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Tragaluz (Parte 7)

Augusto Francisco. Quinta planta, puerta veinte.

Quizás nos damos cuenta demasiado tarde de lo realmente solos que estamos.

Me he quedado sin papel.

Mi voz resonó por la estancias vacías de la casa que, por alguna extraña razón, heredé de mi abuela. Quién diría que en realidad todos aquellos paranoicos que fueron a saquear la zona del papel higiénico, de hecho, estaban en lo cierto. Nunca una suscripción gratuita había dado tanto de sí, y mucho menos la genial idea que habían tenido los italianos de hacerse con la versión premium de Pornhub.

Yo no tenía mucha afición por la decoración ni por las tendencias. Apenas me gustaba la limpieza o la cocina. Lo único que traje de mi anterior domicilio hacia mi nuevo regalo, fue el ordenador de sobremesa y una maleta pequeña con la ropa. Sabía que la maldita vieja lo había hecho en un último intento de enmendar toda la mierda de persona que había sido en su vida. La mierda de madre que había sido para su padre, aquel teniente coronel del que tan orgullosa se sentía, incapaz de demostrar ningún tipo de sentimiento que no fuera ira o furia cada vez que yo me portaba mal. Cuando llegué lo único que cambié fueron los portarretratos. Simplemente les di la vuelta en un triste intento por olvidarme de la familia, pero dejando claro que mi abuela nunca ganaría.

Cuando me di cuenta que me había quedado sin papel miré mi mano manchada de blanco lechoso y pensé que nunca lo había probado. Me relamí. Puse cara de asco y escupí al suelo.

–Menos mal que yo nunca tendré que hacerlo.– Ni tú ni ella, perdedor.  Resonó una voz en mi cabeza. Torcí el gesto molesto y terminé de limpiarme la mano en la camiseta. Había decidido que durante el encarcelamiento no me pondría los pantalones porque total, ¿para qué? Lo único que tenía conectado en la casa era el router. No había lámparas y con las persianas bajadas todo cobraba un aspecto lúgubre y fantasmagórico que parecía sentarle bien a mis piernas desnudas.

–No tengo comida. – En el frigorífico apenas quedaban dos trozos de brócoli mohoso en el fondo del cajón de las verduras que había comprado en un intento de comer sano. Pensé si rascar el moho y comérmelo. ¿Sabrá como el queso azul? Menos mal que el congelador seguía lleno. Pero no sabía cocinar lo suficiente como para usar nada de lo que quedaba. Paquita me había ofrecido comida el otro día. Un tupper con lentejas. Con malditas lentejas. ¿A quién le gustan las lentejas? No podría haber traído una lasaña, quizás su famoso conejo al ajillo, pero no, un maldito tupper hasta los bordes de lentejas. Seguro que era porque nadie quería su maldita comida. Seguro que absolutamente nadie la quería e iba buscando la aprobación de los demás con cualquier regalito.

–Maldita zorra.– Sí, pero bien que te gusta mirarle cuando se emperifolla para ir al bingo o para bajar al bar. Volvió a sonar aquella voz. –Cállate.– Que abres la puerta para oler un poco de su perfume y poder tocarte a gusto.  

La voz fue interrumpida por un ataque de tos y una mancha de sangre en mi mano. La verdad es que había estado tentado de llamar varias veces al número que me habían dado pero, ¿para qué? Para quién.

–Para quién. –musité sin apenas esperanza.

Me senté en el sofá de cuero orejero de mi abuelo, en el que tantas ocasiones él se había sentado para tomarse su vermú, o su copazo de whisky mientras despotricaba de los malditos rojos, de sus batallas en el frente y de aquella vez – siempre tornándose la cara más roja y los ojos más vidriosos – que miró de frente al enemigo y disparó. Aquellos imbéciles se dedicaban a cavar siempre sus propias tumbas. E instantes después se quedaba dormido. Mi cara se vio levemente iluminada por la pantalla de su móvil, era muy raro recordar el día en el que mi abuelo se suicidó y vino mi madre anegada en lágrimas a mi habitación para gritar que Lolita se había muerto. A nadie le importaba el abuelo. Al parecer María Dolores era la única santa de la familia. La misma María Dolores que zurraba a sus nietos cuando lloraban y podían así despertar al señor de la casa. La misma María Dolores que enseñó a sus padres que las niñas se visten como princesas y los hombres como personas de bien, como españoles, como su abuelo, el hombre que salvó a la nación.

–Doce mil – exclamé con el mínimo de expresión– y nadie de este maldito edificio.

