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Tanta gente triste.

Nunca he visto tanta gente triste como ahora.

Tampoco tanta gente enfadada ni llena de rabia.

Crece el odio, la ansiedad, el llanto, los gritos.

Quizá es que la vida nos empuja de manera inexorable hacia un destino que no deseamos pero, sin embargo, no somos capaces de evitar (o no queremos, o no podemos); las variantes y las posibilidades son tantas como las diferencias entre los copos de nieve al microscopio.

Poco a poco vas percibiendo el desgaste en las ganas, en los huesos, en las palabras.

Poco a poco dejas que el mundo te aplaste, igual que aplastaste tú a aquel grupo de hormigas en el patio del colegio cuando tenías ocho años.

Y se esfuma todo.

Comienza la autodestrucción.

Y el engaño de que da igual esforzarse porque nada va a mejorar.

Caemos en la trampa, volvemos a cometer el mismo error que nos condujo al pozo sin luz en el que estamos metidos hasta la cintura.

Y sólo me salva ese pequeño desastre que armas a mi alrededor cuando te veo, el caos que desatas de un momento para otro.

Sólo sé que las hojas siguen temblando ahí fuera y tú no estás; pero queda esperanza, he visto a un viejo sonreír mirando al cielo.

Tocará seguir luchando contra viento y marea.

[y los idiotas, que es lo que más cuesta.]

Diciembre.

Diciembre siempre es una mezcla de alegría y tristeza, de mesas llenas y corazones vacíos.

Y al revés.

Diciembre es un poco más gris que el resto, a pesar de las luces y los adornos navideños.

Ahora que han pasado los días de comidas y cenas familiares, de sonreír sin ganas y hacer como que disfrutas de todo, ahora vuelven la tranquilidad y el silencio. Toca despedir el año, o que él se despida de nosotros, con un portazo para no volver a vernos.

Espero olvidar pronto los malos momentos. Ha sido un año demasiado raro, tan lleno de baches y subidas, tan lleno de caídas y miradas al abismo, tan lleno de saltos, muros, noches sin dormir, sonrisas en las que no creía y un poco de felicidad.

Y parece que sólo he conseguido mantenerme a salvo gracias a tus manos.

Parece que me has hundido sólo para salvarme de nuevo.

A partir de ahora habrá que ver las películas nominadas a los Oscars en el cine, esperar los resultados de las elecciones después de la primavera, buscar nuevos grupos que nos alegren los días, intentar viajar más y más lejos, encontrar un hueco en el que sólo haya sitio para nosotros.

Necesito tiempo y café infinitos, menos vasos de plástico y más calma.

Me hacen falta menos libros y más lecturas, más música y menos discos.

No sé si ahora me entiendes o sigo explicándome mal, como me pasaba al principio.

Pero sigo callando te quieros por miedo a equivocarme.

Jodidos por dentro.

Me sirve si todo esto vale para algo, si después de ti ya no va a llegar nadie más que me rompa en mil pedazos y trate de esconder los trozos debajo de la alfombra como si no hubiera pasado absolutamente nada, borrando los restos del crimen, intentando ocultar las verdades, los recuerdos y las deducciones que creímos hacer correctamente.

Suena Carolina Durante y el calor aprieta tanto como lo hacen tus manos alrededor de mi garganta.

El problema no lo tengo en olvidar, el problema viene cuando follar está muy bien pero de pronto vuelve tu nombre a la cabeza y tengo ganas de saltar por la ventana.

He leído que todos los escritores acaban relatando de una u otra forma sus propias historias de amor (perfectas, tórpidas, tóxicas, idílicas, eternas, medievales, platónicas, etílicas), que sufren, que se desangran, que unos lo superan y otros se quedan flotando en la balsa de la memoria hasta el fin de los tiempos.

Al final todos estamos jodidos, por uno u otro motivo, pero estamos jodidos por dentro.

Y no nos acaba curando ni el Mundial, ni la cerveza, ni una puesta de sol en las mejores playas, ni dormir abrazados a la persona que queremos.

¿Qué haces cuando no hay antídoto?

¿Qué haces cuando sabes que nada sirve?

No sé si tú también tienes esa sensación de vacío permanente, aunque a veces esté en el centro del pecho y otras lo sientas al mirarte las manos, o al mirar al techo cuando el insomnio se cuela en tu cama; como si no entendieras el propósito que tienen tus pies pisando la tierra.

No sé si también tienes la claridad de un lunático cuando se van las nubes a fin de mes respecto a la mierda de tus sentimientos.

No sé si también te odias a ti mismo, si te lamentas por todo, si sientes que has perdido el tiempo, las ganas, las fuerzas, la salud, y que sólo has conseguido llenarte de puñales y náuseas.

