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El verano de nuestras vidas.

Es domingo y el corazón siempre se resiente.

Me vienen a la cabeza las noches contigo, las risas, los besos a escondidas, la adrenalina en las venas o en cualquier otra parte.

Y no sabes lo que me jode ver que este tampoco va a ser el verano de nuestras vidas, que pasan los días y las noches y seguimos intentando respirar a pleno pulmón pero no lo conseguimos.

Y la pena de ver que no hemos quemado los miedos, que seguimos sin ser un par de temerarios capaces de enfrentarse a todos sus demonios y a los de los demás.

Ahora soy sólo un esclavo que no quiere desprenderse de sus cadenas y que se queda encogido en la humedad de la bodega de una embarcación que no va a ninguna parte, un navío que se dedica a zozobrar y a intentar resistir a las tormentas que se suceden una tras otra.

Me has dejado marcas invisibles y algún que otro nombre de galaxia en la cabeza.

Yo, que te habría dado a elegir el lado de la cama, que te habría dado besos inesperados, que te habría hecho castillos de arena en los que no hay monstruos ni princesas.

Yo, que te habría abrazado por la espalda mientras contemplas cómo nos deja el sol tras el mar, que te habría tapado los ojos antes de darte un regalo el día menos pensado.

Yo, estoy lejos de ser perfecto pero lo habría intentado por ti.

Pero tuviste que pensarlo demasiado.

Y eso nunca es buena señal.

Tengo ahora un par de llantos atrapados en el cuerpo, y cientos de nudos en la garganta, porque yo te necesito y tú a mí no. Estigmas en la piel y una mirada translúcida llena de recuerdos que quizá sólo son sueños.

Y a pesar de todo, de que sea verano o el más frío de los inviernos, sé que no hay futuro que valga la pena lejos de ti.

A cientos de kilómetros.

Miraremos atrás y sólo seremos capaces de ver el daño, las marcas que dejamos en los árboles y los muros.

Miraremos atrás y sólo quedarán sueños rotos llenando el camino, las despedidas, la sangre en el suelo del lavabo.

Miraremos hacia adelante, y no tenemos nada claro qué es lo que habrá. Pero a mí, probablemente me quede una casa vacía, y el frío interno contrastando con el calor asfixiante del mes de agosto alrededor.  No tengo claro si todo estará plagado de tristeza o de rencor, o de pura rabia quemándome las vísceras.

Si ya todo está perdido no sé por qué intentamos fingir que hay algo que salvar como si el barco no estuviera hundido desde hace mucho, como si no nos hubiéramos convertido la piel en jirones hace tiempo.

Nos hemos derrumbado sin esperar al huracán. Hemos dejado de mirarnos con sinceridad y ya lo hemos dado todo por perdido.

Y es que ahora mismo me siento como si estuviera a cientos de kilómetros de ti, recolocándome los huesos, muriéndome por dentro, tratando de hacer algo que no debería.

Es tan irónica la vida que acabaré abandonando a quien me tenía que salvar; y no sé cómo tomarme este cambio de papeles.

Me he quedado sin fuerzas, ni ganas de luchar.

Ya he entendido que perseguir imposibles no tiene ningún sentido, y que tú eres el mío. Ya he aprendido que soy el número uno en fracasar, que soy experto en conformarme con migajas.

Ahora que  vuelvo a estar fuera de lugar, sin poder encajar en ningún sitio, voy a sacar mis viejas botas, a ponerles los cordones, a sacarles algo de brillo, a colocármelas y sujetarlas con fuerza.

Me toca empezar otro viaje, uno que me lleve lo más lejos que pueda, lo más lejos de ti.

El lugar al que perteneces.

La ciudad corre ante mis ojos y se me escapa.

Como tú.

Veo besos y miradas de reproche, y minutos que se esfuman mientras todo cae por su propio peso. Todavía queda belleza en algunas de las pequeñas cosas cotidianas, pequeños gestos que nos hacen dejar de dudar por todo. Hay lazos que se rompen, manos que se agarran, miradas que se aferran a la vida y sonrisas que subsisten porque no hay ninguna forma fácil de huir de lo conocido.

