aburrido de esperar mientras se me hace de noche y cambian la hora, y llega el otoño y yo no sé dónde voy a quedarme hasta que vuelva a salir el sol.

Nos necesitamos como las flores necesitan agua, como un calendario necesita el paso de los días, como un músico necesita escuchar la perfecta armonía.

Algunas veces me invitas a entrar en tu vida, en tus brazos, en tus piernas y tu boca; otras me dejas esperando en tu portal.

Algunas veces quieres verme amanecer, respiras conmigo, te meces con el viento que se cuela por el resquicio de la ventana; otras ni tan sólo puedes mirarme a los ojos.

El mundo es tan caótico que nos hemos vuelto espirales de sentimientos y contradicciones sin fin. No sabemos elegir bien, ni decidir, ni responder sin ofender, ni comprender, ni empatizar, ni beber sin acabar dando de bruces contra el suelo.

Somos exceso.

Somos pelo y carne y uñas.

Se llena la ciudad de lluvias torrenciales, libros digitales y alas de cera.

En las afueras sólo hay sangre y vertidos industriales.

Está todo volviéndose tan feo, difícil y raro que sólo quiero mirarte para poder salvarme.

A mí sólo dime las palabras mágicas esta vez, que no hace falta que te busque porque ya nos tenemos, que no hace falta que tiemble por las noches porque duermes conmigo, que me digas ahora me quedo.

Pronuncia las palabras mágicas, aunque sólo sea una vez, abre la puerta, dime te quiero.

 

 

 

Texto escrito para el blog de Krakens y Sirenas.

Que se jodan.

Gente asfixiándose por mucho amor.

Países ardiendo de odio.

Nubes lloviendo barro en tus ventanas.

Personas cobrando en negro que se enfadan cuando ninguneas su patria.

Yo que sigo teniendo calor por las noches aunque no duermas conmigo.

Todo es un sinsentido.

Nos hemos vuelto gilipollas, o es que ahora tenemos demasiados medios para verlo sin dudar.

Expuestos en el ojo del huracán.

Ya no podemos escondernos ni pasar desapercibidos.

Todo el mundo lo sabe y tú sigues queriendo ocultarte en las sombras, pasar como si nada por la vida, deambular por las noches de puntillas con tal de no despertar a nadie.

No se puede.

No nos dejan.

O te rindes, o te rinden.

Sin más.

Envueltos en aire tóxico, humo de tubo de escape, luces de neón que parpadean y juegan con tu nombre y con tu mente.

Te van a señalar por no querer seguir el rumbo, por buscar alternativas, por correr cuando otros están parados, por mirar cuando los demás se tapan los ojos.

Espero que te pase como a mí, que cuando los otros señalan me da la risa.

Y entonces tienen miedo porque se dan cuenta de que ya no eres débil.

Has ganado y a ellos les crujen los dientes y las articulaciones mientras tú paseas libre sin necesidad de aplausos, ni de focos.

Algunas veces hay que plantarse y susurrar:

Que se jodan.

Y vivir, que al final es lo que la envidia no soporta.

Sábanas.

Has vuelto a golpearte contra la pata de la cama con los pies descalzos, se ha roto tu taza favorita para desayunar, has perdido las llaves de casa, han vuelto a ponerte una multa en la ORA, sales en otra foto con los ojos cerrados.

Lo cierto es que las cosas nunca acaban sucediendo como esperamos, hasta lo más sencillo acaba dando vueltas de campana para volverse complicado.

Cometemos el error de buscar lo imposible y despreciar lo bueno que tenemos al alcance. Viviendo en la era del entretenimiento y la diversión instantánea parece demasiado pedir el saber esperar, el querer más allá de lo superficial, buscar algo que valga la pena de verdad, llegar a conocer en las distancias cortas. Ir más allá de las sonrisas tras los vasos y los guiños, y el roce de las manos bajo cualquier mesa que lo permita. Ahondar en los problemas y todas esas cosas que nos asustan de los demás.

Pero nunca hay tiempo.

Ni para nosotros mismos, ni para los demás.

Ni para dejarse la ropa interior puesta hasta la segunda o la tercera cita.

