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El Universo a tus pies.

Te invade una extraña sensación.

Despiertas de buen humor, con una sonrisa, y hace mucho que eso no pasa.

No hay nadie en tu cama pero apenas importa, porque hay sensaciones que son certeza. Como que ella no está y que ya da igual, como que no habrá más pecado y que no estarás a su lado.

La cosa es que tragas saliva y parece que todo está un poco más claro. Ya no hace falta que te esfuerces por esconderte, no es necesario que trates de ocultar la verdad. Lo sé todo desde antes de que pasara. Y tengo algún testigo que puede confirmarlo.

Yo quería comerme el mundo contigo y ahora, sin ti, creo que voy a morirme de hambre.

Diría que no voy a buscarte más pero no puedo, porque me gusta cumplir todo lo que prometo. Todavía creo en las palabras y en las miradas frente a frente, mente a mente. Y es que siento que me estoy matando contigo, que a tu lado he gastado ya seis vidas y ahora camino sobre las cornisas con más miedo que antes.

Crees que no pero me he percatado de todo, de que esto no es para siempre, de que me quieres pero no me necesitas. O al revés.

He querido poner el Universo a tus pies y me he dado cuenta de que se queda pequeño, que en el fondo no soy suficiente, que probablemente la culpa es mía porque no te he dado lo que querías, porque no he sabido hacerme imprescindible en tus veinticuatro horas.

Me hago cargo, soy yo el que se tortura, el daño me lo he hecho solo.

Quedas absuelta, te declaro inocente.

Lo único que esperaba era encontrarte en mi cama cuando se apagara la luz, decirte buenas noches antes de caer rendido, brindarte orgasmos después de que sonara el despertador, hacerte rabiar sólo para verte fruncir el ceño y arrugar la nariz, darte el aire que le faltan a tus alas, avivar el fuego que arde débil en tu hoguera.

Quería abrazos en los días silenciosos, y un poco de luz cuando acechara el gris. Libros con olor a viejo en nuestras estanterías y fotografías nuevas por las paredes.

Y ahora soy esa puta bombilla en ámbar que parpadea, sin saber si hay que frenar o acelerar. Sin saber si tengo que seguir besándote, buscar la adrenalina o saltar de una vez por la ventana.

Lo malo de esto es que lo digo como si fueras a decirme que me calme, que todo está bien, y que cierre los ojos porque es hora de dormir.