Sentí una extraña y lujuriosa sensación recorriendo mis entrañas cada vez que pensaba en la muerte de alguno de mis vecinos. Mascullaba y dejándome llevar, en mi mente iban apareciendo las imágenes de cada uno de ellos: de aquella tonta que se pensaba que nadie la veía cuando salía por la noche, del idiota del perro que juraba que ahí fuera no había cómo contagiarse por darle un paseo, de la loca de los pájaros que andaba todo el día por las nubes y no dejaba de dar la brasa a sus vecinos con el tema del cóndor, que si el cóndor esto, que si el cóndor aquello, ¡señora! Es una maldita ornitóloga, existen miles de pájaros en el mundo y usted erre que erre con el maldito cóndor. La pija que seguía pensando que tenía al mundo a sus pies y que vivía en una película de Amenabar cuando no llegaba ni a ser el extra en una de Almodóvar. El fotógrafo, , me desesperaba el maldito fotógrafo, que se quedaba días “editando” sus fotos y apenas usaba los valores de contraste al máximo y el HDR sin tener ni idea de dónde estaban los puntos de saturación, y tenía los cojones de enseñar sus últimas “obras” como si fueran joyas del mundo de la luz.

No hablé con nadie pero los tenía a todos vigilados. Me quedé mirando fijamente el marco de las fotos mientras seguía mascullando el odio que le tenía a mis vecinos y desdeñando sus ridículas vidas.

Sonó el timbre. Fui a mirar por la mirilla y ahí estaba Paquita. Tenía otro tupper entre las manos y mantenía la sonrisa fija. Corrí a ponerme un pantalón y le abrí la puerta. Olía a croquetas y no hice caso a nada de lo que me estaba diciendo. Apenas dije gracias, casi le arranqué de las manos el tupper antes de cerrar la puerta. Unos minutos después de que me sentara y probase la primera croqueta oí un sonido sordo. Me giré un segundo hacia la puerta, como no oí nada más, me encogí de hombros e instantes después cogí mis cascos y me puse a escuchar música.

Escrito por Alejandro León.

Twitter: @Mentrat

Tragaluz (Parte 6)

                             Olvido. Primer piso, puerta 1.

“El orden de los recuerdos no altera el olvido”

 Autor desconocido

Me pica todo el cuerpo, tengo la sensación de que un millón de agujas aguijonean cada milímetro de mi piel, si sigo rascando empezará a sangrar porque otra cosa no, pero rascar, rascan que da gusto las uñas de gel, veinte pavos en el chino de la esquina y va una arreglá’. Las llevo aún pintadas de color naranja ING Direct que diría mi churri. Bueno, mi ex churri, o yo que sé ya. Lucía lo mismo viene que va, lo mismo me ama locamente que me tiene asco. Y yo… yo me dejo querer.

No puedo dormir, son las nueve de la mañana y necesito unos benzos para bajarme el globo del MDA. Me va a tocar llamar a Paquita a ver si tiene algo, la vieja es como un grano en el culo en el bloque y apesta a laca que tira para atrás pero es la única que me fía la mercancía. Últimamente no tengo tantos clientes con la mierda del virus este y ni para que les chupen la polla salen los desgraciados a la calle. Desde luego, si no muero contagiada moriré de inanición.  Llevo ya 15 días de vacas flacas por el polígono.

El gato no aparece desde ayer, luego que porqué lo llamo gato, a secas, y no le pongo nombre. El pienso que le puse ayer sigue intacto, abriré la ventana por si vuelve y me pilla dormida.

Sigo rascándome las piernas, afú.

Paquita me ha dicho que no suba que baja ella. Tiene que ir a comprar comida. Já, comida, como si no supiera que ella a donde se dirige mañana sí y mañana también es al bar de enfrente que le suben media persiana y le enchufan la máquina tragaperras sólo para ella. Vieja viciosa del demonio, y se permite mirarme por encima del hombro a mí. Pa’ flipar.

Otra vez está el Ezequiel apuntando con la cámara para mi ventana, otro enfermo, aquí no se libra nadie, estoy por quitarme la camiseta y darle un primerísimo plano de mis tetas, porque otra cosa no, pero tengo unas tetas preciosas. Lástima que el tiempo haga mella en nuestra carne, a mis 37 ya noto la implacable crueldad del tiempo. Hoy echo de menos a Lucía.  ¿Qué hora es? ¿por qué tarda tanto en bajar Paquita?

Voy a sacar el satisfyer del cajón,  un par de orgasmos después de la benzo y a dormir, a ver si hoy me dejan descansar un rato. Ayer Raquel estuvo a voces por la escalera creo que con la amargada de los gemelos, lo que yo digo, que no hay ni una persona medio normal en toda la finca.

Llaman al timbre, debe ser Paquita.

10:15. Por Dios, cómo casca la abuela, al final me ha dejado 2 pastillas y cuando ya se iba de casa, después de contarme por enésima vez que si no fuese por ella el señor Augusto hubiera perecido de inanición, ha visto mi satisfyer encima de la mesa y ¡se lo ha llevado de garantía de pago! ¿se puede ser más hija de puta? Que se ha llevado mi juguete la muy rastrera. Me ha dejado tan en shock que cuando he querido reaccionar ya escuchaba sus pasos bajando los peldaños. Si monto un circo me crecen los enanos, a ver cómo cojones me duermo yo ahora sin mis dos orgasmos reglamentarios.