Ya llegará el otoño y podré esconderme de nuevo sin que nadie pregunte por mí, mientras tanto fingiremos en el mar, sonreiré para las fotos y me salvaré una vez más sin saber cómo ni por qué.

Acuarelas por el suelo.

No sé por qué no me canso de buscarte entre mis sábanas. No entiendo este afán de creer que todo ha ido siempre bien. Este desastre que creamos era una especie de paraíso perdido en el que los dos vivíamos sin límites, creyéndonos invencibles, pensando que jamás nos haríamos daño, imaginando que nos podríamos curar aunque fuera en la distancia de las noches de verano.

Yo estaba intentando dibujarnos un futuro mejor, (sí, para los dos) porque se supone que merecemos querer y ser queridos. Merecemos la verdad, la pasión, las caricias sin ningún tipo de mecanismo de contención, morirnos de calor al mezclar nuestra saliva.

Y ahora están todas las acuarelas por el suelo, poniéndolo todo perdido de colores con los que teníamos que pintar nuestros cuerpos antes de ponernos a retar al sol y a las mareas.

Y sigo tus huellas en la arena, tratando de encontrarte de nuevo antes de que el mar lo borre todo, como mi cerebro quiere borrar tu recuerdo cuando me baño entre lágrimas ácidas. Y no lo consigo ni con otros cuerpos más dóciles, más ágiles, más suaves que tocan a mi puerta.

No sé si hemos sido sólo guerra y vicio, o si realmente había amor en tus palabras, en tus abrazos, en tus susurros y en tus miradas de reproche.

Lo malo (o lo único bueno) es que luego la veo: me abraza, me besa, me mira, y se me olvida el dolor, el sufrimiento y la tristeza.

Como si nunca hubieran estado ahí.

Como si fueran las nubes que se van después de la tormenta.

Y vuelta a empezar.

Ese extraño superpoder.

Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, ¿verdad? Algunas veces hay que tomar distancia y aire para aprender a valorar las cosas y saber apreciarlas. Es como cuando llevas meses sin poder conciliar el sueño con tranquilidad y recuerdas cómo era la sensación de despertarte descansado. Llevo tanto tiempo sin dormir profundamente, con los motores trabajando a todo trapo, con el cerebro procesando información las veinticuatro horas del día que supongo que de un momento a otro la maquinaria parará por completo y no podré abrir los ojos durante meses.

Quizá sólo necesito un estado catatónico para recuperarme por completo.

Es todo tan horrible ya.

Esta mezcla de nerviosismo, miedo e inseguridad que nunca acaba.

Pase lo que pase.

Y es que cometemos el grave error de pretender que nos curen otros, de dejar la responsabilidad en manos ajenas. Cometemos el error de pretender que la felicidad de los demás está por encima de la nuestra.

No sabría decir muy bien en qué etapa vital me encuentro, por mucho que lo analice. He conseguido convertir en un auténtico infierno lo que debería ser un momento absolutamente feliz. Tengo esa capacidad, ese extraño superpoder, de arruinarme sin necesidad de que lo haga nadie más.

He metido la pata tantas veces y tan hondo contigo por culpa del pánico, que he conseguido asustarte y alejarte, y ya no sé cómo ni qué decirte para que veas el horizonte como lo hago yo. Para que veas que a tu lado ningún domingo me parece gris, ni odio tanto a las personas y me acaba gustando hasta el peor de los cafés. Para que veas que las cosas ya son bastante difíciles como para que las compliquemos más. Para que veas que querer también puede ser suficiente si se trata de nosotros dos. Para que veas que contigo sólo quiero sonrisas y alejar todo el dolor.

Voy a calmarme un poco después de estas semanas de tormenta incesante, voy a tragar saliva y dejar de hablar y pensar.

Voy a pedirte perdón por hacerte daño cuando es lo último que quiero.

Voy a dar un paso atrás, volver a la sombra.

Lo de alejarme demasiado, lo de olvidarte, lo intento en otra vida, que en esta no puedo.

Este tango sin pareja.

No sé si voy a quererte para siempre, pero lo intentaría.

Si me dejaras.

Si no quisieras que me apartara poco a poco y en silencio de tu lado.

Las personas, habitualmente, acabamos haciendo lo contrario a aquello que queremos por alguna estúpida razón que ningún existencialista ha sabido explicar.

Somos así de gilipollas.

Quieres volar pero te cierras las ventanas, quieres reír pero escuchas a Andrés Suárez, quieres hablar pero te callas sin mirar a los ojos.

Nos refugiamos en anteponer a los demás, en dar importancia a las circunstancias, en el miedo, en la cobardía y nos acabamos olvidando de nosotros mismos.

Como si nuestra vida la fuera a vivir alguien que no lleva nuestros zapatos.

Estoy tan cansado de intentar sobrevivir entre mentiras, huesos rotos y paredes desconchadas, tan agotado de intentar bailar este tango sin pareja, tan harto de buscar fuerzas y ganas donde no voy a encontrarlas.

