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Páginas.

Páginas, que surgieron de los árboles más viejos, llenas de tinta, impregnadas en lignina, que contienen las historias que nos habría gustado vivir, protagonizar, olvidar.

Páginas, manuscritas, mecanografiadas, arrancadas, arrugadas, llenas de manchas o impolutas, odiadas, adoradas, olvidadas.

Siempre nos salvan los libros, de la realidad, del desamor, de nosotros mismos. Las palabras de otros que supieron explicar, expresar, describir nuestras sensaciones y sentimientos exactos con precisión, como si hubieran estado dentro de nuestra cabeza y nuestro pecho.

Yo no sé tú pero me he visto igual de reflejado en las rimas de Bécquer que en frases de James Ellroy. Me han desnudado por igual sonetos de Lorca y novelas de Dostoyevski. Se me ha encogido el corazón con El libro de los Abrazos y con Los detectives Salvajes. He querido ser Sherlock Holmes, Bernie Gunther, Lucas Corso, Sirius Black, Rick Deckard,  Takeshi Kovacs, Julián Carax, y el Capitán Alatriste.

Cuando me falta el aire por las noches siempre enciendo la lámpara de la mesita de noche y cojo el libro que repose en ese momento sobre la madera, y continúo leyendo hasta que me vence el sueño. Si es que consigue vencerme, porque últimamente duermo tan poco que no sé cómo consigo mantenerme en pie sin tropezar.

Supongo que estoy atormentado, como todas esas personas que anhelan algo y nunca lo consiguen. O frustrado, por ver que pudiendo conseguirlo todo me quedo una vez más con las manos vacías.

La historia de mi vida.

No puedo dejar de pensar, y parece que me muevo en esta vida ya como la niebla. Todavía sale humo de las chimeneas y se necesitan los abrazos, pero he olvidado cómo hacer fuego y sólo soplo el polvo de los muebles.

Y yo no quiero pasar página y borrarlo todo de golpe, ni quemar los libros que hablan de ti y de mí. Yo sólo quiero que seas tú quien me lea cuando no pueda cerrar los ojos porque me aprietan las costillas contra el corazón.

Oniria, Insomnia y lo imposible.

El péndulo de Foucault continúa girando, demostrando la rotación del planeta desde 1851, y yo llevo prácticamente el mismo tiempo demostrando que soy un idiota. Algunos se dedican a cosas importantes durante su existencia, otros simplemente a lamentarnos por todos los errores que vamos sumando a nuestras espaldas.

Lo malo de darse cuenta de ciertas cosas es que sabes cuándo vas a equivocarte mucho antes de que suceda. Suelo ver con anterioridad que voy a meter la mata, que voy a quedarme colgando de un hilo, que va a darme un vuelco el corazón pero acabo dejando que las cosas sucedan sin modificarlas. Me pasó igual contigo, sabía que me metía en la boca del loco sin linterna, tenía claro que el suelo comenzaría a desmoronarse bajo mis pies en algún momento y en lugar de huir me quedé quieto, esperándote siempre.

Decidí, contra todo pronóstico y sentido común, elegirte por encima de las circunstancias y de mí mismo. Te convertí en el eje en torno al cual todo giraba y se movía alrededor, tratando de mantener un extraño equilibrio universal que me ha dejado sin fuerzas, sin aire, y con miedo.

Con mucho miedo.

Vivo siempre en este mundo entre la vigilia y el sueño, entre la realidad que me golpea hasta arrancarme los dientes y la ficción en la que te abrazo cada noche. Quizá somos como Oniria e Insomnia, un mismo ser en otra vida.

Pero no en esta.

Quizá es hora de que borre estos absurdos deseos, este anhelo que crece cada vez que me cruzo con tus labios.

Quizá tú y yo juntos somos sólo una quimera y ya es hora de que me pellizque, de que encienda la luz y deje de creer que somos posibles.

Se me están llenando los ojos de escarcha ahora que ha comenzado la primavera, y tengo los huesos hechos de cristales de hielo que hacen que todo duela.

Voy perdiendo el equilibrio sobre esta cuerda floja en la que vivo, y no sé si se romperá pronto o yo caeré antes. Sólo sé que abajo no me espera ningún colchón para amortiguar el golpe, ni ningún equipo de emergencias para reanimarme cuando mi corazón decida pararse y comenzar a borrar tu nombre.

Todavía estás a tiempo de salvarte.

Para eso nunca es tarde, te lo digo siempre pero no quieres escucharme.

Sigo descalzo, sujetando la puerta para que entres y me abraces.

¿Estás lista?

Sólo hay eco.

En las calles y en tu cabeza.

Y nada más.

Los perros callejeros aún duermen, un botellín de cerveza nada por la alcantarilla y yo sigo en mi guarida, de la que creo que no debería volver a salir.

Pequeñas luces apagándose y encendiéndose en la penumbra de tu mente mientras aparece el sol con timidez entre las paredes de tu habitación. Sonidos y voces de vecinos que comienzan a elevarse tras los muros, y la sirena de alguna ambulancia que, ha quitado el sueño a más de uno y de una en el barrio, sigue el efecto doppler.