Me acabo de tragar las dos pastillas y me voy directa a la cama. Mejor esperaré que me hagan efecto aquí en el sofá,  entra brisa fresquita por la ventana del patio y empiezo a notar cómo me pesan los párpados…

¿QUÉ PASA? ¿QUÉ HORA ES? 12:07¿QUIÉN COÑO ESTÁ GRITANDO DE ESE MODO? No puedo procesar en mi mente tanto ruido. Quisiera levantarme del sillón pero no puedo, mi cuerpo no obedece las órdenes del cerebro. ¡Oh, por Dios! ¿QUÉ ME ESTÁ PASANDO?

–¡¡Ezequiel!! ¡¡¡ EZEQUIEEEEL!!! ¡AYUDAA!–Con suerte Eze me oirá, es el único que tiene copia de la llave de casa.

Escrito por Beatriz Ayala.

Twitter: @TrizzAyala

Tragaluz (Parte 5)

Mari. Quinto piso, puerta 17.

“Yo vengo pronto, aférrate a lo que tienes para que nadie te quite tu corona.”

Apocalipsis 3:11

Ahí están, si se creen que no les veo. Ilusos, en sus vidas ya comunes, quejándose, ay Pedrito, ya lo dijo Nostradamus, este mundo se nos va a la mierda, se nos va en esta comunidad de vecinos ya. Quince días en casa y el triste del primero solo tiene un perro que si le contestase le diría “a mí no me cuentes tus mierdas, que como profesor ya te enseñaría yo lo que es la vida”. Luego está Alicia, siempre se ha creído mejor que todos por vivir en el ático, maquillada como una puerta, con más operaciones hechas que las protagonistas de sus novelas, ella las define como románticas, hasta ella sabe que son basura, estoy completamente convencida y en esta situación querrá suicidarse, pero no lo hará con sangre, lo de mancharse no lo lleva bien.

Malditos personajes de vida barata, no valen para hacer una historia, se confinan entre
sombras, juegan a ser quiénes no son, como la santa de María Antonia, esa mujer merece
un hombre en condiciones y no al empanado de Julián, ese hombre no se entera de que su mujer tiene fantasías hasta limpiando los cristales, y también hay que decir que le sobran hijos, por el amor santísimo, qué necesidad había de ello, no deberían seguir aumentando esta humanidad de incautos.

Todos mezclamos una locura extraña, se respira en el ambiente. Todo lo que ocurre estaba ya escrito, no hay más ciego que el que no quiere ver, la tierra nos avisaba, sí, la tierra, también esos pájaros. Yaiza, muy a mi pesar tiene algo de cordura, aunque ya la vea con forma de cotorra y repitiendo en nombre de Luka como un mantra, tal vez debería decirle que los pájaros superan la separación mucho mejor que ella, si yo puedo oírla desde el sexto piso la podrán oír hasta en Honolulú.

Pero no, no soy psicóloga por azar, soy psicóloga por el destino, mi verdadera vocación es la búsqueda de sentido, no sé cómo voy a hacerlo con esta sociedad de ineptos, esta humanidad que cuando le dicen que hay que estar en casa, ojo, estar en casa, se van de bares, cuando les inunda realmente el miedo bajan al supermercado a comprar en cantidades industriales no solo comida, no, también papel higiénico, porque las manos no las tendrán limpias, pero el culo seguro. Aunque sé de buena mano que alguno cree que se pueden hacer mascarillas con el papel higiénico y ve esta pandemia con la posibilidad de hacerse de oro, porque el ser humano es rastrero, ha venido a acabar con el planeta y nunca tuvo derecho.

Paseo por la casa como la sombra que soy en el edificio, ahora atiendo a los clientes por vía telefónica o Skype, aparte de la ciencia también uso la astrología, las cartas de los ángeles no auguran nada bueno, y como repito siempre, todo esto estaba escrito, aun nos
pasa poco.

Mirar por la ventana es desolador, casi prefiero oír al Profesor Mora ladrar que a las chifladas moviendo los muebles de aquí para allá, ya podrían limpiarlos con la lengua que si tienen el coronavirus lo van a coger igual, pero me aterra la idea del confinamiento, las miradas de sospecha que hay entre nosotros, también me preocupa que la mecedora de Paquita se rompa, esa mujer no podrá vivir sin mecerse, pobre Paquita, con esos rasgos TEA, me está viniendo mucho a la cabeza estos días, noto su aura oscura, como si algo fuese a pasar.