Vivo en un bucle de heridas sin cerrar y saliva que no cura, en una espiral llena de náuseas y dolor precordial, en un barco perdido en el Ártico que no llega nunca a su destino; y me pregunto algunos días si voy a estar siempre buscando un lugar en el que quedarme porque no vas a abrirme la puerta.

Tengo un cuadro de Edward Hopper colgado del corazón, una libreta con palabras de Borges que no podré igualar, una máscara de Venecia con la que me gustaría ocultarme la mayor parte del tiempo.

Siento haberte hecho esto, dejarte con la responsabilidad de cargar con alguien como yo, siento haber dejado que entre las ramas secas de mis dedos brotaran tus flores un día de diciembre, siento haberte convertido en lo más importante, en mi jodida Estatua de la Libertad, portadora de fuego y luz, y verdad.

Siento haberte hecho esto, enamorarme como se enamoran los que se creen inmortales, sin miedo a corregir los errores, a tender la mano, a tapar el sol, a detener los planetas si te mareas al mirarlos, a admitir los fallos, a respirar contra tu cuello y dejar que pase el tiempo.

Siento querer que seas la única protagonista de mis novelas y que tu piel se convierta en las páginas que escribir día a día.

No sé si voy a quererte eternamente, pero estoy dispuesto a hacerlo.

Aunque no me dejes.

Y el bucle vuelve a empezar.

Lo único y lo último.

Predico en el desierto, hablarte a veces es como meter monedas en un bolsillo roto. Mis palabras caen al suelo, ni siquiera te paras un segundo a prestarles atención, a intentar ver más allá de las formas, buscar el verdadero significado. Te quedas con la superficie igual que hace el resto cuando no debería ser así.

Esperaba otra cosa.

Esperaba tantas cosas.

Que ya no van a suceder.

La gente ya me mira y me pide que salga de este puto agujero y no puedo. No tengo fuerzas para afrontarlo todo, hace tiempo que las paredes caen sobre mí sin que pueda sujetarlas. Hace tiempo que el corazón me parpadea como señal de alarma, para intentar evitar el dolor de manera permanente y no lo consigue, no lo consigo.

Estoy herido entre tanto fuego amigo.

No soy capaz de olvidarte, de dejarte atrás, de caminar sin buscarte con la mirada.

No soy capaz de quitarme el nudo en el estómago ni la tristeza con una ducha caliente, ni con pastillas blancas, ni con golpes en la cabeza.

Me gustaría levantarme un día y sentir indiferencia, que nada importara, que todo fuera relativo, que no me hiriera mi imaginación, ni una palabra, ni un nombre apareciendo de la nada en la pantalla de un teléfono.

Te equivocas al creer que me curo cuando te alejas.

Te equivocas al pensar que disimular es la mejor opción.

Te equivocas al pensar que nadie se ha dado cuenta de lo que me pasa.

Te equivocas al creer que es mejor no arriesgarse, aferrarse a la comodidad insana de lo conocido.

Me equivoco al creer que algo va a cambiar por mucho que siga con las manos tendidas hacia a ti esperando a que vengas para abrazarte de por vida.

Me equivoco al pensar que querernos sirve de algo.

Me equivoco al pensar que ves en mí lo mismo que veo yo en ti.

Me equivoco al creer que saldrás a la luz dejando atrás los miedos.

Cuidarte en la distancia, ser tu escudo hasta convertirme en materia inerte, impedir que te derrita el sol del verano, no dejar que te tumben las malas rachas de viento, ni que tus pies se queden anclados en el lodo.

Es lo único y lo último que puedo hacer.

Es lo único y lo último que me dejas hacer.

Autodestrucción.

Un día todo se va a la mierda sin saber muy bien cómo has llegado hasta ahí. Te despiertas de madrugada con el corazón a punto de salir por tu garganta y un temblor frenético te hace ser consciente de la mentira en las que has estado metido. Te preguntas sin poder parar cómo has permitido que alguien se adueñe de ti sin darte cuenta, cómo has conseguido reducirte al mínimo y quedarte escondido en un rincón mientras los demás siguen caminando. Te preguntas cómo estás dispuesto a darlo todo por quien no es capaz de mirarte a los ojos para despedirse de una vez por todas.

Me siento un turista en mi propia vida, como si siempre estuviera de paso, como si nunca acabara de encontrar un lugar en el que cerrar los ojos y sentirme tranquilo conmigo mismo, como si estuviera condenado a no tener a nadie que quiera acurrucarse contra mí en una noche de viento.

Las ojeras me responden con dureza en el espejo y tengo que ocultarme tras las gafas con excusas que empiezan a acabarse, tengo que esconderme para no decir una verdad que me consume desde dentro como el fuego griego consumía las flotas en el mar.