Estamos todos dentro de una novela, como si fuéramos personajes sacados del peor momento de la mente de Bukoswki, y respiramos con sus letras maltrechas y maltratadas. Somos efecto de la borrachera, de la tristeza inabarcable, de la melancolía que se aferra a nuestras gargantas y nos impide seguir dando pasos.

Asumo el error de nuestros besos y sus malas consecuencias, y tengo claro que voy a quedarme en la barra de algún bar viéndote marchar. Seguirán pasando los días como lo harían si estuviéramos juntos pero siendo algo peores. Y al final sólo seremos olvido y un pasado lleno de hojas muertas, frases a medias, caricias al aire, besos escondidos. Nos envolverá la bruma sin que podamos despertar de nuestras pesadillas para buscarnos, y nos quedaremos siendo dos almas que cuando se vean se reconocerán en cualquier parte.

Se te ha olvidado ya que pintamos todas las paredes como si fueran nuestro futuro, y que nos mirábamos en el espejo de los ascensores siempre esperando algo más. Has olvidado que me convertí en océano sólo para bañar tus sueños, para acariciarte en la orilla en verano y verte sonreír. Me dejé la piel y las ganas contigo, y la mayor parte del amor en el que creía.

Y todavía estoy seguro de que podría amanecer contigo sin cansarme, y de que no tendré las mismas sensaciones con nadie.

Y que perderte es perderme a mí.

Y que con tanta noche de insomnio y sangre en la boca no me voy a encontrar.

Si te vas esperaré sentado.

Recuérdalo.

Porque uno siempre vuelve al lugar al que pertenece.

No somos tan distintos.

Cuando me preguntan cómo me veo dentro de veinte años tengo que pararme un momento antes de responder, pero tengo clara la respuesta de antemano. Me veo con más barba y muchas más canas que ahora pero igual de solitario (o gilipollas). Pasando las noches en vela, con más dioptrías, bebiendo algo menos de café, sin poder mirarme al espejo, recordándote como aquella droga que fuiste.

Hay cosas en este humilde universo que habitamos que no tienen solución y yo soy una de ellas.

A día de hoy sigo con la máscara puesta y escondido con demasiado miedo porque, otra vez, todo ha salido mal. Porque, de nuevo, lo he intentado con quien no debía.

Sólo veo nubes pixeladas en mi mente e ideas borrosas en el subconsciente, y así es imposible avanzar. Estoy con el ancla echada y no hay manera de moverme de aquí, y veo que todo el mundo empieza a zarpar y yo voy a quedarme en tierra. Observo cómo algunos valientes se lanzan a cumplir sus sueños, a pelear por la vida que realmente quieren, a dejarse la piel por todo aquello que desean.

Y yo sigo llorando por ti.

Salvar a alguien que no quiere salvarse es inútil, y yo ya te he hecho el boca a boca un par de veces sin que realmente quieras seguir respirando. Y me he quedado sin toallas que tirar por esperar, sin tener que hacerlo, a la siguiente ocasión. Te he dado tantas veces mi mano esperando a que te agarres con fuerza para salir corriendo juntos a cualquier parte, o a ninguna.

Eso de estar estático empieza a ser un mal vicio, y se me están atrofiando los músculos y oxidando las articulaciones de usarlas poco. Se me está parando el corazón por intentar de manera constante dejarlo dormido para no escucharlo, para que no empiece a doler de nuevo, para poder seguir mirándote de los ojos.

Quedan los restos de un desastre que ya ha pasado y nos hundió a los dos aunque no nos hayamos dado cuenta. Ahora hay ruinas, los escombros, y todo por reconstruir.

Yo creo que no nos queda tiempo, y que alargar la agonía sólo conduce a una mala muerte.

Y ya no sé si puedo, ya no sé si quiero, ya no sé si debo dejarme de lado por ti, anteponerte siempre a mis intereses.

Fíjate bien, en el fondo no somos tan distintos.

Efímera y eterna.

Nos diremos adiós demasiado pronto. Tendremos que despedirnos antes de que llegue de nuevo el mes de Enero. Y ahora ya ni tan sólo puedo escuchar tu voz en sueños, porque no la recuerdo.

Te desvanecerás de manera tan rápida.

Te irás en un impulso, con un salto al vacío.

Desaparecerás ante mis ojos, y será culpa de algún mago.

Serás efímera.