Se va acercando el mediodía y he visto más veces al nuevo presidente que a mi difunto marido, se llamaba Pedro como él, a veces la vida es una metáfora, parece que les ha tocado el mismo karma. El duelo de Pedro fue confuso, solo tenía 42 años cuando murió, éramos la típica pareja plana. Él siempre me acusó de psicoanalizarle o de querer adivinarle el futuro, pero qué iba a hacer yo, es a lo que me dedico, y cuando murió no pude más que aceptarlo, porque no hay nada más seguro en esta vida que vamos a morir todos. Se echa de menos el sexo, o se echaba, me he vuelto una persona solitaria que acoge este aislamiento con calma,. Sigo unas rutinas no estrictas, no quiero que me digan que tengo un TOC, no sería bueno para mis pacientes que corriesen esos rumores sobre mí, pero me lavo las manos diez veces al día, con esto del virus lo he multiplicado a veinte, enciendo diecisiete veces la luz antes de dejarla encendida, es una manera de identificarme, soy la puerta diecisiete. Tal vez si muriese en este aislamiento nadie me encontraría, mi cuerpo estoy segura que está hecho para evaporarse, para unirse con el cosmos.

A veces me pregunto qué me llevo a vivir en esta comunidad, supongo que el salario básico, aunque estoy segura que después de esto mis ingresos aumentarán y podré irme a vivir lejos de la ciudad, de estos humanos indeseables. Por supuesto me llevaré a Poncio, mi pequeño gato negro, solo tiene 7 meses y se pasa unas 23 horas al día durmiendo, aunque come y caga, es bonito saber que no estoy realmente sola, que los animales sobrevivirán a la estupidez humana.

Son casi las 12:00, hoy toca arroz con tomate y habas, pero mientras lo hago me pita insoportablemente un oído, un crack en el deslunado, algo ha pasado, ha ocurrido ese algo terrible. Me asomo, es Paquita, la extravagante Paquita en un charco horrible de sangre, la sangre de su cuerpo, la sospecha de un culpable.

El apocalipsis no ha hecho más que empezar.

Escrito por Ruth.

Twitter: @hiddlestonisba1

Instagram: @meigan5

Tragaluz (Parte 4)

Patricia Chornet. Cuarto piso, puerta 14.

Nada en la vida es para ser temido, es sólo para ser comprendido. Ahora es momento de entender más, para poder temer menos.
Marie Curie

Quince días habían pasado ya desde que nos obligaron a quedarnos en casa. Habían surgido opiniones de todo tipo, muchos pensaban que no era para tanto y otros que creían que cualquier medida tomada era insuficiente. Claro que sí, señora, nos disfrazamos todos de los que buscaban a E.T. para estar metidos en casa, ¡no te jode!

Yo, personalmente, estaba ya un poco hasta el coño, de la televisión, de politizarlo todo, de que todo sirva como arma arrojadiza, de hacer recaer toda la responsabilidad al pueblo llano igual que hacen con la contaminación. A mí, sinceramente, me daba todo bastante igual, no tengo necesidad alguna de salir a la calle y mis jefes me dejaron bien claro que tenía que sacar el doctorado adelante con virus o sin él, así que mi vida ha cambiado prácticamente nada en esos quince días.

En cualquier caso creo que todo se había ido un poco de madre, al Gobierno se la sudamos, a las farmacéuticas también, los sanitarios y fuerzas del estado dando el callo como siempre, jugándose la salud por nosotros, ¿de verdad era para tanto? Tenía serias dudas sobre ello. Daba asco encender la televisión, ya sólo se hablaba de eso, el virus, el virus, ¿ya no ocurría nada más en el mundo o qué? África muriéndose de hambre, países en guerra… y, sin embargo, un virus traído de Oriente nos había paralizado el mundo.

Era bastante tarde pero no tenía nada de sueño, llevaba un rato recostada en la cama con el portátil sobre mis muslos rodeada de mis dos gatas preciosas, ¿quién necesita amigos teniendo animales? Yo es que no entiendo la manía del mundo con socializar, si la gente es lo peor, te traicionan, te mienten… lo único que nunca decepciona es la física y los animales.

Una vez me harté de intentar arreglar una de las simulaciones que tenía pendiente, me bajé de la cama, lo que provocó que Meitner y Curie se miraran una a la otra, se desperezaran y se bajaran conmigo de la cama. Me acompañaron al estudio como cada noche, deposité el ordenador sobre el escritorio y saqué el cojín del armario. Estiré los músculos del cuello, la espalda, los brazos y las piernas con las correspondientes posturas de yoga mientras mis gatas me observaban atentamente en cada movimiento que realizaba. Me senté en el cojín y medité durante 15 minutos, sintiendo cómo su pelaje me acariciaba la piel de los brazos y las piernas, cómo sus patitas se apoyaban en mi espalda para estirarse ellas también. Guardé el cojín en el armario y las tres nos volvimos a la cama. La casa estaba completamente en silencio, salvo por el maldito ruido de la televisión de Paquita, mi vecina de arriba. Ni toda la meditación del mundo podría calmarme las ganas de llamar a su puerta o de gritarle “¡baje el volumen de la tele, señora!”. Pero es lo que tiene vivir en comunidad, ¡qué maravilla vivir en el centro! El edificio este está lleno de irrespetuosos, de animales sin domesticar, que ladran, que huelen… quizás no tendría que haber dejado las pastillas.

