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La gente quiere ser feliz.

La gente quiere ser feliz, sin tener ni idea de lo que es. Tantas definiciones diferentes, tantas maneras de entender las cosas. Como para saber quién tiene la razón, si es que no la tenemos todos.

La felicidad será una mezcla de todo y de nada a la vez, igual que nosotros dos. Un conjunto de salir con los amigos, ver un atardecer sin nervios de por medio, dormir sin preocupaciones, algo de dinero en el bolsillo, un libro por empezar, una cerveza que nunca se acabe, tener una mano a la que apretar siempre que lo necesites, un jardín floreciendo en pleno invierno, un hilo de agua saliendo de un manantial remoto, un pentagrama por escribir, el primer copo de nieve del año, alguna señal que nos permita saber que no lo hacemos todo tan mal.

Nos han prometido que seremos felices en algún momento pero parece que nunca llega, que estamos envueltos de sufrimiento y que cuando las cosas se nos ponen fáciles no las queremos. Estamos hechos de daño, del espíritu de animales en peligro de extinción, y cuando algo es sencillo nos invita a desconfiar con rapidez. Estamos hechos para resistir, aunque haya disparos a nuestro alrededor, y nos metan balas en la carne, y nos apuñalen varias veces en el pecho.

Y es que nos gusta complicar las cosas, hacerlo difícil, poner trabas para justificar por qué actuamos tan mal. Nos gusta la pelea y morder fuerte, y sentir algo de acción en nuestras vidas aburridas. Nos gusta empezar por el final y doler sin motivo. Nos gusta que muera el malo y que al final triunfe el amor, pero nunca le dejamos.

La gente quiere ser feliz, pero cuando de verdad tiene la oportunidad de serlo tiene miedo y se queda parada viendo cómo escapa otro tren, viendo caer las lágrimas por haber vuelto a fracasar.

Llevamos media vida preparándonos para encontrarnos y ahora vamos a permitir que todo se eche a perder. Que tanto abrazo, tanto beso, tanto esfuerzo quede en nada.

A estas alturas yo no sé si es mejor reiniciar el cerebro o el corazón.

Incógnita.

Cierra las ventanas, dejarlas abiertas ha hecho que el interior de ese viejo piso esté casi helado. No es un gran sitio para vivir, pero es lo de menos. Está acostumbrado a no tener muchos lujos y a vivir con poca cosa. No es que el trabajo le haya dado grandes alegrías, más bien al contrario. Mala suerte, chico.

 Era mejor esperarte en la calle. — Dice ella frotándose las manos, siempre atrevida, siempre sin un pelo en la lengua. Y no hay estufa para calentarse allí dentro. Él tira de mantas a la hora de dormir, y el resto del tiempo trata de estar en otras partes. No es que ese cuchitril al que llama casa le entusiasme realmente.

Harvey la mira en silencio mientras prepara un par de cafés, no piensa entrar al trapo, por una vez en su vida puede quedarse callado y no hablar para cagarla. No puede creer que Daphne esté ahora frente a él, no tiene ni idea de si realmente está sentada frente a su cocina o si es una mera ilusión, un juego que su cabeza quiere compartir con él. No es divertido. Le tiende una taza y deja que el tarro con el azúcar se deslice por el banco de mármol.

— Sírvete. — Él, sin embargo, deja que unas cuantas gotas de whisky caigan sobre su taza y se sienta en una silla junto a la morena. Williams tiene tantas preguntas guardadas en la cabeza desde que la ha visto en medio de las sombras que no sabe por dónde empezar, quizá la primera que sale de sus labios no es la primera que debería pronunciar. — ¿Por qué? —Escruta la mirada de la mujer que tiene a su lado sabiendo que ésa no es la primera cuestión que espera recibir por su parte. Siempre le resultó difícil pillarla desprevenida, siempre fue una mujer que iba un paso por delante de los demás, que siempre se adelantaba a sus movimientos. Puede que esa fuera una de las cualidades que la hacían destacar entre el resto, ese aire de peligro que te atraía y te hacía mantener las distancias al mismo tiempo. Eso parece no haber cambiado mucho en todos esos años que hace que no la ve.

Daphne alza la vista para clavar sus ojos en los de él, hacía tiempo que sus miradas no se cruzaban tan de cerca. Pero ella es capaz de leer en Harvey lo mismo que leía cuando casi respiraban al compás.

— Era lo que tenía que hacer. —contesta escueta, y eso intriga e indigna por igual al hombre que bebe de su café. — Si me hubiera quedado, posiblemente estarías muerto. — Él la mira, frunce el ceño y se queda callado. Necesita saber más. — Fue la mejor opción. —La única quizá, pero Harvey no lo sabe y ella no está segura de lo que dice.

—¿Y ahora qué haces de nuevo aquí? —En una ciudad que ya no la recordaba, en un piso que ya no la echaba de menos. Cuando alguien desaparece de la noche a la mañana las personas aprenden a vivir sin esa persona, por su propio bien. La gente aprende a olvidar su nombre, el color de sus ojos y hasta el sonido de su voz.

El problema es que Harvey Williams nunca consiguió nada de eso.

Días sin suerte.

Los días se me quedan grandes, me sobran las mismas horas que me faltan para hacer nada y hacerlo todo. No hay manera de parar, de quedarme quieto, de bajarme de un tren que va demasiado rápido hacia un destino que todavía no conozco, y ¿por qué no admitirlo? Tengo miedo. Un miedo atroz a seguir avanzando, a mirar el reloj y ver que ya ha pasado un año y que ahora sí, estoy totalmente perdido, abandonado, y que sigo igual de herido. No hay manera de remediar el error, de poner parches, arreglar las velas y seguir navegando en estas aguas turbulentas.

Se nos ha ido todo a la mierda, las expectativas, los planes de futuro, el matrimonio, los hijos, el amor perfecto y eterno. La vida, de pronto, te ha dado un derechazo y te ha desencajado la mandíbula y se burla, la muy cabrona se burla desde la otra mitad de la calle, desde la esquina en la que se encuentra el bar que visitas cada viernes para intentar olvidar todas esas penas que te están arrastrando al pozo.

Tu nombre solo en el buzón, el café para uno, el lado izquierdo de la cama con las sábanas intactas, el cepillo de dientes único recibiéndote cada mañana. Qué puto es el azar que juega con nosotros, nos zarandea y nos coloca de pronto en un escenario que no controlamos en absoluto, en un traje que nos queda grande y que no tiene arreglo.

Nunca he sabido jugar al ajedrez (aunque he intentado aprender), por eso espero el siguiente movimiento de la partida sin saber muy bien qué hacer, sin tener demasiado claro si voy a ganar o a perder, sin acabar de entender si hay rey en este tablero del que formo parte. Tampoco sé jugar a las damas, ni se me dan bien los juegos de cartas, porque la suerte nunca está de mi parte.

Voy a dejar de esperar porque nunca me funciona, porque al final siempre acabo más roto, más destrozado, más animal y menos persona. Porque al final me encierro en una coraza de la que ya soy incapaz de salir y muerdo a los que andan cerca, y lo veo todo negro.

A pesar de todo, de los cambios, del vaivén de estos meses turbulentos, no he sido capaz de soltar una lágrima desde hace un tiempo y todas ellas me pesan en el centro del pecho, y duelen como si fueran disparos a quemarropa.

Necesito un susurro de los tuyos, que me tapes los ojos y me digas que puedo dormir tranquilo, aunque sea ahogado en un mar salado.

Nada más.