Efímera, como la tinta cayendo sobre un papel, como un rayo de sol colándose por la ventana, como un beso en un ascensor, como una ola llegando a la orilla.

Efímera, como una gota de lluvia en la ventana, como una mirada en el metro, como una palabra contra el viento, como un orgasmo entre tus dedos.

El mundo está lleno de idas y vueltas, de ciclos que se repiten, de caos y armonía, de noches y días. Y no sé si volverás a cruzarte en mi camino, si de pronto un día me encontraré con tus ojos mientras espero en un semáforo y se me dispararán las pulsaciones. Te recordaré en mi cama, entre mis brazos, me recordarás entre tus piernas y tararearé en un segundo todas tus canciones. Y dejaré la cordura por un momento, la dejaré para otros que no hayan tenido la suerte de haberte besado como yo lo he hecho. Pensaré en todos los planes que tuvimos que quemar, las ciudades que no pudimos pisar al mismo tiempo, y tendré que lamentarme de que nuestras manos tuvieran que soltarse.

Soy experto en ver venir las catástrofes y cuando me sonreíste por primera vez supe que si te ibas me quedaría en ruinas para el resto de mis días.

Fuimos dos kamikazes pulsando el botón, dos locos saltando por los tejados, dos gatos maullando en un callejón, dos incautos tirándose al pozo de cabeza a sabiendas de que acabaríamos metidos en el barro, de que seríamos incapaces de salir de este carrusel que no deja de dar vueltas.

No hay música que nos pueda salvar de esta.

Efímera, pero para mí siempre serás eterna.

Intelectivo.

Las luces de octubre se acercan y el sol se esconde cada vez con menos ganas. Será que ya le sucede lo mismo que nos está pasando a nosotros, que se nos van cerrando los ojos mientras se nos rompe el corazón. Y es que siento los latidos, los minutos y cómo se nos escapan las fuerzas mezcladas con dióxido de carbono.

Al final ni tú ni yo tendremos lo que queremos en el momento en el que se suelten nuestras manos (por error), y tengamos que atarnos los zapatos para seguir caminando por sendas distintas, con rumbos diferentes.

Es triste ver que te vas apagando conmigo, que te desinflas como un globo que se escapa de las pequeñas manos de un niño de mirada clara. Es triste pensar que todo estaba en mi cabeza desde el principio, que fui yo quien alimentó a los cuervos y se dedicó a inventar otra historia más sin ningún tipo de cimientos.

Los sueños son tan fáciles, y la vida tan difícil.

Y, por si fuera poco, nos gusta deleitarnos con las complicaciones, rizar el rizo, dar la vuelta a todo y después quejarnos por ello; como si fuéramos Alicia sin saber qué nos encontraríamos al entrar en la madriguera.

Somos nosotros mismos los que nos buscamos los problemas, la mayoría de veces con nocturnidad y alevosía, pero es mejor engañarse y creer en las casualidades.

Y echar la culpa a los demás.

Siempre es mejor buscar justificaciones para aquello que no tiene justificación, excusas, palabras vagas, frases que nunca se acaban porque no se les puede poner fin.

Me va a esperar la eternidad y el whisky, y libros haciéndose viejos conmigo en la biblioteca. Va a ser todo nostalgia, melancolía y puro drama.

Y entiendo que no haya nadie dispuesto a aguantar todo eso.

Entiendo que cansa tanta verborrea, pensamiento tangencial y un ánimo ciclotímico.

Puedo entender muchas cosas, pero lo que no entiendo es por qué no estás aquí conmigo.

Delincuente.

23.VI.2014

Te das cuenta de pronto que te has convertido en todo aquello que no querías, que has huido toda tu vida de algo para acabar siendo eso mismo. Y te avergüenzas, piensas en tu madre y en tu padre, y en las esposas que ahora unen tus muñecas mientras caminas despacio con dos policías escoltándote hasta el calabozo.

Nunca cuadran las cuentas, ni las expectativas, ni los sueños, con la realidad que nos toca vivir.

A los cinco años nadie quiere ser camello.

Te lo digo yo.

No sabes si reír o llorar, y piensas en lo bien que te iría ahora fumarte un porro y cerrar los ojos mientras suena Marea de fondo.