Ahora que lo pensaba, en el edificio había alguien que no me caía tan mal. Olvido tenía un aire excéntrico que me excitaba, no solíamos cruzarnos mucho en el edificio, sólo algunas veces en el portal, pero me gustaba su olor, creo que debe levantar pasiones esa mujer… Su vecino de al lado es agradable también, por lo menos no habla mucho, siempre va a su rollo con los auriculares. ¿Qué música escuchará? No te ablandes, Patricia, aunque puedan parecer buena gente, al final a todos se les descubre el pastel. A la que de verdad no soporto es a la Paquita de las narices, es que no puedo con ella, de verdad. Suficiente por hoy, Patri, hija, bastantes problemas tienes con solucionar el fallo que te está dando la simulación de esta tarde. Nota mental: mañana llamar al jefe.

¡La hostia, qué susto! ¿Ahora qué le pasa a esta gente? Me habían despertado los ruidos generalizados en el edificio, miré el teléfono y eran las 12:05, como los gritos no cesaban me incorporé y me asomé a la ventana. Mis gatas habían llegado antes que yo a ver el espectáculo grotesco que se había montado en el suelo del patio.

¡La puta! Paquita estaba ahí tirada, con un charco de sangre a su alrededor, dejándolo todo hecho un asco, es que ni muerta la tipa deja de dar por el culo. ¿Ahora eso quién lo va a limpiar? Ahí estaban todos los vecinos asomados, algunos gritaban, el perro de Ezequiel ladraba… todo era un caos. Lo que nos gusta un dramita en este país, ¡con la de gente que se muere a diario!

El caso es que mi espíritu científico estaba en ascuas, por mucho que le deseara el mal a esa señora, tampoco quería que se muriera, ¿no? Mi cabeza no dejaba de plantearse dudas: ¿habría sido un accidente? Era bastante torpe. ¿Un suicidio? A ver, se la veía amargada como a la media de señoras de su edad, tampoco parece que tuviera valor para hacerlo. ¿Un asesinato? Yo creo que soy la que más la odiaba y tampoco la hubiera asesinado, ¿no? No, no creo…

Vaya movida esto, de todos modos, lo que nos faltaba, encerrados en el edificio y con una muerta. ¿Será esto causa de primera necesidad para salir de casa?

Escrito por @DraJacinta

Tragaluz (Parte 3)

Yaiza. Segundo piso, puerta 8.

“De marzo a la mitad, la golondrina viene y el tordo se va.”

Como cada mañana me he levantado a las 9:30, he escuchado ‘Old Friends’ de Ben Rector y he preparado unas tostadas de mermelada de tomate y pan de nuez, reconozco que soy una completa adicta a ese manjar. Hace ya quince días que el Presidente del Gobierno declaró estado de alarma en todo el país y las noticias no paran de hablar de la importancia de quedarnos en nuestros hogares, de lavarnos las manos y del sentimiento de ayuda al prójimo.

No entiendo por qué la gente se altera tanto con todo esto de quedarse en casa. Ayer los vecinos del primero no paraban de gritar y de decir, que esto era culpa de los de arriba. Qué poca capacidad de auto-crítica tenemos, siempre que hay oportunidad, aprovechamos para señalar a otros, bastante están haciendo, ¿no? Nosotros solo tenemos que quedarnos en casa y mirar por la ventana mientras contamos las horas de un tiempo, el que ya hace años que no valoramos.

De algún modo todo este caos me tranquiliza, hace que todos mis problemas sean más llevaderos, que deje de pensar en aquel capullo con el que he compartido piso hasta hace poco más de un mes o en el trabajo de investigación sobre el cóndor, lo cierto es que llevo ya 5 años siendo ornitóloga y aún me sigo sorprendiendo con todo lo que saben esas imponentes aves rapaces. A veces, creo que somos un poco como el cóndor de los Andes, nos vemos poderosos, con toda esa cantidad de plumas, y con la grandeza que desprendemos cuando paseamos por mitad de los centros comerciales. Pero realmente, esto es solo una especie de coraza, solo hay que ver que ni quince días de pandemia, y la gente ya está pensando en tomarse una de esas pastillas, escribir una carta de amor neoclásica y ¡pum! Directo a la tumba.

Y es que con todo esto de la muerte pisándonos los talones, no entiendo por qué nos cuesta tanto llamar a papá y mamá y decirles que los queremos, que los echaremos de menos cuando ya no estén aquí. A mí me hubiera encantado tener una hermana y decirle que el virus se mata con películas de Woody Allen y con la poesía de Alejandra Pizarnik.

En el tercer piso, hay un par de gemelos que no paran de discutir, creo que han vuelto por todo este tema del “apocalipsis”, me encantaría subir y llevarles algunas galletas recién hechas. Pero la verdad, es que no se cocinar y todavía tenemos que mantener esa distancia de seguridad que ha establecido el gobierno.