A mí me gusta ir poco a poco, buscar madera resistente, cavar un hoyo en el que enterrar los cimientos que aguanten el peso de todos nuestros miedos, hacerme heridas en las manos porque estoy intentando hacerlo bien, decir te quiero sólo cuando te miro a los ojos, resistir cada vez que sopla fuerte el viento y creo que vuelvo a perderme entre la inmensidad blanca a mis espaldas. Me dedico como si fuera un pájaro carpintero a construir mi pequeña cabaña, en la que hay sitio para los dos.

He tenido que decidir y cambiar muchas veces en la vida de canal, de zapatos, incluso de máscara. Y ahora, hace tiempo que sólo busco extender las alas, saltar y llegar tan lejos como pueda, y poder dormir tranquilo cuando se vaya el sol y vuelva a hablar con el espejo después de una ducha fría.

Y cuando toco las sábanas, esas en las que alguna vez te has quedado dormida, me doy cuenta de que sólo quiero un café contigo y los besos de siempre, ¿puede ser?

Historia breve de nuestros fracasos.

He ido recolectando en una botella de vidrio todos los errores cometidos, todos los fracasos que alcancé y ahora los tengo guardados, a modo de colección en la estantería que hay encima del televisor del salón para que cualquiera que entre a casa pueda verlos. Lo cierto es que ningún invitado hasta la fecha se ha acercado lo suficiente como para preguntarme qué hay dentro pero no sigue ningún orden ni concierto. Acumulo todo aquello que sólo con verlo me trae recuerdos, sean del tipo que sean. Hasta algunos que preferiría olvidar pero creo que merece la pena recordar, por la profundidad de las heridas que dejaron, por todo lo que supuso el naufragio que provocaron.

Un ticket de parking, una piedra pequeñita, una llave vieja y ya oxidada, la última página de un libro que no quise leer para que la historia no acabara, una servilleta con tu pintalabios marcado, un pendiente que perdiste y encontramos a los meses, una chapa de un botellín de cerveza que tomamos en Madrid, el set-list de un concierto de Vetusta Morla, la pulsera de aquel festival para olvidar, los billetes de avión a ninguna parte, el envoltorio de la mejor chocolatina que he probado en la vida, un chupete mordido, la entrada de Up, la tarjeta de visita de aquel psicólogo loco, una polaroid borrosa em la que salimos metidos en las fiestas de tu pueblo.

Ahora miro atrás y veo un fracaso tras otro, un traspiés, un tropiezo, una caída.

Y no sé cómo lo he hecho para levantarme siempre, para conseguir mirar al frente y mantener el paso, aunque no todo el tiempo sea firme, como la zancada del soldado en un desfile.

Supongo que la vida va de eso, de recomponerse siempre, pase lo que pase, porque nosotros seguimos mientras otros ya se han ido, y otros seguirán cuando nosotros nos vayamos.

Y parece que al final todos redactamos de un modo u otro, con letra, fotografías o canciones, la historia breve de nuestros fracasos.

Para no olvidar, pero sobre todo para no volver.

Texto escrito para Krakens y sirenas.

Literatura universal.

Leo tu piel como si fuera mi libro favorito, y soy capaz de descubrir puntos suspensivos, signos de interrogación y puntos y comas mientras te descifro. Adivino aliteraciones y paranomasias en tus besos, y me pierdo entre concatenaciones y anáforas cada vez que puedo, sin saber muy bien por qué ni cómo. Somos maestros de la hipérbole y el oxímoron, de hacer arder el hielo, brillar en medio de la noche y congelarnos por culpa del fuego.

Soy incapaz de distinguir ciertos tipos de poesía, ni de contar bien las sílabas de un verso alejandrino, ya no sé hacer un análisis sintáctico sin equivocarme y admito, sin vergüenza, que tengo cientos de clásicos sin leer.