La puerta de hierro se abre y apenas queda luz ahí dentro. Te meten sin cordones en las zapatillas, sin cinturón y el sitio huele a perro mojado antes de que pongas el culo en el asiento duro y apoyes la nuca en la pared.

Con los ojos cerrados consigues repasar los últimos sucesos que han tenido lugar y en el fondo te maldices y golpeas la pared con cierta rabia. Miras tu ropa pagada con la tarjeta de El Corte Inglés, miras los tatuajes que llenan tus brazos, miras las zapatillas que te costaron casi cien euros en la tienda online.

Y le has tenido que partir la cara a un pobre que no ha sabido pagar a tiempo después de múltiples avisos, has tenido que manchar el cristal delantero de tu BMW negro y dejarle un par de dientes bailando sobre el asfalto.

Esta vez te han pillado, esta vez no te libras, esta vez vas a tener que coger aire y tranquilizarte.

Aún recuerdas aquel primer día en el parque probando el tabaco, aquella primera vez que le quitásteis el monedero a la vecina de al lado, aquella primera vez que bebiste cerveza y follaste con alguien, aquella primera vez que te hiciste una raya, aquella primera vez que te saltaste los semáforos con una sirena azul como banda sonora, aquella primera vez que apuntaste a alguien con un arma, aquella primera vez que obligaste a una puta a chuparte la polla.

Lo recuerdas todo y te das asco.

Y no eres capaz ni de secarte la lágrima que resbala por tu mejilla izquierda, hijo de puta.

Y piensas en tu novia y en el niño que estáis esperando.

Y piensas en que no querías acabar así a los veinte años.

Y piensas en que a partir de ahora nada va a ir a mejor.

Su sangre aún mancha tus manos y ahora estará metido en una cámara esperando a la autopsia.

Por tu culpa hay gente llorando en su casa, en la tuya.

Eres sólo una sombra, antes eras un delincuente, ahora eres un asesino.

Texto escrito para Krakens y Sirenas.

Cafeína.

Llevo tanto muriendo cada día y resucitando que ya he perdido la cuenta del momento en el que comenzó todo. Tengo otra vez el estómago vacío y cafeína en las venas, y de nada me sirve decir la verdad.

A veces no sé si intentar olvidarte, a veces no sé si rogar que me olvides tú.

A veces tengo la tentación de pedirte que no me beses en la boca, que te vayas lejos, que me sueltes la mano.

Pero no puedo.

Bastantes heridas me he hecho ya, como para darme yo mismo el golpe final.

Si me tienen que disparar, mejor que lo hagas tú. Yo me lavo las manos.

Me siento incapaz de hacerme a un lado y darme por vencido,  incapaz de obligarme a verte pasar sin más, incapaz de no volver a acariciarte la piel y crear nuevos caminos.

Y es que en el fondo no quiero.

Ni quiero escapar, ni huir de ti, ni mirar hacia otro lado.

Me planto.

Que, en realidad, yo sólo quiero ser esa marea que se lleve tus problemas. La lluvia que consiga arrastrar todo lo malo hasta el próximo invierno. El golpe de suerte que coloque recto el cuadro de tu habitación. La luz que te sirva de faro cuando las nieblas te envuelvan. El tren que te traiga de vuelta cuando creas que has perdido.

Lo que no soporto en este mundo es tu dolor, el ver tus lágrimas llenando otro vaso, el ver tu pecho ir tornándose gris, el ver tu sonrisa ocultarse con el paso del tiempo, el ver tus manos volviendo a temblar.

El amor nos ha arrollado y estamos tirados en la misma cuneta. Y no sé cómo vamos a sacar los pies de este barro.

Te prometo que no necesito que seas ninguna princesa, ni ninguna damisela en apuros a la que poder salvar. Te prometo que podría cuidarte igual que tú a mí. Te prometo que me sirve con ver cómo te ríes hasta desgastarte la voz, o cómo frunces el ceño cuando te haces la enfadada.

Y sé que probablemente acabe con una mejilla tocando el suelo y los sueños destrozados. Que voy a tener que mirar fotos y marcar fechas en el calendario para sobrevivir después de todo.

Me han dicho que hay que apostarlo todo al rojo. Y sé que ni el croupier está de mi parte, y que volverá a ganar la banca.

Como pasa siempre.

Pero me da igual que me llamen loco por querer robarte el corazón.

Sueños.

