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Glaciares.

Todo el mundo cuenta historias, historias que a veces son reales y sólo son pura ficción. Es tan complicado separar la realidad de lo demás.

Los seres humanos lo perdimos todo el día que dejamos de creer en la magia y en la fantasía, y decidimos que lo único válido era esta mísera existencia que habitamos. Echamos abajo los viejos mitos, las leyendas y los cuentos infantiles con la superioridad moral que nos da el paso del tiempo y verlo todo con retrospectiva. Dejamos atrás la inocencia, la visión bondadosa del planeta y de las personas para ir transformándonos en viejos y viejas enjutos y llenos de prejuicios.

Olvidamos que necesitamos de la imaginación para sobrevivir, que necesitamos de todos esos sentimientos que aparcamos para poder mirar al futuro con una chispa de ilusión. Olvidamos que no hace falta que llueva para poder emborracharse, y que no siempre hay que acabar para poder empezar de nuevo.

La ficción me ha ayudado a destruir todos estos templos de tristeza que crecen en mi interior, a superar las pérdidas, a entender los brillos y el contraste, a ver luz entre toda esta visible oscuridad.

Todavía somos más jóvenes que valientes, por eso aún podemos echar algo de agallas al asunto y cambiar todo aquello que no es como nos gustaría.

Aún podemos escribir un libro, plantar un árbol, tener un hijo.

Aún podemos hacer que importe más la música que el fútbol.

Aún podemos hacer que el ajedrez gane al crossfit.

Aún podemos hacer que el amor sea algo más que unas palabras impresas sobre un papel.

Estoy sentado en el abismo, con los pies colgando sobre la inmensidad, viendo cómo las fábricas tiran humo y las personas ladran. A veces, mientras observo el desastre hacia el que nos acercamos, sólo quiero escapar, coger algo de dinero y empezar otra vida lejos de la ciudad, lejos del ruido de mis pensamientos, lejos de tanto sentimiento insano.

Desde aquí arriba, o incluso cuando estoy mucho más abajo, más abajo de tu vientre y de tus piernas, tengo tan claro que seguiría perdiendo el equilibrio a diario contigo, que no volvería a hacerle caso al viento que viene a que olvide tu nombre, que no quiero ver los glaciares creciendo entre nuestros besos.

Quizá sólo soy un personaje de una mala novela romántica italiana.

Quizá soy sólo esa bestia solitaria que vive en lo alto del castillo mirando cómo se marchita una rosa porque nadie se atreve a quererla lo suficiente para acabar con la maldición.

Quizá todo esto es ficción pero aún estamos a tiempo de convertirlo en realidad, de hacer que las canciones o los poetas mediocres hablen de nosotros.

Capitán cobarde.

Miras a lo lejos y parece que da igual la cantidad de sol que bañe los campos y las calles porque todo es gris en tu cabeza.

No tienes remedio.

A pesar de no querer, de prometértelo a ti mismo una y otra vez, has vuelto a caer en el error, has vuelto a pensar de más, has vuelto a poner los pies en el suelo y darte cuenta de lo que te rodea.

Silencio.

Soledad.

Y mil demonios estirando del hilo que parecía que empezaba a encargarse de curar tus heridas.

Has vuelto a darte cuenta de que no hay solución fácil, y que irte de donde no quieres va a hacer más daño del que imaginabas al principio.

El principio, el momento en el que creemos que todo es posible y que seremos capaces de cualquier cosa.

El principio, eso que ya parece tan lejano y que te has encargado de borrar por completo.

Y desde el puerto siguen zarpando barcos que van a intentarlo contra el mal tiempo, que van a lanzarse a pesar de que el temporal les pueda destrozar los cascos. Y es que la valentía tiene parte de eso, de lanzarse al agua sin saber si saldrás vivo, de apostarlo todo sabiendo que puedes perder, de dar un beso sin saber si el amor durará para siempre.

Supongo que eso me pasó contigo, que cerré los ojos y fui a por todas, y he vuelto a casa con las manos vacías. Ahora tendré que esperar a ese otro clavo que te saque de mí, que me borre la mente, que me barra las cenizas que has dejado a tu paso.

Es curioso porque esta vez no voy a ser yo el cobarde, no voy a ser yo el que se quede con las preguntas destrozándole los sueños.

Y al menos, aunque te eche de menos podré dormir tranquilo sabiendo que puse mis manos para todas las caricias y las intenciones para trazar los mapas que iban a ser para los dos.