Sin ganas ni posibilidades de luchar más, me doy por rendido y por perdido.

Ahora me gustaría conseguir que los recuerdos no me deshicieran, como si estuviera hecho completamente de cera, cada vez que aparecen en mi mente.

Ahora me gustaría ser de piedra y no sentir, ni respirar, ni tener que luchar entre las olas por una bocanada de aire que parece que nunca llega a mis pulmones.

Ahora me gustaría cerrar los ojos y despertar curado, sin sentir un vacío que aprieta hasta obligarme al llanto cuando se van los focos y acabo mi función delante de los demás.

Si al final sólo he sido una pérdida de tiempo, un entretenimiento cuando no había nada mejor que hacer, una opción para alejar un rato esa sensación de incomprensión y soledad que se aferra siempre al cuello y tira hacia el suelo.

A las oportunidades les pasa como a los muertos, que no vuelven una vez se van, que desaparecen para siempre.

No me hacías falta para destruirme, siempre he sabido hacerlo muy bien solo. La única diferencia es que así todo duele más.

No sé, quizá ayer te abracé por última vez.

Los domingos siempre son tristes.

Los domingos siempre son tristes, tienen ese aire arrastrado de pesadez en los párpados y en el corazón que hace sentir Galeano cada vez que le lees.

Los domingos siempre abres los ojos y te falta alguien al lado o en la mesa, y no sabes cómo afrontarlo.

No estamos preparados para todo aunque lo intentemos con ahínco, no estamos preparados aunque tratemos de convencernos de lo contrario.

Al final, a mí me importa poco que afuera las calles estén llenas de luces de colores y de las risas de la gente, porque de puertas para adentro sigo teñido de un gris pegajoso que nunca consigo limpiarme del todo, como ese líquido negro que se quedó viviendo en las costas durante demasiado tiempo.

Los domingos siempre son tristes pero mantienes la sonrisa a flote sin saber muy bien cómo, intentando pasar desapercibido en un mundo que no quiere fijarse en el dolor de los demás más de dos segundos, en un mundo en el que si pides ayuda lo fácil es mirar hacia otro lado. Hemos convertido la soledad en sociedad en algo normalizado.

No hay un segundo que sienta consuelo, aunque haya música de fondo y manos que me acaricien la nuca, y siempre se refleja la búsqueda constante en mi mirada, el sentimiento de culpa sin perdón y la necesidad de estar contigo.

Apunto al objetivo sin balas que disparar, sin ningún tipo de suerte.

Habito cuartos vacíos de recuerdos y de voces conocidas.

Sueño con imposibles en realidades paralelas.

He vuelto a cortarme la yemas de los dedos pasando las páginas que hablan de nosotros.

Suspiro porque ya no puedo gritar con fuerza.

Nunca estoy en la torre de control dirigiendo mis aterrizajes y despegues.

Está todo sembrado de dolor que ya no puedo disfrazar.

Los domingos siempre son tristes pero hay una pequeña luz y me sigue guiando hasta a ti.

¿Por qué nunca se apaga?

Desidia.

Todo son explosiones y a mí me duele el estómago, la cabeza y las ausencias.

Lo de ganas de vivir suena a algo desconocido para mí.

Te has dado cuenta ya de que sigues fingiendo, que aparentas estar bien cuando por dentro eres todo arenas movedizas, que todavía intentas sostener el peso del mundo sobre tus hombros pero ya no resistes como antes. Nos desgastamos mentalmente como se desgastan los huesos de un anciano, sin que le des importancia hasta que empieza a latir el dolor en las articulaciones.

Nos damos cuenta de las situaciones casi siempre demasiado tarde, cuando estamos con el agua al cuello y es difícil ya buscar una cuerda que nos saque del agua antes de comenzar a tragar líquidos y morir de una manera parecida a la que nacimos, encogidos en nosotros mismos y sin poder respirar. Vamos haciendo nudos allá donde pisamos, volviéndolo todo complejo y enmarañando los cables hasta electrocutarnos.

Yo no puedo luchar más, voy a dejar que llegue la primavera y las lluvias de abril hagan conmigo lo que tengan que hacer: dejarme en la orilla, arrastrarme hasta el mar, convertirme en un estúpido mensaje dentro de una botella de vidrio.

Dejo ya de gritar porque no tiene sentido hablar en voz alta sin un público atento.

Dejo ya de correr porque no vale la pena esforzarse sabiendo que no vas a llegar.

Voy a dedicarme a mirar por la ventana hasta que las noches empiecen a encenderse con los meteoritos y el mundo huela a azufre, hasta que se me borre la memoria como un disco duro, hasta que no pueda mover las piernas porque ya no sepa hacerlo.

En otra vida trataré de no instalarme en la desidia cada domingo por la tarde pero mientras tanto voy a hacerme un café y a morir un poco, que es lo único que se me da bien.