Tienes la mirada turbia y esquiva desde hace meses por no atreverte a hablar en voz alta, puede verse toda esa cantidad de palabras que se te atraviesan en la garganta, que te arañan por dentro dejando marcas que no van a irse, puede verse cómo viaja tu mente de una idea a otra sin que seas capaz de hacerles frente. Supongo que te estás preguntando si estamos preparados, y yo podría responderte pero no me quieres escuchar. Te da absolutamente igual lo que te diga, y te deja indiferente, y creo que hay pocas cosas tan mortíferas y venenosas como la indiferencia creciendo entre dos personas.

Porque, por si no lo sabes, la indiferencia se acaba convirtiendo en odio o en olvido, o en algo peor.

Explosión, desastre y luego, un silencio eterno.

Llegará ese punto en el que ya no se rozarán nuestras manos, ni compartiremos latidos ni besos, ni enfados, ni sonrisas.

Va a llegar.

¿Estás lista?

Porque yo no.

No creo que pueda estarlo nunca.

La realidad que nos toca afrontar.

Te das cuenta con la mayoría de historias, de relatos, de argumentos, de novelas, de personajes con los que te identificas; todos los héroes luchan por lo que quieren, intentan atrapar, conseguir aquello en lo que creen.

¿Cuál es nuestro problema?

Que nos falta fuerza de voluntad, nos falta sangre en las venas, nos falta creer, nos falta empuje, arranque, pero no ganas.

Y ahí está la dificultad.

Queremos pero no hacemos, deseamos pero no actuamos.

Somos siempre un cúmulo de circunstancias, sentimientos, etapas que no sabemos cuánto tiempo han de durar. Somos siempre un compendio de genes, carácter y entorno, y acabamos pecando de inacción. Entrecerramos los ojos y nos hacemos los dormidos, como cuando nuestra madre abría la puerta de la habitación cuando éramos pequeños y se acercaba para ver si estábamos bien tapados y nos temblaban ligeramente los párpados. Hacemos como que vivimos pero sólo dejamos escapar los días y al mirar atrás nos lamentamos de no pasar más tiempo con quienes queremos, con quienes hemos querido; porque hoy estamos, y mañana probablemente también estaremos, pero un día seremos cenizas y recuerdos, y ya no podremos darnos la mano, ni abrazarnos, ni mirarnos a los ojos y vernos reflejados.

Y entonces sólo podremos llorar.

Siempre nos quedamos con esa sensación de que podríamos haber hecho más, de que podríamos haber subido otro peldaño, de que podríamos haber besado más y mejor, haber pasado más tiempo juntos, hablado de otros temas, sido más amables, sinceros, atrevernos.

Me gustaría saber si tú también imaginas cómo podría ser todo al igual que hago yo, si por tu cabeza también pasan algunas ideas, después sueñas conmigo y al despertar te das cuenta de que todo sigue siendo tal cual era ayer, que todo sigue siendo una mierda que no cambia ni mejora. Y que el mundo también te parece una tomadura de pelo y esta existencia nuestra también.

Cómo vamos a tener derecho a quejarnos si nos cruzamos de brazos y sólo miramos desde el balcón. Cómo vamos a poder criticar si lo único que sabemos hacer es observar y quedarnos a refugio en casa para que no nos salpique el barro. Cómo vamos a poder opinar sobre todos los temas si lo único que sabemos es señalar al que no piensa igual que nosotros.

Que a mí me gustaría que tú y yo fuéramos diferentes, que mientras todos se matan y se insultan nosotros fuéramos ejemplo, y no envidia, porque eso sí que no lo quiero.

Que a mí me gustaría que mientras todos creen que aman nosotros lo hiciéramos de verdad, que quemáramos todas las sábanas cuando estuviéramos juntos sobre una cama, que las noches siempre nos parecieran cortas, que nunca te cansaras de mí, que siempre quisieras que te leyera una página más, que te quejaras de lo mal que canto una y otra vez entre risas, que nuestros abrazos no dejaran de curarnos, que estuvieras dispuesta a dar lo mismo que yo daría por ti.

Pero una cosa es lo que a mí me gustaría y otra, muy diferente, la realidad que nos toca afrontar.

Y eso es lo que no deja nunca de doler.

Pura comedia.

La vida es pura comedia y nos la tomamos demasiado en serio. Los formalismos, los enfados, la moral cristiana apostólica romana que impregna cada uno de nuestros actos desde la tierna infancia.

La vida es pura comedia y no lo estamos entendiendo. Joder, si al final todos acabamos en el mismo sitio sin que nadie nos recuerde más que en las fechas señaladas por el calendario.

Pensamos que todas nuestras decisiones acaban siendo transcendentales cuando al final sólo somos un pequeño punto invisible en la historia del Universo, sin más importancia que la que tiene cualquier mosquito aplastado contra el cristal de la ventana para nosotros.

Podríamos hacer que todo fuera más liviano, porque en el fondo, si lo pensamos bien, nada es tan grave como lo pensamos. Cualquier nueva decisión nos parece más difícil de tomar que la anterior. Nos creamos jaulas con nuestros miedos más íntimos, nos prohibimos la felicidad sin darnos cuenta. Nos cortamos las alas, somos víctimas de nuestros propios prejuicios, de nuestra dura conciencia que nos golpea antes de cerrar los ojos y coger el sueño.