Sin duda, no saben la oportunidad que están perdiendo, pasar unos días con tu hermano gemelo, después de tanto tiempo, ¿os imagináis? Toda la tarde hablando de cómo sobrevivir a una horda zombie o de que será lo último que escucharemos si un meteorito colisiona con nosotros. Me encantan este tipo de conversaciones, no es que quiera que el mundo se acabe, pero me gusta ver cómo nos comportamos ante situaciones límite.

¿Sabíais que las aves pueden predecir que una tormenta se avecina?, incluso antes de que haya algún tipo de señal climatológica, pero, ¿cómo?, si nosotros no somos si
quiera capaces de poner medidas cuando las noticias explotan alertando sobre los afectados. Qué mala suerte que nos haya tocado justo a nosotros, ¿verdad?, justo cuando estábamos pasando una crisis económica, con todos los problemas que tenemos.

Lo cierto es que yo siempre he sido muy escéptica al azar, pero desde que conocí a Luka, ese maldito Luka, no he dejado de pensar en que a veces las cosas ocurren para organizar un poco todo este desorden de vida. Cuando lo conocí, mi vida era un maldito caos, había viajado a Dublín por todo eso de encontrarse a uno mismo, y me dedicaba a ser camarera de uno de los locales del barrio. No os creeríais la cantidad de platos que rompí durante aquella época, si me los hubieran hecho pagar aún estaría encerrada en aquel país de olor a cerveza y espuma de mar. El caso es que Luka era el cocinero, y que bien cocinaba, de él aprendí a hacer esas tostadas de mermelada de tomate y pan de nuez. Maldito seas Luka. Estoy segura que dirías que todo esto nos lo merecemos, por lo que le hemos hecho pasar al planeta, y que de algún modo, el universo tiene que tomarse un respiro, justo lo que me dijiste antes de salir por esa puerta. Luka, te odio, y ojalá este puto virus acabe con todos nosotros de una vez por todas.

¡Joder¡ Ya está empezando a ser tarde, son casi las 12:00, y yo aquí, en pijama, sé que no tengo que ir a ningún lado, pero nunca me ha gustado eso de parecer una mujer de 80 años, viuda y adicta al anisete, así que abriré las persianas y me ducharé.

Aparto las cortinas, abro las ventanas que dan al patio y la veo a ella, ahí, tirada, en medio de todo este caos de mundo.

¡No me lo puedo creer! Justo hablando de Paquita, y del azar y del ave cóndor, si es que hasta ese charco de sangre me recuerda a la puta mermelada de tomate de Luka. Al final va a ser verdad eso de que somos un poco como el ave cóndor, se dice que cuando se sienten viejos o cuando pierden a su pareja de toda la vida, el cóndor se arroja en picado hasta que encuentra la muerte entre las rocas.

Pues no, Luka, escúchame bien, no pienso caer en picado después de todo lo que me ha costado llegar hasta aquí. Ni ahora, ni cuando tenga 80 años y sea una adicta a las tragaperras, nunca, ¿me escuchas, Luka? Esto se pasa juntos, lo de la crisis económica, lo de la pandemia mundial y lo del puto ave cóndor, si hace falta, pero ya lo ha dicho el Presidente del Gobierno, somos una piña y hay que trabajar codo con codo.

Escrito por Cristian Fuster.

Twitter: @sebaslokicris

Tragaluz (Parte 2)

Alicia, escritora. Ático.

Este rímel es una mierda. Se corre constantemente. No, no estoy llorando, es la mala calidad del producto. Menos mal que no volveré a esa perfumería, vaya timo.

Bueno, no volveré allí ni a ningún sitio. Esto se acabó. Lo vengo pensando hace tiempo. De hecho, el rímel éste forma parte de mi plan. Y el vestido de seda con volantes, el collar de perlas de dos vueltas, los pendientes a juego y los zapatos de tacón vertiginoso. Total, tampoco voy a tener que andar.

Nadie puede andar salvo por los pasillos de las casas. Dos semanas así. Quince días. Horas eternas. Las palomas, tan odiosas, ahora me dan envidia. Las veo volar libres desde la terraza del ático. Van y vienen. A ellas no les para la policía, no señor.

Hace tiempo que no escribo. Ya no se leen mis libros de amor. Quién quiere leer sobre el amor si estamos en los tiempos del cólera. Hay tanta desesperación que cualquiera sabe cómo terminaremos. Bueno, yo sí lo sé. Al menos sé cómo terminaré yo.

Han sido meses de preparativos, desde mucho antes de que todo se cerrara, desde antes de que las sirenas de la policía atronaran día y noche las calles de la ciudad desierta. Hay que ser previsora. Eso lo aprendí desde niña. Y “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. El día en que todo empezó muchos recordaron todo aquello que dejaron de hacer porque había algo más urgente. Qué risa. Más urgente.