Y llegas tú y te conviertes en el cuerpo perfecto para estudiar toda la literatura universal, capaz de resumirme las epopeyas griegas, las mil y una noches y las historias de Tolkien. Haciéndome seguir las aventuras de Sherlock y Moriarty, el juego del gato y el ratón, a través de tus costillas y divagar sobre el bien y el mal con Goethe y Nietzsche si bajo de tu ombligo. Me podría colgar entre tus piernas con Dune y Fundación, y enredarme en tu pelo con Orgullo y Prejuicio; acercarme a tu oído con Bolaño y Clarice Lispector, y mirarte a los ojos repasando la Generación del 27.

Quizá por eso tengo una estantería llena de libros que no deja de crecer.

Al final, todos los días llega un momento en el que tomo aire, me doy un respiro mientras miro por la ventana y observo cómo la gente vive ajena a todos mis pensamientos.

Un poco más de paciencia, amor.

Y no sé si estoy escribiendo para que me leas, o sólo estoy hablando conmigo mismo.

El chico que nadie conoce.

Todos imaginamos la vida de los demás de una forma muy distinta a la nuestra y las calificamos de acuerdo a nuestro sistema de valores y creencias.

Está la familia con dos niños de la mesa de la izquierda, que parecen felices. Miras su ropa y adivinas que deben tener un buen trabajo y pocas preocupaciones, con unos sueldos que les permiten que sus hijos vayan a un colegio privado, a inglés, alemán y tenis de lunes a viernes. Imaginas que tienen un apartamento o un buen chalet en la costa alicantina donde pasar el mes de agosto, mezclándose con extranjeros con la cartera llena de suculentos billetes y los calcetines casi hasta las rodillas. Después de observarles durante unos minutos percibes que la madre está pendiente del par de niños rubios que pelean entre ellos y que el padre, copa de vino en mano, mira a la calle sin inmutarse.

Vuelve a tu mesa, das un trago al contenido de tu vaso, pierdes un par de minutos con el teléfono móvil, hasta que levantas de nuevo la vista.

Un par de parejas se miran con cara de enamorados, se rozan las manos, comparten risas contagiosas, mientras otros discuten airadamente hasta que ella se levanta y él no sigue sus pasos; otros, un poco más allá, remueven un café con hielo sin mirarse a la cara mientras fuman y dejan que la ceniza caiga en el suelo. Ella tiene cara de cansada, él parece de piedra. Crees que a él no le interesa lo que a ella le pueda suceder y que tampoco le importa.

Otro grupo, en la mesa que se encuentra en tu derecha inmediata, habla sobre la última despedida de soltero a la que acudieron. Alcohol, drogas, la morena que acabó con el novio y el secreto incómodo del día de la boda, secreto a voces.

Quizá esa es su historia, quizá todo es un mero invento. Tu cerebro jugando mientras coge palabras sueltas y frases de cada conversación, tejiendo cuentos chinos que nada tienen que ver con la realidad. Tu lógica uniendo puntos después de interpretar a tu manera caras, gestos, voces.

Luego estás tú, sentado solo, cara de haber dormido poco en las últimas semanas, o en los últimos meses. Un pequeño cuaderno de tapas negras lisas, un bolígrafo azul. Levantas de vez en cuando la mirada. Pensarán que eres un friki o quizá quieren pensar que eres un escritor de éxito pero no les suena tu cara. Demasiado joven, demasiado normal. Un cigarro reposa en el cenicero mientras el humo asciende y la cerveza burbujea con suavidad. Se preguntan por qué nadie te acompaña, por qué nadie comparte mesa contigo. Unos vaqueros, una camiseta negra sin logos ni marcas, unas zapatillas bastante usadas, una mochila vieja entre tus pies. No das demasiadas pistas sobre quién eres o a qué te dedicas.

Está de vacaciones en la ciudad.

Ha roto con la novia.

Sus amigos lo han dejado tirado.

Es un bohemio.

Me da pena ahí solo sentado.

Ya está, otro moderno de esos.

Seguro que viene todos los días.

Y la gente se pregunta por ti, igual que tú te preguntas por ellos e inventan tu vida como tú inventas sus vidas, y te hacen desgraciado, o feliz, o lleno de problemas, como tú los haces desgraciados, o felices, o llenos de problemas.

Pero tú sólo eres el chico que nadie conoce.

 

 

 

[Texto publicado el 8 de agosto de 2018 en Krakens y Sirenas.]