Los sueños son armas de destrucción masiva.

Tienen la capacidad de concederte alas, de llenarte de esperanza, de hacerte sonreír cualquier mañana gris. Y luego viene la cruda realidad a partirnos la cara y los dientes, y a clavarnos las uñas en la nuca sin que estemos en medio de un polvo salvaje. Y así no. Así no funciona todo esto, o no debería hacerlo. Al menos.

Los sueños han roto más corazones que las palabras y el silencio. Porque son incontrolables y eso es peligroso. Porque escapan a la lógica y a la razón a la que nos intentamos ceñir en nuestro día a día. Porque son etéreos, efímeros y se nos escabullen como la arena de la playa entre los dedos.

Y caminamos por los días y los meses llenos de ojeras y parches de fentanilo para aplacar el dolor. Nos persiguen las luces de Diciembre y la gran ciudad, y aún recuerdo tus dientes temblando sobre mi cuello aquella primera vez. La risa entre las sábanas, el no soportar tu ausencia, el tener que fingir indiferencia porque no queda más remedio. Vivir a medias sin haber luchado hasta el final.

Aunque duelan, prefiero mil sueños a las pesadillas, porque en ellas nunca estás, en ellas ya me has dicho adiós y sólo quiero despertar mientras trato de respirar.

Siempre creemos que los sueños pueden convertirse en realidad, que pueden cumplirse, que son un reflejo del futuro que tanto anhelamos. El futuro que nunca llega y se ríe entre dientes y nos señala con el dedo para advertirnos de que las cosas no pueden ir a mejor.

Si supieras lo que he imaginado, si fueras capaz de ver con mis ojos, si dejaras de huir de toda la verdad que no quieres ver.

No va a quedar más remedio que marcharse. Buscar otra oportunidad, una mejor, una de verdad.

Si quisieras pensar, si observaras un instante los pasos que has dado hasta el momento, ya te habrías dado cuenta de que mis sueños son iguales que los tuyos. Son los mismos.

Pero ya lo decía Calderón de la Barca: los sueños, sueños son.

Sólo eso.

De la misma rama.

No somos de la misma rama.

Tú de ciencias, yo sin saber nada de números.

No estamos hechos del mismo palo.

Somos la antítesis, antónimos, las diferentes caras de una misma baraja.

Pero aún así, se me queda cara de póker cuando me besas sin avisar.

Somos contrarios, como la complejidad de Bach y la sencillez eficaz de Mozart.

Y al mismo tiempo, somos iguales.

Nos gusta cogernos de la mano, abrazarnos por la cintura, plantarnos un beso y mirarnos sin miedo.

Nos gusta bebernos las noches de sábado en pequeñas cantidades, nos gusta paladearnos con calma y también con prisa, y quitarnos la ropa justo al cerrar la puerta.

Nos gusta dejar la realidad tras las ventana, rompernos encima de una cama, jugar con un corazón en llamas.

Y sobre todo, nos gusta el camino que hay que ir construyendo antes de ser capaces de avanzar.

Los días, las horas, nuestros sueños, los vamos tejiendo con cada gesto.

Y lo tenemos claro.

Vamos desmontando mitos, deshaciendo nudos, desgastando frenos porque conducimos cuesta abajo.

Y navegamos con el viento a favor, o quizá no.

Pero no vamos a pensar, sólo vamos a actuar.

Vamos a decidir esta vez, vamos a ser sinceros, vamos a gritarnos la verdad mientras nos mordemos las lenguas, mientras enredamos nuestros dedos y nos deshacemos en sudor.

No somos de la misma rama, somos diferentes.

Pero da igual cuando nos acariciamos a oscuras, nos susurramos al oído y nos despierta el sol porque nos hemos dejado la persiana sin bajar. Y nos da igual, porque somos capaces de follar mientras reímos y de lavarnos los dientes sin dejar de mirarnos en el espejo, como idiotas.

Hemos visto las siete diferencias desde el primer día, y no hay máscaras ni mentiras. No somos iguales, pero tampoco lo necesito porque me gustan nuestras diferencias.

Me gusta no ser de la misma rama, ni del mismo árbol, ni del mismo bosque.

Y sin embargo, echar raíces contigo.

Escrito para Krakens y sirenas y publicado el 02 de Junio de 2016.