Lo que más me fastidia es que cerraron la peluquería y necesitaba el tinte. Los mechones blancos se empeñan en asomar, en recordar que me voy oxidando como un clavo a la intemperie. Tampoco tengo ya crema hidratante de manos. Los primeros días era indispensable. Nos hacían lavarnos las manos a todas horas; las teníamos todos acartonadas, como de papel de lija. Bien, esto también da igual.

A ver, voy a seguir con el maquillaje. Qué difícil delinear los labios. Los tengo secos. Y no es culpa del whisky que he tomado hace un rato. Ya nadie me puede decir que es temprano para beber. Bebo cuando me da la gana. O sea, a todas horas. A ver quién es el listo que me lo prohíbe.

Es que alguien me dijo que las pastillas hacen efecto más rápido mezcladas con alcohol. Y eso es una ventaja innegable. De whisky también tenía reservas. Y de vino tinto y de vermú. Ventajas de casa grande para mí sola. Si no fuera por los pesados del vecindario, los de abajo, todos los de abajo sin excepción, mi casa sería un estupendo chalé en plena ciudad.

Tardarán en darse cuenta, imagino. Ahora nadie se da cuenta de nada. A veces oigo alguna puerta abrirse, muy en la lejanía, debe de ser el vecino ése que tiene perro, el que fuma hasta en el ascensor. Qué tipejo. Al principio de todo me preguntó por el telefonillo si podría dejar a su perro conmigo, en la terraza, que yo tenía sitio, que blablablá. Le mandé a paseo. ¿Un perro? ¿Un perro con nombre raro? No tengo otro quehacer que ocuparme de un animal. Para eso ya tuve a mis dos ex.

Bien, parece que el carmín encaja, aunque algo se escapa deslizándose en las arrugas alrededor de los labios. Tampoco pude seguir poniéndome bótox. La clínica cerró cuando empezó todo. Todo cerró cuando empezó todo. Y ya da igual. No nos vemos las caras.

Hay quien sale de noche, a hurtadillas. La mujer ésa que era chacha o algo así. No sé a dónde demonios va. Se arriesga a que la detengan los policías. Patrullan sin cesar como si llovieran bombas. Si los primeros días hubiera llovido a cántaros o nevado quizá la gente se habría quedado en casa como dijeron. Pero no, al tiempo le dio por ponerse primaveral y, ale, todos a la calle a extender el bicho sin parar.

Bah.

Ya da igual.

He puesto la colcha de seda en la cama. No me gusta pero quedará bonita cuando me encuentren. Salvo que me encuentren carcomida de gusanos, claro. Hasta me hace gracia pensar que se resbalarán por la colcha, un tobogán rosa para la gusanera. Como no lo veré me la trae al pairo.

Bueno, creo que ya casi estoy. Escribí la carta ayer. Está en un sobre con la frase: “A la atención del juez”. Esto también tiene gracia si te paras a pensarlo. Vaya cartas se encuentran los jueces cuando van a levantar cadáveres.

¿Y eso? ¿Se habrá vuelto a romper el tendedero del segundo? Vaya ruido en el patio.

Me asomo, estoy perfectamente maquillada y no me ve nadie…

No me lo puedo creer. ¿Será posible? La vecina ésa rara en un charco de sangre.

Qué poca vergüenza la tipa. Yo preparando mi suicidio con toda exquisitez y ella, ale, a lo bruto, sin ningún miramiento. ¿Cómo se llamaba? ¿Francisca? Qué vulgaridad de nombre. Yo era doña Alicia, la escritora de novelas de amor y ella… eso,  Paquita.

Pues me ha jodido bien. Tengo el bote de pastillas en la mesilla pero ahora me intriga qué pasará en el edificio. Creo que la muerte puede esperar un poco más. Total…

Escrito por Ana Ruiz Echauri.

Twitter: @anaruize

Tragaluz (Parte 1)

Ezequiel. Primer piso, puerta 2.

 “La fotografía es un secreto sobre un secreto, cuanto más te cuenta menos sabes.”

Diane Arbus.

Apagué la televisión dejando caer el mando sobre la mesa del café con cierta dejadez. Llevábamos quince días sin hacer vida normal y parecía que el mundo se desmoronaba por momentos. Un virus, algo que ni siquiera está vivo del todo, y había conseguido paralizar el mundo tal y como lo conocemos. La economía, las fronteras, ¿y las personas? Todavía se hablaba poco de las personas. El sistema sanitario desbordado y el Gobierno tratando de calmarnos, algunos medios de comunicación aprovechaban para hacer propaganda, otros para volver al periodismo de verdad. Gestos de solidaridad entre países y regiones, y personas que invitaban a pensar que era mejor que de una vez por todas la humanidad se fuera al garete.

