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Nuestra hora.

No sé si tú te acuerdas de aquellas noches en las que nos daba igual el frío y lo combatíamos todo con abrazos desde el sofá.

No sé si tú también estás esperando a los días de lluvia para venir conmigo y dejar que pase el tiempo y la vida por delante.

No sé si tú recuerdas los gemidos ahogados contra la almohada y el corazón bombeando con más fuerza que nunca.

No sé si tú también intentas que se rompa el muro para dejarme entrar para siempre en tu pecho.

No sé si tú también necesitas mi saliva en tu piel y mis manos sobre tus caderas.

Yo creo que el único problema es que has dejado de soñar, te has obligado a hacerlo y no te das cuenta de que da igual que sea un desastre porque es perfecto así, con todas las astillas que nos clavamos, con todos los cristales que dejamos por el suelo y que nos pueden cortar si caminamos descalzos.

Y yo ya sé que no tengo que esperar nada de nadie, ni confiar, ni dejarme llevar, porque siempre me doy de bruces, y que tengo que aprender a gestionar las decepciones y los fracasos e intentar salir más fuerte después de cada golpe. Pero es que no me creo que todo esto sea artificial. No me creo que la gravedad no haga contigo lo mismo que hace con mi alma poniéndola a tus pies. No me creo que nuestro límite esté acercándose como lo hace una valla en una carrera de cien metros.

Estás a tiempo aún y el Universo no hace más que mandarte señales, y en esto pasa como en el tráfico, que si no haces caso a las señales acabas chocando contra algo.

Estamos a tiempo de hacerlo todo, de tenerlo todo, de querernos con todo y sin nada. No te dejaría de lado por mucho que la vida se me pusiera en contra, no te olvidaría aunque quisiera hacerlo.

Nada de esto es el preludio del final.

Hazme caso, cierra los ojos, dame la mano.

 

Yo que ya sabes que siempre pienso lo peor, que dejé el optimismo a un lado cuando cogí aire por primera vez, aún no veo cuervos ni aves carroñeras sobrevolando sobre nosotros esperando a la tragedia, pero es porque no llega, porque no toca. Tampoco hay gatos negros mirándonos fijamente desde el alféizar de la ventana.

Sigo aquí, respirando contigo en la penumbra, oliendo todavía a vino y tabaco.

Sigo aquí, esperando que el despertador no suene para que no tengas que marcharte otra vez.

Es hora ya, la nuestra.

Como dice la canción, nos toca arder con chispa de futuro.

Cóctel de benzodiacepinas.

Aún no ha salido el sol, y a pesar del silencio cauto de la ciudad no puedo estar tranquilo. La luna se despide con un beso del cielo añil, escondiéndose hasta que la dejen vagar de nuevo en un lienzo negro. El despertador no ha sonado todavía y estoy sentado en el borde de la cama mirando las puertas torcidas del armario. No puedo evitar tener la sensación de haber perdido otra noche, de no haber descansado lo suficiente, de no ser capaz de borrarte de la retina. La sensación de haber vuelto a soñar contigo y no poder recordarlo ni haciendo el esfuerzo.

He vuelto a no cerrar por dentro y con la puerta abierta puede entrar cualquiera a hacernos daño. He vuelto a dejarme de lado sin darme cuenta, a pensar en ti primero, a abrir los brazos sin ver que tú no estás aquí.

Y, supongo, que es ya por puro egoísmo -aunque algunos quieran llamarle amor- pero no voy a darme por vencido. Porque el día que tropecé contigo y te descubrí perfecta me olvidé de mi nombre, de mis años, y del alcohol.

No te creas mis sonrisas, hace tiempo que aprendí a pegarlas con celo y fingir indiferencia mientras todo se destruye. Que parezca que todo, absolutamente todo, me da igual.

Espero que el final esté cerca, que acabe el mundo, que nos quedemos sin palabras y tengamos que sentir.

Tengo la puta y angustiosa sensación de que te vas lejos aunque estés conmigo. Y se me forma un nudo en el estómago cada vez que me miras a los ojos y no te atreves a hablar, porque leo la inseguridad en tus palabras y el miedo en mi temblor de manos.

Existen los días en los que espero que un cóctel de benzodiacepinas o pastillas rosas me haga dormir durante unos años. Las ojeras, la taquicardia, el sudor frío que antecede a la pequeña tragedia diaria a la que nos enfrentamos con las manos vacías y el corazón magullado. Y ahí en ese momento de calma y silencio absoluto, en el que aún queda brisa para colarse por la ventana y aliviarme toda esta horrible sensación, pienso que ninguno de mis planes saldrá bien. Ni el A, ni el B, ni siquiera el C si es que existe.

Te prometo que trato de salir de mi mente, de aprender de nuevo, de mover bien las fichas sobre el tablero pero supongo que los héroes, al final, lloramos siempre solos en la oscuridad.

Y que está bien así, que la historia no permite otra cosa. Que el caprichoso del destino ya nos ha puesto a cada uno en nuestro sitio.

Yo lo único que espero es saber encender fuego contigo cuando solamente queden piedras y palos, y que nunca dejemos de hacer milagros en la cama aunque hayamos perdido la fe.

Quiero morir como Jesse James.

Te fuiste otra vez, me dejaste de lado.

La oscuridad como testigo y aliada te llevó de la mano de vuelta a una cama que sí te corresponde. Tengo los pulmones cansados de gritar tu nombre sin que surja efecto, sin que pase nada, y llamarte sólo ha servido desde el principio de los tiempos para que los recuerdos se retuerzan en mi cerebro y se me lleven los demonios.

El alcohol mezclado con lecturas nocturnas me obliga a soñar contigo sin ropa y en silencio. Más de un día me he despertado de madrugada jurando que acababas de abrazarme, que todavía seguías anclada a mí y suplicando en mi oído por un poco de cariño. Todas las imágenes sólo sirven para que me lamente, para que tenga ganas de tirar de la cuerda y saltar al vacío, para ver que volví a equivocarme.

Ya no tengo claro si el error es querer, dejarme querer o seguir creyendo en un amor que no he visto profesarse a nadie en la vida real. Pantomimas de besos y graffitis, regalos para llenar huecos, complacer al otro por costumbre. Adictos a las rutinas que nos evitan pensar, adictos a no hablar de verdad, acabamos siendo robots que se dedican a cumplir órdenes. Marionetas de nuestros seres queridos, familia y amigos. Nos han atado de pies y manos, nos han quitado el cerebro y se han encargado de plantarnos unas gafas para que lo veamos todo del mismo color. Y no puedo más.

Voy a dejar la honradez atrás, voy a romper tus fotos y a vivir en el Lejano Oeste. Quiero convertirme en forajido de este mundo insoportable, atracar bancos y corazones, que mi final llegue con un tiro en la espalda.

Recordadme como lo que nunca fui, un héroe, un luchador, un hombre feliz.