Nos estamos complicando cuando todo debería ser igual de fácil que cuando éramos niños, pero nos encargamos de hundir todos los botes en los que subimos. Y a veces tengo la sensación de que estoy remando solo, y de que no sirve de nada, y de que no vale la pena, y de que pierdo el tiempo, y, sobre todo, de que soy un imbécil por no darme cuenta antes de todo esto. Es un asco ser un soñador entre tanta gente sin color, entre los que se conforman, entre los que ríen a medias, entre los que tienen miedo a decir la verdad.

La vida es pura comedia y la estamos convirtiendo en el peor de los dramas, porque todo esto no va de luchar, ni de merecer más o menos, en el fondo lo único de lo que va toda esta historia es de querer.

Y estoy tranquilo, porque eso sí lo hago.

[Dime tú si lo hago bien.]

Tierra, trágame.

No hay café en la despensa y vuelvo a tener sueño.

Creía que había olvidado el dolor, tus viejas fotografías, lo de idealizar los días contigo.

Y era mentira.

Tengo la extraña sensación de querer huir de ti y de querer quedarme a tu lado para siempre. La sensación perenne de poder cambiar el mundo sólo mirándote a los ojos y cogiendo tu mano, corriendo juntos en la misma dirección.

Está claro que a día de hoy seguimos viviendo de recuerdos, de falsas expectativas, tengo asumido que sólo hemos sido un par de fantasmas que han vagado sin pena ni gloria por los meses. Por esperarlo todo he acabado envuelto en sangre, con los huesos llenos de fisuras, el corazón roto y el alma lejos. Ni siquiera he sido capaz de anestesiarme por dentro para que todo me diera igual por fuera.

Quería que fueras mi brújula en este mapa lleno de sinsentidos y caminos absurdos y miraste hacia otro lado.

Quería que mis buenos días fueran para ti antes que para el despertador y miraste hacia otro lado.

Supongo que debí sospecharlo cuando gemías y después era yo el que quería abrazarte durante toda la noche.

Supongo que debería sospecharlo cuando sólo soy yo el que te necesita cuando acaba el día.

Hemos sido un par de idiotas jugando a ciegas con la baraja, y no tengo ningún as bajo la manga. He descubierto todas mis cartas, me he quedado sin trucos, y no ha sido suficiente. Ni mis ganas de ti, ni la sinceridad más absoluta, ni el enseñarte cada uno de mis sentimientos con nombre propio, ni querer quitarte el daño a golpe de besos matutinos.

Sólo tenía la intención de borrarte los días de lágrimas, quitar el ruido de fondo, cambiarle las pilas al mando de la tele.

Sólo quería llenar tu presente de respeto y comprensión.

Y a pesar de la lógica, de ver mi fracaso, de ser capaz de analizarlo todo con la mente fría, la auténtica certeza es que la única parte de mí que sigue intacta es ese resquicio de mi mente en el que sé que te quiero.

Tierra, trágame.

Casualidades.

Carreras de fondo y suspiros que van a acompañarnos el resto de nuestras vidas. La montaña rusa del día a día no da tregua, igual que el cambio climático.

Y de pronto llega la filosofía budista a abrirnos los ojos y hacer que nos replanteemos las cosas. Parece que siempre tienen que venir de lejos a decirnos que lo estamos haciendo mal, que se puede actuar de otra forma, y entonces detenemos nuestros pasos, observamos a nuestro alrededor y asentimos.

Tenían razón.

Aún no hemos caído en la cuenta de que nos envuelven las casualidades desde que abrimos los ojos antes de que suene el despertador hasta que somos capaces de conciliar el sueño por puro agotamiento.

Saludamos a desconocidos, sonreímos a quien no solemos hacerlo, nos despedimos sin palabras de quien ayer nos acompañaba a beber cerveza, nos damos el primer beso con alguien que acaba de aparecer en nuestros días. También es casualidad que se nos olvide algo cuando somos los que lo recordamos todo, o que se nos rompa el vaso cuando no llevamos la etiqueta de patosos en la frente. Es casualidad que todo nos vaya bien o nos vaya mal, o quizá no es cuestión de suerte si no del cristal de nuestras gafas, de que nos han dicho que nada va a salirnos bien y hemos asumido el rol de perdedores.

Ya es hora de que nos quitemos el victimismo de encima, la estúpida idea de que todo sale mal y no va a mejorar.  Vamos a dejar de quejarnos para hacer algo, olvidar el papel de sufridores y poner soluciones. Vamos a abandonar la comodidad del sillón para alzar la voz, el puño y los corazones.

Nos gustan las quejas más que la acción.

Igual también es casualidad.

[Lo que no es casualidad, estoy convencido, es de que te cruces en mi camino cada vez que me veo perdido, que hagas de faro entre la niebla, que seas la bandera en lo alto de la cumbre, que suenes a canción de Radiohead en mi silencio, que te vea como la señal de fin de carretera.]