La sensación que me recorría el cuerpo era extraña, un aislamiento impuesto desde fuera es distinto al que uno decide hacer por voluntad propia, como se hacen esos fines de semana en los que llegas a casa el viernes de trabajar y no quieres saber nada del mundo exterior hasta el atasco de vuelta a la oficina del lunes por la mañana. Pero ahora, al decimosexto día de estar en casa comenzaba a imaginar qué debían sentir los presos en la cárcel viendo el mundo tras las ventanas sucias.

Me levanté para buscar el tabaco escuchando cómo el Profesor Mora bostezaba antes de acompañarme hasta la ventana que daba al patio interior del edificio. La verdad es que tenía un perro, un Jack Russell Terrier, al que le daba igual una cuarentena o el fin del mundo mientras tuviera agua, algo de comida y pudiera salir a la calle un par de veces al día, y en cierta manera lo envidiaba, estaba allí sin inmutarse mientras afuera había algo invisible que nos estaba poniendo en jaque a todos. Y nada da más miedo que un enemigo al que no puedes agarrar del pescuezo y darle un par de puñetazos, o pegarle un tiro, llegado el momento por supuesto.

– ¿Y si todo esto no es más que la luz roja que comienza a parpadear en el coche y te hace pensar por un rato que debes llevarlo al mecánico? ¿Y si deja de parpadear para hacerse permanente? Estamos haciendo algo mal. – Encendí el cigarro y decidí que debía dejar de hablarle al perro como si tuviera capacidad de diálogo, aunque debía admitir que en el fondo me ayudaba un poco a no volverme del todo loco durante el encierro domiciliario. –  Es un aviso. – Di una calada al cigarro, escuchando perfectamente el sonido del papel al quemarse mientras se encendía al rojo vivo y observé el cielo que se intuía estrellado allá arriba.

Quizá aquella situación sólo era el primer gran toque de atención del planeta para que empezáramos a respirar más y a correr menos. Me encogí de hombros, expulsé el humo, cogí al perro con un brazo y lo arrastré conmigo a la cama después de lavarme los dientes y mirarme a los ojos durante un rato en el espejo. En el fondo la sensación era de calma, una calma extraña entre el silencio de la calle y los ruidos de la casa. El sonido de la nevera en plena oscuridad, la televisión encendida de Pepa con el tarot a buen volumen cada madrugada, o el gato de Olvido, la de la puerta uno, pidiéndole comida antes de que se despierte. Había aprendido a distinguir prácticamente casi todo lo que sucedía entre mis vecinas cercanas.

La luz colándose por la ventana me despertó al día siguiente y los ruidos de la aspiradora en el piso de arriba, a veces, desearía vivir en el último piso y no en el primero. Primer piso, puerta 2. Había comenzado a perfeccionar la rutina diaria, un café, bajaba a mi compañero de piso a hacer sus necesidades con guantes, mascarilla y un par de bolsas de plástico, después hacía algo de ejercicio en el salón y me daba una ducha, y luego ya lo que me pidiera el cuerpo. El teletrabajo no era del todo desconocido para mí, pero el problema es que a consecuencia del gran parón se me habían suspendido todas las sesiones fotográficas y alguna que otra exposición, por lo que me dedicaba a pasar horas delante del ordenador retocando exposición, luces, sombras y diseñando algún que otro preset.

Después del segundo café de la mañana, mientras trataba de hacer algo con las fotos del viaje a Islandia que había desechado en un primer momento escuché un grito que interrumpió el piano de Ryo Fukui durante unos largos segundos, un grito agudo que se detuvo de forma súbita y que me congeló lo suficiente como para que mi vista se quedara detenida sobre el reloj digital de la esquina inferior derecha del ordenador. Las 12:00 horas. Hora exacta. El Profesor Mora comenzó a ladrarle a la ventana del estudio, sacándome de mi estado de shock, y me apresuré a correr hacia la misma, supongo que casi por instinto cogí la Canon que me acompañaba a todas partes. Al asomarme observé un cuerpo en el patio interior, me noté de pronto la garganta seca y lancé un par de fotos. No pude evitarlo. Había sangre junto a la cabeza y un pequeño reguero desde uno de los accesos, que parecía abierto. Forcé la vista para tratar de identificar algo más. ¿Quién era? Tuve dudas, podía ser la vecina huraña del último piso pero distinguí un monedero rosa alejado del cuerpo. Debía ser Paquita.

– Joder, Paquita. – Por un instante tuve en la cabeza la sintonía de Paquita Salas cantada por Isabel Pantoja y contuve la risa porque no era un buen momento para tomarse una muerte a broma, y menos en medio de una situación de pandemia, con el ejército a punto de salir a la calle para recluirnos por completo. De hecho, en cualquier momento me multarían o me acabarían encerrando en casa por sacar al Profesor Mora a pasear y a dejar sus deposiciones en el pipican pero qué iba a hacer con el pobre animal. No se puede abandonar al mejor amigo del hombre por un virus. Por supuesto que no.

Justo en aquel instante mi teléfono sonó, y comencé a escuchar ruidos en el piso de arriba y gritos que se replicaban en el interior del edificio.

Ay, Paquita.